Festejando
Purim
Un poco de historia
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8) El plan de Aman

«Entonces dijo Aman al rey Ajashverosh: «Hay un pueblo…»» (Libro de Esther 3:8)

No le tomó mucho tiempo al taimado Aman elaborar un plan con el que esperaba destruir a todos los judíos en los ciento veintisiete dominios de Persia y entre éstos a su enemigo más odiado: Mordejai.
Aman se apresuró a preparar un cúmulo de falsas acusaciones contra los judíos, que alternó con unas pocas afirmaciones ciertas y verdades a medias, a fin de que al tonto rey le parecieran genuinas.

Aman fue al rey y le comunicó que el pueblo se impacientaba y era necesario darle alguna diversión. «Ha llegado la hora propicia», dijo Aman, «para perseguir a los judíos».
«Pero», respondió el rey, «ellos tienen un D-s poderoso, y quizás yo sufra el mismo destino que Nabucodonosor y otros reyes que les han causado daño».
«¡Oh!», hace mucho que han desertado de su D-s», replicó Aman.
«Pero, ¿no hay entre ellos judíos píos y devotos?», continuó el rey.
«Son todos iguales, el primero no es mejor que el segundo» , fue la respuesta de Aman
«No obstante, los intereses de nuestro imperio pueden sufrir», arguyó el rey.
«Están esparcidos por todo el reino y su eliminación no sería notada», contestó prestamente Aman.
Luego, comenzó a calumniar y a denigrar a los judíos ante el rey.
«Se mantienen apartados de todos; viven entre ellos, comen y beben entre ellos. No se mezclan con el resto del pueblo y no se casan con hijas de nativos. Son inútiles y perezosos porque siempre están cumpliendo días de descanso, Sábado, Pesaj, Shavuot, Sucot y muchos otros».

Oyendo esto, dijo D-s: «¡Hombre perverso»! ¡Porque te quejas de los muchos días de fiesta que los judíos celebran, yo les daré otro más con el que conmemorarán tu propia caída!»

Aman ofreció al rey diez mil piezas de plata para compensar cualquier pérdida financiera que la persecusión a los judíos pudiera ocasionar. Pero el rey sonrío y dijo: «guarda el dinero y a los judíos también. Haz de ellos lo que te plazca».

Para darle prueba de que esa era realmente su voluntad, el rey Ajashverosh quitóse del dedo el anillo con el sello real y se lo envió a Aman, el Agagita, invistiéndole de tal modo con poderes absolutos.
El perverso Aman ya tenía mano libre para proceder contra los judíos; sólo él era responsable de lo que hubiera de ocurrirles; sólo él podía dictar decretos y órdenes concernientes a su destino, y los judíos estaban completamente a su merced.

Aman gozaba con sus nuevos éxitos. No perdía tiempo en llevar adelante sus perversos designios. Envió sin demora por los escribas del rey y les ordenó preparar los decretos reales dirigidos a todos los embajadores y gobernadores del rey en la totalidad de las ciento veintisiete satrapías.
El primer decreto fue una abierta orden a todos los gobernadores para que armaran a la población a tiempo del 13 de Adar, fecha en la que debían estar bien adiestrados, y matar «a cierto grupo de gente dañina». La identidad de este grupo estaba contenida en el segundo decreto, que era una orden sellada para no ser abierta antes del 13 de Adar.
En esa orden sellada se establecía con claridad que el pueblo de Persia debía atacar y asesinar a los judíos, jóvenes y ancianos, mujeres y niños; dondequiera se los hallase en el vasto imperio persa.
Ambos decretos fueron debidamente firmados, sellados y enviados urgentemente a los diversos gobernadores de las satrapías. Ostentaban el sello de las armas reales y no podían ser revocados.
El taimado Aman había tomado todas las precauciones para mantener su plan en secreto, de modo que los judíos fueran sorprendidos completamente e impedidos de eludir su destino. Aman se restregaba las manos con maligna satisfacción.

Aquel día, Aman hizo abandono del palacio para comunicar las últimas nuevas a la perversa Zeres. Mordejai, detenido frente a los portones del palacio, percibió la expresión de júbilo en el inicuo rostro de Aman y comprendió que éste ocultaba algo. Llamó a tres muchachos judíos que salían de la escuela en ese momento, y les pidió que le repitieran la lección aprendida ese día. Dijo el primero: «No tendrás temor de susto repentino, ni de la desoladora tempestad cuando viniere sobre los inicuos (Proverbios 3:25). Y el segundo: «Tomad maduro consejo, mas será frustado; hablad la palabra, mas no tendrá efecto, porque D-s es con nosotros» (Isaías 8:10). El tercero dijo: «También hasta vuestra vejez soy yo el mismo, y hasta las canas yo cargaré con vosotros; yo lo he hecho así, y yo os seguiré llevando; sí, yo cargaré con vosotros, y yo os salvaré» (Isaías 46:4). El rostro de Mordejai se iluminó y estrechó cariñosamente contra su pecho a los muchachos. La escena, presenciada por Aman, despertó su curiosidad. «¿Qué te han dicho los niños, Mordejai, que tan feliz te hacen?», preguntóle Aman.
«Me han dado buenas noticias, benditos sean; me han revelado que no hay que temer tus perversos designios….» contestóle Mordejai triunfalmente.
Aman montó en cólera. «¡Precisamente con los rapazuelos judíos procederé primero!», rugió, blandiendo las manos hacia ellos amenzadamente.

 

Gentileza gráficos: http://www.tzivos-hashem.org

 

 

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