Festejando
Purim
Significado y reflexiones
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La historia de Esther (II)

A Mordejai y a la propia Esther les extrañó de sobremanera que ella fuese llevada al palacio del rey, pues Esther era una tzadeket (mujer virtuosa) y no se merecía tal profanación. Aparte de esto, dicen los Sabios que Esther era «verdosa», es decir que no tenía un atractivo físico como para justificar que la llevaran para el rey, salvo que gozaba de un «Jut shel Jesed» (gracia o simpatía) especial. Dado que no entendieron cuáles eran los planes del Todopoderoso, Mordejai le indicó a Esther que ocultara su procedencia judía. Esther no pidió ninguna clase de maquillaje o perfume fuera de aquel que se le obligaba utilizar, para evitar que fuese elegida reina. A su vez, a diferencia de las demás chicas que intentaban apresurar su turno, Esther buscaba todas las maneras de demorarse para que nunca llegaran a llamarla. Sin embargo, no hubo caso. Entre las miles de postulantes, la elegida fue precisamente Esther. Esto ocurrió a los cuatro años de la muerte de Vashtí, la reina anterior.

Esther siguió escrupulosamente las enseñanzas de Mordejai y mantuvo su identidad en secreto. Por otro lado, el propio Mordejai se hacía presente frente al palacio real, para averiguar acerca del bienestar de Esther. Fue de esa manera, que Mordejai se enteró de un plan que confabularon dos de los asistentes del rey, Bigtán y Teresh, quienes conspiraron para quitarle la vida a Ajashveirosh. ¿Cómo supo Mordejai lo que estaban planificando estos dos? Siendo que ellos eran extranjeros no se preocuparon en hablar entre si en voz baja pues se comunicaban en su idioma natal que nadie local entendía. Mordejai, sin embargo, había sido miembro del Sanhedrín (tribunal judío), y como tal, debía dominar setenta idiomas, para poder escuchar los testimonios de las personas que se presentaran directamente de su boca y no depender de traductores (un testimonio traducido carece de valor legal). Mordejai transmitió lo que sabía a Esther, quien, a su vez, lo informó al rey. En los registros reales, quedó asentado que Mordejai le había salvado la vida al rey y los dos «sublevados» fueron castigados.

Pasaron los años. Subió al poder un tal Hamán, quien gozaba del apoyo absoluto del rey. ¿Quién era este Hamán? Hamán era un descendiente directo de Agag. Agag, por su lado, había sido el rey de Amalek en la época del rey Shaul (de Israel) y había sobrevivido la guerra con Israel por un error de Shaul y del pueblo. Amalek, a su vez, era el pueblo que había atacado al pueblo de Israel apenas éste había salido de Egipto. Amalek, nieto de Eisav, hermano del patriarca Ia’acov, representa a todo aquel que desea impedir el crecimiento espiritual de Israel.

Hamán era vanidoso y disfrutaba enormemente que todos le rindieran honores. Cuando Hamán entraba y salía del palacio, todos los que estaban allí, se agachaban para homenajearlo. Todos, menos uno. Mordejai ni siquiera aparentaba respetarlo y permanecía de pie durante la procesión. Los propios judíos le pidieron a Mordejai que se inclinara ante Hamán para no contrariar al favorecido por el rey. Al menos, que no estuviera presente a la hora que pasaba Hamán, o que justificara su actitud con un parte médico que declarara que sufría de dolor de espalda. «¿Acaso nuestro padre Ia’acov no se agachó frente a Eisav cuando volvía de Jarán?» – le decían, temiendo una represalia de Hamán en contra de todos los judíos. Mordejai «no quería saber de nada». «Yo soy descendiente de Biniamín. Biniamín nunca se agachó frente a Eisav» (pues aún no había nacido cuando su familia se encontró con Eisav) – respondió firmemente.

Y sucedió lo que todos sospecharon que pasaría. Hamán se enteró y se enojó. No solamente se encolerizó en contra de Mordejai, sino con todos los judíos. Hamán creía en el azar y tiró la suerte para ver en qué fecha sería exitoso en su plan por exterminar a los judíos. La fecha resultó ser el 13 de Adar próximo. Siendo que estaba a comienzos de Nisán, faltaban aún 11 meses. Ahora necesitaba la ayuda de su amigo, el propio rey para llevar a cabo su plan. Fue así que Hamán se dirigió al rey y le solicitó autorización para su «guerra santa». Dado el posible perjuicio económico que sufririían las arcas reales a raíz de la menor recaudación impositiva que resultara de la falta de los judíos, Hamán ofreció compensar el tesoro monárquico con 10.000 Kikar de plata. El rey estaba más que contento que Hamán tuviese la osadía de asumir la pelea en contra de los judíos a quienes él personalmente detestaba, pero temía destruir.

