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La Máscara del Mundo
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Capítulo 3 (Primera parte)

 

Detrás de la Máscara

Los milagros, pues, revelan que la naturaleza es una máscara. Detrás de esa máscara no hay nada más aparte de Dios mismo. Pero ahora debemos preguntar: si todo procede de Dios, si el mundo entero es una manifestación de Su voluntad, ¿por qué debemos actuar siquiera? ¿Por qué es necesario el esfuerzo humano? ¿Acaso no sería mejor reconocer el dominio del mundo por parte de Dios, no haciendo esfuerzo alguno en la dimensión física? Y si nuestro esfuerzo sí es necesario, ¿cuánto es la cantidad correcta? ¿Cuál es el propósito de nuestros actos en el mundo, y cómo debemos manejar el conflicto inevitable entre el reconocimiento del dominio total de Dios y nuestro aparente dominio de lo natural?

Se comprenderá mejor este tema fundamental si consideramos que los individuos que tienen diferentes niveles de desarrollo espiritual deben enfrentar cada uno según su nivel la cuestión de la acción humana. Y a veces no es el individuo, sino la situación misma, la que exige que él responda de un modo específico para hacer manifiesto el verdadero carácter de la relación que existe entre lo natural y lo trascendente. Así como hay diversos niveles de percepción de la realidad -como ya vimos-, así también hay diversos niveles de interacción con lo natural, diversos modos de manejar el mundo natural y diversos modos de interacción con lo milagroso.

* * *

En esta área de la actividad humana podemos discernir cinco niveles.
En el primer nivel, el más elevado de todos, están aquellos para quienes la naturaleza no tiene una realidad independiente en absoluto. Éstos son los tzadikim que tienen poder sobre la naturaleza. Como ya señalamos anteriormente, puesto que son capaces de percibir a través de la máscara de la naturaleza, la máscara desaparece. Individuos así son capaces de realizar milagros. (Ya hemos señalado el ejemplo de Rabí Janina ben Dosa, para quien el vinagre arde en lugar del aceite porque para él no existe diferencia alguna entre que el aceite arda o el vinagre.) Ambas cosas son igualmente posibles, ya que cada una constituye una manifestación directa de la voluntad del Creador. La percepción humana que está condicionada por lo acostumbrado, lo que es familiar, es irrelevante en este caso. Como ya dijimos, cuando ocurren milagros manifiestos en presencia de estos tzadikim, ellos no se impresionan; o en términos más exactos, se impresionan por la naturaleza y los milagros por igual. Viven dentro de la naturaleza, pero la trascienden. (Obviamente, en nuestra generación ese tipo de individuo es sumamente raro, si es que existe. La posición que ocupamos en la sinuosa y larga yeridat hadorot -“el descenso [espiritual] de las generaciones”, nos deja muy lejos de cualquier tipo de contacto personal con una grandeza semejante.)

