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Historia
La Tierra de Israel
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Una Tierra prometida para cumplir un objetivo

Extraído de Esta tierra es mía Breslov Research Institute. Chaim Kramer

La idea de la Tierra Prometida es inconcebible sin la existencia del Pueblo Elegido, que son los legítimos recipientes de esa Tierra. Más aún, hay un propósito para la existencia del Pueblo Elegido; ellos tienen un objetivo especial que cumplir. Dios eligió al pueblo de Israel como el vehículo para revelar la Divinidad en este mundo. Al aceptar esta premisa, podemos comprender el propósito de la Tierra Prometida como el lugar donde el pueblo judío puede concentrar sus energías hacia el objetivo de revelar la Divinidad (ver Parte Uno y Dos). Sin embargo, si los judíos están diseminados por todo el mundo y se mantienen en el exilio, ¿cómo pueden cumplir con este propósito? ¿Cómo puede tener lugar la manifestación de Dios, si todas sus energías deben estar concentradas en la supervivencia? Pero el exilio también es necesario (ver capítulo 22). ¿Cómo pueden reconciliarse la Tierra y el exilio?

Luego de que Adán comiera del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, fue expulsado del Jardín del Edén. Para que Adán no pudiese retornar, Dios colocó la “espada rotatoria” en la entrada del jardín (Génesis 3:24). El Rabí Natán comenta que desde el pecado de Adán, todo se ha vuelto propenso al error. La “espada rotatoria” representa las Cámaras de los Intercambios, donde todo puede mostrarse de manera diferente de lo que es en realidad. De acuerdo con el profeta Isaías, “¡Ay de aquéllos que llaman al mal bien y al bien mal; que cambian la oscuridad en luz y la luz en oscuridad; que transforman lo amargo en dulce y lo dulce en amargo!” (Isaías 5:20). Tal es el comportamiento del mundo. La verdad se ha oscurecido debido a que la percepción personal de la verdad está teñida por la propia comprensión más que por la búsqueda de la verdad absoluta (Likutey Halajot, Birkat HaShajar 3:1-3).

El Rebe Najmán apunta a esto en el cuento de “Los Niños Cambiados”. Una reina y una sierva dieron a luz en el mismo momento. La partera intercambió los niños, dándole a la reina el hijo de la sierva, para que sea criado como príncipe, y entregándole a la sierva el verdadero príncipe. Al crecer, la verdadera naturaleza de los niños se volvió evidente. El hijo de la sierva tenía malos modales y se comportaba como un siervo, aunque estaba forzado a comportarse como un príncipe. En contraste, el verdadero príncipe, aunque naturalmente inclinado a comportarse de manera real, fue criado como un siervo.

Pese al rumor de que los niños habían sido intercambiados, ello no podía ser probado. De modo que la verdad siguió oculta y el hijo de la sierva se convirtió en rey. El verdadero príncipe, forzado al exilio, se sintió maltratado y se preguntaba, Si soy un siervo, ¿por qué fui expulsado? Y si soy realmente el príncipe, ¡no debería haber sido exilado!. De modo que el verdadero príncipe comenzó a comportarse mal, actuando de una manera que ni siquiera era la correcta para un siervo. Solía visitar burdeles y se dedicaba a la bebida y a otras prácticas inmorales. Eventualmente recordó sus orígenes y comprendió, Si realmente soy un príncipe, ¡no es correcto que me comporte así!. En su momento, el príncipe buscó una nueva vida y finalmente encontró un reino adecuado a su gobierno (Los Cuentos del Rabí Najmán, “Los Niños Cambiados”, cuento #11).

Según el Rabí Natán, la idea detrás del cuento de los niños cambiados es la de Las Cámaras de los Intercambios, donde el bien y el mal están intercambiados. Nuestro padre Abraham, quien reveló por primera vez la Divinidad, fue considerado un ateo por Nimrod y sus súbditos, cuyos dioses él había rechazado. De hecho, Nimrod el idólatra arrojó a Abraham a un horno ardiente, ¡como castigo por el agnosticismo! Abraham tuvo dos hijos, Itzjak e Ishmael. Itzjak fue el heredero de Abraham (ver capítulos 2 y 3), mientras que Ishmael trató de matar a su hermano, para cambiar al verdadero príncipe por el hijo de la sierva. Durante la siguiente generación, Esaú trató de matar a su hermano Iaacov, el verdadero príncipe y legítimo heredero. En un período posterior, el faraón esclavizó a los israelitas. Muchas guerras se libraron por la conquista de la Tierra Santa a lo largo del período de los Reyes de Israel y de Iehudá. Y los persas, griegos y romanos ocuparon la Tierra durante el período del Segundo Templo. La guerra en contra de los judíos aún continúa hoy en día.

