Investigando
El Enfoque de la Ciencia frente a la Torá I.
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Carta Nº 48 – La Edad del Mundo

*¿Cuántos años tiene el universo? * Preceptos Divinos y aprobación humana * La ciencia empírica y la ciencia especulativa * La inseguridad de la extrapolación * Contradicciones excluyentes entre una teoría y otra * La teoría de la Evolución * La ciencia habla de probabilidades; la Torá, de verdades absolutas *

B”H, 18 de Tevet de 5722 [1962].
¡Shalom ubrajá!

Luego de mucho tiempo sin noticias suyas, me fue grato recibir sus saludos a través de los jóvenes de Jabad que recientemente visitaron su comunidad en conexión con la conferencia pública. Me alegró saber que usted había participado en el debate, pero me sorprendió enterarme que aún le preocupa el problema de la edad del mundo sugerida por varias teorías cientificas que no pueden conciliarse con la afirmación de la Torá de que el mundo tiene 5722 años.

He subrayado la palabra teorías, pues es necesario tener presente, ante todo, que la ciencia formula y se ocupa de teorías e hipótesis, mientras que la Torá trata de verdades absolutas. Son dos disciplinas diferentes, cuya “conciliación” es totalmente imposible.

Aparentemente, nuestra conversación -que tuvo lugar hace mucho tiempo, y que, mucho me alegró saberlo, no ha sido olvidada por usted – no le ha esclarecido, sin embargo, la cuestión. Trataré de hacerlo por escrito, lo cual impone la brevedad y otras limitaciones. Confío, sin embargo, en que los siguientes comentarios sirvan a nuestro propósito.

Básicamente, el “problema” tiene sus raíces en una concepción equivocada del método cientifico, o simplemente, de lo que es la ciencia. Debemos distinguir entre la ciencia empírica o experimental, que se ocupa exclusivamente de describir y clasificar los fenómenos visibles, y la “ciencia” especulativa, que se ocupa de los fenómenos desconocidos, que muchas veces no pueden ser reproducidos en el laboratorio. “Especulación científica” es, en rigor, una terminología incongruente, pues “ciencia”, hablando con propiedad, significa “conocimiento” en el sentido estricto de la palabra. Como máximo, la ciencia sólo puede hablar de teorías inferidas de ciertos hechos conocidos y aplicados al ámbito de lo desconocido. Aquí la ciencia tiene dos métodos generales para inferir:

a) El método de la interpelación (como opuesto a la extrapolación), por el cual, conociendo la reacción en dos extremos, tratamos de inferir cuál será la reacción en cualquier punto intermedio.

b) El método de la extrapolación, por el cual se infiere más allá de una escala conocida. Por ejemplo, supóngase que conocemos las variaciones que se producen en cierto elemento dentro de una escala de temperatura de los 0º hasta los 100º, y sobre esa base estimamos cuál será la reacción a los 101º, 200º o 2000º.

De los dos métodos, el segundo (extrapolación) es evidentemente el más incierto. Además, la incertidumbre aumenta en proporción directa al incremento de la distancia con la escala conocida, y con la disminución del rango de esta última. De esta manera, si la escala conocida está entre los 0º y los 100º, nuestra inferencia a los 101º tiene más probabilidades que a los 1001º.

Vemos entonces, que toda especulación sobre la edad y el origen del mundo cae dentro del segundo y más débil de los dos métodos, o sea la extrapolación. Su debilidad es aún más evidente si tenemos presente que una norma inferida respecto de una causa desconocida a partir de una consecuencia conocida es más especulativa que una conclusión que va de la causa a la consecuencia.

Que una inferencia de consecuencia a causa es más especulativa que una inferencia de causa a consecuencia, puede ser demostrado muy simplemente:

Cuatro dividido dos es igual a dos. Aquí, el antecedente está representado por el dividendo y el divisor, y la consecuencia – por el cociente. En este caso, al saber cuál es el antecedente, es posible un solo resultado – el cociente (2).

