Profundizando
Educación Judía
El arte de corregir
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Sepa cómo hacerlo I

¿Será esa la palabra adecuada? Ud. los conoce. Son aquellos que siempre conocen los defectos ajenos. Los expertos y los que están siempre al día, permanentemente dispuestos a marcarle los errores a los demás. ¿Quizás se pueda reemplazar la palabra “corregir” por criticar, reprobar, censurar o reprochar? No. Suena muy agresivo. ¿Es bueno poder observar las deficiencias ajenas? ¿O debemos decirnos que no hay que meterse en las cosas del otro?
Y…oh sorpresa! En la lectura de esta semana encontramos que rectificar las conductas impropias… es una Mitzvá! ¿Cómo? ¿Es bueno entrometerse en la vida del otro?

Antes de seguir, quiero decirle, amigo, que, por regla la Torá nos ordena las cosas de la vida que, de otro modo no nos hubiesen sido tan fáciles de llevar a cabo. Pues entonces, si la Torá me ordenó involucrarme en lo privado del otro, no se trata de las críticas con que la gente suele agredir y gozar indebidamente. El objetivo de la orden de la Torá, es ayudar al otro a conocer sus errores para poder corregirlos. Y esa es una de las leyes más difíciles de la Torá. Hasta tal punto es difícil, que uno de los Sabios manifestó hace 2.000 años, que “no sé si en esta generación existe gente que tenga los méritos suficientes para marcar los yerros ajenos” (aludiendo a que quien no posee la voluntad de enmendar sus propias falencias, carece de fuerza moral para censurar al prójimo). Otro de los Tanaim expresó que “no sé si en esta generación existen personas que sepan aceptar que los reprueben” (porque lo más habitual es que la gente entre a defenderse al menor intento de dejar en evidencia que se equivocan). Un tercer Sabio nos enseña que “no sé si en esta generación hay quien sepa cómo se debe rectificar al prójimo” (pues es tan común que la gente hable desde la soberbia, lo cual termina por endurecer la posición del oyente, en lugar de permitirle transformar su forma de actuar).

Así que se dará cuenta Ud., querido lector, que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Hace 2.000 años las características humanas eran tan complejas y difíciles de modificar como las son hoy. De todos modos, el hecho de que sea espinoso, no nos exime de nuestra obligación. La Torá, pues, nos responsabiliza por el bienestar espiritual del semejante, del mismo modo que nos encomienda velar por su integridad física y material. Permanecer indiferentes ante la caída moral del prójimo, nos convierte, indirectamente, en cómplices de lo que se está haciendo incorrectamente.
Busquemos, entonces, más pistas para poder cumplir con tan laboriosa obligación correctamente.
Uno de los factores a tomar en cuenta es que quien nos está escuchando no pase vergüenza porque la falla que estuvo tratando de ocultar de si mismo y de los demás, de repente sea algo público. Esto en si, es embarazoso de digerir. Nadie se siente cómodo en esta situación. Por lo tanto, el momento y el lugar que se elegirá para decirle algo al prójimo son fundamentales, si la intención de quien está reprochando es realmente pura.
Asimismo, las palabras de censura serán escuchadas únicamente de manera positiva y útil, si el contexto de la relación entre quien habla y quien escucha son afectuosas. De otro modo si, por ejemplo, el oyente nota que lo único que le dicen son sus errores y nunca se le transmitieron palabras de apoyo, de aliento, de ánimo, etc., pues lo que casi seguro ocurrirá, será un rechazo automático a lo que se le está tratando de demostrar. No debemos olvidar que todos los seres humanos nos manejamos con una cuota importante de orgullo. Por lo tanto, tememos por nuestra estima y el factor de cómo somos vistos por terceros es imperante en nuestra mente.
“Del mismo modo, en que se deben decir las cosas que serán escuchadas, se deben omitir las palabras que serán desoídas”.
Una de las acotaciones que agregan los Sabios a esta Mitzvá, es que se debe intentar “aun cien veces”, lo cual es sumamente aleccionador. Habitualmente, uno diría o pensaría, que habiendo hecho la “descarga”, ya se cumplió y, desde ese momento, se convierte en problema en ajeno. No es así, nos enseñan. Si la primera o la segunda vez que se intentó, no hubo el éxito esperado, pues, se debe cambiar de estrategia. Algo, aparentemente está fallando en el contacto entre las dos personas. Pues entonces, se debe repensar las cosas y, recién luego, volver a intentar.

Rab Daniel Oppenheimer

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