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La Tora e Israel
Sobre los fundamentos del Judaísmo.
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Israel – Su Torá

La religión judía no se detiene en “Y Dios creó los cielos y la Tierra”. Comienza en ese punto. Continúa con el reconocimiento que: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto”. Es un Dios viviente, que sigue actuando en el Universo creado por El. Es un Dios Supremo preocupado por la conducta del pueblo que creara y para ese fin encontró los medios de hacer conocer Su voluntad a la humanidad. Por sus propios, inescrutables medios, continúa juzgando la conducta de todos los hombres, recompensando y castigando, sea en este mundo o en el mundo espiritual por venir.

El judaísmo insiste en que no hay en la práctica ninguna diferencia entre una persona que niega completamente la existencia de Dios y otra que lo admite e incluso admite el rol de Dios en la creación, pero niega que Dios tenga algo más que ver con lo que ocurre en este mundo. La distinción entre ambos puntos de vista es solamente académica ya que no hay ninguna implicación diferente en la vida humana. En cada caso, no hay razones compulsivas para venerar a Dios o para seguir Su camino.

Un elemento central en la fe judía de un Dios viviente, es que el Señor comunica -de una manera espiritual- Su Voluntad y Sus mandamientos a la criatura a la que otorgó libre albedrío, pero a quien exige sea Su obediente siervo. La esencia misma del judaísmo está basada en la aceptación de un acontecimiento histórico-espiritual en el que participaron nuestros antepasados como grupo, así como en la aceptación de las revelaciones espirituales posteriores, hechas a los Profetas de Israel. El extraordinario acontecimiento histórico al que me refiero es la promulgación de los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí siete semanas después del Exodo de los hijos de Israel de Egipto. La voluntad de Dios se manifestó también en la Torá escrita, formulada por Moisés bajo la profecía divina durante los cuarenta años que siguieron al Exodo. Junto con los Cinco Libros de Moisés (Pentateuco) creemos que la Voluntad de Dios se manifestó también en la Tradición Oral o Torá Oral que tiene también su fuente en el Sinaí, revelada a Moisés y transmitida oralmente por él a los jefes religiosos de Israel. La Torá Escrita misma hace alusión a esas instrucciones orales. La Torá Oral -que clarifica muchos de los mandamientos de la Torá Escrita- se transmitió de generación en generación hasta que finalmente fue recopilada en el segundo siglo de la era actual y constituye la piedra fundamental del Talmud.

Las personas no-tradicionalistas, consideran a la Torá como un escrito de grandes e inspirados hombres y como un registro de los esfuerzos humanos por llegar a Dios. De acuerdo con estas opiniones, no hay nada divino ni nada eterno en lo que respecta a la Torá. Está sujeta a los errores que todos los hombres, incluso grandes hombres, son susceptibles de cometer. Si este fuera el caso, ¿por qué le deberíarnos más consideración y habríamos de considerarla como una guía de conducta más exacta o como una ejemplificación de la Verdad más que, por ejemplo, la ética de Aristóteles, de Kant o de Espinosa? Si es solamente un conjunto de leyes tribales, concebidas por el hombre, cualquiera tiene entonces el derecho de eliminar lo que considere inadecuado, de cambiar o modificar según la fantasía de cada generación o de cada dirigente religioso. Este es precisamente el argumento utilizado por los no-tradicionalistas para justificar las modificaciones que han introducido en las prácticas religiosas judías.

Sin embargo, si se quiere visualizar o comprender la naturaleza específica de la revelación Divina a Israel, y a los Profetas, se llega a la conclusión que si la Torá tiene algún significado, ésta es la revelación de Dios en su relación con el hombre y no viceversa. Si en realidad la Torá posee un valor permanente y una verdad, debe considerarse no como una expresión del genio espiritual humano sino de la Voluntad Divina comunicada al hombre mortal y finito. Ninguna interpretación del judaísmo es judaicamente válida, si no ubica a Dios como la fuente de la Torá.

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