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Una nota en el muro

de “Milagros”, una Colección de Historias Verídicas

 

Había nacido en una vida de privilegios y –como lo ordenaba la época– se rebeló furiosamente cuando tenía diecinueve años.
Vistiéndose con las rasgadas ropas que constituían el uniforme de su generación, Joey Riklis abandonó sus estudios en la universidad, renunció a su trabajo de tiempo parcial, y anunció a su viudo padre que partía para la India en busca de esclarecimiento. Cuando Joey reveló cierto día que había roto con su religión, su padre casi se desmayó.

Adam Riklis era un superviviente del Holocausto. Toda su familia había sido asesinada por los nazis, y él había resistido solo las bárbaras privaciones de tres campos de concentración. Al enterarse que era el único superviviente de su familia, había prometido silenciosamente que la religión por la que sus parientes habían muerto no moriría con él. Aunque muchos supervivientes habían asumido la actitud opuesta, abandonando la religión de su juventud con enojo y dolor, la perspectiva de Adam había sido bastante diferente. Divorciarse de la religión de sus asesinados parientes no sería nada menos que una traición a sus vidas… y muertes.

En Cleveland, Adam se había aferrado con tenacidad a sus tradiciones judías y rituales religiosos, incorporándolos cuidadosamente a la existencia cotidiana de su familia. Había enviado a sus hijos a la escuela integral judía, los llevaba a la sinagoga regularmente, y cuidó que ellos adhirieran estrictamente a la ley religiosa. Estaba orgulloso de haber criado niños religiosos que continuarían el patrimonio de la familia. Pero ahora su propio hijo anunciaba que despreciaba este mismo legado, burlándose de las pérdidas de su familia. Adam podía soportar cualquier cosa menos ésta.
“¡Vete de aquí!”, gritó a Joey. “¡Lárgate de mi hogar y nunca vuelvas! No eres mi hijo. Te desheredo de mi corazón, de mi alma, de mi vida. ¡No quiero volver a verte nunca más!”
“Pues bien, tanto mejor”, gritó Joey en respuesta, “porque tampoco yo quiero verte a ti nunca más!”

En la India, Joey viajó de gurú en gurú, buscando sabiduría y espiritualidad, respuestas concretas a los escurridizos misterios de la vida. Durante sus viajes, se enganchó con Sará, su acompañante femenina de muchas maneras. También ella buscaba otra senda espiritual. Estaban seguros que tenían “almas gemelas”.
Habían estado juntos durante seis años cuando Joey accidentalmente se encontró con un viejo compañero de clase de Cleveland en una esquina de Bombay.
Joey y Sammy se abrazaron felices. “¡Esto es increíble!”, se dijeron uno al otro. Estaban intercambiando ansiosamente las historias de sus respectivas aventuras cuando los ojos de Sammy se nublaron y dijo lúgubremente:
“Oye, Joey, realmente me entristeció escuchar lo de tu padre”.
“¿Mi papá?”, repitió Joey silenciosamente. “¿Qué quieres decir?”
“Oh, Di-s mío, lo siento mucho. Entonces… obviamente no lo sabes”.
“¿Saber qué?”, preguntó Joey, ahora rígido de miedo.
“Oh, Joey, tu padre murió hace un par de meses. ¿Nadie te lo escribió?”
“Nadie sabía dónde estaba yo”, contestó Joey lentamente, golpeado por la noticia. “¿De qué murió?”
“Un ataque al corazón”.
“No fue un ataque al corazón”, dijo Joey, anegándose sus ojos en lágrimas. “Más probable, con un corazón quebrado, estoy seguro. Y yo soy la causa. Yo lo maté. Yo maté a mi propio padre”.
“Joey, no seas ridículo”, murmuró Sará, tocándole el hombro con compasión. “¡Tú no tuviste nada que ver con la muerte de tu padre!”
“Sará, estás equivocada”, contestó Joey. “¡Yo tuve toda la culpa de la muerte de mi padre!”

