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La Tora e Israel
Sobre los fundamentos del Judaísmo.
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Israel – El Pueblo


Los términos “hebreo”, “israelita” o “judío” han sido utilizados como sinónimos y equivalentes a lo largo de la historia. La Biblia se refiere a Abraham como “ivrí” (hebreo), probablemente por haber emigrado de la otra margen (oriental) del río Eúfrates e “ivrí” significa “de la otra margen”. Israel fue el segundo nombre de Jacob, nieto de Abraham. Sus doce vástagos y los descendientes de éstos, fueron conocidos como “los hijos de Israel” o el pueblo o nación israelita.

“Judío” deriva de Judá, hijo de Israel, la más importante de las Doce Tribus. El nombre de “judío” se extendió a todo el pueblo cuando el Reino de Judea sobrevivió a la destrucción del Reino Septentrional de Israel en el año 722 antes de la Era Común, cuando las diez tribus fueron conducidas al cautiverio. En la actualidad, el pueblo se denomina judío, su religión judaísmo, su lenguaje hebreo y su tierra Israel.

Este pueblo, Israel, inició su existencia como una familia cuyos orígenes se remontan a Abraham el Hebreo, que vivió hace aproximadamente 3600 años. La fe monoteista firmemente sostenida por Abraham y el “pacto con Dios”, establecido por él y reafirmado por sus descendientes, identificó a esta familia como adherentes a una fe singular. La familia no se abrogó derechos de exclusividad sobre esta fe, sino que por el contrario se esforzó por atraer nuevos adherentes a ella.

Cuando esta familia “ebria de Dios” y aquellos que se unieron a su fe se extendió, aceptaron la Torá como su ley divina, tomaron posesión de la Tierra a ellos prometida por el Señor del Universo; en ese momento asumieron las características de una nación, con una lengua común, que vive en un territorio determinado, compartiendo un pasado y un destino comunes y ejerciendo los tributos de soberanía nacional.

Conforme a su origen, los judíos siempre se consideraron por doquier como integrantes de una familia, una familia vasta, para ser más exactos, y a menudo dispersa, mas a pesar de todo una familia.

La pertenencia a esta familia queda determinada por la vía materna. El niño de toda mujer judía es considerado un miembro de la misma. Mas dicha pertenencia nunca estuvo limitada por el nacimiento. En todo momento estuvo abierta para todos aquellos que aceptaron compartir su fe y que de esta manera fueron “prohijados” por ella. Así, el convertido al judaísmo, no sólo se asocia con los hijos de Israel en la práctica religiosa, sino que a través de ella el prosélito se convierte en un hijo de Israel, pleno partícipe de su legado y sus privilegios, asumiendo también sus cargas y tribulaciones. Al aceptar la fe judía, el prosélito se incorpora al pueblo o a la nación judía. Al cumplir con los preceptos religiosos del presente y al asumir la misión espiritual del futuro, se une al pasado colectivo.

Si bien la inclinación natural de cada familia tiende a la exclusividad y al cuidado de sus propios intereses, esa familia peculiar nunca fue exclusivista. En épocas de persecución se vio más de una vez obligada a aislarse -como medio de autodefensa- pero generalmente se volvió al exterior y abrazó la totalidad del mundo. Cuando se erigió el santuario central en Jerusalén, los judíos lo consideraron una “casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56:7. Ver también Reyes 1, 8:41-3).

Paradójicamente, al acentuar su peculiaridad esta familia singular reflejó la forma más nobles de universalismo. El universalismo que caracteriza a la fe de Israel, se refleja no sólo en sus formulaciones teológicas y en sus visiones del futuro, sino en la composición misma de su pueblo. Este pueblo -aparentemente “exclusivista”- incluye personas con distintas tonalidades de piel, de los más pálidos a los más obscuros, Y con una vasta gama de pluralidad cultural. A pesar de sus facetas múltiples y de los diversos lenguajes que hablan, los judíos se consideran emparentados entre si: verdaderos hermanos procedentes de una familia semítica común. Aunque en principio es la religión el factor primordial de unión (los neófitos se admiten en la colectividad sobre la base de la religión), el sentimiento de parentesco es muy fuerte. Este misterio se vuelve más profundo todavía, si tomamos en cuenta que incluso judíos que se rebelan contra la fe y descartan las creencias y prácticas religiosas, siguen considerados judíos y generalmente se sienten unidos a él por lazos de parentesco.

