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Visitando enfermos

Se cuenta del Sadik de Ierushalaim, el Rab Arieh Levin Z”L, que acostumbraba a visitar cada Ereb (víspera) Shabat a los hospitales a ver a los enfermos. Lo primero que hacía era dirigirse a las enfermeras, y les preguntaba cuáles eran los enfermos que no habían recibido visitas (era la época del mandato inglés sobre Erez Israel). Anotaba en una lista los nombres, y se quedaba con cada uno de ellos todo el tiempo que podía. Los atendía; les hablaba; los alentaba; y muchas veces les dejaba comida y dinero…
Su hijo, Rabí Jaim Iaacob Levin, Shelita, cuenta: “Papá solía frecuentar mucho también en los leprosarios y los hospicios. Tenía la costumbre de que cada Rosh Jodesh, después del mediodía, tomaba una bolsa y salía de casa, sin que nos revele dónde iba. Luego nos enteramos que era uno de esos lugares donde la gente no quería ni nombrarlos”.
“Una vez estaba caminando con él por la calle, y un hombre que pasaba por ahí le preguntó: “¿Cómo está tu pariente en el hospicio?”. “Bien, Baruj Hashem; mucho mejor”, respondió papá. Cuando seguimos caminando, le pregunté a qué pariente se refería ese hombre, porque yo no tenía conocimiento de que alguno de nuestra familia estaba internado en un sanatorio de enfermos mentales. Entonces me contó una historia: En una de las visitas que había hecho a uno de esos lugares, vio a uno de los internos que estaba en muy mal estado. No recibía la alimentación adecuada, sus ropas estaban sucias y rotas, y realmente se veía muy enfermo y abandonado. Les preguntó a los otros pacientes por qué ese hombre estaba así, y le respondieron que ése era el único que no tenía un pariente que lo viniera a visitar. “¿Qué tiene que ver eso con su estado?” quiso saber el Rab. “Los enfermeros ingleses de aquí”, le explicaron, “realmente son muy inhumanos; nos tratan mal y nos hacen sufrir mucho. Por eso, cuando viene alguno de nuestros parientes a visitarnos, por lo menos en esas oportunidades nos limpian, nos atienden y nos alimentan más o menos bien, para que no vean cómo la estamos pasando aquí. Pero este hombre no tiene a nadie, y desde que entró, hace mucho tiempo, estuvo completamente abandonado por los enfermeros y por los médicos”. Cuando mi padre escuchó esto. Se acercó a las autoridades del hospital, y les reclamó duramente acerca del estado del enfermo. “¡Yo soy su pariente!”, les dijo. “¡Y exijo que lo atiendan como corresponde!”. Desde aquella vez, el interno mejoró notablemente, y fue conocido como “el pariente del Rab Arieh Levin”.

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.a )

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