Cuando analizamos este nivel más elevado, surge una pregunta. Descubrimos que cuando ocurre un milagro para un tzadik, siempre tiene un elemento natural; si el tzadik inicia el milagro, siempre lo hace por medio de la realización de un acto dentro del orden de lo natural. ¿Por qué es necesario esto? ¿Por qué deben llevar a cabo estos individuos tan grandes un esfuerzo natural? Si milagros ocurren para ellos y el mundo natural no los limita, ¿por qué deben actuar dentro del mundo mismo?
Algunos ejemplos aclararán la pregunta. Cuando Nóaj [Noé] iba a ser salvado del Diluvio, se le ordenó construir una arca y meter allí a todas las especies de animales de la tierra. ¡Pero una arca de tales dimensiones nunca hubiera podido contener a todos esos animales! Más aún, el Midrash afirma que los animales sólo ocupaban el nivel intermedio de los tres que formaban la arca; el nivel superior era para que lo habitasen los seres humanos y el inferior para los desechos. El suceso entero fue milagroso. Ahora bien, la pregunta es: si salvar la vida animal del mundo fue un acto milagroso, ¿por qué fue necesaria una arca física? ¿Por qué Dios simplemente no salvó a toda la vida terrenal sin ordenar a Nóaj que llevase a cabo todos los actos necesarios para la construcción de una arca que de todos modos era demasiado pequeña para cumplir su propósito?
En otro caso vemos al patriarca Yaacob [Jacob] disponiéndose a preparar un círculo de piedras alrededor del sitio donde debía dormir con el objeto de protegerse de los animales salvajes. ¡Pero unas pocas piedras no intimidarían a animales depredadores hambrientos! Si Yaacob confiaba en Dios para que lo protegiese, ¿por qué realizar un acto, meramente simbólico, en el plano de lo material?
A Moshé Rabenu [nuestro maestro Moisés] se le ordenó ascender a la montaña para observar toda la Tierra de Israel, a la cual se le había prohibido entrar. ¡Pero la Tierra de Israel en su totalidad no es visible desde ninguna montaña! Aquí de nuevo, ¿para qué el esfuerzo si el resultado va a ser milagrosamente fuera de proporción con respecto al esfuerzo mismo? ¿Por qué Dios simplemente no le mostró el país en una visión en el sitio en el que él estaba, si de todas maneras la altura del Monte Nevó era irrelevante?
Cuando el profeta Elishá [Eliseo] revive al muchacho que había muerto, cierra la puerta y luego se acuesta sobre el muchacho, colocando sus ojos sobre los ojos de él, su boca sobre la boca de él, y así con todo el cuerpo. El muchacho, milagrosamente, revive. ¿Para qué este procedimiento de acostarse encima de él? Y en este caso vemos que era necesario, aunque no había nadie más presente, ya que claramente la Escritura afirma que Elishá había cerrado la puerta; sus acciones no estaban destinados a que alguien los observase. Ahora bien, si él estaba rezando para que Dios resucitase al niño -y evidentemente el resultado es que su rezo fue respondido-, ¿por qué debía realizar acciones que en sí mismos eran claramente inadecuados?

Podemos hallar muchos otros ejemplos de este fenómeno. Durante varios años, Rabí Shimón bar Yojai es alimentado en una cueva a base de algarrobos y agua. Si Dios lo está alimentando milagrosamente, ¿por qué lo hace a través de proveerlo milagrosamente con algarrobos y agua? ¿Por qué simplemente no sustentarlo sin necesidad de alimentos? ¿Por qué tiene que mandar Rabí Janina ben Dosa que se encienda el vinagre? ¿Por qué no simplemente hizo que apareciera una llama sin necesidad de materia alguna? Cuando en forma milagrosa Elishá produjo aceite para la mujer de Sunem, ¿por qué comienza con una jarra de aceite con la que luego llena milagrosamente todas los recipientes vacíos que son traídos? ¿Por qué no hacer que todos esos recipientes se llenen de aceite en forma instantánea e independiente? De hecho, ¿para qué eran necesarios esos recipientes desde el inicio? ¿Acaso no hubieron podido ser creados milagrosamente junto con su contenido?

Este tema es sumamente profundo, y contiene muchos niveles de comprensión. El hecho es que los actos físicos constituyen las llaves para acceder al mundo espiritual. El autor del libro Néfesh Hajayim explica en detalle de qué modo se llegan a operar cambios en los mundos superiores como consecuencia de nuestros acciones en el mundo físico. Los actos físicos son necesarios para operar cambios en la dimensión espiritual; esto es parte del secreto que explica la existencia misma de lo físico, y ésa es la razón por la que al ser humano se le ha dado un cuerpo. Nosotros hacemos que el mundo espiritual se mueva. El mundo físico es como las llaves de un piano: la música no es producida por las llaves, sino por las cuerdas ocultas dentro del mecanismo que está detrás de la fachada del piano, pero las llaves son necesarias. Sin esas llaves, no habría forma de acceder al mecanismo interno, y aunque las llaves en sí mismas no producen sonido alguno, cuando se las golpea resulta la música.
Incluso cuando el resultado está fuera de toda proporción con la magnitud del acto físico, debe haber un acto. Cuando la hija del Faraón extendió su brazo para salvar al bebé Moshé del Nilo a pesar de que aquél se hallaba fuera de alcance, milagrosamente su brazo se alargó. Su esfuerzo, su intento de alcanzarlo, era la llave para lograrlo. Cuando hacemos un esfuerzo sincero podemos alcanzar el mérito de verlo amplificado más allá de toda expectativa, pero si no hay algún intento no hay nada que amplificar. Debemos actuar; si nos hemos desarrollado espiritualmente lo necesario, se nos puede conceder una visión de lo que hay detrás de la máscara, a fin de percibir que realmente el resultado no depende para nada del acto. Pero sí debemos actuar. Nunca somos pasajeros pasivos.

