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D´s, la Creación y el Alma.
Sobre D´s, el Alma y la Unidad
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continuación de La Unidad

Selección extraída del libro “Hacia una Vida Plena de Sentido”. Adaptado por Simon Jacobson de las Enseñanzas del Rebe de Lubavitch, © Kehot Lubavitch Argentina.

La Unidad

¿Cómo logramos la Unidad?

Para permitirnos unirnos a Él, Di-s ha provisto un elaborado rastro de metáforas, como piedras emergentes que nos permiten cruzar un ancho río. Estos pasos funcionan como mediadores o traductores. Un traductor no añade ninguna idea nueva en el diálogo (no es su papel) sino que une a las dos partes en comunicación. Un intermediario no resuelve una disputa, sino que crea un puente, una línea de comunicación, que permite que las dos partes alcancen una comprensión mutua. En una relación maestro-alumno, el maestro es a la vez fuente y mediador. La metáfora del maestro es el intermediario, que permite que un concepto abstracto sea traducido a otro que pueda captarse. El objetivo del maestro es crear una serie de piedras emergentes que se acomoden al alcance de los pasos intelectuales del alumno, y lo lleven más y más profundo dentro del concepto. La metáfora, entonces, es en partes iguales «luz», el concepto del maestro, y “caja”, lenguaje que hace las ideas accesibles al alumno.

Al describir la sabiduría del Rey Salomón, dice el versículo, “Y se hizo más sabio que todos los otros hombres…, y pronunció tres mil metáforas” (Reyes 2:11-12). A primera vista, podríamos pensar que esta descripción de las capacidades de Salomón reflejan su fértil imaginación más que una gran sabiduría. Pero la metáfora es mucho más que un modo divertido de comunicar una idea; es la traducción de un concepto a un nivel más bajo de discurso intelectual. La grandeza de la sabiduría de Salomón está en el hecho de que podía tomar los pensamientos más profundos y sublimes y darles vida para mentes mucho menos desarrolladas (tres mil pasos menos desarrolladas) que la suya. Lo cual, a su vez, permite a los receptores retrazar los pasos, uno por uno, hasta que pueden llegar al nivel alto original del discurso.

La sabiduría de Salomón es en sí misma una metáfora de la clase de sabiduría que hubo en la creación de Di-s de nuestro mundo físico. Después del “salto” radical desde una realidad no existencial hasta una existencial, Di-s empezó a crear todas las existencias en sus formas más espirituales y sublimes. Después las hizo desarrollar, en muchas etapas, para producir en última instancia nuestro mundo físico, la corporación más tangible de las realidades creadas de Di-s. Cada elemento o fuerza material es en realidad una manifestación física de otra más alta y más espiritual; el agua, por ejemplo, es la encarnación física del amor y la bondad, mientras que el fuego representa la dimensión física del poder.

Pero a medida que las propiedades del mundo se vuelven más tangibles, también se apartan más de su fuente divina. Con cada paso progresivo hacia abajo, más se oculta la “luz” divina de cada objeto, mientras se revela más de su “caja”, así como la esencia de una idea compleja puede diluirse cuando es trasladada a los mundos concretos y específicos del habla o la escritura.

En nuestro universo, este proceso ha alcanzado el punto donde cualquiera puede experimentar los “continentes” pero muy pocos pueden tener siquiera un atisbo de la “luz” de adentro. Podemos ver o leer las palabras en el papel, pero no siempre sentimos la idea que representan.

Y aun así, esto es precisamente lo que Di-s quiere: que nuestro mundo “oscuro” e “inferior” oculte su conexión con lo divino, de modo que el hombre, por su propio libre albedrío, elija arrancar las sucesivas capas del continente para revelar la luz. Y para facilitar ese proceso, Di-s creó diferentes pasos a lo largo del camino, una escalera por la que el hombre puede trepar siempre más alto y unirse con su creador.