Sin embargo, si sólo sabemos cuál es el resultado final, es decir el número 2, y nos preguntamos cómo llegar a éste, la respuesta permite varias posibilidades, a las cuales se llega por medio de métodos diferentes: a) 1 + 1 = 2; b) 4 – 2 = 2; c) 1 x 2 = 2; d) 4: 2 = 2. Es de notar que si otros números han de entrar en juego, el número de posibilidades que nos da el mismo resultado es infinito (pues 5 – 3 = 2; 6 – 4 = 2, etc., ad infinitum).

Agregue a esto otra dificultad, que prevalece en todos los métodos de inducción. Las conclusiones que se basan en datos conocidos, cuando son ampliativos por naturaleza, es decir, cuando se extienden a esferas desconocidas, pueden tener alguna validez únicamente bajo la suposición de que “todo lo demás sigue igual’ es decir, que las condiciones que prevalecen, y su acción y reacción sobre las demás, son idénticas. Si no podemos estar seguros de que las variaciones o cambios serán similares a las variables en grado; si no podemos estar seguros de que el cambio será similar en clase o especie; si, además, no podemos estar seguros de que no participan otros factores, ¡tales conclusiones o inferencias carecen totalmente de valor!

Para una mayor ilustración me referiré a uno de los puntos que creo haber mencionado durante nuestra conversación. En una reacción química, sea de fisión o fusión, la introducción de un nuevo catalizador en el proceso, por pequeña que sea su cantidad, puede cambiar completamente el desplazamiento y la forma del proceso químico, o comenzar un proceso enteramente nuevo.

Aún no hemos terminado con las dificultades existentes en todas las llamadas teorías “cientificas” concernientes al origen del mundo. Recordemos que toda la estructura de la ciencia se basa en la observación de reacciones y procesos en el comportamiento de átomos en su estado presente, vale decir, como existen en este momento en la naturaleza. Los cientificos trabajan con conglomeraciones de miles de millones de átomos tal como están ligados entre sí, y tal como estos se relacionan con otras conglomeraciones de átomos. Los hombres de ciencia saben muy poco sobre los átomos en su estado primitivo, cómo puede actuar un solo átomo sobre otro en estado de separación; mucho menos, cómo las partes de un átomo singular pueden reaccionar ante otras partes del mismo u otros átomos. Una cosa es considerada cierta por la ciencia -hasta el punto en que llega la certidumbre cientifica- y es que las reacciones de los átomos singulares sobre los demás son totalmente diferentes de las reacciones de una conglomeración a otra.

Podemos ahora resumir las debilidades, mejor dicho, la irremediable inseguridad de todas las teorías cientificas sobre el origen y la edad de nuestro universo:

a) Estas teorías han sido sostenidas sobre la base de datos observados durante un tiempo relativamente corto, de unas pocas décadas, o como máximo de un par de siglos.

b) Partiendo de una escala de lo conocido (aunque imperfectamente) de muy poca magnitud, los cientificos se aventuran a construir teorías por el débil método de la extrapolación, y yendo de la consecuencia al antecedente, en una extensión de miles (según ellos millones y hasta miles de millones) de años!

c) Al proponer tales teorías, dejan de lado negligentemente factores admitidos universalmente por todos los científicos, a saber, que en el período inicial del “nacimiento” del universo, las condiciones de temperatura, la presión atmosférica, la radioactividad, y una multiplicidad de otros factores de potencial catalítico, eran totalmente diferentes a los que existen en el estado presente del universo.

d) El consenso de la opinión científica es que en la etapa inicial deben haber existido muchos elementos radioactivos que ya han desaparecido o que subsisten en cantidades ínfimas, de algunos de los cuales se conoce su potencia catalítica aun en dosis mínimas.

e) La formación del mundo, si aceptamos estas teorías, comenzó con un proceso de coligación de átomos singulares o los componentes del átomo y su conglomeración y consolidación, con la intervención de procesos variables totalmente desconocidos.

