Ascendiendo
El Arizal
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Los Últimos Años de su Vida

Publicado en el Iortzai del Arizal el 5 de Av de 5767 20 de Julio de 2007

El Arizal murió joven; sólo tenía treinta y ocho años. En los tres años que pasó en Tzefat, se hizo conocido en el mundo judío entero. Se convirtió en los urim vetumim; la persona que tenía la última palabra en Tzefat. Los sabios de la ciudad acudían a él cuando tropezaban con alguna dificultad y él les aclaraba todos los aspectos de la cuestión con claridad y sabiduría.

A pesar de su relativa juventud, el Arizal estuvo muy débil en el último año de su vida. Ya había gastado toda su energía estudiando intensamente Torá y rezando. También el enseñar lo había debilitado. Su salud se hizo tan frágil, que su anciana madre le prohibió que se metiera en la mikvé y él la obedeció. Durante los seis meses del invierno no se purificó en una mikvé a pesar de que a lo largo de toda su vida había sido muy estricto sumergiéndose a diario e insistiendo en que era una preparación vital para lograr alturas espirituales en abodat Hashem.

Sus dolores y sufrimientos eran conmovedores; hay muchas cosas que indican que él sabía que su fin estaba próximo; se dice que incluso se lo reveló a sus talmidim.

La muerte de su hijo

La dedicación de Rab Itzjak Luria a sus discípulos no tenía igual. Estaba dispuesto a enseñarles en cualquier circunstancia y a cualquier precio. Y, ¿qué precio más alto que el de la vida de un hijo?

En una ocasión, estaba el Arizal sentado con sus discípulos enseñándoles el capítulo del Zóhar que habla de la esclavitud de los judíos en Egipto. En el transcurso de la lección, mencionó que hay un animal que sólo puede tener un hijo mediante su propia muerte. Cuando llega el momento de dar a luz, Hashem envía una serpiente que lo muerde y muere en los dolores del parto. `Este asunto`, dijo: `contiene muchos secretos de gran profundidad que ni siquiera se pueden mencionar. Ni Rab Shimón, ni el mismo Moshé Rabenu enseñaron sus secretos místicos porque la persona que los revela pone su vida en peligro`.

Los talmidim, en su sed de conocimiento, rogaron repetidamente a su maestro que les revelara los secretos que se ocultan en este capítulo, pero él se negó a hacerlo y terminaron por desistir. Pero Rab Jaim no logró sobreponerse al ansia de conocerlos. Imploró y rogó tanto, que finalmente el Arizal accedió. Se acordó de que Eliahu Hanabí le había dicho que fuera a radicar a Tzefat para que ese mismo alumno, Rab Jaim Vital, pudiera absorber todo lo que él tenía que enseñar y lo difundiera más tarde. De manera que se sentó con él y le enseñó todo lo que sabía del tema. Cuando terminaron, se echó a llorar amargamente. Se sujetó la cabeza con las manos y, con los ojos llenos de lágrimas, gimió: `Baruj dayán haemet -que sea bendito el verdadero Juez`.

Los talmidim se sintieron horrorizados. En la habitación se hizo un silencio de muerte interrumpido únicamente por las conmovedoras lágrimas del maestro. ‘Veo que he sido castigado por revelar esos secretos místicos. Mi querido hijo Moshé morirá esta semana’.

Todos los reunidos lloraron junto con su maestro. Con enorme angustia acompañaron al Arizal a su casa y después cada uno se fue por su lado. Sólo Rab Jaim se quedó con su maestro para consolarlo en su pena.

`¿Cómo están mis hijos?,` preguntó a su mujer al entrar en la casa. En lugar de responder como siempre, que todo estaba bien gracias a Dios, ella le contestó: `No sé qué pasa, pero Moshé volvió hace unas horas quejándose de una terrible jaqueca. Lo mandé a la cama y está retorciéndose de dolor`.

Los dos hombres se acercaron a la cama, pusieron la mano en la frente del niño y comprobaron que estaba ardiendo en fiebre.

El Arizal se quedó junto a la cabecera de su hijo en los días siguientes. Rab Jaim reunió a todos los discípulos para que rezaran por su curación. Cuando los demás estudiosos de la Torá de Tzefat oyeron que el niño estaba gravemente enfermo, también ellos se reunieron en las sinagogas y en los Baté Midrash para rezar. Anunciaron públicamente que el que supiera que había pecado, debía arrepentirse con la esperanza de que Hashem fuera misericordioso y revocara el duro decreto.