Con todo, hay un peligro en esta estructura metafórico cósmica. Así como un alumno puede ver la metáfora como un fin en sí misma, sin darse cuenta de que es sólo la representación de una idea mucho más profunda, nosotros también podemos creer que los elementos triviales de nuestro mundo material son fines en sí mismos. El buen maestro, entonces, dejará que una palabra, un gesto o una inflexión, se cuelen entre las capas de metáfora, dándole al alumno alerta un atisbo ocasional del concepto más sublime que yace adentro.

De modo similar, Di-s no creó nuestra existencia como una realidad “blindada”. Hasta una persona totalmente concentrada en el mundo material captará un atisbo de una realidad más grande, pues Di-s siempre permite que al menos un rayo de luz escape a su continente. Inesperadamente, podemos tener una cierta experiencia que haga sonar una campana de verdad más alta en nuestros oídos. Corresponde a cada uno de nosotros reconocer y actuar según esa campana, para encontrar el medio de unirse con lo divino.

A este fin, tenemos la Biblia, la máxima metáfora (I Samuel 24:14. Rashi en Talmud, Makot 10b.Véase Or Hatorá Shemot, pág. 152), pues es la pura sabiduría de Di-s manifestada en un lenguaje que podemos comprender. Estudiando la Biblia, nos unimos con la sabiduría de Di-s, y cumpliendo los mandamientos como se nos instruye en ella, actualizamos la voluntad de Di-s. Este es el medio por el que damos los primeros pasos sólidos hacia la unidad con lo Divino, por los cuales podemos cruzar el abismo entre nuestra realidad limitada y la realidad infinita de Di-s. El primer paso es reconocer la necesidad de esa unidad, lo que significa comprender cómo fueron creadas las dos realidades.

La luz, con todas sus cualidades paradójicas, es nuestra mejor metáfora para comprender el proceso de la creación. Hablamos de “iluminación”, que dispersa las sombras de la ignorancia, de un “rayo de esperanza” que penetra en lo negro de la angustia, de una “luz divina” que baña el alma virtuosa.

Contemplando la paradoja de la luz (el hecho de que es evidentemente real y sin embargo parece no tener sustancia o forma) podemos acercarnos a una paradoja aun mayor: la unidad de nuestro universo físico con el “universo” de lo Divino. Las cualidades misteriosas de la luz ilustran la verdad central de nuestro universo físico: que una existencia debe definirse no sólo en términos de su propio ser, sino como medio de iluminar una verdad más alta. La luz se vuelve una pura expresión de Di-s y una metáfora que, a través de nuestra razón y otras facultades, nos permite experimentar los caminos de Di-s.

Esta luz divina empieza como una pura luz que refleja la esencia de Di-s, y después se manifiesta como dos formas de energía: una luz infinita y una luz finita, una luz que puede ser confinada en una existencia finita. Aun cuando esta segunda luz está comprimida en los continentes que definen nuestra existencia, retiene su cualidad trascendente sobrenatural, siempre reflejando la esencia de su fuente.

Desde la perspectiva de Di-s, el continente y la luz son dos formas de la misma energía divina. Desde nuestra perspectiva, aparecen como fuerzas distintas, y aun opuestas. Dentro de nosotros, vemos esta diferencia como la hendidura entre cuerpo y alma. Esta tensión sólo puede aliviarse reuniendo la luz con su continente, reuniendo nuestros cuerpos y almas, y eso requiere introducir una tercera dimensión: Di-s.

Cuando el alma se une con el cuerpo, recibe al fin la capacidad de llevar a cabo su misión en el mundo físico. Dado que cada elemento en nuestro universo refleja otro matiz de lo divino, cuando unimos nuestros propios cuerpos y almas, creamos una unidad que empieza a difundirse a través del mundo entero. Éste es el desafío que enfrenta cada uno de nosotros: reunirse con Di-s, primero reconociendo el alma trascendente dentro de nuestros cuerpos, después reconociendo que Di-s está por encima y más allá de nosotros, y por último integrando a Di-s en nuestras vidas.

