Festejando
Purim
Significado y reflexiones
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La historia de Esther (III)

Esther había arriesgado su vida a pedido de Mordejai y fue a invitar al rey y a Hamán a una fiesta. El rey asintió al pedido y acudió a la cita con Hamán. En la mitad del festín el rey no podía con su intriga, y volvió a preguntar a Esther acerca del motivo de la invitación. «Mi pedido es que… mañana el rey venga nuevamente con Hamán. Entonces se lo diré…» respondió Esther. El rey volvió a aceptar, pero Hamán ya no cupo dentro de su ropa. Reunió a su esposa y a todos sus consejeros y amigos para contarles lo bien que andaban las cosas. «¡Hasta la reina me invitó a su reunión privada con el rey! Pero… mientras el judío Mordejai me desprecia, no puedo disfrutar de lo bien que me va.» «¿Qué problema te hacés? Prepará una horca, el rey sin duda te dará permiso, y mandá a colgar a Mordejai. Después podrás ir a la fiesta sin que te sientas molesto.» ¡Qué idea genial! Al rato, la horca estaba lista. Era muy eficiente.

Aquella noche fue histórica. Todos estaban ocupados. Hamán, impaciente no podía esperar hasta la mañana para ver a su enemigo Mordejai colgado de la horca. Los judíos seguían rezando en su angustia por el decreto y sacudían al Cielo mismo. Mordejai estaba reunido con sus alumnos enseñándoles las leyes de la ofrenda del Omer (pues era el segundo día de Pesaj, en el cual se trae esa ofrenda). El rey, por su parte, no podía conciliar el sueño pues no podía entender las intenciones de Esther. «¿Por qué habrá invitado a Hamán?» se preguntaba una y otra vez. «Y, si están tramando en contra mío… ¿por qué nadie de mi servicio secreto me informa? – ¿será que fui ingrato con los que me apoyan…?»

Inmediatamente, mandó que le leyeran de los anales de su historia personal. Allí encontró que Mordejai le había salvado la vida, sin que hubiese recibido retribución alguna por su ayuda. En aquel preciso momento, se escuchaban los pasos de Hamán, que venía solicitar autorización para colgar a Mordejai. El rey decidió consultar a Hamán acerca del premio que correspondía a Mordejai, sin decirle de quién se trataba. Hamán, siempre vanidoso, no podía creer que otro, y no él mismo, tendría la suerte de ser favorecido por el rey. La respuesta delató su soberbia. Pidió el manto real, el caballo real, la corona real… y ser paseado por la ciudad. Al rey, que ya sospechaba de él por la invitación de Esther, ésto no le gustó nada. En cambio, mandó a Hamán vestir a Mordejai con el atuendo real y brindarle todos los honores que había pedido para si. Hamán llegó a su casa
destruido por el vuelco de las circunstancias, pero no tuvo tiempo para que lo reconfortaran pues debía salir a la fiesta de Esther. Nuevamente estuvieron sentados Ajashverosh, Esther y Hamán. El rey repitió la pregunta que lo tenía intrigado: ¿Qué era lo que quería Esther de él? Esta vez, Esther le contó la verdad. Ella y su pueblo estaban en un serio peligro de ser exterminados. – «Pero… ¿quién puede tener tales ideas en contra tuyo?» – preguntó Ajashverosh enojado (pues no sabía hasta ese momento que Esther era judía). Esther señaló a Hamán (según los Sabios, señaló inicialmente al propio Ajashverosh – partícipe necesario y cómplice del decreto, pero un ángel le corrió la mano).

Ajashverosh no se pudo contener en su furia. Hamán rogó a Esther por su vida, pero en ese instante, Jarvoná, otro consejero, hizo saber que estaba preparada la horca para Mordejai – el nuevo favorito del rey – en la casa de Hamán. Ajashverosh no titubeó: «¡Cuelguen a Hamán!» – ordenó inmediatamente.

Con Hamán afuera de la escena, pareciera ser que ya estaba todo en orden. Sin embargo, la cosa no era tan así. Aún pesaba sobre los judíos de todo el imperio el decreto real de exterminio. Nuevamente, Esther arriesgó su vida entrando al aposento real sin haber sido solicitada su presencia. Otra vez, el rey (afortunadamente) le extendió su cetro – y se salvó. «Su majestad, mi rey, ¿no podría, por favor, anular el decreto de destrucción de mi pueblo?» – lloró amargamente. «Lo lamento» – respondió el soberbio Ajashverosh – «mis decretos no se anulan jamás» (sería una afrenta a su superior inteligencia monárquica, que hubiere un error en sus decisiones). Lo único que se podía hacer a esta altura, era crear otro decreto que le permitiera a los judíos defenderse. Y así se hizo. Nuevamente se despacharon jinetes con la nueva orden de permitir a los judíos defenderse de sus enemigos.
El año que siguió fue un tanto difícil. En todas las provincias del imperio, los antisemitas acumulaban armas para matar a los judíos, mientras que éstos preparaban su defensa. Cuando llegó el «día D», el 13 de Adar, se desató una lucha cruenta. El saldo fue terrible. Entre todas las provincias del imperio, cayeron 75.000 enemigos, aparte de los 500 antisemitas y los 10 hijos de Hamán que habían caído en Shushán mismo.