Pero el decreto no fue revocado. Moshé devolvió su alma al Creador. El Arizal se rasgó los vestidos y se sentó durante siete días en duelo por su querido hijo.

Cuando terminó el período de duelo, dijo a sus discípulos: `No se descorazonen ni teman que voy a dejar de enseñarles los secretos de la Torá. Aunque mi hijo haya muerto y a pesar de que yo puedo ser el próximo que deje este mundo, no ocultaré de ustedes lo que sé. Seguiré enseñándoles para que puedan mejorar sus almas e iluminar el mundo entero`.

Los talmidim no dejaron de admirar la dedicación y la nobleza de espíritu de su maestro. Con respeto y emoción le besaron las manos y lo bendijeron: `Que nuestro rabino viva una larga vida, él y sus hijos, por siempre`.

El maestro sacrifica su propia vida

Poco después, el Arizal estudió con Rab Jaim la parashá Metzorá del Zóhar. Llegaron hasta un pasaje difícil que Rab Jaim no logró entender.

`Querido Rab Jaim`, dijo el Arizal para sorpresa de su alumno, `no me pidas que te lo explique. Creéme que será mejor para ti y para mí`. Y, al ver la cara de asombro de su discípulo, añadió: `Es un secreto místico muy profundo que el Cielo me ha prohibido revelar`.

Rab Jaim cerró el séfer suspirando y diciendo: `Estoy confundido. Creo que es mejor que me detenga. Quizás cuando vuelva mañana, pueda entenderlo mejor`.

El Arizal vio la pena de Rab Jaim y dijo amablemente: `Querido Rab Jaim, si te revelo esos profundos secretos, yo sé que lo lamentarás. Por otro lado, tengo el deber de enseñarte lo que sé. Te aconsejo que vuelvas a casa y continúes estudiando el Zóhar aunque no progreses`.

Rab Jaim se marchó. Toda la noche se esforzó por entender el pasaje. Cuando volvió a casa del Arizal a la mañana siguiente, tuvo que admitir que no había dormido en toda la noche. Y dijo: `Todavía deseo comprender este asunto, a cualquier precio`.

`Si sigues insistiendo a pesar de mis advertencias, te lo explicaré. Pero te advierto de nuevo que es muy arriesgado`.

Rab Jaim vaciló. Por un lado, sentía un anhelo muy grande por disipar su ignorancia. Pero la advertencia de su maestro resonaba en sus oídos. Dudó mucho tiempo y, finalmente, la balanza se inclinó a favor de la sabiduría.

El Arizal accedió y explicó el pasaje en todas sus facetas. Respondió a las preguntas de Rab Jaim y resolvió todos sus problemas. Los ojos del talmid brillaban de alegría. Pero toda su felicidad desapareció como por encanto cuando oyó las siguientes palabras del Arizal:

`Y ahora que te he revelado el secreto, querido discípulo, el Cielo ha decretado que tengo que morir dentro de este año. Si no hubieras insistido tanto, podría haber seguido enseñándote por muchos años. Pero no tomaste en consideración mi advertencia y precipitaste sobre ti la desgracia. No creas que lo siento por mí. En absoluto`, dijo, poniendo la mano en el hombro de Rab Jaim con afecto. `Ni lo lamento por mi familia. Lo siento por ti, porque todavía me necesitas…`

Cuando el discípulo escuchó la terrible noticia, se le llenaron los ojos de lágrimas. `Perdóname, maestro!`, lloró, `Perdóname!`

Rab Jaim no reveló lo que había pasado a sus colegas; tampoco les enseñó lo que había aprendido. Y nunca se perdonó el haber pedido un sacrificio tan enorme al Arizal.

La oportunidad perdida

Llegó la puesta del sol de un ereb Shabat. Como de costumbre, el Arizal y sus discípulos salieron al campo para dar la bienvenida a la Reina que bajaba. Los salmos surgían de sus labios y el sonido de sus palabras hacían eco en todas las montañas de los alrededores.

