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La Tora e Israel
Sobre el origen divino de la Torá.
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Del Origen Divino de la Torá

Casi todas las consideraciones acerca de la ética y los valores de la Torá, o cada intento de explicarlas terminan en una discusión acerca de su origen divino. Todo debate serio respecto a cualquier tema religioso vuelve, finalmente, al mismo punto de partida: su derivación de la Torá. Esto es inevitable, puesto que es precisamente el origen divino de la Torá lo que le impone a cada uno de nosotros la obligación de comportarse de acuerdo con los valores religiosos que orientan cada detalle de nuestras vidas. Pero además de ser objeto de una discusión amistosa, ésta es una cuestión que conviene aclarar para nosotros mismos.

Seiscientos Mil Testigos

Comencemos con un relato. Un distinguido estudioso, cuya mujer le mostró un nuevo artefacto de cocina, preguntó qué era la etiqueta adherida a él.
“Estas son las instrucciones”, dijo ella.
Después de una brevísima reflexión su esposo hizo notar: “¡Qué tonta es la gente! Todos dan por sentado que el más sencillo artefacto de cocina requiere instrucciones del fabricante explicando su uso, pero ¿qué pasa con el hombre mismo? El es una criatura cuya vida está comprometida y es complicada. ¿No necesita, acaso, instrucciones de su Creador?”

Hoy en día, cuando muchos científicos ya admiten la existencia de un Supremo Hacedor (un punto que la generación anterior se negaba a reconocer), esta anécdota adquiere mayor relevancia aún. El dilema que surge es si es posible quedarse a mitad de camino y decir: “Estamos dispuestos a creer que somos obra del Supremo Hacedor, pero nosotros sabemos mejor cómo vivir nuestras propias vidas”.

Examinemos las fuentes bíblicas y veamos qué encontramos que nos pueda ayudar a definir nuestra posición. En Shemot XIX, 9 leemos: “Y el Señor dijo a Moisés: he aquí Yo vengo a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras Yo hablo contigo…”. En el versículo 17 está escrito: “Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a D-s, y pusiéronse a lo bajo del monte”. Y en XX, 1-2: “Y habló D-s todas estas palabras diciendo: Yo soy el Señor, tu D-s” . Aún después de que la Torá fue entregada, leemos: “Todo el pueblo observaba las voces y las llamas, y el sonido del shofar, y el monte que humeaba…” (Shemot XX, 15).

La Torá fue otorgada de un modo totalmente distinto al del exigido por otras religiones para sus revelaciones proféticas, ya que tanto la cristiandad como el Islam sostienen que sus enseñanzas fueron entregadas por una sola persona o un gran número de personas. En el caso de la Torá, la nación entera estuvo presente reunida especialmente para presenciar los sublimes acontecimientos que se sucederían en el monte Sinaí.

Por cierto, ni el cristianismo ni el Islam impugnaron nunca la validez de lo ocurrido en el monte Sinaí. Por el contrario, lo han invocado como la prueba más convincente de la existencia de D-s y de Su dominio sobre el mundo. El otorgamiento de la Torá a Israel es el hecho más aceptado por todas las religiones de Occidente a las que pertenecen más de mil millones de personas, que representan la gran mayoría del mundo civilizado (con excepción de los países comunistas, los que después de varias décadas de una guerra de exterminio contra la religión, lograron extinguir la fe en gran parte de sus poblaciones). Actualmente, la ética de la sociedad occidental se apoya sobre fundamentos cuya autoridad procede de la Torá recibida a través de Moisés.

La razón por la cual la revelación en el monte Sinaí es aceptada por todas esas religiones es que ella satisface todos los criterios de un auténtico acontecimiento histórico (además de ser más milagroso y de infundir un mayor temor reverencial que cualquier otro suceso histórico). Un hecho atestiguado por cientos de miles de personas no puede ser ficticio. La revelación en el monte Sinaí fue presenciada por unos seiscientos mil hombres adultos, además de mujeres, niños y ancianos, y Moisés puso muchas veces de relieve este hecho, no dando lugar a la menor duda cuando proclama que el pacto fue hecho “con nosotros, todos los que estamos aquí hoy vivos” (Devarim V,3).

