Relatando
Dia del Holocausto (Yom HaShoa)
Historia
+100%-

Memoria plena

“¡Discúlpeme, me olvidé!” – cuántas veces decimos estas palabras sin pensar que tienen un significado más importante que aquel que habitualmente le atribuimos.
En la vida cotidiana, una persona puede en oportunidades recordar u olvidar temas personales o cuestiones vinculadas con terceros, y puede luego arrepentirse de que cierto asunto se le hubiese pasado por alto (el cumpleaños de un amigo), o puede llegar a molestarle el hecho de no poder sacarse algo de la cabeza (un mal rato que pasó). ¿Está en nuestras manos recordar u olvidar, o es fuerza mayor?

La Torá evidentemente sostiene que, en gran medida, la memoria y el olvido pertenecen al área de la voluntad humana. Es por eso que nos ordena recordar algunos eventos históricos y ciertas obligaciones. En muchos Sidurim se mencionan después de la Tefilá diaria de Shajarit “seis recuerdos” a tener en cuenta en forma corriente (esto es independiente de las seis Mitzvot/preceptos que la persona debe cumplir de modo contínuo, pero que es tema para otro fascículo). ¿Cuáles son estas seis evocaciones cotidianas?
1. “de modo que recuerdes el día de tu salida de Egipto todos los días de tu vida”
2. “Asegúrate, sin embargo, y cuida mucho tu alma, que no llegues a olvidar las cosas que han visto tus ojos, y que no sean abolidos de tu corazón todos los días de tu vida, (sino que) los harás saber a tus hijos y a los hijos de tus hijos: el día que estuviste parado frente a D”s, tu D”s en el Jorev (el Monte Sinaí)”
3. Recuerda lo que te hizo Amalek, en el camino de la salida de Egipto: que te sorprendió en el camino e hirió a todos los débiles que iban al extremo final tuyo, y tú estabas cansado y fatigado y (él) no temió a D”s. Y será cuando te acalle D”s, tu D”s, de todos tus enemigos de alrededor, en la tierra que D”s te da como herencia para ser tomada: ¡Borrarás el recuerdo de Amalek de debajo del cielo – no olvidarás!”
4. “Recuerda, no olvides, (cuánto) enojaste a D”s, tu D”s, en el desierto”
5. “Recuerda lo que hizo D”s, tu D”s, a Miriam en el camino al salir de Egipto”
6. Recuerda el día Shabbat para santificarlo”

A primera vista los seis enunciados parecieran tener poco en común entre sí. Para el judío conciente, que sabe claramente que cada una de las letras de la Torá es crítica y que con faltar tan solo una de ellas la Torá es incompleta y deja de ser Torá, la cita de estas menciones es enigmática.
Sin embargo, si las analizamos un poco más de cerca, podremos ver cómo se complementan entre ellas. Sin embargo, antes de entrar a dilucidar el tema desearía manifestar la razón por la cual dedico el presente Ajdut de esta semana a este tema:

Muchos judíos evocan esta semana el “Iom HaShoá” (Día del Holocausto), recordando a todas las víctimas de la guerra llevada a cabo por los alemanes y sus aliados activos (que ayudaron a matar) y pasivos (que permanecieron callados y cerraron sus fronteras a los judíos que intentaron refugiarse en sus países) en contra de los judíos antes y durante la segunda guerra mundial. (Si bien es cuestionable si se debe efectuar esta conmemoración triste en el mes de Nisán, que es un mes alegre en el calendario hebreo y, por lo tanto, están prohibidas todas las señales de duelo, dejo por el momento este tema halájico de lado).

Al igual que en tantos actos similares que recuerdan eventos desgraciados de la historia reciente de hechos trágicos sucedidos en nuestro país o de eventos más mediatos, los organizadores habitualmente sienten un malestar por el número progresivamente decreciente de asistentes y participantes. Molestos, se preguntan: “¡¿por qué?!”
Posiblemente la respuesta esté relacionada con estas seis recordaciones del Sidur: Una memoria parcial no es memoria y está destinada a auto-eliminarse: Recordar el holocausto (una vez al año), sin activar la memoria para tener presente las demás recordaciones, terminará por hacer caer en el olvido este asunto también.
Las seis citas de la Torá que mencionamos abarcan 1. nuestro origen y los milagros (la salida de Egipto), 2. nuestro vínculo singular con el Todopoderoso y nuestro voto de obedecer todos Sus mandatos (la Revelación en el Sinaí), 3. el odio de aquellos que hicieron y hacen todo lo posible para destruir aquel lazo especial (Amalek y los antisemitas sucesivos), 4. nuestras faltas para con el Todopoderoso que irritaron y causaron Su alejamiento de nosotros y las consiguientes angustias), 5. las consecuencias de nuestra conducta social para con nuestros vecinos y familiares (el castigo a Miriam por hablar sobre su hermano Moshé) y 6. nuestro propósito en la vida (Shabbat y el significado de la existencia del ser humano en este mundo).

