Festejando
Purim
Significado y reflexiones
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La historia de Esther (I)

«Vaiehí bimei Ajashverosh» y fue en los días de Ajashverosh. Cada vez que una historia comienza con la palabra «vaiehí», es una premonición que algo malo está por suceder. La historia de Esther, que celebramos en Purim, se desarrolló en momentos cuando los judíos aún no habían terminado de reconstruir el Bet HaMikdash. Cincuenta y siete años antes, el rey caldeo (de Bavel) Nevujadnetzar, había llevado a los judíos del reino sureño de Iehudá (Judea) al exilio babilónico. Allí permanecieron hasta que el reino de Bavel cayó frente a los persas. Koresh (Cyro) permitió a los judíos volver a Iehudá y construir su Bet HaMikdash. Algunos judíos lo hicieron junto a Zerubavel, pero las mayoría quedó en Bavel y en las otras provincias que componían el imperio persa de entonces. Dada las acusaciones de los vecinos samaritanos, los nuevos pobladores que se habían instalado en Israel durante su ausencia, a quienes no se les permitió participar de la construcción del Bet HaMikdash, ésta se detuvo por orden imperial «hasta nuevo aviso».

Ajashverosh, el nuevo rey de Persia asumió su cargo por la fuerza las conocidas «juntas militares». No pertenecía a una dinastía de reyes. A tres años de tomar el poder, organizó dos grandes fiestas. La primera estaba destinada a los dignatarios de las 127 provincias de su imperio. La segunda era para el pueblo de Shushán, capital del imperio.
¿Por qué se le ocurrió la idea de la fiesta? Ajashverosh, así como los reyes de Bavel antes de él, conocía las palabras proféticas de Irmiahu (Jeremías, que ya había fallecido durante el exilio), quien había vaticinado que al cabo de 70 años de Bavel, los judíos serían redimidos. Ahora bien, los jerarcas de aquellas épocas eran idólatras y vanos. Sin embargo, sabían reconocer y temer a los profetas genuinos de Israel. Sus palabras eran auténticas y eso lo sabían bien. La redención de Israel podía querer significar la caída de sus imperios. No obstante, tenían una esperanza. Quizás, si los judíos no serían lo buenos que D»s esperaba de ellos, D»s los abandonaría y entonces la profecía de Irmiahu no se cumpliría. Esta idea, aunque hoy nos podría parecer absurda, estuvo presente en la mente de muchos pueblos de la antigüedad a quienes la singularidad del pueblo judío en su vínculo con D»s les hacía sentir que ponía de manifiesto sus propias faltas. (Esto mismo es uno de los temas que trata el «Shir haShirim – Cantar de los Cantares). Hasta los judíos mismos plantearon ante el profeta Iejezkel la duda de si seguir observando las Mitzvot una vez que habían sido desterrados de su patria y considerando que su relación con D»s estaba «debilitada».

La opinión de los Sabios acerca de Ajashverosh varía entre los que dicen que era un rey «cambiante» (superficial u oportunista) y los que lo ven como abiertamente perverso. Cuando, según los cálculos de Ajashverosh, la cantidad de años vaticinados había transcurrido sin que pareciera llegar una redención para los judíos, se alegró, y decidió festejar. Al fin, podría permanecer en su «dignísimo trono» tranquilo, sin que los judíos le «movieran el piso». Años antes, el rey Belshatzar de Babilonia, había festejado por la misma razón. Sin embargo, ambos, Belshatzar y Ajashverosh calcularon mal. Los 70 años de la profecía de Irmiahu no se contaban a partir del momento en que Nevujadnetzar asumió el reinado, ni desde que conquistó Ierushalaim, sino desde que el primer Bet HaMikdash había sido destruído.

Ambas fiestas, la de Belshatzar y la de Ajashveirosh, tuvieron en común un elemento triste. En ambos eventos, los reyes sacaron de los tesoros los utensilios que habían sido robados al Bet HaMikdash cuando éste fue conquistado. El uso de los utensilios había estado destinado a las tareas rituales del Santuario. Ahora, en cambio, los utilizaron en una orgía vulgar de un pueblo borracho.

