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La Máscara del Mundo
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Capítulo 3 (última parte)

 

¿Cual es el mensaje detras de la Mascara..?

 

“…¿cual seria la respuesta de esta generacion si contemplasemos un fenomeno milagroso? La mayoria de nosotros responderia tratando de hallar una explicacion natural para el…..

….Y se nos consideraria culpables por ello: si uno vive en medio de la oscuridad de un mundo que parece completamente natural y no ve la Presencia Divina en el, se le puede perdonar; pero si se le muestra esa Presencia y luego se niega a ver, eso es imperdonable. Cuando una generacion es tan insensible a lo espiritual que cualquier cosa refinada, cualquier cosa superior, es transformada en burda y cruda, entonces los milagros son peor que desechados. Es como si Dios se viese forzado a contenerse a Si mismo en vez de revelarse a nosotros ¡porque nos negariamos a verlo! Nosotros impedimos que Se manifieste; en efecto rechazamos una relacion con El antes de que comience.

No somos dignos de milagros y no se nos puede alcanzar por medio de milagros. No adquiririamos fe de milagros, pero sin duda alguna tampoco la adquirimos de su ausencia; los que reducen incluso a los milagros a proporciones naturales seguramente ¡no elevaran lo natural a lo milagroso! Entonces, ¿que queda? ¿Como puede Dios ponerse en contacto con nosotros? ¿Como nos da la posibilidad de penetrar la fachada de lo fisico? ¿Como puede El hacer que la gente que tiene fe en lo natural llegue a ser sensible a lo espiritual?
La respuesta es que El rompe la cadena natural de causa y efecto en nuestros asuntos con el fin de destruir nuestra fe en ella. El proceso es este: una persona tiende a pensar que la causa conduce al efecto; por ejemplo, que el trabajo arduo conduce al exito en ganarse la vida. Cada vez que esto parece ocurrir, la persona se vuelve menos sensible a la idea de que Dios es la causa real e inmediata de ese exito y, por lo tanto, Dios deja que esa persona realice un esfuerzo apropiado y adecuado que deberia producir excelentes dividendos ¡y luego hace que ese esfuerzo fracase! El plan de negocios mas perfectamente diseniado podria fracasar miserablemente con el proposito de enseniar que no existe un proceso real de causa y efecto en esta area del empenio humano.

Se podria invertir un esfuerzo prodigioso para lograr un resultado especifico sin que rinda frutos. Cuando las cosas van mal, la persona deberia detenerse y preguntarse que mensaje se le esta comunicando: ¿por que acaban esos esfuerzos tan arduos en fracaso? Podria ser que Dios le esta enseniando que no debe confiar tanto en sus capacidades independientes.

El fracaso podria ser el regalo mas grande:
el regalo de ojos abiertos.

* * * *

En el tercer nivel están aquellos para quienes la ilusión de independencia que el mundo natural proyecta es demasiado fuerte, demasiado peligrosa. El individuo que está en este nivel teme que si se involucra demasiado en el mundo natural de causa y efecto, corre el riesgo de ser seducido por su apariencia de solidez e independencia. Este individuo minimiza su participación en lo natural, minimiza la hishtadlut. Se siente obligado a invocar lo milagroso en vez de participar en lo natural porque lo milagroso ciertamente le recordará cuál es la verdadera naturaleza del mundo y la Mano que ejerce control sobre él.
Para que no pensemos que este nivel es muy bajo, enfaticemos que a pesar de que el individuo que vive en él se siente incapaz de la tarea de combatir la ilusión de lo físico, aun así es digno de provocar que los milagros se hagan manifiestos. Este tipo de individuo desiste de participar en lo natural y deja que lo milagroso ocurra, a fin de evitar el riesgo de llegar a creer que sus esfuerzos naturales tienen un poder intrínseco.

