Conectándose
Generalidades
La Justicia Divina
+100%-

Para qué sufrimos

Extraido del libro Para que no te olvides – Lecciones cabalísticas sobre el sentido de la vida y de la muerte

“No desprecies hijo mío el castigo del Eterno
ni te fatigues de Su Corrección
porque el Eterno al que ama castiga,
como el padre al hijo a quien quiere”

Libro de los Proverbios

Si cada vez que la vida nos enfrenta a un problema nos llegara una carta explicándonos el porqué, éste sería más llevadero. No entender genera sufrimiento. Y eso es, precisamente, lo que sucede en la mayoría de las ocasiones. Aceptar una mala calificación por no haber estudiado es fácil, pero los sufrimientos más grandes que afrontamos en la vida no tienen una explicación tan clara ni vienen, por supuesto, acompañados de una nota explicativa.

Hemos aprendido que la dificultad siempre llega cuando el hombre decide vivir en una realidad desconectada de la del Creador. En ese punto, según los sabios, en el momento mismo del sufrimiento, empieza el camino de rectificación, porque, aunque nos cueste reconocerlo, el sufrimiento es un efecto de la Bondad Divina. Pero, ¿por qué se considera así? En otras palabras: ¿para qué sufrimos?

El sufrimiento psicológico es permanente y agotador. El mundo es conducido de acuerdo con la correspondencia perfecta entre el desvío y el sufrimiento. Pero, así como no cuesta nada detectar claramente el sufrimiento, no ocurre lo mismo con el desvío. Y eso es porque nuestro supraconsciente no está desarrollado. No entendemos ni el Plan, ni la Misión. Si se estropea el ventilador viene un técnico, lo desmonta y localiza el problema. Si nosotros pudiéramos hacer eso con nosotros mismos, también lo tendríamos resuelto. Pero no podemos. O más exactamente, somos incapaces de hacerlo.

El sufrimiento que corresponde con un desvío es inmediato. Pero como normalmente no hacemos desvíos tan drásticos como para que el sufrimiento nos llegue de golpe, a menudo no somos capaces de relacionar ese sufrir con el desvío que lo originó. Y en esa situación, cuando la persona no entiende por qué le llegan las dificultades, aún le llegan más. El Creador te las manda porque te quiere ayudar, pero solemos pensar ¡mejor que no nos ayude tanto!

Muerte total o muerte parcial

En el Talmud, los sabios enseñan que el sufrimiento es una forma de muerte. Más concretamente explican que la muerte en general puede ser “parcial” o “total”. Cuando uno muere “en parte” es lo que llamamos sufrimiento; la persona se está muriendo poco a poco. En cuanto a la muerte total, creo que sabemos todos lo que es. La conclusión es que muerte y sufrimiento son distintos grados de un mismo tema.

Al cometer una transgresión estamos dotando al mal de existencia. Estamos, literalmente, creando un ente que los sabios llaman fuerza maligna o ángel maligno que va a oponerse al Plan Divino. Cuando algo extraño entra en cualquier sistema o mecanismo, este suena raro o deja de funcionar. El coche es un buen ejemplo: puede que empiece a hacer ruidos raros y entendamos que algo va mal o tal vez se averíe por completo. Así mismo, toda enfermedad puede ser definida como algo extraño colocado en un organismo. De acuerdo con el lenguaje de los sabios la enfermedad vendría a ser una “muerte parcial” que puede acabar en “muerte total”.

Y ahora ¿cómo sacamos ese ente maligno? ¿Qué hacemos con ese mal que hemos creado? Tal vez duela menos si lo compartes con un amigo, pero debemos ser conscientes de que detrás de cada sufrimiento hay una transgresión. Y no estoy hablando de una transgresión religiosa: la religión es para los que sólo son creyentes y cumplen con un sistema de vida basado en los preceptos de la Torá, y esto que explicamos es solamente para los que tienen la certeza de que hay un Plan Divino.

Desde el punto de vista espiritual, el adulto es más propenso a “enfermar” que un niño porque ha ido acumulando transgresiones. Es como un coche viejo: cada vez funciona peor. No miramos nunca el nivel del agua, ni el del aceite, ni las ruedas… Y recordemos que una vida no basta para entender la vida, o el hecho de que una persona tenga o no larga vida no necesariamente sirve para valorar su nivel espiritual.