Este sentimiento de pertenencia que se manifiesta en el pueblo judío es más una experiencia “mística” que un fenómeno racional. Quizás sea ésta una de las razones que explican por qué los judíos no pudieron ser ubicados en las categorías utilizadas por los sociólogos e historiadores para definir las naciones, razas, religiones y otros grupos humanos. Obviamente, los judíos no constituyen una raza (porque “raza” es un concepto biológico). Tampoco son únicamente una religión o una nación, aun cuando lo sean de acuerdo a las definiciones comunes de los términos “religión” o nación”. El problema es resuelto generalmente utilizando el término “pueblo” en vez de “religión” o “nación”.

La dificultad para definir al pueblo judío se debe en parte a su peculiaridad. Se trata de una singularidad que, de acuerdo al creyente, fue establecida permanentemente por la Voluntad Divina “Y vosotros seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Exodo 19:6)

En una oportunidad el pueblo judío fue definido en estos términos poéticos:
“Hay un río en el océano. Las sequías más terribles no lo consumen ni las inundaciones más devastadoras lo desbordan. Su fuente está en el Golfo de México y su desembocadura en el Océano Artico. Es la Corriente del Golfo. No existe en el mundo otra corriente más majestuosa. Es más rápida que el Misisipi y que el Amazonas, y su volumen es mil veces mayor. Las aguas de esta corriente, a la altura de las costas de Carolina, son de un azul índigo y están tan perfectamente mareadas que se distinguen a simple vista de las aguas del océano circundante. A veces parte de un navío navega sobre las aguas de esta corriente y la otra parte sobre aguas del océano -tan agudo es el contraste entre estas aguas y tanta la reluctancia, por así decir, de la Corriente del Golfo a mezclarse con las aguas comunes del mar. Este fenómeno físico tan curioso tiene su contrapartida en el mundo moral. Existe un río solitario en medio del océano de la humanidad. Las más violentas eclosiones de la tentación humana -aunque avivadas siete veces en las hogueras del fanatismo religioso- jamás consiguieron consumirlo aun cuando durante dos mil años sus aguas se han teñido de rojo por la sangre de sus mártires. Sus fuentes se remontan a los albores de la historia de la humanidad y su desembocadura se encuentra en alguna parte de las sombras de la Eternidad. También él rehusa mezclarse con las olas que baten a su alrededor y la línea que separa su incansable oleaje de las aguas comunes de la humanidad es perceptible a simple vista. Es el pueblo judío.”

Aunque pequeño, separado y distinto, Israel nunca fue un pueblo que se recogió en sí mismo. Permaneció solitario pero no aislado. La historia judía está entrelazada con la de todas las naciones y todos los imperios: “Los judíos … fueron testigos y actuaron en la mayor parte de la historia de la humanidad, la registraron por escrito, la configuraron, fueron su origen y la desarrollaron. Pero sobre todo la padecieron más que cualquier otro pueblo” escribió Ernest van der Haag. La historia de los judíos ha sido la historia de su interacción con el resto del mundo -aunque eruditos occidentales, educados en una sociedad dominada por el cristianismo, evidencian miopía en cuanto al rol del judío y del judaísmo en esa historia y tienden a tratar con condescendencia todo lo que se refiera a los judíos o al judaísmo. Sólo excepcionalmente los libros de historia, de sociología o de filosofía contienen elementos significativos sobre el pueblo o el pensamiento judío a partir de los comienzos de la Era Común.

El prejuicio anti-judío se reflejó durante largo tiempo en los textos y programas de estudios de las universidades cristianas y fue legado al mundo académico laico aun después que se desvaneciera la influencia teológico y se secularizaran las instituciones. Incluso judíos que se integraron a ese medio académico sufrieron la sutil influencia de este prejuicio y lo admitieron sin reparos. Ignorando en general su propia historia y filosofía, aceptaron la idea de que no existe un pensamiento judío original y específico después del período bíblico o de que, si existe, no merece el esfuerzo de un estudio erudito.

