Festejando
Purim
Un poco de historia
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13) La caida de Aman

«…y Aman se fue corriendo a su casa, apesadumbrado y cubierta su cabeza». (Libro de Esther 6:12)

Con la cabeza gacha y temblorosas las rodillas, Aman partió en busca de Mordejai.
En esos momentos Mordejai se hallaba en el Bet Hamidrash o escuela talmúdica, rodeado por sus amados discípulos. Al levantar la vista vio a Aman a través de la ventana. «¡Escapad, queridos niños, que viene el vilano»!.

Pero los valientes niños respondieron: «¡No, no le abandonaremos ahora. Con Mordejai hemos vivido y con Mordejai moriremos!».
Mordejai decía sus últimas oraciones cuando entró Aman. Este esperó pacientemente a que terminara y luego le dijo:
«Mordejai, hijo de Abraham el hebreo, ustedes tienen un Di-s verdaderamente grande. Toda vez que elevan a El sus plegarias, El las escucha y pone por obra milagros en vuestro favor. Levántate ahora Mordejai y ponte estos vestidos reales, esta corono de oro…»
«Aman, ¡so villano, hijo de Amalek! ¿Por qué vienes aquí a mofarte de mí? ¿No basta con que quieras colgarme?»
«No», respondió Aman amargamente, «no he venido a burlarme. Todo lo que dices habría sido cierto, pero ¡ay!, ¡es la propia orden del rey!
Mordejai apenas podía creer lo que oía. Los niños comenzaron a bailar de alegría.
De pronto Mordejai dijo con gravedad: «Honorable Primer ministro, ¿soy yo digno de vestir los atavíos reales en el estado en que me encuentro? He ayunado durante tres días y estoy cubierto de ceniza…»

Aman, comprendiendo, asintió con la cabeza. Condujo a Mordejai a los baños públicos, donde lo lavo y ungió con los más ricos aceites y perfumes.
Mientras Aman le acicalaba el cabello, Mordejai lo oía suspirar y gemir.
«¿Por qué te quejas así, hijo de Agag?», preguntóle Mordejai.
«¿Qué Primer Ministro no se quejaría si tuviera que tornarse en barbero…?», dijo Aman amargamente.
«Por lo menos estás haciendo un trabajo digno de ti. Es como si de nuevo estuviéramos en los buenos tiempos viejos cuando eras barbero en el pueblito de Karzum, ¿recuerdas?, agrego Mordejai.
Aman continuó su tarea en silencio.

Luego de acabar de vestir a Mordejai con los ropajes reales, Aman fue a los establos reales en busca del caballo del rey, e invitó a Mordejai a montarlo.
«La desgracia ha embotado tus sentidos, Aman» le dijo Mordejai. «Estoy débil luego del ayuno. ¿Cómo esperas que un anciano como yo monte a caballo sin ayuda?»
Aman sabía que las palabras del rey no eran para ser tomadas a broma. «El rey debe esta impacientándose», pensaba. Sin más, Aman se agachó e instó a Mordejai a utilizar su cuerpo como taburete. Mordejai se encaramó en él y logró finalmente montar el caballo real.
Engalanado con toda la majestad de los atavíos que llevaba y luciendo verdaderamente imponente, Mordejai cabalgaba por las calles de Susa, mientras Aman guiaba el caballo, gritando: «¡Esto es por el hombre a quien el rey se complace en honrar!»

Las calles de Susa estaban llenas de gente, los heraldos reales tocaban sus trompetas de plata con todas sus fuerzas; los más altos funcionarios del estado escoltaban la procesión; magos y bufones lanzaban al aire vasijas de plata y oro. Era un espectáculo maravilloso.
Y por encima de todos los vítores y exclamaciones de alegría, la voz de Aman sonaba clara y potente: «¡Esto es por el hombre a quien el rey se complace en honrar!»
Contemplando la procesión desde lo alto de su principesco palacio, la hija de Aman llamaba a su madre: «¡Mamá, mira!» ¡Allí está papá montado en el caballo del rey y Mordejai lo conduce por las calles! Y enseguida asió un recipiente de desperdidicos y lo arrojó, riendo malignamente, contra el que creía que era Mordejai. Reconoció, entonces, la voz del pregonero. ¡Era la de su padre! Se arrojó de la torre desesperada, para no afrontar el mal humor de su padre cuando regrese.

Abatido y deshonrado, manchados los vestidos, tambaleante, llegó Aman a su casa luego que la procesión hubo terminado.
«¡Aún me vengare de Mordejai!» ¡Lo colgaré de la horca y mis ojos se recrearán con la vista de su cuerpo sin vida balancéandose en el aire!», le dijo a Zeres.
«¡Aman, debes haber perdido el juicio! Olvida tus planes que ya han fracasado. Los judíos se parecen a los granos de arena y a las estrellas. Cuando se alejan de su D-s y desobedecen Sus mandamientos, se los puede oprimir, humillar y pisotear como la arena. Pero cuando retornan a D-s y le sirven con devoción sincera, El los exalta como a las estrellas en el cielo!. En cuanto a ti, mi pobre Aman, a partir de tu caída ante Mordejai tu destino está sellado…»

Mientras conversaban, llegaron los chambelanes del rey y se apresurar a conducir a Aman al segundo banquete de Esther.

Gentileza gráficos: http://www.tzivos-hashem.org

 

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