Investigando
El Enfoque de la Ciencia frente a la Torá I.
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Carta Nº 49 – La Edad del Mundo (Continuación)

* La validez que la Halajá (ley judía) asigna a las conclusiones científicas * La diferencia con el Siglo XIX * El afán del científico * Los cambios cataclísmicos * Los relojes geológicos y el desorden de Sudáfrica

B”H, 17 de Jeshván de 5723 [1962].
¡Shalom ubrajá!

Mi secretario, el Dr. Nissan Mindel, ha señalado a mi atención su carta del 23 de octubre. Me complace observar que dedicó usted tiempo al estudio de mi carta del 18 de Tevet de 5722 (carta 48), y a formular sus observaciones al respecto por escrito. Le quedo muy agradecido.

En mi respuesta puedo, o bien seguir el orden de mi carta a la luz de sus observaciones, o responder a sus observaciones según aparecen en su carta. He decidido hacer esto último. En todo caso, confío en que nuestras opiniones sean reconciliables, por cuanto, tal como indica usted en el párrafo introductorio de su misiva, comparte plenamente los objetivos de la mía, a saber, disipar toda duda respecto de que la ciencia plantea un desafío a los mandamientos de la Torá.

Quisiera comenzar con dos observaciones introductorias:

a) Huelga decir que mi carta no supone una negación o un rechazo de la ciencia o del método cientifico. De hecho, así lo aclaré explícitamente hacia el final de ésta. Espero que no se me acuse de intentar menoscabar los logros cientificos, especialmente por cuanto en determinadas esferas la opinión de la Torá asigna más importancia a la ciencia que la que la ciencia misma afirma poseer; de ahí pues, que muchas leyes halájicas estén orientadas hacia las conclusiones cientificas (por ejemplo, en la esfera de la medicina), y les asignen la validez de la realidad objetiva.

b) Se le ha atribuido a usted una observación en el sentido de que, tal como los problemas rabínicos deben ser examinados por una persona versada en estudios rabínicos, los problemas cientificos deben del mismo modo circunscribirse a la jurisdicción de aquéllos que han estudiado ciencias. No sé si es cierto que esta observación haya sido formulada por usted, pero de todos modos creo que no debo pasarla por alto, por cuanto estoy de acuerdo con este principio. Estudié ciencias a nivel universitario en Berlín de 1928 a 1932, y en París de 1934 a 1938, y desde entonces he procurado siempre mantenerme al tanto de los adelantos cientificos en determinadas esferas.

Ahora bien, pasemos a su carta.

1) Estoy totalmente de acuerdo, claro está, en que (en relación con el objetivo que se menciona arriba) las teorías cientificas deben ser juzgadas según las normas y los criterios establecidos por el propio método cientifico. Precisamente ese es el principio que seguí en mi carta. De ahí pues que omitiera intencionalmente en mi análisis toda referencia a las Escrituras o al Talmud, etc.

2) Me dice usted en su carta que aplaude de todo corazón el hincapié que hago en el hecho de que las teorías cientificas jamás se atribuyen verdades absolutas. Sin embargo, fui aún más lejos. Lo que quiero decir no es que la ciencia no esté ahora en condiciones de ofrecer verdades absolutas, sino que la misma ciencia moderna impone sus propios límites, y declara que sus predicciones son, y siempre serán, en todos los casos, meramente “muy probables” pero no seguras; la ciencia habla únicamente en “función de teorías”. Y en ello, como usted lo sabrá mejor que yo, reside una diferencia conceptual básica entre la ciencia de hoy y la ciencia del siglo XIX. En tanto que en el pasado las conclusiones cientificas se consideraban “leyes” naturales en el sentido estricto del término, es decir fijas y ciertas, la ciencia moderna ya no sostiene esta opinión.

Dicho sea de paso, esta opinión discrepa del concepto de Naturaleza y de nuestro conocimiento de ésta (la ciencia) conforme se afirma en la Torá, por cuanto la idea de milagros supone un cambio en el orden establecido y no la ocurrencia de un hecho poco probable.

El hecho de que admitamos la limitación de la ciencia, establecida por ella misma, tal como se indica arriba, basta para aclarar cualquier duda de que la ciencia podría plantear un desafío a la Torá. EJ resto de mi carta tenía por objeto simplemente destacar aún más esta cuestión, y también, como ya lo mencioné, que de acuerdo con la Torá -o sea, en el plano de la fe y no de la ciencia-, es inadmisible que las conclusiones de la ciencia tengan la validez de la “ley” natural.