Ajashverosh conocía la historia de los judíos. Sabía muy bien lo que había sucedido al Faraón y a todos los que quisieron hacer desaparecer a los judíos. Aquí se le presentaba un hombre de su confianza que estaba dispuesto a asumir todos los riesgos, sin involucrarlo a él. De todos modos y por las dudas, le preguntó a Hamán si no le parecía un empredimiento riesgoso. «El D»s de ellos ya no los quiere más. Está cansado de ellos. Están dispersos y peleados entre si. Sus leyes son distintas a las de los demás. Siempre tienen pretextos para no trabajar. ‘Hoy es Shabbat, hoy es Pesaj’ – dicen. Tenemos todo para ganar, nada para perder…».

El rey estuvo aliviado y convencido. «El dinero es tuyo. Quédatelo. Hacé con el pueblo como quieras. Me hacés un favor y te agradezco que no me lo estés cobrando tú a mi…» – respondió. Para que Hamán tuviera libertad de acción, Ajashverosh le facilitó su anillo con el cual podría mostrar que gozaba del apoyo real. Hamán no perdió tiempo. Inmediatamente contrató escribas que radactaran el decreto y jinetes que llevaran el decreto a todas las 127 provincias del imperio.

Mientras tanto, Ajashverosh y Hamán se sentaron a celebrar juntos su pacto antisemita. Mordejai se enteró de lo que se había decidido antes que todos (poseía fuentes de información proféticas). Ni la propia reina Esther sabía lo que pasaba hasta que un confidente le avisó que Mordejai estaba llorando públicamente frente al portón de su palacio vistiendo arpillera y con su ropa desgarrada (lo cual contradecía los modales aceptados en la «plaza de mayo», pues las demostraciones públicas frente al balcón presidencial podría causar una mala imagen ante los turistas extranjeros). Esther le envió secretamente una muda de ropa pero Mordejai se negó a vestirla. Entonces Esther llamó a Hataj, su «agente encubierto» que conocía su relación con Mordejai y con los judíos, para que averiguara lo que estaba sucediendo. Mordejai le comentó a Hataj sobre el decreto y le mandó decir a Esther que intercediera ante el rey para anularlo. «No puedo» – respondió Esther.
«Si el rey no me llama (como ya no me llama hace 30 días), y voy a verlo por mi propia cuenta, corro el riesgo que me mate antes que siquiera pueda abrir la boca. ¿Existe un rey que ame a su esposa y pueda prescindir de su presencia durante un mes entero?» Mordejai insistió: «¿Acaso pensás que te vas a salvar por vivir en el palacio? Si no vas a arriesgarte tú por tu pueblo, pues es importante que sepas que a D»s no le faltan maneras de hacerlo. Quien va a perder esta oportunidad serás tú, y… quien sabe si no será por eso que D»s causó que el rey te eligiera como reina.» Esther aceptó. Sólo que le pidió a Mordejai que reuniera a los judíos de Shushán y que ayunaran todos, hombres, mujeres y niños, durante 3 días consecutivos». «¿Cómo querés que haga eso?» – preguntó Mordejai – «¡pasado mañana es Pesaj y debemos comer Matzá!». – ¿Y si nos matan a todos – quién festejará Pesaj el año que viene? – contestó Esther. El pueblo obedeció. Podían haber argumentado fácilmente que Mordejai tenía la culpa de todo. ¿Acaso no había sido él quien había enojado a Hamán innecesariamente? (Este fue el milagro de Purim. Acataron la orden de su líder espiritual en contra de lo que parecía lógico desde lo superficial.) Al tercer día, Esther fue a ver a Ajashverosh. Había rezado y ayunado secretamente como todos los judíos y estaba dispuesta a arriesgar su vida por ellos. Mientras ingresaba al recinto real, murmuraba las palabras de los Salmos. Pero… al verla, el rey le extendió el cetro con lo cual se salvó la vida. «¡Qué puedo hacer por tí!» – preguntó sorprendido. Era la primera vez que Esther lo venía a ver por propia cuenta en cinco años de «casada». «Estoy dispuesto a darte hasta la mitad de mi reino». ¿Qué había en medio de su imperio, que tanto asustaba a Ajashverosh? La reconstrucción del Bet HaMikdash, que, supuestamente, pondría en peligro su continuidad en el trono. Para alivio del rey, el «pedido» de Esther fue un poco más modesto. Solamente pidió que viniera el rey con a Hamán a la fiesta que había preparado en su honor. «¡Cómo no! Apuren a Hamán a asisitir a la fiesta de Esther» – ordenó Ajashverosh, mientras se le hacía agua a la boca por los manjares que le esperaban. (¿Esther sabía preparar Lahmayín?).

Pero… ¿por qué invitó Esther a Hamán? Los Sabios nos dicen que Esther no quería que aquellos judíos que sabían de la condición judía de Esther, dejaran de rezar confiando en su encanto sobre Ajashverosh. Otros opinan que invitó a Hamán para crear desconfianza entre ellos dos. Una tercer opinión dice que quería hacerle sentir seguridad a Hamán al pensar que ella estaba de su lado… Hamán, Ajashverosh estaban con ideas de grandes festines. Mordejai, los judíos y Esther, por su lado, ayunaban. ¿Qué pasará ahora?

Rab Daniel Oppenheimer

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