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Volviendo a casa desde Ramallah

Después de concluir la Tefilá, Dan caminó rápidamente hacia el frente de la Sinagoga en Jerusalén, dijo “Shabat Shalom” al Rabino y a otras personas que conocía, y enseguida se dirigió hacia la parte de atrás. ¡Tiempo de hacer Kidush en casa para la familia!.
En su camino fuera, lo golpeó un impulso súbito y se dio la vuelta para mirar a las personas que estaban allí. Sus ojos examinaron el shul despacio. ¿Había alguien que necesitara un lugar para comer? pensó “¿Quién es el que está sentado junto a la pared? Conozco a casi todos aquí, y no creo que haberlo visto antes.”
Dan se acercó al joven, examinándolo con ojo crítico. Pantalones mameluco, mochila, el pelo negro, rizado y piel oscura- parecía Sefardí, quizá marroquí.
Después de un momento más de consideración, y ya estaba acercándose al muchacho con su mano extendida dándole la bienvenida. “Shabat Shalom. Mi nombre es Dan Eisenblatt. ¿Te gustaría comer esta noche en mi casa?”
Notó que el rostro del joven pasó, en el lapso de un instante, de una mirada angustiada a una sonrisa dentuda. “Sí, gracias. Mi nombre es Maji”. El joven tomó su mochila, y juntos salieron del shul.

Después de unos minutos estaban todos alrededor de la mesa de Shabat de Dan. En cuanto la familia comenzó a cantar Shalom Aleijem, Dan notó que su invitado no estaba cantando con ellos. “Quizá es tímido, o no puede cantar,” conjeturó. El invitado le brindó otra de sus dentudas sonrisas tratando de seguirlos, desafinando pero intentando hacer lo mejor.
Incluso después de que empezó la comida y a pesar de que el invitado se había relajado un poco, todavía parecía un poco inquieto permaneciendo prácticamente callado. Dan notó que su invitado no seguía las canciones y manejó la conversación, centrando sus comentarios en la porción semanal de la Torá, intercalando en la charla acotaciones sobre los eventos actuales.

Después de comer el pescado, Dan vió que su invitado hojeaba su cancionero, al parecer buscando algo. Le preguntó con una sonrisa, “¿Hay una canción que deseas cantar? Puedo ayudarte si no estás seguro de la melodía.”
La cara del invitado se iluminó, un cambio sorprendente. “Hay una canción que me gustaría cantar, pero no puedo encontrarla aquí. Me gustó verdaderamente lo que cantamos esta noche en la Sinagoga. ¿Cómo se llama? Algo… ‘Dodí’ ”
Dan hizo una pausa por un momento, a punto de decir, “normalmente no se canta en la mesa,” pero entonces se detuvo. “Si eso es lo que quiere el chico,” pensó, “¿cuál es el daño?” En voz alta dijo: “Te refieres al Lejá Dodí. Espera, permíteme acercarte un Sidur.”

Una vez que terminaron de cantar el Lejá Dodí, el joven reanudó su silencio hasta después de la sopa, cuando Dan le preguntó, “¿Qué cantamos ahora?”
El invitado pareció avergonzado, pero después de un poco de estímulo dijo firmemente, “me gustaría cantar Lejá Dodí de nuevo.”
Dan realmente no estaba del todo sorprendido cuando, después del pollo, le preguntó qué canción deseaba su invitado, y el hombre dijo, “Lejá Dodí, por favor”. Dan casi dijo bruscamente, “cantémoslo un poco más suave ahora, los vecinos van a pensar estoy chiflado,”
Finalmente logró ser demasiado para Dan. “¿No quieres cantar otra cosa?” sugirió suavemente.
Su invitado se ruborizó y miró hacia abajo. “Sólo me gusta esa canción” masculló. “Hay algo en ella que me deleita realmente”. En total, la deben de haber cantado ocho o nueve veces. Dan no estaba seguro, ya había perdido la cuenta.

Después, cuando tuvieron un momento para hablar, Dan dijo: “Me estaba preguntando, ya que no hemos tenido más de unos momentos para charlar: ¿De dónde eres?”
El muchacho pareció dolido, miró fijamente al suelo y dijo suavemente, “Ramalah.”
El corazón de Dan saltó de un golpe. Estaba seguro de que había oído que el muchacho dijo “Ramalah,” la ciudad árabe más grande de Israel. Inmediatamente se percató, y comprendió que el chico debe de haber dicho Ramleh, una ciudad israelí. Dan dijo, “Oh, yo tengo un primo allí. ¿Conoces a Efraim Warner? Vive en la Calle Hertzl.”
El joven agitó su cabeza tristemente. “No hay ningún judío en Ramalah.”
Dan abrió la boca. ¡Realmente había dicho “Ramalah”! Sus pensamientos estaban corriendo. ¿He pasado Shabat con un árabe? ¡Espera un minuto! se dijo. Respiró profundamente. Dando una sacudida rápida a su cabeza, dijo: “Lo siento, Estoy un poco confundido. Y ahora que lo pienso no te he preguntado siquiera tu nombre completo. ¿Cuál es, por favor?”
El muchacho pareció aterrado por un momento. Entonces, enderezó sus hombros y dijo quedamente: “Majmud Ibn-esh-Sharif.”
Majmud parecía aún más despavorido; obviamente sabía lo que Dan estaba pensando. Apresuradamente dijo: “¡Espera! Soy judío. Estoy intentando averiguar simplemente a dónde pertenezco.”
Dan estaba parado, mudo. ¿Qué podía decir?