3) A continuación, lamenta usted lo que considera un “ataque injustificado” contra las motivaciones personales de los cientificos. Sin embargo, no ha de hallarse en mi carta un ataque de tipo general como ese. En ella me referí concretamente a un sector especifico de cientificos en una determinada esfera de la investigación científica, a saber, aquéllos que producen hipótesis sobre lo que en realidad ocurrió hace millares de millares de años, como por ejemplo la teoría de la evolución. del mundo, hipótesis éstas que no tienen importancia alguna para la investigación actual (véase en la mencionada carta el párrafo inmediatamente posterior al párrafo que usted cita); hipótesis éstas que no sólo son altamente especulativas, sino que no son estrictamente cientificas y que, de hecho, abundan en fallas internas. Sin embargo, pese a que carecen de una base firme, estos cientificos rechazan por completo toda otra explicación (inclusive el Relato Bíblico). Lo que he procurado analizar son las motivaciones de estos científicos, por cuanto sus actitudes no pueden compararse con el deseo de promover la verdad, o el adelanto tecnológico, la investigación cientifica, etc. No fue mi intención acusarlos, y en todo caso no a todos ellos, de elementos antireligiosos, especialmente por cuanto algunos de ellos, inclusive algunos de los instigadores de la teoría, eran religiosos. Por consiguiente, procuré explicar su actitud por medio de una característica humana común, el afán de logros y distinción. Dicho sea de paso, esta característica natural tiene sus aspectos positivos y también es básico en nuestra religión, por cuanto sin el incentivo de los logros nada podría conseguirse.

4) Su observación en cuanto al error en la utilización de los términos fisión y fusión en relación con la reacción química es indudablemente válida y aceptada de buena gana. Confío, no obstante, en que el significado no se haya visto afectado por ello, por cuanto indiqué en dos oportunidades en ese párrafo que el tema de que se trataba era la reacción química. Indudablemente deberían haberse empleado los términos combinación y descomposición. (En realidad, creo que el empleo diferenciado de estos términos en lo que respecta a las reacciones nucleares y químicas es más convencional que básico. No obstante, debería haber respetado la terminología corriente).

Cabe incluir aquí una nota de explicación en relación con la terminología de mi carta. Si los términos o las acepciones empleados no son siempre los corrientes, ello se debe a: a) el hecho de que no siempre dicto mis cartas en inglés y, si bien posteriormente verifico la traducción, la lectura no siempre asegura que no se produzca un descuido, tal como lo ilustra el ejemplo que nos ocupa; y b) al hecho de que recibí mi capacitación cientifica, tal como ya lo mencioné, en alemán y francés, y anteriormente en ruso, lo cual también podría justificar algunas de las variaciones.

5) Se refiere usted a mi afirmación de que los cientificos saben muy poco acerca de la interacción de átomos y partículas subatómicas aislados y pone usted en tela de juicio su pertinencia en relación con las teorías sobre la edad del mundo. La pertinencia se basa en lo siguiente. La teoría de la evolución según se aplica al origen de nuestro sistema solar y del planeta Tierra, de los cuales se deduce la edad, supone (por lo menos en el caso de la mayoría de las hipótesis) que “en el comienzo” había átomos y partículas subatómicas en estado prístino, que luego se condensaron, se combinaron, etc.

Estoy percatado del hecho de que una parte considerable de la investigación física de este siglo se ha concentrado en la interacción de unidades distintas que van desde el átomo hasta las partículas más elementales conocidas. Sin embargo, hasta 1931, de las partículas subatómicas sólo se conocían y “exploraban” los protones y los electrones. La cámara de burbujas no se construyó sino hasta 1952, y el microscopio de campo iónico (creado [en 1936] por el Dr. Muller de Penn State University) que permitió observar el átomo y las partículas subatómicas, sólo en la década del “50. Creo que tenernos buenas razones para pensar que, así como el conocimiento cientifico se vio enriquecido mediante la introducción del primer microscopio, podemos esperar un adelanto análogo con la ayuda del más reciente (si bien ha estado precedido por el microscopio electrónico). En consecuencia, puede ciertamente suponerse que todo lo que hemos aprendido en la esfera nuclear en los últimos decenios es muy poco si se lo compara con lo que confiamos podemos aprender en los próximos decenios.