De pronto, el maestro se dirigió a sus discípulos y preguntó: `¿Quieren que utilice mis poderes de cabalá práctica para que nos traslademos todos a Jerusalén y pasemos allí el Shabat?`

Los discípulos se miraron unos a otros perplejos. `Estamos listos para ir a Jerusalén, maestro, aunque sea a pie, pero primero tenemos que despedirnos de la familia y decirle que nos vamos`, dijeron un poco dubitativos.

El Arizal se estremeció con su respuesta. Juntó las palmas de las manos consternado y gimió en voz alta: `Ay, ay, acabamos de perder la oportunidad de ser redimidos! Si hubieran aceptado mi sugerencia todos con alegría, si se hubieran mostrado dispuestos a seguirme en este mismo momento, todos los judíos se habrían redimido! éste era el momento adecuado; pero han vacilado y hemos perdido la oportunidad de traer la gueulá. Quién sabe cuánto durará ahora el galut!`

El grupo volvió a la ciudad abatido. Les dolía el corazón al pensar en la oportunidad que habían desaprovechado. Pensaban en las palabras de su maestro tratando de entender lo que querían decir. Sólo Rab Jaim Vital sabía que el Arizal era una chispa del alma del Mashíaj ben Yosef. Si la generación lo hubiera merecido, habría sido el predecesor del redentor. Rab Jaim basaba su conjetura en muchos detalles. Se acordaba de lo que una vez le había dicho su maestro, que hay dos señales que sirven para identificar al redentor: será un `hombre que sufrirá y estudiará enfermo`. Esta descripción era muy adecuada para el Arizal que siempre sufría, estaba lleno de dolor por las desgracias de su pueblo y, además, tenía una enfermedad física crónica.

Seis meses después de la muerte de su hijo Moshé, el Arizal fue con sus discípulos a rezar a la tumba de algunos tzadikim, entre otros las de aquellos que le revelaran ciertos secretos místicos. Rezó sobre su tumba utilizando nombres y yijudim especiales hasta que logró hacerlos bajar. Habló con ellos y dijo dirigiéndose a sus talmidim: `Queridos discípulos, Shemayá y Abtalión me han dicho que les pida que recen para que el Mashíaj ben Yosef viva más años de los que le corresponden y no muera en vida de ustedes`.

Rab Jaim describió minuciosamente esta ocasión:

`Un día que fuimos a las tumbas de Shemayá y Abtalión, mi maestro destacó la importancia que tenía el que nos concentráramos en las palabras `y el trono de Tu Dios [de ] siervo David`. Lo repitió, añadiendo que en cada oración que mencionara a `Tu siervo David`, teníamos que concentrarnos poderosamente en la frase de que el Mashíaj ben Yosef viva y no muera, porque también a él se le llama el `trono de David` No entendimos sus palabras, pero Hashem conoce los secretos. Ahora, retrospectivamente, podemos explicarnos el significado de este episodio; nuestro maestro murió por nuestros muchos pecados`.

La plaga inminente

Unos cuatro meses antes de la muerte del Arizal, él y sus discípulos estaban sentados un día en el campo estudiando Torá. Hacía un calor tórrido; el sol de verano pegaba con todas sus fuerzas. La tierra parecía haberse convertido en un horno y toda criatura buscaba cómo protegerse de la abrasadora canícula. Sólo el Arizal y sus talmidim estaban sentados bajo la sombra protectora de un frondoso árbol, ajenos a cuanto sucedía a su alrededor.

De pronto, el cielo se puso negro. Una espesa nube gris se extendió sobre Tzefat ocultando el sol. Los talmidim alzaron los ojos asustados y se acordaron de un incidente similar sucedido el año anterior. En esa ocasión, había sido presagio del mal; lo había enviado el Satán y sus fuerzas del mal que habían estado a punto de desencadenar el desastre y la calamidad en la ciudad. Si no hubiera sido por su maestro, que les había dicho que rezaran al instante, Tzefat habría quedado destruida.