Ajashverosh quería integrar a los judíos y, por lo tanto, los invitó a la fiesta al igual que a todos los demás pueblos. Los judíos también querían demostrarse «amigos» del nuevo monarca y participaron de la fiesta a pesar que Mordejai, el Sabio, les advirtió que no lo hicieran.
¿Quién era Mordejai? Mordejai era un anciano de la tribu de Biniamín, descendiente del rey Shaul, que pertenecía al grupo de aquellos que habían sido desterrados inicialmente por Nevujadnetzar varios años antes de destruir el Bet HaMikdash, junto a la «crema intelectual», para ser educados en Babilonia. Aquel grupo había estado integrado por otros jóvenes famosos, (Iejezkel, Daniel, Jananiá, Mishael y Azariá), algunos de los cuales se volvieron conocidos por desafiar las circunstancias al ofrecer su vida «al kidush haShem» (santificar la Gloria Di-vina).

Mordejai, a su vez, integró más tarde la «Gran Asamblea» convocada por Ezrá, el escriba. El pueblo reconocía el liderazgo y la piedad de Mordejai, pero quería suponer que, siendo anciano, ya no estaba a la altura de los acontecimientos, y prefirió desobedecer y asistir de todos modos a la fiesta real. ¿Era casher la comida? No les importó. Lo esencial era no contrariar al rey.
La fiesta tenía todo el «lujo asiático» que se podía permitir Ajashverosh. (Persia queda en Asia). No se escatimó en los gastos de oro, plata, mármoles y tapices (por supuesto, también las alfombras persas). Había «pan y circo» con una «atención personalizada» para cada uno de los participantes, ofreciéndoseles un vino añejo acorde a su edad. En fin, una fiesta que «nadie querría perderse». El hecho es que el vino como así también la comida que se servían estaban prohibidos por la prohibición rabínica que exige que tengan preparación ritual supervisada.

Las mujeres también tuvieron su fiesta con la reina Vashtí, la malvada nieta de Nevujadnetzar, a quien ya conocimos antes. Con una conducta claramente sadista, solía despreciar a las niñas judías, obligándolas a trabajar en Shabbat.

El vino hace lo suyo. Como broche de oro para tan magnífica fiesta, Ajashverosh decidió presentar a su «primera dama» ante el público para demostrar que su belleza física era insuperable, una verdadera modelo. Esta monárquica decisión fue el resultado de una conversación muy espiritual que había tenido previamente con sus allegados… ¡Para qué servían las mujeres, acaso, en la mentalidad de Ajashverosh (y la de alguna gente de hoy), sino para mostrarse permanentemente como modelos!

Sin embargo, Vashtí se había plegado al movimiento feminista de la época y desafió al rey. No sólo que le dijo que no iría, sino que mandó decir toda clase de obscenidades sobre la vulgaridad de Ajashverosh, que no se podían reproducir en público. Realmente constituían una pareja perfecta… Ajashverosh no quiso tolerar semejante «mala educación» y mandó reunir a una reunión de gabinete para decidir el destino de esta reina «aguafiestas». Dado que los ministros más serios no opinaron, el más nuevo y vanidoso, Memuján (más tarde conocido como Hamán) le hizo ver al rey las terribles consecuencias que podrían resultar de la «insolencia» de Vashtí. Este episodio, sin duda, llenaría las páginas de la prensa amarilla que la gente tanto ama. Daría tema para todas las revistas y diarios de la época por semanas y meses, y sería recordado como objeto de debilidad masculina por décadas. ¡Qué pasaría si todas las mujeres de las 127 provincias de Ajashverosh tomarían el ejemplo de Vashtí y hicieran «lo que se les antojara», sin considerar los deseos de sus maridos! Era hora de acción enérgica. Se necesitaba un decreto de «necesidad y urgencia» que pusiera orden en el imperio.
Ese fue el fin de Vashtí. Pasaron los años y Ajashverosh se sintió solo. Los ayudantes le propusieron buscarse una reina nueva. Obviamente, las candidatas, que podían venir de cualquiera de sus numerosas provincias, debían ser hermosas. Se despacharon emisarios hacia todos los confines del imperio para reunir a toda doncella bella y ofrecerle postularse como reina, o convertirse en una más entre las muchísimas esposas del rey.

La presentación al rey no sería espontánea, sino después de una esmerada preparación con perfumes reales y maquillaje monárquico. Esto demoró varios años. Toda persona sensata intentó ocultar a sus hijas de esta búsqueda. Uno de ellos fue el propio Mordejai, quien tenía a su cargo a su prima (según otros, la sobrina) Hadasá, también conocida como Esther, que había quedado huérfana de padre y madre. Ciertas opiniones sostienen que, a su vez, Mordejai se había casado con Esther. Por más que la ocultó, los emisarios del rey encontraron a Esther y se la llevaron por la fuerza.

Rab Daniel Oppenheimer

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