Hemos dicho que cuando algo extraño entra en un organismo provoca enfermedad. No importa si es una bacteria, una célula enloquecida o una navaja en el estómago. Es algo extraño que atenta contra toda la estructura y armonía del cuerpo. La pregunta es cómo lo sacamos.

El Rav Cordovero escribe en Tomer Dvorá, una de sus obras más famosas, acerca de los Trece atributos de misericordia (tratados en el capítulo “El Plan de Dios”) y nos enseña que el sufrimiento elimina la fuerza del mal que nosotros mismos hemos creado, y que es producto de la transgresión. La transgresión genera un ente que se opone al plan, molesta al organismo, y el sufrimiento se encarga de eliminar esa fuerza maligna que nosotros mismos y con nuestras propias manos hemos creado.

La pregunta clásica es ¿qué pasa en los casos en los que hacemos sufrir a terceros? Pongamos un ejemplo: una persona conduce un coche a cincuenta kilómetros por hora y atropella a un peatón. El conductor no es culpable, pues desde el punto de vista de las leyes de tráfico no ha cometido ninguna infracción y frente a la justicia está a salvo. Hay testigos y se puede comprobar. Pero la pregunta es mucho más profunda: ¿por qué le tocó a él matar al peatón?. Seguramente al hombre atropellado le tocaba recibir eso pero, ¿por qué debe afectar al conductor? El comentarista Rashi dice que a través de una persona que no es justa Dios hace llegar el sufrimiento a otra persona que no es justa. Es decir que al conductor también le tocaba pasar por esto.

Esa fuerza negativa que hemos creado pasa de la potencia al acto en forma de sufrimiento ya que sólo de este modo puede consumir su existencia. Tiene que vivir su vida y, cuando lo ha hecho, desaparece. Y, puesto que no tiene otro modo de vivir que tomando de mí, si no transgredo más, se acabará y si sigo transgrediendo, va a seguir nutriéndose y haciéndome sufrir. Los sabios les dan el nombre de shedim en hebreo, y significa “entes malignos”. Pero en hebreo también es la palabra que señala el lugar del pecho donde el niño se nutre de la madre. Dependiendo de la transgresión ese shed tendrá más o menos vida, más o menos fuerza.

Algunos textos del Zohar los llama ángeles porque lo que hacen es darme la posibilidad de curarme después de desviarme y de devolverme al buen camino. El ente que hemos creado no tiene libre albedrío. Lo único que hace es consumirse, como la llama que sigue encendida mientras tenga cera o algo que quemar.

De la misma manera que Adam, el primer hombre, trajo la muerte al mundo con el primer pecado, el hombre trajo el sufrimiento. Día a día genera esos ángeles del mal que le hacen sufrir porque se oponen al Plan. El mal no tiene capacidad de reproducirse. No existen fuerzas malignas masculinas y femeninas capaces de eso. Somos nosotros quienes las creamos. Ya sea individualmente, con una repercusión personal, o de manera general, implicando a un grupo de hombres y mujeres o incluso a la humanidad en su conjunto.

Está escrito en el Talmud que “una generación en la que no se reconstruye el Templo de Jerusalén puede considerarse culpable de su destrucción”. Si no hacemos algo por reparar el mal que hemos creado entre todos, aunque sea anterior a nuestra existencia, estamos en connivencia con quienes lo cometieron. Así lo que sucede forma parte de nuestra generación. Tiene que ver con nosotros.

A la idea de que al dolerme esa fuerza consume su vida y cumple con su misión, quiero añadir que, en un plano mucho más sencillo, el sufrimiento es un sistema educativo. De la misma manera que el dolor que siento en el dentista me enseña que debo cepillarme los dientes a menudo, el castigo que nos imponen nos ha de servir también para aprender.

En el tratado de Sanhedrín se enseña que la piedra con la que se lapidaba al pecador y la espada con la que se le remataba debían ser enterradas una vez cumplida su misión. Lo mismo sucede con el sufrimiento: cuando cumple con su misión se termina.