Para abreviar, de todas las débiles teorías “cientificas”, aquellas que se ocupan del origen del cosmos y del establecimiento de fechas al respecto, son (y esto es admitido por los cientificos mismos) las más débiles entre las débiles.

No es de extrañar (y esto, incidentalmente, es una de las refutaciones obvias de estas teorías), que las diversas teorías “cientificas” sobre la edad del universo no sólo se contradigan entre sí, sino que algunas sean completamente incompatibles y mutuamente excluyentes, pues la fecha máxima de una teoría es menor que la fecha mínima de otra.

Si alguien acepta una teoría tal sin espíritu crítico, sólo puede llegar a un razonamiento pleno de falencias o inconsecuencias. Consideremos, por ejemplo, la llamada teoría evolucionaría del origen del mundo, que se basa en el supuesto de que el universo evolucionó de partículas atómicas y subatómicas existentes, que, por un proceso de evolución, se combinaron para formar el universo físico y nuestro planeta, sobre el cual se desarrolló la vida orgánica también por algún proceso de evolución, hasta que surgió el “homo sapiens”. Es difícil comprender por qué el hombre está dispuesto a aceptar incondicionalmente la creación de partículas atómicas y subatómicas que, lo reconocen todos, es desconocida e inconcebible, y sin embargo está maldispuesto a aceptar la creación de planetas, organismos y un ser humano, tal como los conocemos.

El argumento del descubrimiento de fósiles no es de ninguna manera evidencia concluyente de la gran antigüedad de la tierra, por las razones siguientes:

a) En vista de las condiciones desconocidas que imperaban en tiempos “prehistóricos”, condiciones de presión atmosférica, temperatura, radioactividad, catalizadores desconocidos, etc., como ya se ha mencionado, es decir, condiciones que pudieron haber causado reacciones y cambios de naturaleza totalmente diferentes a los conocidos bajo los ordenados procesos naturales del presente, uno no puede excluir la posibilidad de que hayan existido dinosaurios hace 5722 años, y que se fosilizaran bajo tremendos cataclismos naturales en el curso de unos pocos años en vez de millones, pues no tenemos ninguna medida concebible, o criterio de cálculo, bajo esas condiciones desconocidas.

b) Aun asumiendo que el período de tiempo que la Torá concede a la edad del mundo es definitivamente demasiado corto para la fosilización (aunque no veo por qué uno deba ser tan categórico), todavía podemos aceptar tranquilamente la posibilidad de que Di-s haya creado los fósiles mismos, huesos o esqueletos (por razones de Su entender), del mismo modo que podría crear organismos vivientes, un hombre completo, y productos elaborados como el petróleo, carbón o diamantes, sin ningún proceso evolucionario.

En cuanto a la pregunta de que si fuera cierto lo que antecede (b), ¿por qué tenía que crear Di-s fósiles? La respuesta es simple: nosotros no podemos saber las razones por las cuales
Di-s eligió esta manera de creación en preferencia a cualquier otra, y para cualquier teoría de creación que se elija, la pregunta de “¿por qué crear un fósil?” no es más válida que la pregunta de “¿por qué crear un átomo?” Ciertamente, tal pregunta no puede servir de argumento sólido, y mucho menos como base lógica para la teoría de la evolución.

¿Qué base cientifica existe para limitar el proceso creativo a un proceso de evolución solamente, comenzando con partículas atómicas y subatómicas, una teoría llena de brechas inexplicadas y complicaciones, en tanto se excluye la posibilidad de la creación como lo explica el relato bíblico? Pues si se admite esta última posibilidad, cada pieza encaja perfectamente y toda especulación sobre el origen y la edad del mundo se vuelve innecesaria e irrelevante.

Sin duda, atacar esta posición con el argumento de: “¿Por qué crearía el Creador un universo terminado, cuando hubiera sido suficiente para El crear un adecuado número de átomos o partículas subatómicas con el poder de coligación y evolución para desarrollarse hasta el orden cósmico presente?”, tampoco es correcto. Tampoco esta pregunta sirve de base para poner en tela de juicio el relato bíblico. Lo absurdo de este argumento se hace más evidente cuando se transforma en la base de una teoría endeble, corno si estuviera basada en sólidos e irrefutables argumentos que excluyen cualquier otra posibilidad.

