Festejando
Purim
Un poco de historia
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10) El ayuno de Esther

«Y Esther dijo…Vé y junta a todos los judíos y ayunad por mí…Yo también ayunaré con mis doncellas…» (Libro de Esther 4:15-16)

Esther comprendió ahora el grave peligro que acechaba a todo el pueblo judío. Sí, ella arriesgaría de buen grado la vida por su pueblo. Pero, ¡qué situación desesperada! Aún cuando el rey le concediera gracia y aceptase sus ruegos, los decretos que llevaban el propio sello imperial permanecerían irrevocables. ¡Ni el propio rey podía anularlos! ¡Qué escasa probabilidad de éxito tenía su pobre intento! No obstante, Mordejai tenía razón; no había otra alternativa, y Esther estaba resuelta a no fallarle a su pueblo en la hora de la necesidad.

Mas, este único pedido le hizo a Mordejai: «Que todos los judíos, jóvenes y viejos por igual, ayunen y oren durante tres días, hasta que sus ruegos lleguen al Cielo y D-s se apiade de nosotros. Aquí en el palacio, yo y mis doncellas ayunaremos y oraremos igualmente, porque nada sino un milagro de D-s puede salvar a nuestro pueblo. Al cabo de tres días iré al rey, contraviniendo la ordenanza, y si perezco, que perezca…»

A Mordejai le fue difícil conceder el justo y juicioso pedido de Esther, porque el ayuno coincidía con la festividad de Pesaj, pero como el destino del pueblo entero de Israel estaba en la balanza, Mordejai dispuso prontamente el ayuno.

El ayuno fue aceptado por la totalidad de los judíos que vivían en las ciento veintisiete satrapías del imperio persa. En todas las partes habían gran duelo entre los judíos, ayunos y lamentaciones, y muchos yacían cubiertos de arpillera y cenizas.

En Susa, Mordejai convocó a su alrededor a los niños de los jadarim y las ieshivot. Cubiertos de arpillera y cenizas, a la usanza de los que están de duelo, los niños elevaban sus voces implorando y orando a D-s durante todo el día y toda la noche. Y cuando D-s vió a esos puros niños inocentes y oyó sus desgarradoras plegarias, el se llenó de merced. «Por causa de los niños, Yo salvaré a Mi pueblo», dijo el Eterno.

Entretanto, Aman supo que Mordejai había levantado un gran clamor en Susa y corrió al lugar en que éste reuniera a los niños. Allí le encontró, rodeado de veinticinco mil pequeños, orando todos con lágrimas en los ojos.

No se ablandó el cruel corazón de Aman. «Vuestras oraciones no servirán de nada», se burló. «¡Nada puede salvarlos!», y ordenó a sus hombres encadenar a los niños y vigilarlos de cerca. «Los niños serán los primeros en morir».

Con el corazón acongojado y llenas de pesadumbre, las madres se allegaron a sus amados hijos, llevándoles pan y agua. Pero los bravos pequeñuelos juraron que antes perecerían ayunando. «Aquí continuaremos con nuestro querido Mordejai hasta que se nos aparte de él por la fuerza», afirmaron resueltemente.

En esos momentos, doce mil sacerdotes que allí se encontraban, cada uno con su rollo de Torá y un Shofar en los brazos, elevaron sus voces con plegarias y súplicas al Todopoderoso: «¡Oh D-s de Israel!», clamaron, «Si Tu pueblo elegido pereciera, ¿quién estudiaría tu Torá? ¿Quién ensalzará Tu sagrado Nombre? Respóndenos, ¡oh! Di-s, ¡respondenos!» Luego, cada uno de ellos sopló su Shofar y el sonido del cuerno mezclado con las súplicas de los niños, traspasaron los mismos cielos….

Gentileza gráficos: http://www.tzivos-hashem.org

 

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