El Arizal interrumpió la lección y empezó a rezar con gran fervor. Su expresión de miedo se hizo más profunda. Al parecer, el peligro que se cernía en esta ocasión sobre la ciudad era más grave que el de la vez anterior. El Arizal se volvió hacia sus discípulos y dijo: `La nube me ha dicho que Tzefat está destinada a quedar totalmente destruida, que Hashem nos proteja. El año pasado logramos conjurar el peligro, pero en esta ocasión hay una acusación muy seria contra nosotros. Uno de los personajes importantes que llevan los asuntos públicos de la ciudad es un malvado. Extorsiona a los pobres y los trata con desprecio, pero nadie se atreve a protestar ni a hacerse cargo de la causa de los perseguidos, porque todos tienen miedo de su poder. Pero el grito de los oprimidos ha subido al Cielo y ha llegado ante el Trono del Altísimo. El tribunal Celestial ha puesto en la balanza los méritos de nuestra ciudad contra sus faltas y, como nadie protesta en contra del malvado, las faltas han pesado más. Tenemos que seguir estudiando con mayor intensidad. Quizás podamos abolir el edicto. Nuestros Sabios dijeron que aunque una persona tenga una espada afilada sobre el cuello, no tiene que dudar de la misericordia del Cielo`.

El grupo volvió a sus estudios con la mayor concentración, pero en vano. La plaga se extendió por Tzefat.

Entre amigos

Las casas de Tzefat estaban selladas, las puertas cerradas con candado y las persianas bajadas. Los mercados, desiertos; nadie se atrevía a asomarse a la calle.

El Arizal sabía que su fin estaba próximo. Reunió en torno a sí a sus discípulos más íntimos y les dio una habitación a ellos y a su familia dentro del patio del recinto de su casa, donde estaban aislados de todo contacto con el mundo exterior. Organizaron clases para los niños, hicieron un horno comunitario para hornear pan y llevaban a cabo todas sus actividades dentro de los límites de ese patio.

Estaban convencidos de que sólo el estudio de la Torá los protegería de la espada del ángel de la muerte que se abatía por las calles de Tzefat. Se sumieron en el estudio. Los shiurim del Arizal eran más profundos y abarcaban más que nunca. Y fue entonces cuando reveló a su círculo más íntimo ciertos secretos que no había revelado nunca antes. Ponía énfasis en que había que quererse con un amor fraternal, porque cuando la gente vive en armonía, el Satán pierde su poder; cuando Hashem ve unidad y hermandad entre los judíos, envía a sus ángeles buenos para que los protejan del mal.

Este tema se destaca en sus escritos:

`Antes de que una persona vaya a rezar a la sinagoga, debería aceptar sobre sí la obligación de veahabta lereeja camoja: amar a su hermano judío como a sí mismo. Esto permitirá a su oración elevarse, junto con las otras oraciones de los demás judíos. Es muy importante el amor mutuo entre los que estudian Torá juntos. Cada uno de los miembros del grupo tiene que considerarse como un miembro de un cuerpo completo. Tiene que ser consciente de las almas de sus colegas. Si uno de los miembros está en apuros, los otros deben unirse a él en su pena, ya sea que sufra de enfermedad o que sus hijos sufran, no lo permita, y rezar por él`.

Satán pone manos a la obra

Los talmidim y sus familias vivieron en el patio del Arizal en paz y armonía. El miedo a la plaga se cernía sobre ellos, pero estudiaban con gran aplicación; el ángel de la venganza no tenía poder contra ellos. Pero después de cuatro meses, empezaron a sentirse satisfechos de sí mismos y a creer que eran inmunes al daño. Esta misma complacencia fue el origen de su caída. Porque, en cuanto se descuidaron, el Satán encontró una brecha y se abrió camino en aquella fortaleza de Torá y hermandad. Así fue como sucedió:

La vida dentro del recinto era tan armoniosa, que la misma ausencia de fricción hizo que los que vivían en él se sintieran intranquilos. Un día, unos niños empezaron a pelear por un asunto sin importancia. Sus madres, aburridas, se unieron a la pelea. La disputa fue creciendo y se fue haciendo más violenta a medida que otras familias se metían. No pasó mucho tiempo sin que todas las mujeres estuvieran divididas en dos bandos. El Satán había encontrado un asidero y logró mezclar también a los maridos. El Arizal no consiguió poner paz. Su impotencia le partía el corazón porque se daba cuenta de que la disputa podía provocar un desastre. Las fuerzas del mal podían hacer presa en el grupo. Su jaburá kedoshá (compañía santa) ya no era inmune; su Torá no había sido lo suficientemente fuerte.