También cabe preguntarse: “Si las teorías que pretenden explicar el origen y la edad del mundo son tan débiles, ¿cómo pudieron ser sostenidas originalmente?” La respuesta es muy sencilla. Es característico de la naturaleza humana buscar una explicación para todo, y cualquier teoría es mejor que ninguna, por lo menos hasta que se pueda encontrar una explicación más factible.

Puede usted preguntarse ahora: En ausencia de una teoría sólida, ¿por qué no aceptan los cientificos el relato de la Creación tal corno aparece en la Biblia? La respuesta, nuevamente, debe buscarse en la naturaleza humana. Es una ambición humana natural ser inventivo y original. Aceptar el relato Bíblico priva a uno de la oportunidad de demostrar su ingenio inductivo y analítico. Por lo tanto, dejando de lado la explicación biblica, el cientifico debe procurarse de razones para “justificar” su rechazo, y se refugia clasificándola de primitiva “mitología” y cosas por el estilo, ya que no puede argumentar contra ella sobre un terreno cientifico.

Si todavía le preocupa la Teoría de la Evolución, le puedo decir sin miedo de contradicción que no tiene ni una pizca de evidencia para apoyarla. Por el contrario, durante los años de investigación desde que la teoría fuera propuesta, fue posible observar ciertas especies de vida vegetal y animal de corta vida por miles de generaciones; sin embargo, nunca ha sido posible establecer una transmutación de una especie a la otra, y mucho menos convertir una planta en un animal. Entonces, esta teoría no puede tener ningún lugar en el arsenal de la ciencia empírica.

La Teoría de la Evolución a la cual se ha aludido, en realidad, no influye sobre el relato de la Creación de la Torá. Pues aun si se sostuviera esta teoría hoy en día, y la mutación de especies fuera probada en el laboratorio, esto no plantearía una contradicción a la posibilidad del mundo tal como lo dice la Torá, en vez de un proceso evolucionario intermedio. El propósito central de citar la teoría evolucionara era ilustrar cómo una teoría altamente especulativa, cientificamente frágil, puede captar la imaginación de quienes no están dispuestos a la crítica, hasta el punto de ofrecerse como una explicación “cientifica” del misterio de la Creación, a pesar del hecho de que la Teoría de la Evolución misma no ha sido sostenida cientificamente y está desprovista de base cientifica real.

Huelga decir que no es mi intención menospreciar la ciencia y desacreditar sus métodos. La ciencia no puede operar sin aceptar ciertas teorías base o hipótesis, aunque no puedan ser verificadas y aunque algunas teorías son duras de morir a pesar de haber sido cientificamente desacreditadas (la Teoría de la Evolución es un ejemplo). Ningún progreso técnico es posible a menos que ciertas “leyes” físicas se acepten, aunque no haya ninguna garantía de que la “ley” se repetirá. Sin embargo, quiero recalcar -como ya lo he dicho- que la ciencia se ocupa estrictamente de teorías pero no de certezas. Todas las conclusiones cientificas, o generalizaciones, pueden solamente ser probables en mayor o menor grado, según las precauciones tomadas en el uso de la evidencia disponible, y el grado de improbabilidad necesariamente aumenta en proporción a las variables desconocidas, etc., como ya se ha indicado. Si se tiene esto presente, podrá verse que no hay un conflicto real entre cualquier teoría científica y la Torá.

Mis comentarios anteriores han resultado un poco más extensos de lo planeado, pero son aún demasiado breves en relación con las concepciones equivocadas y la confusión que prevalece en muchos espíritus. Además, mis comentarios debieron limitarse a observaciones generales, dado que éste no es el medio apropiado para mayores detalles. Si tiene usted cualquier otra pregunta, no vacile en escribirme.


Con bendición.

Rebe Menajem M. Shneerson

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