* * *

Se comprende mejor estos dos niveles, el segundo y el tercero, si se les comparan. El segundo está habitado por aquellos que no temen que su participación en lo natural sea intrínsecamente demasiado peligrosa; para ellos el peligro reside en caer en el olvido de la Mano que mueve a lo natural, y la solución que adoptan es quebrantar constantemente esa tendencia por medio de la utilización de lo natural exactamente como si fuese real e independiente, al mismo tiempo que se recuerdan a sí mismos de que no es nada.
Sin embargo, aquellos que habitan el tercer nivel no sienten la confianza en que su utilización de lo natural sea capaz de producir esa conciencia. Sienten que no pueden correr el riesgo de involucrarse con lo físico por miedo de que su exhibición de realidad venza sobre su visión espiritual. Estos individuos evitan lo físico; prefieren dejar que lo Divino se manifieste sin esfuerzo de su parte, a fin de que se les fuerce a percibir la verdadera naturaleza de las cosas.
Aunque suene paradójico, el más elevado de estos niveles exige un recurso mayor a lo natural; el menos elevado exige más la relevación abierta de lo milagroso.

Hay un Midrash que da ejemplos clásicos de los diversos niveles que forman el espectro continuo entre estos dos niveles. Mencionando a cuatro reyes de Israel, el Midrash describe sus métodos respectivos para manejar el problema de la hishtadlut y la bitajón, el problema de cómo resolver la tensión entre el mundo del esfuerzo humano natural y el del conocimiento claro de la acción divina tras bambalinas.
Cada uno de ellos, el rey David, el rey Asá, el rey Yehoshafat [Josafat] y el rey Jizquiyahu [Ezequías], pidió a Dios Su ayuda de diversos modos; en efecto, cada uno pidió un grado diferente de intervención divina.
El rey David dijo: “Perseguiré a mis enemigos y los alcanzaré, y no regresaré sino hasta que los haya destruido.” El Midrash declara: “Dios le dijo: “Yo lo haré”.” Y así sucedió: David persiguió al enemigo y lo destruyó con asistencia divina.
El rey Asá dijo: “Yo no tengo el poder para destruirlos, sino que yo los perseguiré y Tú lo harás.” Y Dios le respondió: “Yo lo haré.” Asá persiguió al enemigo y Dios lo destruyó.
El rey Yehoshafat dijo: “Yo no tengo el poder para destruir, y ni siquiera para perseguir, sino que cantaré (en oración y alabanza) y Tú lo harás.” Y Dios respondió: “Yo lo haré.” Yehoshafat cantó y el enemigo fue derrotado sin que mediara ninguna acción militar de su parte.
El rey Jizquiyahu dijo: “No tengo el poder para destruir ni para perseguir, y ni siquiera para cantar, sino que me echaré a dormir en mi cama y Tú lo harás.” Y Dios respondió: “Yo lo haré.” Jizquiyahu se durmió y durante la noche ocurrió una derrota milagrosa del enemigo.

En este Midrash vemos aquí representados cuatro modos de conducta. David se comporta manejando completamente el mundo natural; cuando debe hacer una guerra, organiza una campaña militar y lleva a cabo todos los pasos necesarios: persigue al enemigo y le presenta batalla. El rey Asá hace menos; persigue al enemigo y lo alcanza, pero no entra en batalla. Cuando su ejército ya ha perseguido al enemigo y lo ha alcanzado, experimenta una destrucción milagrosa del enemigo. El rey Yehoshafat hace menos todavía; ni siquiera lo persigue. Sus actos consisten en oración y canto, sin intentar adoptar ninguna clase de acción militar. El resultado es la destrucción totalmente milagrosa del enemigo. Y el rey Jizquiyahu no hace absolutamente nada: cuando el pueblo judío es amenazado por un ejército invasor, ¡él se va a dormir! El resultado: durante la noche ocurre una destrucción milagrosa del enemigo sin que haya sido necesaria ningún tipo de acción humana.
A primera vista, parecería como si se estuviera considerando niveles crecientes de grandeza espiritual: el rey David debe emplear mucho esfuerzo para conseguir resultados, el rey Asá menos, y así sucesivamente. Después de todo, al rey Asá se le favorece con un milagro, cosa que no sucede con el rey David. Y el rey Jizquiyahu, que precisa del menor esfuerzo, contempla el milagro más grande. Sin embargo, la verdad es exactamente lo opuesto, como habrá puesto de manifiesto nuestro análisis del tema subyacente: en su trascendente nivel, el rey David se comporta dentro del dominio de lo natural exactamente como si todas las consecuencias dependieran enteramente de sus propios actos, y mientras lo hace él constantemente expresa la idea de que sus actos no son la verdadera causa en absoluto. Él utiliza los actos humanos a fin de romper la creencia en tales actos; con cada gesto mínimo, declara a sí mismo y al mundo que es sólo Dios el que está actuando en realidad. Antes de realizar un movimiento, el Midrash afirma, David invoca a Dios para que Él haga todo; sólo después, cuando resulta claro que cualquier resultado es enteramente obra de Dios, es que David pasa a la acción.
(De hecho, esto es exactamente lo que David representa: el rol de Mesías, el rey mesiánico cuya esencia reside en David mismo, consiste en demostrar la presencia de Dios en el mundo.)