Durante varios días después, Joey vivió en un estupor, aturdido de congoja y remordimiento. No podía librarse de su abrumadora certeza de que el dolor que había infligido a su padre habido terminado con su vida. En el fondo de su mente, siempre había esperado una conciliación. De algún modo siempre había estado seguro que algún día tendría lugar una reunión cariñosa. Ahora, nunca podría pedir perdón a su padre, o regresar al cálido abrazo de su amor. Y nunca tendría la posibilidad de poner fin a la distancia, una situación que tan desesperadamente necesitaba.
“Sará”, sacudió él su cabeza en duelo unos días después de enterarse de la muerte de su padre. “No puedo seguir así más. La India, ahora, me sabe a cenizas. Sé que pensarás que es extraño, pero debo ir a Israel”.
“¡Israel!”, dijo Sará con sorpresa, arrugando su nariz en aversión como sólo un rebelde religioso atrincherado podría hacerlo. “¿Por qué quieres ir a Israel?”
“Simplemente siento un impulso, Sará. No puedo explicarlo, pero tengo que ir”.
“Está bien, está bien, pues iremos”, aceptó ella sin ganas.
Cuando el avión aterrizó, Joey se volvió a Sará y dijo: “Quiero ir a rezar”.
“¿Te me estás poniendo raro, Joey?”, preguntó ella con falso interés.
“¡Sará, por favor!”
“Bueno, bueno”, ella cedió, “así que quieres rezar, bien. ¿Quieres ir a una sinagoga?”
“No, Sará. Quiero ir al Muro de los Lamentos, al Kotel HaMaaraví. Es el único remanente del Primer y Segundo Templo, considerado el sitio más santo de Jerusalén. La gente cree que la presencia de Di-s es más fuerte allí que en cualquier otra parte de Israel. Es donde gente de todo el mundo va a rezar, para pedir a Di-s, para pedir milagros. Lo que quiero hacer es rezar por el perdón de mi padre”.
“Bueno”, dijo Sará, “vayamos. Pero debo decirte que no gusta la dirección que pareces estar tomando”.
“¡Sará!”, gritó Joey con angustia. “¿Es que no comprendes?”
“Me parece que comprendo demasiado bien, Joey. Comprendo que tú no eres el mismo Joey que conocí todos estos años. Solías reírte de todo esto conmigo. Y ahora quieres ir a rezar a un muro”.
“Mira, Sará, estoy sufriendo. Amaba a mi padre. Está muerto. Siento que yo lo maté. ¿Por qué me haces esto tan difícil?”
Riñeron por una hora, y finalmente decidieron separarse. “Sará, no sé por qué sucede esto”, dijo Joey tristemente. “Pensaba que eras mi alma gemela”.
“Lo soy”, dijo ella suavemente. “Pero nuestras almas simplemente ya no están alineadas. Adiós, Joey”.

Acercándose al Muro a pie, Joey miró de lejos los racimos de gente que llenaban la plazoleta. Etíopes con cofias africanas, yemenitas en tradicionales túnicas blancas, norteamericanos en T-shirts y diminutas kipot. Todos venían a apretar sus labios contra las frescas piedras, derramar calientes lágrimas e implorar fervientemente a Di-s con sus solicitudes personales.
Joey se acercó a un guardia de seguridad, uno entre las docenas que circulaban entre la muchedumbre.
“Disculpa”, dijo. “¿Puedo conseguir un Libro de Oraciones en algún lugar aquí?”
Silenciosamente, el guardia le señaló en la dirección de un rabino barbado, que dispensaba la parafernalia religiosa —kipot, libros de plegaria, pañuelos de mujer– a los novatos.

Poniéndose una kipá prestada y sujetando un libro de oraciones, Joey caminó hacia una sección del Muro. Observando a los demás y simulando sus movimientos, descansó su cabeza contra la lisa piedra del Muro, tratando de abrazarlo con su brazo para crear una aura de privacidad, y comenzó a rezar silenciosamente. Pensó que las palabras le parecerían ajenas después de todos estos años y que las entonaría balbuceante, pero en cambio éstas fluyeron de él en un arroyo familiar, reconfortante. Cerró los ojos y recordó la entonación de su padre de estas mismas palabras, mientras era transportado de vuelta en la memoria a planos diferentes, al mundo de su juventud.
“Oh, Papá”, sollozó. “¡Cuánto deseo poder pedir tu perdón! ¡Cuanto deseo poder contarte cuánto te amé! ¡Cuánto lamento todo el dolor que te ocasioné! No quise lastimarte, Papá. Simplemente trataba de encontrar mi propio camino. Tú lo significaste todo para mí, Papá. Me hubiera gustado poder decírtelo”.

