Profundizando
Educación Judía
El rol de los padres en la educación
+100%-

La Dificultad de Transmitir (2)

Extraído de Atem Banim por el Rab Daniel Oppenheimer

Efraim acababa de culminar el estudio de su primer volumen de Talmud. En estos casos, se acostumbra realizar una celebración denominada “Sium”, o sea, terminación de un estudio y Efraim no fue la excepción. Lo acompañaron para este evento, sus compañeros de estudio y sus maestros. Efraim estaba muy orgulloso por su logro, que le había costado tanto empeño, pues hasta poco tiempo antes, él no había sabido leer el texto arameo del Talmud, ni había comprendido la disciplina de dicho estudio.

Efraim provenía de una casa en la que no se le había enseñado el valor del estudio de La Torá ni el sentido del cumplimiento de las Mitzvot. Sus padres eran inmigrantes de Rusia, donde había estado vedado todo contacto con el conocimiento y la práctica judía. Por lo tanto, en su hogar paterno, no se sentía como si el hecho de ser judío tuviera algún significado. Al contrario, su papá sostenía que el acercamiento de Efraim a la religión era absurdo.

Sin embargo, a la modesta fiesta que preparó Efraim, y luego de mucha insistencia por parte del hijo, acudió su papá. Por la manera de vestirse – con su short, sandalias, remera de color y una Kipá (Solideo) que no calzaba bien sobre la cabeza, se notaba que no pertenecía al grupo de los habitúes de una Ieshivá, donde todos lucían por lo general camisa blanca y pantalón oscuro.

Los maestros de Efraim pronunciaron palabras de elogio acerca del mérito de Efraim por haber logrado alcanzar ese hito. Efraim, a su vez, leyó las últimas palabras del Talmud y procedieron a festejar con el banquete de rigor. Cuando estaban por concluir con el Bircat HaMazón, el papá de Efraim pidió hablar.

Todos los presentes estuvieron curiosos por conocer qué es lo que diría el padre, de quien sabían que estaba ideológicamente alejado de todo lo que sucedía allí. Hicieron silencio y prestaron atención a sus palabras. En la voz del padre se notaba que le era difícil hablar:

“Sabés Efraim que yo nunca compartí tu camino, pues no fui educado para apreciar esta clase de estudio. Cuando joven, era un ardiente seguidor del comunismo. Dada mi militancia en el partido, si bien era judío, nunca creí que podría tener algún problema. Sin embargo, se sospechó de mí tener ideas contrarias a las del régimen, y luego de un breve “juicio”, se me sentenció ir a Siberia. Era un lugar helado e inhóspito y pocos volvían a sus hogares vivos después de pasar por esa experiencia.

En el sitio en el que me asignaron, tuve un compañero de aspecto judío durante todo un año. Puesto que cada uno sospechaba del otro de ser un entregador de la policía secreta, nos saludábamos e intercambiábamos únicamente la mínima información necesaria. Ambos sufríamos por el frío, por el hambre y por la tortura de no saber si algún día volveríamos a casa a ver a nuestros seres queridos. Sin embargo: ninguna palabra. Inesperadamente, un día me llegó el “alta”. Podría volver a casa.
“Fui a despedirme de mi “compañero de dolor”, a fin de desearle que siga bien. éste se alegró por mi suerte y me deseó lo mejor. Antes de decirnos el último “adiós”, me contó una leyenda sumamente misteriosa. Nunca la entendí, y me dejó pensando perplejo en mi camino de retorno a casa:

“Hace muchos años, existía un hermoso jardín con deliciosas manzanas. Al jardín lo cuidaban dos jardineros, muy dedicados a su tarea, que destinaban todos sus esfuerzos a su manutención. Desde lejos se sentía la fragancia de las manzanas, y el solo hecho de ver el jardín traía placer a los transeúntes.

Un día se le ocurrió una brillante idea a uno de los jardineros y se la comentó a su compañero: “¿De dónde recibe el árbol su energía y su fuerza para producir frutos tan deliciosos? ¿No es acaso de sus raíces? Sin embargo, estas están dentro de la tierra escondidas y sucias. ¡Si lográramos desenterrar esas raíces y exponerlas al sol, sin duda que los frutos superarían enormemente lo que hemos obtenido hasta el momento!

Dicho y hecho: Con mucho brío, excavaron las raíces de un árbol y lo dieron vuelta. Ahora la copa estaba sepultada en la tierra, mientras que las raíces estaban a la luz del día. Esperaron ansiosamente los resultados de su experimento, pero… no surgió nada. “Supongo que no lo hemos hecho con el cuidado necesario. Probemos con otro, y sin duda, tendremos éxito”.
Sin embargo, su segundo ensayo resultó idéntico al primero. No creció ni una sola fruta. Ni del tercero, ni de ningún árbol dado vuelta en todo el jardín.
Al final debieron conceder la derrota. El panorama era tétrico y desolador. Donde anteriormente había existido un hermoso jardín, ahora solamente se podían ver raíces lúgubres, sombrías y grises que se extendían de la tierra hacia el cielo…

Sin embargo, allí no más, al costado del jardín, y sin que alguien lo hubiese advertido anteriormente, un pequeño retoño de manzano comenzó a brotar. El tallo creció y después de unos años comenzó a dar frutos… de los cuales pudieron plantar un nuevo jardín.

“Jamás entendí esta narración, ni su significado. En algunas oportunidades, intenté descifrarla, pero sin resultado. Sin embargo, hoy – por fin – creo entender a qué se refería: Nuestros abuelos tenían una hermosa tradición que daba frutos, o sea, familias con niños educados en el seno del judaísmo. Las familias eran unidas y podían resistir las dificultades constantes del Galut. Aparecieron nuevos aires: personas que se creían muy sabias y que podrían lograr evitar el sufrimiento del judío galútico.

Trataron de convencer a la gente de que estarían mejor con su ideología y que podrían superar los frutos anteriores. Dieron por tierra todo lo que se les había enseñado. Esperaron nuevos y más vigorosos frutos judíos – que jamás llegarían. Sin embargo, imprevisto e impensado creció el retoño: Eres tú, Efraim. Has vuelto a las fuentes y la esperanza del futuro está en ti”.

Habiendo dicho todo esto, dejando perplejos a todos los asistentes, y después de llorar y besar a su hijo, el papá de Efraim se sentó y procedieron a recitar Bircat HaMazón

Rab Daniel Oppenheimer

Libros relacionados

Banim Atem

Matrimonio, educación




Textos relacionados
La dificultad de transmitir

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top