Para comprender esto más profundamente, se podría preguntar para qué es necesario el Mesías; ciertamente, cuando llegue el momento en que Dios se revelará abiertamente en el mundo, Él debería hacerlo sin ningún representante humano. ¿Por qué, entonces, es necesario tener un rey mesiánico? ¿Acaso no es la época mesiánica precisamente el momento en que la soberanía humana debe dejar de existir a fin de revelar con toda claridad la verdadera y última Soberanía Divina? Pero de nuevo aquí, lo opuesto es la verdad: el mensaje del rey mesiánico es de enseñar el nivel más profundo en los esfuerzos y los logros humanos, el propósito último de la existencia humana en su forma más potente: la labor de sacrificar el ser propio, rendir el ego al servicio de Dios. El Mesías será el individuo más desarrollado y exaltado imaginable, el rey más poderoso y fuerte que jamás haya reinado, y sin embargo él mostrará que él mismo carece de toda existencia independiente; todo es Dios y todo dominio es Suyo. Ein od milvadó -“no existe nada aparte de Él”. Éste es el significado verdadero de la declaración de los Sabios acerca del maljut, el concepto de soberanía representado en su forma más perfecta por el rey David: Leit lei mi-garmei klum -“él no tiene nada suyo”.

Regresemos al Midrash. Conforme avanzamos a través de la historia y nos encontramos con reyes de Israel posteriores, comprobamos que este nivel disminuye. El rey Asá sentía que si realizaba el esfuerzo natural completo al igual que el rey David, estaba en peligro de llegar a creer -aunque sólo fuera por un momento- que los actos humanos constituyen una causa independiente. Así, pues, él debe limitar sus actos y dejar que lo Divino se manifieste en forma milagrosa a fin de demostrar cuál es la verdadera naturaleza de la realidad. El rey Yehoshafat sentía este problema más agudamente; sabía que incluso la más pequeña acción militar podría parecer como si tuviera algún rol esencial que desempeñar en la victoria. Por eso, no realiza ningún movimiento de tipo militar. Reza y ofrece un canto; sin duda alguna, esto enfatizará sin lugar a error Quién está a cargo.
Y, aunque suene increíble, el rey Jizquiyahu sentía que incluso un canto sería demasiado; incluso eso podría tomarse como la acción humana efectiva esencial para alcanzar el resultado deseado. Se va a la cama y duerme en el momento más peligroso, antes de un inminente y certero ataque por parte de un enemigo poderoso, con el objeto de demostrar en forma inequívoca que la acción humana es, en realidad, completamente superflua.
(Durante el reinado del rey Jizquiyahu, el pueblo judío se dedicaba casi exclusivamente al estudio de la Torá; no se acostumbraba emplear como modo de conducta el esfuerzo físico en la esfera de lo natural. De hecho, el rey Jizquiyahu colocó una espada sobre la puerta del bet hamidrash, la casa de estudio de Torá, y decretó que cualquiera que abandonase el intenso estudio de Torá debería ser atravesado con ella. Aquí la pregunta obvia es: ¿por qué se castiga así el dejar el estudio de Torá? ¿Dónde hallamos decretada la muerte a manos de un ser humano como castigo por bitul torá, el abandono del estudio de Torá?
Sin embargo, a la luz de nuestro análisis, la respuesta es clara: la generación del rey Jizquiyahu estaba involucrada enteramente en el estudio de Torá; no se involucraba en la hishtadlut, en el esfuerzo natural en lo físico, sino que lo evitaba. Ahora bien, de la espada del rey Jizquiyahu y el decreto que promulgó, vemos que ellos dependían del hecho mismo de que no se involucraban en el esfuerzo natural: para ellos hubiera sido mortal dejar el bet hamidrash para realizar esfuerzos físicos. En realidad, el decreto real era bastante apropiado: cuando la Torá constituía el único empleo del pueblo judío, bastaba con eso. Pero más aún: cualquier intento de manipular lo natural conllevaba el peligro de quebrantar la percepción clara de que todo en realidad depende de la Mano divina. Cuando era necesario que un rey judío durmiera para demostrar cuál era la verdadera naturaleza de las cosas, hubiera constituido un acto traicionero y peligroso para cualquier judío dejar el bet hamidrash e involucrarse en algún esfuerzo humano natural. El judío que lo hiciera hubiera representado una auténtica amenaza para la seguridad de la nación, y una espada suspendida sobre la puerta del bet hamidrash – señalando una condena real de pena de muerte – era perfectamente apropiada, no por el bitul torá mismo, sino porque ese acto constituía un peligro nacional.)

