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La Tora e Israel
Profecias de la Eternidad del Pueblo Judio
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La supervivencia de Israel

Y fue esa promesa la que se mantuvo junto a nuestros antepasados y junto a nosotros. Porque no se alzó una nación Sola para destruirnos, sino que en todas las generaciones hay quienes se alzan en nuestra contra, para aniquilarnos. Pero el Santo, Bendito Sea, nos rescata de sus manos. (Hagadá de Pesaj)

La materialización de estas promesas absolutas hechas por D-os a Su pueblo es una de las más increíbles maravillas y milagros de la historia de la humanidad. Israel es un pueblo de la antigüedad, que se transformó en nación hace más de tres mil años. Ellos solos, de todos los pueblos de la antigüedad, sobreviven hasta el día de hoy con su carácter nacional y su propósito intacto, a pesar del exilio y a pesar de haber perdido su soberanía (durante la mayor parte de su existencia) de Eretz Israel. Unicamente la nación judía ha conservado su fe y su religión intactas, así como su carácter singular y su unidad como un “pueblo que habitará solo”, inclusive cuando se vio disperso entre las naciones.

Este sorprendente fenómeno resulta mucho más significativo si recordamos el amargo y prolongado exilio que ha soportado nuestra nación. Durante casi dos mil años, este pueblo se desparramó de un confín al otro de la tierra, desprovisto de toda semblanza de una patria, sin una organización nacional unificadora o fuerza política cohesiva que mantuviera el contacto entre las comunidades distantes de todo el mundo. Durante este mismo período, las naciones vecinas sufrieron altibajos, se confederaron y se desbandaron, alteraron sus caracteres nacionales a través de la asimilación y la conquista, hasta que por fin naciones enteras desaparecieron de la faz de la tierra. Mas el Pueblo Judío jamás se asimiló ni se mezcló con los gentiles. Además, las distintas comunidades judías, a pesar de estar dispersas en todas direcciones, siempre mantuvieron un lazo cohesivo que las unía, y de ese modo compartían una afinidad y una alianza que superaban las vastas distancias que las separaban, y así superaron las marcadas diferencias de cultura, idioma y costumbres de sus respectivos países de asilo.

La continuada supervivencia del Pueblo Judío es verdaderamente paradójica, especialmente si consideramos que jamás ha habido una generación que no haya enfrentado a algún enemigo decidido a destruirlo físicamente, como en el caso del Holocausto Europeo, o de borrar los últimos vestigios de estudio y observancia de la Torá, como en el caso de los países detrás de la Cortina de Hierro, hasta no hace mucho tiempo. Nuestra declaración anual de Pesaj de que “en todas las generaciones hay quienes se alzan en nuestra contra para destruimos” no es un simple recurso estilística. Esa ha sido la amarga realidad de nuestro destino durante los años del Exilio, desde el momento en que el Rey Nevujadnetzar arrasó nuestro primer Beit ha-Mikdash y exilió a nuestro pueblo a Babilonia, hasta el devastador Holocausto de la generación pasada, y la inhumana persecución de todo lo que simboliza el judaísmo, en el nombre del comunismo.

Bajo tales circunstancias, no había forma natural de que el Pueblo judío sobreviviera, si no hubiera sido por el hecho de que, tal como dice después la Hagadá: “El Santo, Bendito Sea, nos rescata de sus manos”. Sólo la Divina Providencia pudo preservar nuestra nación a través de las generaciones, desbaratando los designios diabólicos de quienes se alzaron para destruimos.

Si tuviéramos que describir todos los peligros que asediaron al Pueblo Judío a lo largo de su historia, no terminaríamos nunca. No existe período que no contenga una extensísima crónica de victorias y rescates milagrosos con que D-os nos salvó de nuestros opresores y potenciales asesinos.

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