Los patriarcas fueron los primeros en revelar la Divinidad. Su mérito permitió que sus descendientes fueran designados como el Pueblo Elegido para recibir la Torá en el Sinaí y para transformarse en el canal a través del cual la Divinidad se revelen a la humanidad. Así, cuando Israel sirve a Dios, las klipot (fuerzas del mal) que ocultan a Dios son anuladas. Pero cuando el pueblo se aleja de Dios, las fuerzas opuestas se vuelven dominantes. Israel es enviado al exilio y el ciclo se repite: el pueblo judío se aleja más de Dios y pierde el orgullo y la alegría de ser un Pueblo Elegido, lo cual entonces es visto como una carga, “elegidos” para la degradación y la humillación por parte de sus vecinos no judíos. Los poderes del mal y las klipot reinan libremente, llevando al exilio, debido a los pecados del pueblo que fortalecen las Cámaras de los Intercambios, haciendo que los judíos se alejen aún más de Dios y se hundan más profundamente en el exilio (ver capítulo 26). Los gobiernos que reinan sobre los judíos obtienen su poder de los judíos mismos.

Itzjak y Iaacov se mantuvieron puros y fueron por lo tanto capaces de superar a los que intentaban destruirlos. Pese a los intentos de Ishmael y de Esaú, los israelitas florecieron y comenzaron a influenciar a otros a tener fe en Dios (fortaleciendo el Maljut de Dios). Pero las generaciones subsecuentes sucumbieron a las influencias de las Cámaras de los Intercambios. El verdadero príncipe vaciló y cayó y el hijo de la sierva ascendió a la eminencia.

Aquí yace el concepto del exilio, las batallas por la Tierra Santa y la revelación de la Divinidad. La expulsión de Adán del Jardín del Edén es un paralelo al exilio del pueblo judío. Se supone que los judíos, como Pueblo Elegido, deben revelar la Divinidad. De haberlo hecho, “Roma” y “Constantinopla” (Esaú e Ishmael) se habrían beneficiado de la manifestación de Dios y eventualmente habrían reconocido a Dios. Sin embargo, el ocultamiento de la Divinidad debido al pecado, especialmente al odio infundado, a la disputa y a las luchas internas (capítulo 16), llevó a Roma y a Constantinopla hacia la eminencia como fuerzas de las klipot. Como tal, fueron capaces de oscurecer la verdad y de afirmar su reclamo como príncipe heredero del Reinado de Dios y de Su Tierra Santa.

Las Cámaras de los Intercambios pueden tener mucho éxito ocultando la verdad. El poder de Roma y de Constantinopla convenció al mundo de lo inevitable y quizás de lo invencible de su gobierno. Aun así, pese al gran poder alcanzado por cada imperio, los judíos han sobrevivido a sus opresores, cada uno de los cuales ha sido relegado al desván de la historia. El pueblo judío, el verdadero príncipe, el Pueblo Elegido, sobrevivió.

El Rabí Natán explica la supervivencia judía como la continua existencia de la verdad. Las Cámaras parecen intercambiar el bien por el mal. Pero el bien se mantiene bueno y el mal es siempre malo. Un hombre recto es recto, sin importar las apariencias, y un malvado es malvado, pese a sus intentos de parecer recto. Las Cámaras de los Intercambios intentan alterar la verdad. Para oponerse a estas influencias negativas y reconocer la realidad, debemos buscar la verdad pura y no adulterada, tal como está ejemplificada en la historia de Jánuca, en que, pese a la duradera influencia Helenística, quedó un pequeño recipiente de aceite puro (ver capítulo 16). Ese aceite puro representa la Divinidad y la verdad, que son accesibles para todos aquellos que buscan a Dios (Likutey Halajot, Birkat HaShajar 3:39).

Chaim Kramer

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