Cada uno de estos cuatro reyes realiza un grado o tipo diferente de esfuerzo: el rey David mucho, el rey Asá menos, el rey Yehoshafat menos todavía, y el rey Jizquiyahu ninguno. Sin embargo, independientemente del grado de esfuerzo humano, la respuesta de Dios es: “Yo lo haré.” Con esto, el Midrash nos enseña que en cada uno de estos casos, Dios se estaba manifestando como la causa verdadera; el rol desempeñado por el ser humano es decidir cúanto esfuerzo es apropiado para demostrar mejor ese hecho.

* * *

Utilizando el concepto en discusión, hay un sorprendente caso talmúdico que ahora podemos comenzar a entender. El Talmud analiza el caso de un hombre que había perdido a su esposa y que no podía pagar a una nodriza para amamantar a su hijo. Entonces ocurrió un milagro: los senos del hombre se desarrollaron de tal forma que él mismo fue capaz de amamantarlo. Lo sorprendente es que el Talmud cita una diferencia de opinión con respecto a este hombre y el milagro que le ocurrió. Una opinión afirma: “¡Qué grande es ese hombre para que se le haya hecho un milagro!” Pero la otra opinión sostiene: “¡Qué bajo es ese hombre para quien se le haya cambiado el orden natural de la Creación!”
¿Cuál es el significado de esta majloket, esta controversia?
¿Por qué se oponen ambas opiniones tan radicalmente? A la luz de lo que hemos estudiado, podemos intentar llegar a una comprensión del asunto. La diferencia entre ambas posiciones depende de qué perspectiva se adopta para considerar el milagro, si la del segundo o la del tercer nivel espiritual. Desde la perspectiva del tercer nivel espiritual -el nivel en el que los milagros son necesarios para demostrar que la naturaleza no es sino una máscara-, ese tipo de milagros indica grandeza espiritual; después de todo, ese hombre debió haber sido muy grande para ser digno de un milagro personal. “¡Qué grande es ese hombre…!”
Pero desde la perspectiva del segundo nivel -ese nivel más alto en el que es correcto demostrar la irrealidad de lo natural sin recurrir a milagros, sin necesitar milagros que rompan la percepción de que la naturaleza es real-, un milagro así representa una falla. Para la persona que, a pesar de su grandeza, es vulnerable a la ilusión de la naturaleza como realidad independiente, el orden de la Creación debió haber sido puesto a un lado para protegerlo de esa ilusión. Relativamente hablando, ese individuo es espiritualmente más bajo, ya que es incapaz de realizar la labor de quebrantar por sí mismo la percepción de la naturaleza; hay que hacerlo por él. “¡Qué bajo es ese hombre…!”
El argumento aquí es la siguiente: ¿cuál es el criterio adecuado para juzgar a un hombre así y ese tipo de milagro? ¿Hay que contemplarlo desde el segundo nivel, aquél en el que, sin asistencia alguna, el poder de elevación espiritual de un individuo realiza la labor de revelar el mundo superior, o hay que contemplarlo desde el nivel que está relativamente más bajo, aquél en el que el individuo debe invocar ayuda del exterior en forma de intervención sobrenatural a fin de demostrar el mismo hecho? En tales alturas de grandeza (casi desconocida para los habitantes de nuestra generación), un milagro podría representar mérito y grandeza, o, asombrosamente, podría representar una falla: la incapacidad para lograr en forma independiente aquello que una revelación abierta y directa debe, en su defecto, lograr. Antes de que dejemos estos tres niveles de grandeza espiritual y estudiemos los niveles que son más relevantes para nuestra generación, debemos señalar que nuestro propósito no ha sido comparar individuos, sino modos de comportamiento, modos de interacción con el mundo y sus pruebas. El punto principal no es si el rey David estaba en un nivel superior o inferior que esas otras grandes personalidades que hemos mencionados, sino que el individuo o la situación son los que dictan cuál es el la forma más adecuada para balancear la hishtadlut [esfuerzo natural] y la bitajón [confianza absoluta en Dios] a fin de revelar el mundo detrás de la máscara.