El Arizal se sintió lleno de tristeza. ¿Para qué servía la vida de sus alumnos si no cumplían la tarea de servir totalmente al Creador?

Un viernes la pelea llegó a su apogeo. Desde lejos se podían oír los gritos y las discusiones. El Arizal lo veía sin poder hacer nada, con el corazón sangrando de pena. Hasta sus discípulos entendieron que aquella situación no podía prolongarse y empezaron también a tener miedo del castigo Divino.

Aquel viernes por la tarde, salieron al campo con su maestro a recibir al Shabat, pero no sintieron la alegría y la elevación espiritual que sentían normalmente. Dijeron los Tehilim con tristeza. Se daban cuenta de que el Arizal estaba melancólico y durante maarib (la oración de la noche), suspiraba y gemía. Los talmidim se asustaron.

Cuando volvían al patio, Rab Jaim preguntó a su maestro por qué había suspirado. El Arizal respondió conteniendo su cólera: `Todo el tiempo que han estado conmigo les he advertido una y otra vez, que vivan en armonía y en fraternidad, pero no me han hecho caso y se han dejado llevar por sus malas inclinaciones. Y cuando se involucraron en esa disputa mezquina, dieron un asidero al Satán. Esta misma noche vi a un ángel de mil ojos asiendo un pergamino que llevaba escrito el versículo: `Tú y tu rey morirán` (Shemuel I, 12:25). Eso significa que mis días en este mundo están contados. Pronto los dejaré para ir al mundo de las almas, porque al ángel de la muerte se le ha dado poder sobre mí. Y no soy yo el único que sufrirá. Varios de ustedes perecerán también en esta terrible epidemia`.

Aquella semana dejó el Arizal este mundo junto con muchos de sus talmidim, tal como él había predicho.

El sol se pone a mediodía

El cinco de Ab de 5332 (1572), a los treinta y ocho años de edad, subió al cielo el alma de Rab Itzjak Luria Ashkenazí. Era martes. Dos días antes, el domingo de esa misma semana, el Arizal todavía estaba inmerso en sus negocios. Tras terminar de repasar sus libros de cuentas, anunció a su familia y a sus amigos íntimos que su fin estaba próximo. `Si alguna vez me han engañado, los perdono`, dijo `y si yo los he dado menos de lo que les correspondía, díganmelo y les daré lo que falte`.

Ese mismo día, también hizo llamar a su discípulo Rab Jaim y le habló en privado, sin la presencia de los demás componentes del grupo. Le descubrió la naturaleza de sus almas, le mandó que siguiera enseñándoles después de su muerte y le dijo que fuera selectivo a la hora de elegir a sus propios alumnos. El Arizal dio su opinión sobre cada uno de sus discípulos y dijo a Rab Jaim a quién tenía que acercar y a quién debía mantener a distancia. Finalmente, lo bendijo para que fuera fuerte y pudiera resistir la envidia y la riña que podría producirse cuando rechazara a ciertos estudiantes.

El martes estaba ya tan débil que tuvo que quedarse en la cama. Sus fieles talmidim lo rodeaban, haciendo cuanto estaba en sus manos por aliviar su sufrimiento, sin perder una palabra de lo que decía. El único ausente era Rab Jaim.

El maestro dio a cada uno de sus alumnos una bendición apropiada, acorde a las necesidades particulares de cada uno. `¿Dónde está Rab Jaim?`, preguntó.

`Ha ido a reunir a los judíos de Tzefat para que recen por la recuperación de nuestro maestro`, le explicaron.

`Corran y tráiganlo`, pidió el Arizal. `Sus esfuerzos son en vano porque el decreto ya ha sido firmado y sellado. Nadie puede cambiarlo`.

Los discípulos corrieron a buscar a Rab Jaim y lo llevaron al lecho de muerte de su maestro. El Arizal tomó las manos de Rab Jaim entre las suyas, lo abrazó y lo bendijo para que tuviera éxito en todas sus acciones. `Lloro por ti, Jaim, hijo mío`, dijo: `porque tenemos que separarnos, y no puedo cambiar el decreto. Ahora, siéntate y pídeme lo que quieras antes de que te deje. No dudes en pedirme lo que tu corazón apetezca porque, si no lo haces, después lo lamentarás. Aprovecha esta oportunidad para aclarar todo lo que no tengas totalmente claro`.