Por esta razón la revelación en el monte Sinaí es referida a través de toda la Biblia como un hecho que no requiere explicación ni prueba. Por ejemplo: “En el arca ninguna cosa había más que las dos tablas de piedra que había allí puesto Moisés en Jorev, donde el Señor hizo la alianza con los hijos de Israel cuando salieron de la tierra de Egipto” (Melajim VIII, 9). La misma aceptación incuestionable aparece en la profecía de Eliahu, en Tehilim LXXVII, 1-7 y en muchos otros pasajes.

Esta, entonces, es otra característica de los hechos históricos, Ellos fueron sustentados de modos diferentes por las generaciones siguientes. Aceptamos como un hecho que hubo un rey llamado Alejandro Magno y un legislador romano denominado Cicerón, porque es imposible introducir ficticiamente figuras públicas o hechos masivos en la historia registrada. De manera similar resulta imposible sostener que alguien apareció un día y se las ingenió para convencer a toda una nación que millones de ellos o de sus antepasados participaron en un acontecimiento totalmente inventado por él, y que fue capaz de introducir “de contrabando”, en la historia, un hecho de tal magnitud que ha cambiado la forma de vida de una nación y, eventualmente, de todo el mundo.

Hubo también una necesidad fundamental para la revelación en el monte Sinaí. Es difícil imaginar que el Creador no les haya dado instrucciones a Sus criaturas para cumplir Su voluntad o su destino sobre la Tierra. Asimismo sería irrazonable esperar que cualquiera sea capaz de reconocer a su Creador y entender por sí mismo Sus caminos cómo lo hizo el patriarca Abraham, o confiar en que todos y cada uno sean bendecidos con iluminación profético para guiar sus pasos. ¿Cuál sería, entonces, la forma más efectiva de comunicar a la posteridad que D-s se mostró ante Sus criaturas y les reveló Sus sendas? ¿Hay, acaso, algún modo más eficaz que manifestarse a Sí mismo ante una multitudinaria congregación de gente sabia, inteligente, crítica y tesonera, que testimonie el acontecimiento del monte Sinaí?

Todas esas ideas fueron expresadas por los grandes filósofos. En su Iguéret Teimán (“Epístola del Yemén”) Maimónides sostiene que “la grandeza de esto, visto y testimoniado por los testigos más selectos, como nunca antes ha ocurrido, es que toda una nación escuchó las palabras del Sacrosanto y contempló Su gloria con sus propios ojos. Todo esto fue concebido para fortalecer nuestra fe de modo que permaneciese inconmovible por toda la eternidad, con el objeto de que se asegure el acceso a la verdad y que nuestros pies se apoyen sobre una base firme, para que nuestros pasos no sean vacilantes”.

Rabí Iosef Albo consigna aún más explícitamente en su “Séfer Haikarim” (“Libro de los principios”) que “lo que es percibido por la mayor cantidad de gente es creído mucho más; por otra parte, D-s quiso que la Torá fuese entregada por Moisés con la mayor publicidad posible y ante una multitud de más de seiscientas mil personas… que comprendía hombres inteligentes y astutos de distintos caracteres y actitudes, de modo que no quedase el menor asomo de duda en las mentes de los beneficiados y de las generaciones subsiguientes. De esa manera, su recepción sería correcta y totalmente reputada como posible” (I, 19-20).