El rey ofreció nuevamente a Esther que pidiera lo quería. Esther solicitó un día adicional para terminar de eliminar a todos los que pretendían destruir al pueblo judío y que los hijos de Hamán caídos en la lucha fueran colgados públicamente (para disuadir a futuros verdugos). El rey accedió al pedido de Esther. Los judíos de todo el imperio descansaron y festejaron su salvación y tranquilidad el 14 de Adar, mientras que los judíos de Shushan que lucharon un día más, recién celebraron al día siguiente.
A raíz de todo lo que había acontecido, los miembros de la Gran Asamblea, los «Anshei Kneset HaGuedolá» decidieron proclamar el día en que pudieron descansar de sus enemigos como fecha de alegría para las futuras generaciones. No obstante, la historia seguía con un toque de tristeza. La edificación del Bet HaMikdash permanecía detenida sin aviso de cuándo se permitiría su continuación. (Ajashverosh mismo nunca autorizó que siguiera la construcción, la cual recién siguió en la época de Dariavesh – Darío, su hijo). Para honrar la importancia de Ierushalaim, los Sabios de la época dictaminaron que en Ierushalaim y en todas las ciudades que tuviesen su misma condición – el poseer una muralla desde los tiempos de Iehoshúa bin Nun (cuando Israel ingresó a su tierra), festejarían un día distinto a los demás, es decir, el día 15 de Adar (que hoy llamamos «Shushan Purim»). Esta ley se sigue observando hasta el día de hoy.

Todas las obligaciones de Purim se observan en Ierushalaim y en ciertos lugares de Israel al día siguiente que en el resto del mundo. Los judíos, por su lado, reconocieron la Intervención Di-vina en todo lo que había sucedido. Ya había transcurrido casi un milenio desde que habían aceptado la Torá frente al Monte Sinaí. No obstante, aquella declaración había sido obligada por la evidencia de las maravillas sobrenaturales que habían presenciado en Egipto y en el cruce del Mar Rojo. Ahora, volvieron a aceptar la Torá sin ninguna clase de presión y con uno de sus elementos más importantes que hacen a la transmisión de generación en generación: «Emunat Jajamim», la confianza en la palabra de los Sabios en la explicación de la Torá y en su visión de los acontecimientos a través de su comprensión de la Torá.

Los acontecimientos que condujeron a la festividad de Purim, son muy diferentes a los de la salida de Egipto. No hubieron, en este caso, «milagros» evidentes y sobrenaturales. Toda la historia trata de una serie de coincidencias, cuya suma, permitió a los judíos salvarse de un peligro mortal. La muerte de Vashtí, la elección de Esther, el conocimiento de Mordejai sobre el plan de eliminar al rey, la falta de premio por este acto en su momento, el buen recibimiento que tuvo Esther por parte del rey, etc.) Quitando un solo elemento «natural», la salvación no hubiese ocurrido del modo que fue (obviamente, D»s también los podía salvar de otra manera). En esta oportunidad, los judíos llegaron a reconocer la Mano de D»s aun en los acontecimientos que no escapan a la naturaleza. El propio nombre de Esther significa «oculto» en hebreo. «Purim», el nombre de la fiesta está relacionado con el hecho que Hamán hizo un sorteo para elegir el día del exterminio de los judíos. Que en los hechos «casuales» como un sorteo o lotería, está oculta la Providencia Di-vina (Esther), es una de las enseñanzas de Purim. Posiblemente sea esa también la intención detrás de la costumbre
de disfrazarse en Purim, pues el disfraz, a su vez, esconde una realidad.

Para quienes no estudiaron la historia de Purim a fondo, les puede parecer como si se tratara de una festividad frívola y sin significado. He intentado, en estas tres entregas, aclarar este error. El día más respetado en el calendario hebreo, Iom Kipur, se denomina en la Torá como Iom ha «Kipurim», es decir: «como Purim». Para que Purim, con su comer, beber y festejar pueda ejercer el mismo efecto sobre nosotros que Iom Kipur con su ayuno y aflicción, pues… debemos aprender por qué y cómo festejar.

Feliz Purim

Rab Daniel Oppenheimer

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