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Yo soy Yo

Extraido de Revista Judaica.

El filósofo Descartes trató de establecer qué era lo que una persona podía saber con absoluta certeza. Aunque uno puede ver muchas cosas en su medio ambiente -árboles, casas, automóviles, gente- y estar virtualmente seguro de que son todas reales, no puede estar absolutamente seguro de ello. Sabemos que existe un fenómeno de alucinación, donde una persona ve cosas que no existen y, aún así, para ella son muy reales. Pese a que es absurdo pensar que todo lo que uno ve es alucinación, si uno desea estar absoluta y científicamente seguro de algo, debe contemplar incluso la posibilidad más absurda.

Por lo tanto, dice Descartes, uno no puede estar seguro de nada que uno conozca a través de una percepción sensorial, dado que todo está sujeto a la alucinación. Pero sí sabemos esto con certeza: aun si alguien está alucinando, él sí “existe”. Una persona no puede tener una alucinación ¡a menos que exista para producir tal alucinación! Por consiguiente, Descartes concluye: la única cosa que uno puede saber con certeza es que uno existe. Eso conduce a la famosa doctrina cartesiana: ‘cogito ergo sum’, pienso, luego existo.

Podríamos probar un enfoque algo similar para tratar de crear una identidad, un método que nos permita tener una identidad que no esté supeditada a fuentes externas. No por poder razonar como Descartes el mundo exterior no existe. Podemos aceptar lo obvio, que las personas son reales y que las cosas son reales; sin embargo, no debemos permitir que estas realidades externas sean la base desde donde establecemos nuestra identidad.

Permitir a otros que fijen nuestra identidad conlleva el riesgo de transformarnos en un camaleón, en alguien que continuamente cambia de acuerdo a lo que otros dicen que él es. En el mejor de los casos, uno se transforma en un compuesto de las varias identidades que asume. Debiera resultar evidente que muchas importantes decisiones en la vida dependen de la identidad de uno, y las decisiones hechas por alguien con una identidad vacilante o pobremente definida, puede que sean menos que óptimas.

¿No tendrían que ser nuestras elecciones en la vida, el resultado de nuestra identidad? Aun así, si uno tiene una identidad, digamos, de médico, entonces uno no era médico previamente a ingresar en la facultad de medicina. ¿Cuál era, entonces, la identidad de esa persona que eligió ser médico? ¿No debieran matrimonio y familia estar basados en la identidad de uno? ¿No es absurdo elegir a un socio de matrimonio como compañero de toda la vida, cuando uno no sabe quién es él? ¿No es acaso posible que el fracaso de tantos matrimonios pueda ser atribuido a que uno o ambos cónyuges tomaron una decisión al seleccionar a alguien para sí u al ofrecerse a alguien, sin un conocimiento de su propia identidad?
El predominio de las identidades externamente determinadas parece ser significativo. Es sólo lógico asumir que las identidades externas son adoptadas cuando existe un vacío, vale decir cuando no existe una identidad interna.

Surge el problema de que, una vez que se adopta una identidad externamente impuesta, ese vacío es llenado, lo que significa que ahora no hay lugar para que se desarrolle una identidad interna, incluso si una persona deseara obtenerla. Esto último no puede ser logrado hasta que el espacio que debe ocupar no sea antes desocupado. En otras palabras, primero debemos deshacernos de una identidad externamente impuesta a fin de desarrollar una identidad interna, y esto no es una empresa simple.

Puede que haya un lapso durante el cual alguien permanezca sin identidad y esto puede resultar muy amenazador para un individuo.
Por ejemplo, las langostas están limitadas en su crecimiento por un rígido caparazón externo. A fin de que una langosta crezca, debe primero deshacerse de su cubierta y hacer crecer una nueva que se acomode a su mayor volumen. Durante ese intervalo en que la langosta permanece sin su cubierta protectora, se hace vulnerable a ser devorada por peces depredadores. Similarmente, despojarse de una identidad externa a fin de hacer lugar para una interna, puede percibirse como una situación en que uno está igualmente amenazado. Un individuo que ha sufrido una amnesia puede, repentinamente, despertar para encontrarse a sí mismo en una ciudad extraña. No sabiendo quién es ni cómo llegó allí y, asimismo, sin conocer una sola alma en la ciudad, prontamente adoptará un nombre.

Sucede que una persona debe tener alguna forma de presentarse a otros. Así como alguien no puede funcionar sin un nombre, de la misma forma no puede hacerlo sin una identidad. De ahí que al despojarse de una identidad externa a fin de adoptar una interna, uno puede provocar una gran cuota de ansiedad; a tal grado que alguien podría elegir permanecer con la identidad externa incluso si ésta no es válida.

Para el judío, la Revelación en Sinaí, tal como está largamente expuesto en las Escrituras, el Talmud y la Kabalá, provee la base para una identidad interna. Se nos enseña que cada persona tiene un alma de origen Divino y cada persona ocupa un lugar especial en la Creación. Cada individuo fue creado para una misión específica, la cual es alcanzada mediante el cumplimiento de la Torá y de las mitzvot.

Desde la perspectiva de la Torá, es la Torá la que da a una persona una identidad interna: “Yo soy una persona creada con el propósito específico de cumplir la voluntad Divina, tal como está revelado en la Torá. Esa es mi identidad y eso es lo que soy, ya sea yo hombre o mujer, rico o pobre, sano o enfermo -y esa es mi identidad independientemente de dónde me encuentre y qué haga yo”.

Por Abraham Twerksy

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