Hay más aspectos profundos a esta pregunta, pero escojamos un enfoque que siga las líneas de nuestro análisis de los varios niveles espirituales. Algunos de los comentaristas clásicos formulan esta misma pregunta: ¿por qué es necesario cualquier acción por parte de un tzadik que sabe que el acto no es la causa real de cualquier resultado en el mundo y que, además, es capaz de realizar proezas sobrenaturales a voluntad? La respuesta es la siguiente: al provocar un milagro, el tzadik realiza un acto con el objeto de minimizar el milagro. Su humildad exige que haya por lo menos algún componente natural en lo que ocurrirá para que de este modo él quede atado al mundo natural; por lo menos hasta cierto punto, él está constreñido por la apariencia de la causa y el efecto. Él oculta el milagro de sí mismo o, mejor aún, él se oculta del hecho de que su nivel es tal que ejerce control sobre lo natural. De hecho, vemos que Dios mismo ordena comportarse así: a Moshé le ordena que ascienda a la montaña para observar la Tierra de Israel, a Nóaj le ordena que construya la arca. A este nivel, el acto es meramente simbólico. El tzadik está impedido de remontarse más allá de lo natural al mismo tiempo que lo controla; ningún nivel de grandeza trasciende jamás la humildad. De hecho, es precisamente esta cualidad de humildad la que en primer lugar elevó al tzadik a este nivel: precisamente porque sabe que él mismo está desprovisto de existencia independiente, porque percibe que lo natural es sólo un velo, porque se ha entrenado a percibir que él y el mundo no son nada y que Dios lo es todo, por esto es él lo que es. Él se resiste a hacer cualquier cosa que podría parecer como si fuera el resultado de su propia grandeza.

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En el segundo nivel están aquellos individuos para quienes la naturaleza y el milagro no son exactamente lo mismo (o aquellos cuya labor es enseñar el manejo adecuado de este nivel, aunque ellos mismos lo hayan trascendido). A este nivel, los milagros son posibles e incluso comunes; sin embargo, quienes habitan este plano elevado aun así perciben una diferencia entre el mundo natural y lo sobrenatural. Para ellos, lo natural sí tiene algo de realidad en sí misma, poca, casi imperceptible, pero aún así algo de realidad.

La labor en este nivel es intentar romper la ilusión de la realidad del proceso de causa y efecto. El tzadik que vive en este nivel de emuná, fe, constantemente se está esforzando para clarificar en su conciencia o demostrar que sus esfuerzos naturales no son en realidad auténticas causas. Siempre se está moviendo para reducir el abismo entre lo natural y lo trascendente, y el método que emplea para alcanzar este objetivo es entrar en el mundo de lo natural mientras se mantiene consciente de que no es más que una cortina de humo que oculta a lo Divino. Tal individuo participa en el mundo físico siempre que sea posible y se esfuerza para recordarse a sí mismo (o a otros) de su intrínseca superficialidad con el propósito de quebrantar su tentación a verlo como independiente. Este individuo aumenta al máximo su hishtadlut -el esfuerzo natural- con el propósito de quebrantar su fe descolocada en él. Pero antes de poder aclarar más perfectamente esta idea, primero debemos echar una ojeada al siguiente nivel, el tercero.

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