Después se dirigió a los demás y dio sus últimas indicaciones, `cuiden siempre los unos del honor de los otros. Pongan especial cuidado en mantener la paz entre ustedes. Olviden sus disputas; pongan de lado sus mezquinas diferencias. Se lo ruego, respeten a Rab Jaim Vital; porque en él hay una Torá viva que diseminará por todo Israel, porque es mi fiel servidor`.

Tras decir sus últimos deseos, empezó a revelarles profundos secretos durante mucho tiempo mientras ellos lo escuchaban con avidez. `Mi casa está llena de las almas de tzadikim del pasado`, dijo a los que lo rodeaban, porque la yeshibá celestial ha bajado a escuchar las palabras de Torá que les estoy diciendo. Después me acompañarán a mi sitio en el Mundo Venidero. Esto es lo que quiero que hagan después de mi muerte: no quiero que nadie toque mi féretro a no ser que se haya purificado previamente en una mikvé; que ninguna mujer toque mi féretro. No quiero que los miembros de la jebrá kadishá se ocupen de mi entierro; sólo ustedes, mis queridos discípulos. Antes de enterrarme, llévenme a la mikvé pero no me metan. Déjenme. Y ahora, corran a purificarse para estar listos y ocuparse de mí`.

Los discípulos se apresuraron a cumplir sus órdenes. Sólo se quedó con él Rab Itzjak Hacohén que, por ser cohén, no podría participar en el entierro. El Arizal le dijo que había advertido a Rab Jaim que no revelara sus enseñanzas a los demás. `Sólo he bajado a este mundo para refinar el alma de Rab Jaim. Y si revela mis enseñanzas a los demás, sufrirá por ello, porque los otros todavía no están preparados para que se les comunique un conocimiento tan profundo`.

El Arizal permaneció en silencio por un momento. Después suspiró profundamente y prosiguió: `Si esta generación lo hubiera merecido, habría podido ser redimida este año, porque una oportunidad como la que se dio, no se había presentado desde los días de Rab Shimón bar Yojai`. Tras una breve pausa, citó el versículo: `Y ella dio a luz de nuevo un hijo y lo llamó Shelá. Y él estaba en Kezib cuando ella lo dio a luz` (Bereshit 38:5), sin dar explicaciones. Pero Rab Itzjak se dio cuenta de que, probablemente, estaba refiriéndose a lo que les había enseñado en las tumbas de Shemayá y Abtalión en Gush Jalab (cuando habló del Mashíaj).

Rab Itzjak se echó a llorar y dijo que todavía tenía la esperanza de que el Arizal viviera muchos años, pero el maestro lo hizo callar severamente. `Si uno de mis talmidim lo mereciera, me hubieran dado una vida más larga. Y ahora, dime`, dijo de pronto, `¿dónde se ha ido Rab Jaim? Quisiera decirle algo en secreto`.

`Se ha ido por orden del maestro`, dijo Rab Itzjak, `a sumergirse en la mikvé`. Rab Itzjak trató de proseguir la conversación y preguntó con mucha tristeza: `¿Qué tenemos que hacer cuando el maestro nos haya dejado?`

`Dígale a sus compañeros en mi nombre, que, a partir de ahora, dejen de estudiar mis enseñanzas, porque no las han entendido lo suficiente como para que no les hagan daño; todos ellos, excepto Rab Jaim. Si mejoran y se hacen merecedores de comprender mis enseñanzas, yo mismo vendré y les enseñaré. Y ahora, hijo mío, no me preguntes cómo apareceré, si en un sueño o en una visión cuando estén despiertos, porque no es lo que tiene que importarles ahora`.

Acababa de terminar de hablar cuando regresaron los demás. Entraron en la habitación donde yacía el Arizal. éste levantó la cabeza de la almohada y dijo en voz alta: `Rab Itzjak Hacohén, sal de la habitación. El ángel de la muerte ya está aquí. Ten cuidado, no sea que te impurifiques porque eres un cohén`.