Revolución

Por cierto, la Torá misma subraya el carácter único del monte Sinaí: “Porque pregunta ahora de los tiempos pasados, que han sido antes de ti, desde el día que creó D-s al hombre sobre la Tierra, y desde un cabo del cielo al otro” (es decir, siempre, en todo tiempo y lugar) “si se ha hecho cosa semejante a esta gran cosa, o se haya oído otra como ella”. ¿Osó alguien, alguna vez, sugerir algo así?. No, porque no es posible inventar un suceso de tamañas proporciones. “¿Ha oído pueblo la voz de D-s, que hablase de en medio del fuego, como tú has oído y vivido?” Y más adelante: “A ti te fue mostrado, para que supieses que el Señor, El es D-s; no hay más fuera de El” (Devarim IV, 32-35).

Recuerdo ciertos temas de discusión sobre la fe con un grupo de jóvenes. Uno de ellos argumentaba que no era de sorprenderse que el pueblo hubiese aceptado realmente la Torá de Moisés. Después de todo, es razonable pensar que un hombre como Moisés, quien los liberó de la esclavitud en Egipto, era un dirigente carismático. Un hombre así se convierte en una especie de superhombre del que cada palabra se transforma en ley – un hecho que constatamos periódicamente. Mi respuesta fue que, en primer lugar, aún si su argumentación fuese valedera, ella no invalidaba la certeza de que la revelacion en el monte Sinaí era un hecho. Si bien puede ser razonable sugerir que el respeto en el que Moisés se sustentaba lo ayudó dándole autoridad a sus palabras, eso difícilmente lo facultaba para idear un acontecimiento tan imponente ante toda la nación de Israel.

De cualquier modo, agregué, en este caso el argumento del inquiridor ha sido totalmente infundado y estuvo basado en un error fundamental, pues a pesar del hecho de que Moisés fue, sin duda, un hombre superior que estuvo al frente de sus contemporáneos, de ningún modo el pueblo lo siguió ciegamente. Este hecho sorprendente es aclarado suficientemente en la Torá.

Consultemos cronológicamente los pasajes bíblicos más relevantes. Moisés ocasionó diez plagas que afectaron a Egipto. Fueron castigos extraños, destructivos y milagrosos. Provocó a la que era la más grande nación del mundo en aquel entonces, ridiculizando virtualmente a su faraón pagano, y la Torá no minimiza su posicion personal: “También Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos de Faraón y a los ojos del pueblo” (Shemot XI, 3). Pero tan pronto como los hijos de Israel acamparon cerca del mar comenzaron a hablar en contra de Moisés. “¿No había sepulcros en Egipto que nos has sacado para que muramos en el desierto?” (Shemot XIV, 11), refunfuñaron. Después leemos que “toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto” (Shemot XVI, 2) y su continua insatisfacción se intensificó hasta que Moisés clamó al Señor y dijo: “-De aquí a un poco me apedrearán!” (Shemot XVII, 4).

Aún después de que la integridad de Moisés fuera probada por un milagro manifiesto y el rebelde Kóraj y sus seguidores fueran castigados a la vista de todo el pueblo, la actitud de éste permaneció sorpresivamente invariable: “El día siguiente toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón diciendo: Vosotros habéis muerto al pueblo del Señor” (Bemidbar XVII, 6).

En asuntos espirituales el pueblo no siguio ciegamente a Moisés. Por eso decimos: “Y hablaron Miriam y Aarón contra Moisés… y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado el Señor? ¿No ha hablado también por nosotros?” (Bemidbar XII, 1-2). Pero repara en el hecho de que cuando hablamos de la mencionada rebelión liderada por Kóraj contra la autoridad de Moisés, éste no es acusado de mentirle al pueblo o engañarlo con falsas profecías. Antes bien “se juntaron contra Moisés y Aarón, y les dijeron: básteos, porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está el Señor. ¿Por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación del Señor?” (Bemidbar XVI, 3). La base de esta demanda contra Moisés, tal como fuera expresada por su hermana Miriam, es que las palabras de D-s no están dirigidas a Moisés solo, sino a toda la nación, y por eso argumentan, aparentemente, con justa razón: ¿Por qué Moisés debe ser diferente y gozar de una posición superior?