6) Usted está en desacuerdo con mi afirmación de que las condiciones de presión, temperatura, radioactividad, etc., deben haber sido “totalmente distintas” en las primeras etapas, según lo que suponen algunos evolucionistas, de las condiciones actuales, y asevera usted que esas condiciones ambientales, en la mayoría de los casos, o bien se recrearon en el laboratorio o se observaron en fenómenos naturales. En este caso, y con el debido respeto, me permito discrepar con su opinión, y creo que el estudio de las fuentes habrá de confirmar mi aseveración.

7) Usted afirma que no hay pruebas de que algún elemento radioactiva produzca cambios cataclísmicos, y prosigue observando que en mi carta no se establece una distinción bien clara entre la cosmogonía y la geocronología. La razón por la cual en mi carta no se establece tal distinción es que ella no es pertinente a nuestro debate. El tema de mi carta es la teoría de la evolución en la medida en que contradice el relato de la Creación en la Torá. Según la Torá, la creación de todo el universo fue ex nihilo -“algo” a partir de nada”-, inclusive la Tierra, el Sol, etc. La teoría de la evolución presenta, en cambio, una explicación distinta de la aparición de nuestro universo, nuestro sistema solar y la Tierra. Ahora bien, al evaluar esta teoría tengo presente el hecho de que la fuerza de una cadena se mide por su eslabón más débil, y en mi carta procuré señalar algunos de los eslabones más débiles, en ambas esferas, la de la cosmogonía y la de la geocronología. En relación con la geología y los cambios y cataclismos que pudieron ocurrir en una época en que todo el universo supuestamente se hallaba en un estado de violenta inestabilidad atómica, en que los mundos chocaban, etc., cambios cataclísmicos que no pueden descartarse, dicha reacción nuclear debería haber producido cambios que invalidarían cualquier cálculo sobre la evolución. De manera análoga, en la evolución de la vida vegetal, animal y humana sobre la Tierra, procesos radioactivos de tal magnitud deberían haber producido cambios repentinos y transmutaciones que normalmente hubieran tomado períodos de tiempo prolongados.

8) Afirma usted, por último, que la cuestión decisiva que debe examinarse en relación con la geocronología es la existencia de objetos y formaciones geológicos dentro y fuera de la corteza de la Tierra que cumplen la función de relojes físicamente observables, etc. Sin embargo, ya he señalado en mi mencionada carta que dichos criterios son válidos únicamente en relación con el momento actual y el futuro, pero que no pueden aplicarse cientifica o lógicamente a un estado primordial. A modo de ilustración: aunque no mencione usted ninguno de los objetos a que se refiere, examinemos el método para determinar edades mediante el carbono radioactivo, por cuanto la mayoría de las cartas y preguntas que recibo sobre este tema se refieren a ello. Este método supone que la intensidad media de los rayos cósmicos ha permanecido constante durante todo el período en estudio y que la mezcla atmosférica es rápida si se la compara con el término de vida media del carbono 14. Ahora bien, y para mencionar apenas una sola de las fallas de este criterio: éste exige que la capacidad de protección (densidad, etc.) de la atmósfera permanezca constante. Sin embargo, la teoría de la evolución se basa en la premisa de que se han producido cambios en extremo radicales. Este mismo tipo de situación se presenta en relación con otros métodos para establecer la edad del mundo. Dicho sea de paso, en años recientes ciertos geólogos de Sudáfrica descubrieron un desorden tal en la formación geológica de esa parte del mundo que contradecía todas las teorías geológicas aceptadas. El descubrimiento fue dado a conocer en ese momento, pero no dispongo del medio de información empleado, simplemente lo menciono al pasar. Le propongo que vuelva a leer la página 5 de mi carta, el párrafo que comienza con: “La teoría de la evolución…”.

Si deseara usted continuar este debate, le ruego que no vacile en escribirme.

Con estima y bendición.


P.D: Acabo de ubicar y pedir prestado uno de sus libros, The Attenuation of Gamma-Rays and Neutrons in Reactor Shields; permítame decirle que quedé sumamente impresionado ante los esfuerzos, el material y la claridad de la presentación. Dicho sea de paso, tomé nota de sus observaciones respecto de “las discrepancias entre la teoría y la experimentación”, que figuran más de una vez en su libro, tales como una afirmación a los efectos de que “no sólo es el organismo más simple una entidad increíblemente complicada cuya química y física son apenas observables (el énfasis es mío), sino que la modalidad científica clásica de la experimentación forzosamente está ausente (ditto) en el estudio de los efectos de la radiación”. Tal afirmación es muy significativa y guarda relación directa con la teoría de la evolución que supone una era de inimaginable radiactividad tanto en el universo como en nuestro planeta Tierra.

Rebe Menajem M. Shneerson

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