El sufrimiento de ahora es una transgresión que se ha revestido de castigo y que cambia de forma. Es lo que el Talmud, en el Tratado de Baba Batra, define y enseña diciendo que “el mal instinto (aquel que me tienta), es Satán y es el ángel de la muerte. Primero desciende y aparta al hombre de su camino, luego asciende y lo acusa, y luego pide permiso para descender de nuevo y tomar total o parcialmente su alma (muerte o sufrimiento)”. Es la transgresión misma la que se transforma en castigo.

Con un Daat rectificado, una capacidad de discernir en todo momento entre lo correcto y lo incorrecto, podríamos evitar el sufrimiento. Pero los hombres y mujeres de nuestra generación no estamos en esa situación. A pesar de lo mucho que tenemos por rectificar, la civilización occidental propone continuamente caminos placenteros con el argumento de que en ellos vas a sentirte “realmente bien”. Y así vivimos, ignorando la auténtica realidad.

La aceptación que frena el castigo

Rabenu Ioná de Gerona, en su libro Shaarei Teshuvá, enseña que “cuando el Creador te castiga y la persona reconoce y acepta el castigo que le llega, entonces la prolongación del castigo se interrumpe“. Estamos hablando aquí de frenar el castigo. Eso quiere decir que la teshuvá, el retorno, también destruye al ente espiritual maligno. Así, existen dos posibilidades: los isurim o sufrimientos, o el musar, ética, haciendo teshuvá a través del estudio de cómo debería comportarme. En este último caso es la persona quien decide volver al camino. Y aunque auto-rectificar no es fácil y también duele, nunca es tan duro como tener que pasar por un sufrimiento que me obligue a rectificar en contra de mi voluntad.

Tomen como ejemplo el famoso caso de Ben Durdaia en el Tratado talmúdico de Abodá Zará. Ben Durdaia, un hombre que conoció (en lenguaje bíblico indica relaciones íntimas) a todas las mujeres de su época, oyó decir que en un lugar muy lejano le quedaba una sin conocer. Ese hombre tan “sociable” decidió emprender un larguísimo viaje para conocerla. La mujer le preguntó de dónde venía y cuando él le contó que venía desde tan lejos sólo para conocerla, ella le contestó que ya no tenía salvación. El hombre se sintió tan mal que pidió ayuda a los cielos, lloró y pidió perdón hasta morir. En el momento de la muerte se oyó una voz que dijo: “Rabí ben Durdaia tienes un lugar en el mundo venidero”. Se lo había ganado por todo el dolor que sintió al reconocerse tan lejos de Dios, un dolor tan intenso que le llevó incluso a perder la vida. Decidió aceptar el dolor que lleva incluida la Teshuvá, o retorno al buen camino.

Limpiar el mal del mundo

A diferencia de la muerte, que es prácticamente la misma para todos, los sufrimientos son individuales y se considera que toda persona que sufre está cumpliendo un gran precepto ya que con su sufrimiento está limpiando el mal del mundo. Pero, ¿de qué manera?, ¿cómo se transforma el sufrimiento en un precepto que nos ayude a rectificar nuestro desvío y además el desvío del mundo? La respuesta es recibiendo el sufrimiento, al menos el que tú has provocado, con amor y aprendiendo de él. De lo contrario, estamos creando de nuevo un ente maligno.

El poder con el que actúa el mal general surge de la falta de aceptación de quienes lo niegan o se escabullen. Pero cuidado de no caer en la aceptación con el propósito de acortar el sufrimiento: sería otra transgresión porque el verdadero propósito deber ser rectificar el mundo.

Repasemos la dinámica del sufrimiento: el mal se disfraza de placer, tienta al hombre, luego se quita la máscara y aparece la cara verdadera del ángel de la muerte e impone su castigo parcial o total. Y ahora, si analizamos nuestra actitud, comprobaremos que, normalmente, en lugar de despreciar la tentación, despreciamos al sufrimiento cuando en realidad se trata de la misma energía. Es más, mientras sufrimos, ¡sentimos nostalgia de las “buenas épocas” en las que transgredíamos libremente! Lejos de rechazar la tentación llegamos a recordarla con nostalgia.