De estos pasajes resulta suficientemente claro que no puede caber duda acerca de que los israelitas no siguieron ciegamente a Moisés. Por el contrario, lo encontramos sujeto a críticas permanentes que se originaban en la conciencia que el pueblo tenía de su propia importancia. Más aún, estas críticas no generaron duda alguna acerca del origen divino de la Torá. Si alguien hubiera expresado sus recelos, estos hubieran quedado registrados en la Torá, al igual que el relato respecto al becerro de oro, acerca del cual se informa cuidadosamente.

Examinemos el tema objetivamente. Supongamos que de pronto alguien se adelanta y anuncia que es el portador de alguna enseñanza que le fuera dada por D-s. Supongamos, además, que hemos sido impresionados por su distinción e integridad. Al leer detenidamente su documento vemos que está lleno de prohibiciones y amenazas de castigo respecto a todos los aspectos de nuestra vida. Su doctrina intenta, incluso, enseñarnos qué y cómo pensar y, en resumen, suprimir nuestros más fuertes deseos. ¿Aceptaríamos esa doctrina por la impresión que nos causa su portador, aun cuando impusiese ciertos actos que superan ostensiblemente nuestra naturaleza? ¿Acaso la credibilidad de los taumaturgos no es siempre combatida vehementemente?

Otro punto a considerar es que los preceptos de la Torá presentan una desviación total de la forma de vida que prevalecía en esa época. Por ejemplo:

1. El precepto de descansar en shabat parecía ser totalmente irracional en esos días;
2. los derechos asegurados a los esclavos, casi equivalentes a los de sus amos, contrastaban fuertemente con la costumbre prevaleciente de considerarlos como bestias de carga.
3. el amor por los extranjeros y los prosélitos;
4. los deberes de caridad, que sobrepasan los beneficios sociales otorgados actualmente a los menesterosos;
5. la protección a los huérfanos y viudas;
6. la obligación de pagar los sueldos diariamente a los trabajadores.

La Torá introdujo una revolución en la vida de los que la aceptaron. El espíritu de la Ley se oponía totalmente a todas las normas aceptadas de esa época: un D-s sin forma física en oposición a los ídolos de Egipto; la justicia y moralidad en oposición a la esclavitud y la opresión tiránica; la supresión de los bajos instintos en oposición al hedonismo. Aún en la actualidad, cuando los principios espirituales de la Torá han sido aceptados universalmente, hay quienes opinan que algunos de sus preceptos son incompatibles con el espíritu de nuestra era. Puede uno, entonces, imaginarse cuanto más duro habrá sido aceptar la Torá cuando era totalmente nueva y extraña, y no solo totalmente contraria al espíritu de esa época, sino “refutada” por la ciencia y cultura de ese tiempo, cuyos centros más importantes se hallaban en Egipto. Más aun, la Torá prescribe en contra de Egipto diciendo: “No haréis como hacen en la tierra de Egipto, en la cual morasteis” (Vaikrá XVIII, 3).

Toda una nación no pudo haber sido inducida, solo por el poder de la influencia personal de Moisés, a aceptar una revolución tan radical y una carga tan pesada de obligaciones que requiere sacrificios personales, tanto físicos como espirituales.

Pero por encima y más allá de toda discusión acerca del poder de la influencia personal de Moisés se halla el incuestionable hecho histórico de este acontecimiento sin parangón: “Y aconteció al tercer día, cuando vino la mañana, que vinieron truenos y relámpagos… y estremecióse todo el pueblo que estaba en el real. Y Moisés sacó del real al pueblo a recibir a D-s, y pusiéronse a lo bajo del monte. Y todo el monte de Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego… Y el sonido del shofar iba esforzándose en extremo. Moisés hablaba y D-s le respondía en voz” (Shemot XIX, 16-19).

Rab Simjá Cohen

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