Rab Itzjak se apresuró a salir de la casa. El Arizal volvió a dejar caer la cabeza sobre la almohada y empezó a recitar el vidui (confesión) de los moribundos. Después exclamó con gran devoción Shemá Israel Hashem Elokenu Hashem Ejad. Su cara resplandecía con una luz que no era de este mundo. Sus discípulos vieron que sus labios todavía murmuraban algo. Se inclinaron hacia él y le oyeron decir en ladino (judeo-español): `presérvame del orgullo`. Después cerró los ojos y su alma abandonó su cuerpo sin el menor sufrimiento, como si fuera un beso de Dios, para alzarse hacia el Cielo acompañada de las almas de todos los tzadikim que habían acudido desde lo alto.

La casa del Arizal se llenó de gemidos. La familia y los talmidim lloraban amargamente porque su maestro los había dejado. Se derramaron tantas lágrimas, que se dice que si se hubieran recogido, habrían bastado para bañar el cuerpo del maestro. Y el que más lloró fue Rab Jaim, que no podía consolarse. Exclamaba: `Padre! Padre! El carro de Israel y sus jinetes! ¿Quién me consolará?`

El funeral

La noticia de la muerte del Arizal se propagó por la ciudad con la velocidad del rayo. En la mikvé donde los talmidim habían llevado el cuerpo para sumergirlo antes del entierro, se juntó una multitud. Levantaron el cadáver y lo acercaron a la mikvé. Después se dirigieron a su maestro muerto y dijeron: `Hemos cumplido tus instrucciones. Ordenaste que no te sumergiéramos porque querías hacerlo tú mismo`. En ese momento, el cuerpo del Arizal se levantó como si estuviera vivo, entró en el agua, se sumergió y volvió a su lugar.

Los discípulos vistieron el cadáver con una mortaja de lino y lo prepararon para el viaje final. Mientras tanto, los rabinos de Tzefat declararon que a los cohanim les estaba permitido participar en el funeral de aquel santo sagrado. Toda la ciudad se reunió en la mikvé y acompañó el féretro a la sinagoga donde se hizo el elogio del Arizal entre muestras ensordecedoras de duelo y llanto.

Desde ahí, el funeral continuó camino al cementerio. Los talmidim, que llevaban el féretro de su maestro, iban a la cabeza de la procesión, descalzos, con los vestidos rasgados y ceniza en la cabeza como en Tishá Beab. Las lágrimas corrían por las mejillas mientras exclamaban en un lamento: `Oh, Santa Torá! Conduélete de la muerte de este ángel que conocía tus secretos más ocultos!`

Los seguía la población de Tzefat en pleno, entre lamentos. Hasta los gentiles -árabes y otros- fueron a presentar sus respetos al sabio judío, a quien ellos también tenían por santo.

Rab Jaim estuvo a punto de volverse loco de pena. Caminaba delante del féretro de su maestro, golpeándose la cabeza con las manos. El mundo se le había desmoronado.

El funeral prosiguió durante mucho tiempo. La tumba del Arizal se excavó junto a la del Ramak. Cuando bajaron el cuerpo, Rab Jaim saltó al hoyo, se abrazó al cuerpo de su maestro y gritó: `Ay por estos pies que corrían a cumplir la voluntad de su Creador! ¿Cómo es que han sido pillados en una trampa por mis pecados? ¿Cómo podría contenerme cuando están enterrando y apartando de mí al arca de Dios?`. Los otros lo hicieron salir del hoyo con mucha dificultad. Después llenaron éste de tierra.

El que se había encargado del funeral, se adelantó a pedir al Arizal que lo perdonara en el caso de que no lo hubiera tratado con el debido respeto. Después añadió: `Nuestro maestro ha ido a su lugar de descanso eterno dejándonos despojados y en duelo. Quiera la Voluntad Divina que su mérito nos proteja a nosotros y a todos los judíos, nos ahorre sufrimientos y preocupaciones y nos redima a todos con rapidez, por su Nombre. Amén, que sea realmente ésta la Voluntad Divina`.

Los asistentes se dispersaron angustiados, llenos de pena, y volvieron a su casa. En el círculo íntimo de talmidim el dolor fue mayor aún, ya que habían perdido prematuramente a su dirigente y a su maestro.

N. Tz. Safrai

1 comentario
  1. Danilo García.

    Bendita sea su memoria Arizal.

    08/11/2017 a las 19:58

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