Festejando
Purim
Un poco de historia
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9) Mordejai en acción

«Y cuando supo Mordejai lo que había sido hecho…» (Libro de Esther 4:1)

Mordejai tuvo esa noche un extraño sueño. El profeta Elías, ese maravilloso protector que se hace presente en tiempos de zozobra para advertir al pueblo judío de peligros inminentes, se le apareció en sueños a Mordejai y le reveló los inicuos proyectos de Aman. Supo así Mordejai que los peligros que amenazaban a los judíos eran el castigo a su desobediencia a lo preceptuado por la Torá, a su participación del festín impuro del rey Ajashverosh. Sólo el arrepentimiento podría salvarlos de la espada de Aman, díjole el profeta.

Cuando Mordejai despertó de su sueño, rasgóse las vestiduras en señal de duelo, y entró en la ciudad llorando amargamente y lamentándose tan desesperadamente que despertó a todos los judíos de Susa. Las infaustas noticias se expandieron por la ciudad y todos los judíos quedaron abrumados por grande y agobiador pesar porque sabían que estaban condenados a morir el décimo tercer día de Adar.

Enfundado en sacos de arpillera y cubierta de ceniza la cabeza, Mordejai se allegó a los portones del palacio. Los fieles servidores de Esther se apresuraron a informar a la reina de la gran pena de Mordejai, lo cual la asustó mucho. Ansiosa de conocer por boca del propio Mordejai las razones de su aflicción, Esther envió por él con el ruego de que entrase a palacio para relatarle qué había ocurrido; a dicho fin ordenó que se le dieran ropas apropiadas porque vestido con arpillera no podía ingresar al palacio. Pero Mordejai se negó a despojarse de su indumento. En lugar de ello, envió a Esther, por intermedio de su fiel servidor Athach, una breve carta y copia del real decreto hecho público en Susa. Mordejai le pedía en su carta que intercediera ante el rey a favor de su pueblo. Mordejai afirmaba que ahora resultaba claro que ella había sido elegida reina para que pudiera ser útil a su pueblo; precisamente en día tan aciago. Había llegado el momento de revelar al rey su nacionalidad y suplicarle la salvación de sus leales súbditos judíos, acerca de los cuales había sido engañado por el arrogante Aman.

Esther envió respuesta a Mordejai, diciéndole: «Estoy dispuesta a hacer lo que pueda, querido primo, pero tú conoces seguramente la estricta orden que el perverso Aman consiguió que el rey decretara, en el sentido de que cualquiera que entrase a la cámara real sin estar invitado, será pasible de muerte a menos que el rey le ofrezca graciosamente su cetro de oro. El malvado Aman debe haber olvidado que yo intentaría ver al rey.

Desgraciadamente, el rey no me ha dispensado su favor recientemente, ¡y no he sido invitada a su cámara en los últimos treinta días! ¿Cómo estar segura que el rey se complacerá de verme y me alargará el cetro? ¡Por supuestos que no temo morir por mi pueblo, pero nada se ganaría seguramente si yo muriera en vano!»
«Esas son palabras bien intencionadas y dichas con sinceridad», respondióle Mordejai. «Pero, ¿piensas acaso que podrás salvarte, al amparo del palacio real, mientras veas perecer a todos tus hermanos? No, los judíos se salvarán, pero si no quieres arriesgar la vida por ellos, ¡tú misma perecerás seguramente!. No es momento para pensar en tu seguridad personal. Debes correr el albur y confiar en D-s».

Gentileza gráficos: http://www.tzivos-hashem.org

 

 

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