* * *

Ahora llegamos al cuarto nivel, y es aquí donde hallamos a la mayor parte de la gente. En este nivel, no hay poder espiritual para invocar que ocurran milagros. De hecho, aquí los milagros serían completamente inapropiados; sólo servirían para rebajar el nivel de aquellos que los presencian. Analicemos esta idea.
Como hemos intentado comprender, el propósito de los milagros es beneficiar a aquellos que los experimentan. Como parte de Su hashgajá -Su supervisión de los asuntos mundanos-, Dios escoge manifestarse ya sea de modo milagroso o de modo natural, dependiendo de qué es lo mejor para los recipientes de esa hasgajá. Cuando Dios se revela abiertamente, sólo lo hace para el bien de aquellos que presencian esa revelación. Como hemos visto, para aquellos que se hallan en el nivel superior de espiritualidad, los milagros ocurren porque esos individuos pueden beneficiarse de ellos y no hay razón alguna para retenerlos. En el segundo nivel que hemos estudiado, los milagros no se manifiestan porque aquellos que se hallan en ese nivel utilizan lo natural para romper su fachada; los milagros los privarían de la oportunidad de realizar esa labor, y esos individuos alcanzan y generan una percepción de lo Divino precisamente porque no viven con lo milagroso.

En el tercer nivel, los milagros ocurren porque los que se hallan en ese nivel adquieren emuná, fe, directamente por medio de la experiencia de lo milagroso: cada revelación de Dios los traen a un contacto más íntimo con Él. Un camino más natural sería demasiado peligroso para ellos; reduciría la conciencia de lo Divino.
Pero para aquellos que se hallan en el cuarto nivel, no ocurren milagros porque sería desastroso para nosotros. La razón es esta: ¿cuál sería la respuesta de esta generación si contemplásemos un fenómeno milagroso? La mayoría de nosotros respondería tratando de hallar una explicación natural para él. Y se nos consideraría culpables por ello: si uno vive en medio de la oscuridad de un mundo que parece completamente natural y no ve la Presencia Divina en él, se le puede perdonar; pero si se le muestra esa Presencia y luego se niega a ver, eso es imperdonable. Cuando una generación es tan insensible a lo espiritual que cualquier cosa refinada, cualquier cosa superior, es transformada en burda y cruda, entonces los milagros son peor que desechados. Es como si Dios se viese forzado a contenerse a Sí mismo en vez de revelarse a nosotros ¡porque nos negaríamos a verlo! Nosotros impedimos que Se manifieste; en efecto rechazamos una relación con Él antes de que comience.
No somos dignos de milagros y no se nos puede alcanzar por medio de milagros. No adquiriríamos fe de milagros, pero sin duda alguna tampoco la adquirimos de su ausencia; los que reducen incluso a los milagros a proporciones naturales seguramente ¡no elevarán lo natural a lo milagroso! Entonces, ¿qué queda? ¿Cómo puede Dios ponerse en contacto con nosotros? ¿Cómo nos da la posibilidad de penetrar la fachada de lo físico? ¿Cómo puede Él hacer que la gente que tiene fe en lo natural llegue a ser sensible a lo espiritual?
La respuesta es que Él rompe la cadena natural de causa y efecto en nuestros asuntos con el fin de destruir nuestra fe en ella. El proceso es este: una persona tiende a pensar que la causa conduce al efecto; por ejemplo, que el trabajo arduo conduce al éxito en ganarse la vida. Cada vez que esto parece ocurrir, la persona se vuelve menos sensible a la idea de que Dios es la causa real e inmediata de ese éxito y, por lo tanto, Dios deja que esa persona realice un esfuerzo apropiado y adecuado que debería producir excelentes dividendos ¡y luego hace que ese esfuerzo fracase! El plan de negocios más perfectamente diseñado podría fracasar miserablemente con el propósito de enseñar que no existe un proceso real de causa y efecto en esta área del empeño humano.
Se podría invertir un esfuerzo prodigioso para lograr un resultado específico sin que rinda frutos. Cuando las cosas van mal, la persona debería detenerse y preguntarse qué mensaje se le está comunicando: ¿por qué acaban esos esfuerzos tan arduos en fracaso? Podría ser que Dios le está enseñando que no debe confiar tanto en sus capacidades independientes. El fracaso podría ser el regalo más grande: el regalo de ojos abiertos.