Cuando elevamos nuestra sensibilidad a las fuerzas espirituales que hay dentro de nosotros, aprendemos a amar y a fundirnos con otros de un modo que no exige renuncias de nadie. Además de apreciar las diferencias entre las personas, aprendemos a ver los hilos comunes que nos enlazan. En lugar de ver el mundo de modo egoísta, aprendemos a ver más profundamente dentro de nosotros y a descubrir la luz interior, que a su vez nos permite sacar a luz la armonía en la diversidad de lo humano.

Esta unidad se apodera de todo lo que hacemos. La comida que comemos se vuelve combustible para ayudar a que el alma siga adelante con su misión divina. La gente que encontramos se vuelve una oportunidad de realizar buenas acciones. Mirando a cada acción y objeto material como un peldaño hacia un sitio más espiritual, nos acercamos más a la fuente subyacente de nuestro mundo, a revelar la luz dentro de los continentes.

Así nos unimos con lo Divino tanto en nuestros términos como en los de Di-s. Uno practica la virtud y la bondad de un modo que emula la virtud y la bondad de Di-s. Uno usa su mente para expresar la sabiduría de Di-s. Todo lo que uno hace se vuelve metáfora para revelar la luz de Di-s. Y eso es la verdadera unidad.

¿Cómo podemos unirnos con Di-s en nuestra Generación?

La Historia misma es testimonio de la busca de unidad del hombre. Con la explosión de conocimiento en los últimos siglos y la proliferación de tecnología que ha seguido, nos hemos familiarizado más y más con el funcionamiento interior de nuestro mundo material. En realidad, el mundo se ha hecho tan pequeño que ahora lo llamamos la “aldea global”. La ciencia nos ha permitido empezar a comprender la unidad interna de las leyes de la naturaleza, y la tecnología nos ha permitido crear una unidad entre hombre y hombre a lo largo de todo el planeta.

Y aun así, nos afecta la desunión interior. Los matrimonios fracasan. Seguimos tratándonos con crueldad. No siempre nos preocupamos por los necesitados. Esto es por la dicotomía que sigue existiendo entre nosotros y Di-s, porque no hemos llegado a sentirnos en paz con nuestro Creador y con los ideales y valores más altos que esa relación demanda. Porque no nos hemos concertado totalmente con la máxima unidad subyacente a todo: Di-s.

Hace no mucho tiempo, era aceptado como un hecho científico que el mundo era controlado por centenares de fuerzas y elementos independientes. Pero con el avance de la ciencia, se determinó que el átomo era el principal bloque de construcción de toda la materia, y que la materia y la energía eran en realidad la misma sustancia, sólo que en diferentes formas.

Del mismo modo, quitando las sucesivas capas del continente de nuestro mundo físico, podemos empezar a atisbar una unidad interior. La “luz” y el “continente” se revelan lentamente como uno y lo mismo.

¿No ha llegado la hora, entonces, de separar unas pocas capas más? Hoy, tenemos la oportunidad de integrar nuestra realidad y la de Di-s, de ver cómo en realidad son una. Estamos todos en posición de alcanzar la realidad última: la paz entre el cuerpo y el alma. Entre nuestros impulsos materiales y nuestros anhelos trascendentes. Entre nosotros y Di-s. Nunca antes habíamos tenido una mejor oportunidad de comunicarnos tan fácilmente y formar una unidad entre hombre y hombre, comunidad y comunidad, nación y nación. Por último, en nuestra generación, podemos concluir el proceso que fue empezado al comienzo de la historia: aportar paz y unidad a toda la humanidad.

¿Se han preguntado ustedes dónde se juntan el cielo y la tierra? Todo el proceso de la creación tuvo por objeto desafiarnos a realizar la tarea de echar un puente sobre lo que divide nuestra realidad y la realidad de Di-s. Al crear la unidad en nuestras vidas, generamos un efecto de dominó que atraviesa todo el orden cósmico, uniendo fuerzas que han estado combatiendo entre sí durante miles de años. Y ésa es la experiencia más gratificante de todas. Nuestras vidas se vuelven realmente significativas cuando sabemos que es nuestro deber unir cielo y tierra, fundir lo humano con lo divino. ¿Dónde se juntan el cielo y la tierra, entonces? En el umbral de nuestra casa.

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