Majmud rompió el silencio vacilantemente: “Nací y crecí en Ramalah. Fui educado para odiar a mis opresores judíos, y pensando que matarlos era heroico. Pero siempre tuve mis dudas. Quiero decir, fuimos enseñados que el Sunna, la tradición, dice: ‘Ninguno de ustedes es considerado un creyente es hasta que desee para su hermano lo que él desea para sí mismo’. Me sentaba y me preguntaba, el Iahud (los judíos) ¿no son personas, también? ¿Ellos no tienen el derecho de vivir igual que nosotros? ¿Si se supone que debemos ser buenos con todos, cómo no se incluye a los judíos en eso?
“Hice estas preguntas a mi padre, y él me echó casa. Simplemente así, con nada más que la ropa que llevaba puesta. Me había hecho a la idea: Iría a vivir con los Iahud, hasta averiguar lo que ellos eran en realidad.”

Majmud continuó:
“Entré furtivamente en la casa esa noche, para buscar mis cosas y mi mochila. Mi madre me sorprendió en medio de empacar. Parecía pálida y perturbada, estaba callada y dócil conmigo, y después de un rato consiguió que yo hablara. Le dije que quería vivir durante algún tiempo con los judíos y averiguar lo que ellos eran en realidad, y quizá querría incluso convertirme.
“Ella iba poniéndose cada vez más pálida mientras yo decía todo esto, y pensé que estaba enfadada. Algo más estaba hiriéndola, y susurró: ‘ Tú no tienes que convertirte. Ya eres judío. ‘
“Me asusté. Mi cabeza daba vueltas y por un momento no podía hablar. Entonces tartamudeé, ‘¿Qué quieres decir? ‘
” En el Judaísmo” me dijo, “la religión va según la madre. Yo soy judía, por lo tanto tú eres judío”.
“Nunca tuve la menor idea de que mi madre fuera judía. Supongo que no quiso que nadie lo supiera. Seguramente no se sentía demasiado bien con su vida, porque susurró de repente: “Cometí un error casándome con un hombre árabe. En ti, mi error se redimirá”.
“Mi madre siempre habló así, de manera poética. Fue y extrajo algunos documentos viejos, y me los dio: cosas como mi certificado de nacimiento y su Documento de Identidad israelí, para que pudiera demostrar que yo era judío. Los tengo aquí, pero no sé qué hacer con ellos.
“Mi madre dudó acerca de un trozo de papel. Entonces dijo: “Puedes tomar esto también. Es una fotografía vieja que mis abuelos se tomaron cuando fueron a buscar la tumba de algún gran antepasado nuestro. Viajaron al norte y encontraron la tumba, y eso es cuando esta foto fue tomada”

Dan puso su mano suavemente en el hombro de Majmud. Majmud buscaba, asustado y esperanzado al mismo tiempo. Dan preguntó, ” ¿Tienes la fotografía aquí?”
La cara del muchacho se iluminó. ” ¡Seguro! Siempre la llevo conmigo”. él tomó su mochila y sacó un sobre viejo, andrajoso.
Dan tomó la fotografía cautelosamente del sobre, se colocó sus gafas, y miró cuidadosamente. La primera cosa que sobresalía era el grupo familiar: una familia antigua Sefardi de principios de siglo.
Luego dirigió su vista a la tumba alrededor de la cual ellos estaban parados. Cuando leyó la inscripción de la lápida sepulcral, casi dejó caer la fotografía. Frotó sus ojos para asegurarse. No había ninguna duda. ésta era una tumba en el cementerio viejo de Tzfat, e identificó la inscripción como la tumba del gran Cabalista y Tzadik, Rabi Shlomo Alkabetz- el autor del “Leja Dodi.”

La voz de Dan tembló con excitación cuando explicó a Majmud quién era su antepasado. “él era un discípulo del santo Ari z”l, un gran estudioso de la Torá, un tzaddik, un místico. “Y Majmud, tu antepasado escribió esa canción que nosotros estuvimos cantando todo el Shabat: ¡Lejá Dodí!”
Majmud quedó mudo. Dan se puso de pie despacio, todavía temblando por lo que había pasado. Extendió su mano estremecida y dijo: “Bienvenido, a casa Majmud. Ahora debes escoger un nuevo nombre para ti.”

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

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