Cuando yo era niño, no se hablaba del holocausto de manera tan abierta. Las heridas eran tan recientes y los protagonistas (las víctimas que habían sobrevivido el horror) tan contemporáneos, que – supongo – era difícil o posiblemente contraproducente, hablar del tema. No obstante, y sin conocer los detalles de nuestra historia de Galut de los últimos 2.000 años, los niños éramos plena y constantemente concientes de nuestra condición de judíos, de los deberes que nos incumbían y de las cosas que nos diferenciaban de nuestros vecinos, de nuestro pasado difícil pero heroico. Las historias de la fe que caracterizaron a nuestros antepasados, que leíamos en la entonces no muy vasta bibliografía hispano-judaica o que escuchábamos de nuestros padres, maestros y madrijim, podían datar de 100 o de 1000 años indistintamente. Nos fortalecían y creaban una sana y orgullosa imagen propia de nuestra suerte de pertenecer al pueblo judío y esto nos permitía sentirnos dichosos a pesar de las pequeñas “privaciones” que podíamos “sufrir” como niños por no acceder a una golosina que no fuese casher, por algún increpo grosero de un automovilista o porque nos quitaran la gorra en la calle, o viéramos inscripciones antisemitas en las fachadas de los edificios.

La memoria era real. Era cabal. Nuestro judaísmo en medio del exilio era existente y tangible. Lo palpábamos en nuestros hogares y lo compartíamos en el único lugar que sentíamos “propio” fuera de él: en la sinagoga, que era el punto de referencia a diferencia de la escuela no judía a la que asistíamos, que solamente cubría nuestro crecimiento académico laico. Los espacios estaban bien delimitados.
En una sociedad judía en la que el hogar no es hogar, sino un pequeño hotel familiar que casi no se diferencia del de su vecino gentil, donde los padres están poco con sus hijos y aun en esos momentos no saben qué transmitirles, donde los modelos son aquellos que proveen los medios (la T.V. , las revistas), donde la sinagoga es el lugar de una visita ocasional y sin trascendencia,… los actos conmemorativos de Iom haShoá solo pueden terminar por convencer a una juventud apática e ignorante que no conviene ser judío y aun menos demostrarlo públicamente. ¿Morir como héroes? ¿Por qué? ¿No es preferible “pasarla bien” en el boliche “donde me reúno con la barra los sábados a la noche y no nos discriminamos”?

En un artículo publicado por uno de los que oportunamente fue considerado adalid de los referentes principales en educación judía de Buenos Aires, escribió que el día anterior al atentado de la A.M.I.A. mientras estaba con su prolífica pluma en mano, consultó casualmente el calendario hebreo y se percató que era Tish’á be’Av. Quien no recuerda Tish’á be’Av, en algún momento no recordará Iom haShoá. Para esta categoría de gente Iom haShoá y todo lo que implica pasará a sufrir del síndrome del “Día de la Madre”, una fecha anual que demuestra a las claras el poco respeto que nuestra sociedad adjudica a la maternidad en la vida diaria.
Para quienes tenemos memoria, las fechas judías – alegres y tristes – marcan hitos en nuestro calendario personal anual. Todo gira alrededor de estas fechas. No hay “olvido”.
“Identidad judía” solo se logra a través de una demostración cabal y viviente de vida judía. ¿Quizás sea el momento de reevaluar los métodos y los resultados de una educación parcial y defectuosa?

Cuentan una historia de un Janucá singular en Bergen Belsen. Era diciembre, y un grupo de judíos deseaba ansiosamente encender alguna vela para la fiesta que se aproximaba. Obviamente no había ninguna posibilidad que los alemanes habían de permitir que esto sucediera y era imposible procurar las velas en el campamento. Sin embargo, esto no detuvo a aquellos empecinados judíos. Ahorraron porciones pequeñas de manteca todos los días hasta que tuvieron lo suficiente para hacer una pequeña vela. En la víspera de Janucá, en secreto, este grupo de cuerpos enflaquecidos que habían renunciado a parte de su único sustento para esta Mitzvá, se reunió alrededor del Rebbe de Bluzhev. El rabino recitó las tres bendiciones que se deben pronunciar sobre las velas la primera noche de Janucá. Una vez dichas las bendiciones y encendida la vela, uno de los asistentes se acercó al rabino y preguntó: “¿Cómo pudo Usted recitar la tercer bendición (Shehejeianu)? ¡Ud. agradeció a D”s que nos hace vivir este momento! ¡Cómo podemos agradecer a D”s que nos haya traído hasta el momento en que presenciamos horrores, muerte y tortura! ¿No están mejor los muertos que los vivos?

El rabino respondió que él mismo también se había cuestionado si esta bendición debía hacerse. “Sin embargo” – dijo – “cuando eché una mirada alrededor al público congregado, y vi la luz de todos en sus caras, percibí esa fe que arde resplandeciente en sus corazones. Por consiguiente tuve que bendecir a D”s, por permitirme vivir para ver esta asamblea de mártires que santifican el nombre de D”s en público y mantienen su fe entre las llamas”.

Rab Daniel Oppenheimer

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top