Cuanto más general sea el alma de una persona, mayor será su capacidad de conexión con una gran cantidad de almas -Moisés es un ejemplo de alma general- y también mayor será su capacidad para eliminar el mal que no le pertenece. Las personas con alma general son como las que tienen sangre O+ que pueden dar a todo el mundo. En el caso del alma general la voluntad de entregarse al otro está implícita. Son personas que se identifican con el mal ajeno, que visitan a un enfermo y desean para sí el dolor del otro a fin de ayudar. Esa capacidad de sufrir por lo ajeno es un mérito cuya recompensa intrínseca es ayudar al prójimo. Es cierto que algunas personas pasan desapercibidas aún siendo grandes justos. Gente que, de manera anónima, realiza pequeños actos muy importantes.

Está escrito en el Talmud que Rabí Iehuda asumió en su persona tres años de sufrimiento que no le eran propios y que, como consecuencia, en su generación ni siquiera hubo quien estornudara. Pero advertimos que las almas de sus congéneres eran mucho más elevadas que las nuestras y Rabí Iehuda pudo influir enormemente sobre ellas logrando que no se desviaran. Paradójicamente, quien sufre por los demás normalmente es olvidado. A fin de cuentas, los que alguna vez necesitaron ayuda, ya se encuentran bien…

El Salmo (92:16) enseña de los justos que habitarán el mundo venidero y estarán allí “para declarar que el Eterno es recto, mi protector en quien no hay injusticia”. Significa que todos, al final de los días, vamos a agradecer a Dios los sufrimientos recibidos. En ese momento los entenderemos uno por uno, desde el más pequeño hasta el mayor de ellos; desde el metro que se demoró al gran dolor por la pérdida de un ser querido. Todo vamos a entenderlo.

El gran sabio, el Or Sameaj, dice que “aunque en comparación con las generaciones anteriores, el nivel de Torá que nosotros estudiamos no vale prácticamente nada, nuestra capacidad de aceptar el sufrimiento es igual a la de las generaciones anteriores”. Así que fíjate en lo mucho que podemos hacer con ello.
Y la aceptación implica no sentir enojo. Hay una prohibición absoluta en la Torá con respecto al enojo. Los sabios dicen que quien se enoja equivale al idólatra, hasta tal punto que una de las condiciones para poder estudiar Cabalá es no estar enojado. Como dice Maimónides en la Guía de los perplejos: “La tarea del hombre es influir sobre el mundo y no dejarse influir. Y el enojo tiene que ver con que la materia, el mundo físico, influye sobre tu persona”.

Daniel ben Itzjak

4 comentarios
  1. Wilson Franco robles

    Simplemente … Genial … Perfecto …

    13/04/2017 a las 14:44
  2. Maria

    Super-genial

    30/04/2018 a las 04:02
  3. david friedman

    jojma sabiduria……….
    .efectivamente nosotros con nuestra ignorancia de Tora,
    es decir de la ausencia de informacion para distinguir que es bueno y que es malo,
    falta de una orientacion o brujula que nos señale donde ir y donde no ir ,
    cometemos errores,trasgresiones o como llaman los gentiles pecados,y eso nos genera sufrimiento o muerte pequeña,dolor obstaculos ,dificultades aflicciones,angustias, deseperaciones ,depresiones etc ,
    es decir separarnos mas de quien ignorabamos es el rey ,el patron ,el Señor que nos dio la hoja de ruta hacia la santidad .
    y la unica forma es tomar consciencia o purificarnos atraves del sufrimiento para clamar gritar en silencio hasta que se presenta una posibilidad de acercamiento enviada por Dios,y retornamos a el o llamado teshuva y se anula el sufrimiento como pago del error o trasgresion.
    que importante es Entender ,bina,y tener Daat o conocimiento del Dios unico y uno,Y su mapa o tora. Bendito este sitio tora ,org por darnos consejos ,enseñanzas y nos salva del sufrimeinto y nos guia a la santidad

    29/06/2018 a las 10:49
  4. Claudia marah

    Not existeel mal todo es para bien Gracias hashem

    22/11/2018 a las 04:34

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top