Cuando Joey terminó de rezar, se volvió, sin saber qué hacer a continuación. Entonces observó gente a su alrededor garabateando notas e introduciéndolas en las fisuras del Muro. Curioso respecto de qué significaba este comportamiento, se acercó a un joven, y le preguntó: “Discúlpame, ¿por qué tanta gente pone pequeños trozos de papel en las fisuras del Muro?”
“Oh, estos son sus pedidos”, contestó el joven, “sus plegarias. Se cree que las piedras son tan santas que los pedidos colocados en ellas serán especialmente bendecidos”.
“¿Puedo también yo hacer eso?”, preguntó Joey, intrigado.
“Seguro. Pero te lo advierto, ¡ya no es fácil encontrar una fisura vacía!”, el joven se rió. “¡Los judíos han estado viniendo aquí durante siglos para clamar a Di-s con sus plegarias!”
Joey escribió: “Querido Padre, te ruego que me perdones el dolor que te ocasioné. Te amé mucho y jamás te olvidaré. Y por favor, sabe que nada que me hayas enseñado fue en vano. No traicionaré las muertes de tu familia. Te lo prometo”.

Cuando terminó de escribir la nota, Joey buscó una fisura vacía. El joven no había exagerado. Todas las fisuras del Muro estaban llenas, repletas, desbordando con notas de peticionantes, y le llevó cerca de una hora encontrar un espacio vacío. Pero resultó no estar vacío, después de todo. Cuando deslizó su propia pequeña nota en la fisura, accidentalmente desplazó a otra que ya estaba allí, y ésta cayó al suelo.
“Oh, no, he empujado hacia afuera la nota de otro”, pensó Joey, un poco asustado, preguntándose qué debía hacer con ella. Caminó hacia atrás para recuperarla, y sosteniendo el enrollado papel en su palma, comenzó a buscar otro espacio en el cual introducirla. Pero repentinamente, superado por una tremenda curiosidad por leer las palabras del peticionante desconocido, Joey hizo algo característicamente inescrupuloso: Desenrolló la nota abriéndola para examinar su contenido. Y esto es lo que leyó:
“Mi querido hijo Joey, si sucediera alguna vez que vinieras a Israel y de algún modo milagrosamente encontraras esta nota, esto es lo que deseo que sepas: siempre te amé, incluso cuando me lastimaste, y nunca dejaré de amarte. Eres, y siempre serás, mi amado hijo. Y Joey, por favor, sabe que te perdono por todo y sólo espero que a su vez perdones a un viejo hombre necio”. La nota estaba firmada: “Adam Riklis, Cleveland, Ohio”.

“Señor, ¿está bien? Señor… Señor… La voz sin cuerpo vino de lejos, destrozando el embelesamiento de Joey. No supo cuánto tiempo había estado allí, aturdido, paralizado por la sorpresa, sujetando la nota de su padre en su temblorosa mano, con lágrimas fluyendo en torrente por sus mejillas. Aturdido, se volvió para encarar al joven que le había instruido sobre la escritura de la solicitud minutos atrás.
“Escucha”, dijo el hombre cálidamente, pasando un brazo simpático alrededor del hombro de Joey. “No tienes que decírmelo. Será Shabat pronto, ya es casi el crepúsculo. ¿Te gustaría venir a pasarlo conmigo?”

Tres años después, Joey había regresado a su religión y era un estudiante rabínico constante.
“Pienso que es tiempo de que te cases”, le dijo el Rabino principal un día. “A mi esposa le gusta jugar de casamentera y dice que tiene a la joven perfecta para ti. Le he contado de ti, y ella dice que está convencida de haber encontrado tu alma gemela. Es alguien como tú, una retornante al judaísmo, que estudia en la escuela de mujeres de mi esposa. ¿Te gustaría encontrarte con ella? Ven a mi casa esta noche para la cena, y ella estará allí”.
Esa noche, Joey entró a la casa del Rabino y fue escoltado hasta la sala. Allí, sentada sobre el sofá, estaba ninguna otra que su viejo amor, Sará. Se miraron uno al otro a través de la habitación con sorpresa y temor, y Sará contuvo unas lágrimas.
“¿Cómo… cómo sucedió esto, Sará?”, preguntó Joey con aturdida sorpresa.
“Pues bien, después de que nos separamos”, dijo Sará, “comencé a vagar por Israel. `Ya estoy aquí, podría ver al menos el país antes de poner dirección a la India’, me dije. Así que comencé a pasear, y pese a todo lo que yo era, comencé a enamorarme del país, de la gente, y… de la religión. Un día alguien me contó de una gran escuela para mujeres, ¡y aquí estoy!”
“Sará, he pensado en ti tan frecuentemente todos estos años…”.
“Pues bien, supongo que nuestras almas están alineadas ahora”, dijo ella suavemente, mientras se volvía a él con una sonrisa de bienvenida.

(extraído de la enseñanza semanal, www.jabad.org.ar).

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