Una persona con sensibilidad comprenderá esta idea y alcanzar así un mayor grado de sensibilidad. Cuando ocurre un fracaso inesperado y antinatural, la actitud correcta debe estar basada en la conciencia de que hay ahí un mensaje encerrado: se desestabiliza lo natural con el objeto de mostrar que por sí mismo no es confiable. Éste es uno de los métodos empleados para ayudarnos a generar una mayor emuná cuando no se pueden emplear milagros; cuando no ayudará a pasar por alto lo natural, éste es destruido.
En este nivel, Dios mismo somete lo que parece ser el funcionamiento del orden natural al examen humano y luego quebranta en forma visible ese orden natural con el propósito de demostrar lo vacío que es. En las vidas mismas de aquellos que deben aprenderla, esta importante lección se está revelando, en sus propios asuntos y en su propia carne. Aquí no hay trabajo que realizar para revelar lo Divino o quebrantar lo natural; eso mismo se está haciendo sin que medie esfuerzo humano alguno. Aquí la labor consiste simplemente en percibir la realidad que se nos muestra.

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Pero también hay un quinto nivel. ¿Qué ocurre cuando una persona es tan obstinada que no importa qué ocurra se niega a ver la Mano divina? ¿Cuál es el modelo de la conducta divina que gobierna los asuntos de aquel individuo que no sólo atribuye los milagros a lo natural, sino que además insiste en que las rupturas en el cotidiano proceso de causa y efecto no son más que coincidencias? ¿Qué se puede hacer por el individuo que simplemente no quiere ver?
La respuesta es que no se puede hacer nada por él. Los milagros no ayudarán, los fracasos inesperados tampoco, y ciertamente que el éxito tampoco; este individuo atribuirá el éxito sólo a sus propios esfuerzos y capacidades. Como en cualquier otra relación, la relación con lo Divino debe tener dos partes; cuando una de la partes absolutamente no quiere, no puede haber relación.
En efecto, nada se puede hacer por él, pero algo se puede hacer con él; tales individuos son utilizados para un propósito específico en la hasgajá del mundo. Son utilizados como tentación para la falta de fe de otros. Como estos individuos se inmutan ante los cambios inusuales y antinaturales en sus propios asuntos, Dios deja que sus asuntos marchen en forma completamente previsible y natural. Podría ser que tales personas inviertan mucho esfuerzo en ganarse el sustento o en otra empresa humana; Dios entonces deja que ese esfuerzo tenga éxito exactamente como si ese mismo esfuerzo estuviese produciendo los resultados, con el propósito de que otros pasen por la prueba de presenciar lo que parece ser el orden natural de las cosas.

Después de todo, el mundo debe presentar un orden natural para poder hacer posible el libre albedrío; estos individuos representan la ilusión de un orden natural. De hecho, esto no es más que midá kenegued midá, una expresión del atributo divino de medida por medida: puesto que ese individuo ha decidido ser parte del orden natural, de vivir completamente dentro de la esfera de lo físico y lo natural, entonces a ese mismo individuo se le trata de un modo completamente natural. La vida de tal individuo proseguirá en forma natural y previsible, sujeta únicamente a las leyes finitas de la física y la biología.
¡Qué idea más aterradora! La negativa a abrirse a cualquier tipo de comunicación con lo espiritual conduce a una vida puramente física, y esa misma existencia física conserva y promueve el marco físico que proporciona la oportunidad de libre albedrío para aquellos que se mantienen dispuestos a vencer la ilusión. El individuo que obstinadamente se niega a oir cualquier mensaje superior se ha convertido en señuelo en el anzuelo de una falsa realidad. Éste es el nivel que, por lo menos, hay que evitar.

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