A pesar de que el pueblo judío y sus libros sagrados fueron negados, despreciados, rechazados, perseguidos y confinados a lo largo de la historia, lograron poner en acción aquellas fuerzas que marcaron adelantos y cambios revolucionarios en las religiones occidentales, en las ciencias naturales y médicas y en la filosofía social. La contribución de los judíos, ante todo individual, en cada uno de los campos de la actividad creadora, su participación en el progreso del conocimiento humano, en la eliminación del sufrimiento, en el desarrollo del comercio, podría llenar volúmenes enteros. El énfasis tradicional del judaísmo en la justicia social -a través de la acción social- ha tenido en efecto innegable en la época contemporánea.

Para un pueblo que ha sido siempre numéricamente insignificante, “la menos numerosa de las naciones” -“hameat mikol ha-amim”, para utilizar la expresión bíblica- el haber obtenido un índice tal de logros, el haber estado presente tanto tiempo en la escena de la historia mundial, el haber sobrevivido intentos de asimilación y aún de exterminio, implica que “algo más” que sus propias facultades está en juego.

El judío creyente considera este “algo más” como el cumplimiento de la profecía divina que afirma “todas las familias de la tierra serán benditas en tí y en tu simiente” (Génesis 28:14) y como una reivindicación del Pacto de Israel con Dios: Porque eres pueblo santo al Señor tu Di- s y el Señor te ha escogido para que le seas un pueblo singular entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra” (Deuteronomio 14:2). El judío creyente acepta este hecho con humildad y devoción y lo considera como yugo y carga, al mismo tiempo que una distinción. Se considera un siervo del Señor y está preparado a cumplir Su voluntad en todo momento. El servicio del Señor adopta diversas formas: la dedicación de la propia vida al estudio de la Torá, la fiel observancia del ritual y de los preceptos éticos, la lucha por la justicia y la equidad social. El judío observante transita todos estos caminos.

Todo lo que el judío observante lleva a cabo -por “insignificante” y “leve” que parezca exteriormente- posee para él significación cósmica ya que realiza la voluntad del Señor.

El judío escéptico, por el otro lado, que no se considera siervo del Señor, rechaza la idea de que Israel goza del favor divino, o de que debe cumplir una misión histórica especial. Estos conceptos, incluso emitidos por un gentil, le resultan molestos y se apresura a repudiarlos. Pero es la misma historia judía la que se ha encargado de contradecir los intentos de repudiarla y de negar su sentido, ya que no se permitió a los judíos convertirse en un pueblo “como los otros”, ni transformarse en una mera nación entre las demás naciones.

Nosotros creemos que todas las demás naciones y pueblos del mundo tienen una misión que cumplir, impuesta por la voluntad divina, porque Dios es Dios del Universo todo y no solamente de los judíos. También consideramos que debemos cumplir un rol singular, del cual la historia misma es testigo. Esto implica una misión especial en la vida, la razón misma de nuestra existencia. Dicha misión no consiste en convertir al judaísmo al resto de la humanidad, sino en conducirla, a pesar de sus diferencias y creencias, a reconocer la soberanía de Dios y a aceptar los valores básicos revelados a nosotros por ese Dios. Esto ha de servir de instrumento a través del cual se otorgará la bendición a “todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3).

Esta misión es el fundamento para los judíos que esperan el día “en que todo el mundo se perfeccionará bajo el reino del Todopoderoso y toda la humanidad evocará Su nombre”. Solamente en estos términos -de carácter sobrenatural- puede encontrarse una explicación plausible para la capacidad de Israel de sobrevivir a los múltiples obstáculos que amenazaron su existencia y para explicar su éxito en conmover el pensamiento de otras naciones. Es en estos términos que podemos descubrir el significado de la Diáspora, de los sufrimientos históricos de Israel, así como sus logros, su fortaleza y su restauración en Sión.

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