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Una Prueba para la Fe

Extraído de La sabiduría del alma. Rabí Moshe Jaim Luzzato

Otro factor adicional es la prueba que el mal les presenta a los justos, no en el sentido de la tentación de transgredir, de la que ya hablamos, sino de la propia prueba que presenta el ocultamiento de la presencia de Dios. Pues, ¿no declaró acaso Dios, por intermedio de todos Sus profetas, que es El Quien supervisa a todas Sus criaturas y que son Sus ojos los que observan el comportamiento de los hombres, para recompensar a cada cual de acuerdo con sus actos y en conformidad con el fruto de sus acciones; que El es un Dios de fe, sin fallas? Y, después de decirnos todo esto, El dirige Su mundo por medio de una profunda manipulación y “consejo desde lejos”, hasta aparentar que, Dios no lo permita, ocurre lo opuesto de todo lo dicho.

Porque hay veces que parecería que todo está en manos del más fortuito azar, y otras, como si los hacedores del mal se elevaran, y los hombres de valor, los sirvientes de Dios, no recibieran la justa recompensa a sus esfuerzos y labores. ¡Cuántos hay que exclaman sin que nadie los oiga! Y consideremos todas las otras situaciones que creó Dios con las que probar el corazón de los hombres. Esto es lo que dijo el Rey David (Salmos 73:2-3): “Mas en cuanto a mí, mis pies estuvieron a punto de apartarse… porque envidiaba a los arrogantes”. Y ésa es precisamente la prueba: ver si los hombres permanecen firmes en su fe sin desviarse de la convicción de su corazón, que les permitirá decir: “El es un Dios de fe, sin fallas, aunque nosotros no comprendamos Sus caminos”. Y es en este sentido que está escrito (Habacuc 2:4): “Y el justo vivirá por su fe”.

Es por eso que es muy beneficioso el ocultamiento de la perfección Suprema, por lo cual Dios permitió que el mal pudiera oscurecer el rostro del mundo para una prueba tan grande como ésta. Considera, a la luz de este hecho, cuánto amará el Eterno a aquellos que pasan semejante prueba, y cuán grande será su recompensa por su servicio Divino en el futuro. Y es en la esfera del honor del Eterno que hasta la más grande oscuridad del ocultamiento de Su bondad redunda en su gloria y en una cuantiosa recompensa para los justos.

El mal, sin embargo, está destinado a producir bien sólo cuando actúa mediante estos mecanismos que mencionamos, las ruedas de causa y efecto que hacen que todo se transforme en bien. Mas el mal, cuando está aislado de dichos mecanismos, es verdaderamente un mal amargo, pérdida y destrucción. Sin embargo, dentro del marco de estos mecanismos, se lo puede considerar como una de las necesidades del hombre y uno de los componentes esenciales de su ser. Porque si bien en términos de su naturaleza esencial es realmente una fuerza para la realización del mal, cuando se combina con todos los mecanismos que estableció el Creador para el logro de la perfección, sólo existe para ser aniquilado, tal como explicamos.

El hombre debe poseer una Mala Inclinación y todos los malos vicios, no para dejarse arrastrar tras ellos, sino para conquistarlos y librarse de ellos. Con todo esto, el mal no pierde su mala naturaleza pero esto también es un bien, ya que así el mal forma parte del ser del hombre. Y este mal, por sí mismo, no le causa al hombre pérdidas o fallas, en virtud de los componentes positivos de la naturaleza del hombre. Finalmente, cuando el verdadero fruto de estos mecanismos, para el cual fueron establecidos originalmente, surja eventualmente, se revelará como la erradicación del propio mal de la existencia y la perfección de toda la imperfección.

Vemos, entonces, que cuando el Creador estableció Su mundo, le confirió todo lo necesario para esta primera etapa del hombre, que es el período del servicio Divino. Entonces dio origen independientemente al mal en toda la intensidad de su naturaleza y sus poderes, hasta provocar que el mal posea tantos poderes y partes como los del servicio Divino y el perfeccionamiento relacionado con el hombre. Luego, El completó Su obra al crear todos los mecanismos que mencionamos, diseñados para hacer todo lo necesario a fin de eliminar el mal, y elevar al hombre por medio de sus ascensos, y cumplir con todas las otras necesidades de su perfección y su bien.

Y es dentro de este contexto que luego se creó este mundo inferior y esta humanidad. El resultado es que toda la cualidad del bien – la generalidad de todos estos mecanismos celestiales que mencionamos – así como la cualidad del mal, ambas son instrumentos de bien para la construcción del hombre. El resultado final de todo esto es el fruto de todo el proceso: la perfección universal. Pero mientras este proceso no se complete, si bien el mal fue diseñado para el bien del hombre, también puede resultar en su detrimento, si es que el hombre no puede dominarlo. Porque entonces es el mal, y no la perfección, el que obtiene primacía. Pero al final del proceso, cuando el mal se haya erradicado, la quietud de la creación será eterna, sin fin.

Rabí Moshe Jaim Luzzato

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