Festejando
Januca
Relatos del Talmud y cuentos
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Una luz de Janucá en Aushwitz

(extraído del libro Cuentos de distintas épocas , (C) Edit. Kehot Lubavitch Sudamericana

Se dice que mucho depende de la suerte. Incluso para aquellos que fueron llevados a la cámara de gas en el campo de la muerte de Auschwitz, todo dependía de la suerte. Había momentos en que el verdugo estaba en extremo apurado y no tenía tiempo para prolongar la tortura de los condenados. En esos momentos, la ruta desde los “vagones de la muerte” hasta los hornos era corta. Pero en otras era insoportablemente larga y agotadora. Cuando los cargamentos en trenes comenzaron a llegar con fluidez y los hornos no tenian capacidad para ellos, los emisarios del demonio se tomaban su tiempo para atormentar sin descanso a los vapuleados judíos. Estos emisarios fueron mucho peor que sus propios amos. El Satán había inventado un método de asesinato en masa eficiente y eficaz, mientras que sus secuaces continuaban matando a los mismos judíos una y otra vez…
En aquella noche nevada el cargamento del tren fue descargado como siempre, y su nuevo transporte fue conducido a la entrada principal de Auschwitz, donde sobre el portón podía leerse la leyenda: “el trabajo hace libre”). El kapo principal no tenía apuro. No azuzó a los desfallecientes hombres en marcha. No empleó su látigo sobre sus agachadas cabezas. Ni tampoco usó la habitual mentira, “Muévanse, judíos roñosos. Muévanse hacia la gran casa de baños. ¡Muévanse!” Esa noche la orden secreta del comandante del campo era encaminar a los recién llegados a las cabinas de la “Escuadra de Trabajo”, y organizar un juego en honor a la festividad judía, la “Fiesta de los Macabeos”. El brutal rostro del kapo principal asumió aires de ansiedad, y habló con simulada simpatía.
“¡No hay apuro, judíos, no hay apuro! Hoy es vuestra fiesta. Les espera una buena comida. Sus huesos están muy resecos y frágiles. No sirven para hacer un fuego decente. En su honor hemos encendido hoy los cuatro hornos, y todas sus chimeneas estarán lanzando bocanadas de humo y lenguas de fuego. Es su Festival de las Luces, su Janucá, como ustedes lo llaman”.

“¡Janucá!” Esa palabra, escupida hacia el gentío por boca del villano, flotó en el aire sobre las cabezas de la oprimida y desolada multitud, suspendida como la chispa que es liberada de repente por el golpe de un trueno. ¿Podría esa chispa tocar el resabio de humanidad y encenderlo? ¡Chispa afortunada! Para la mayor parte de la multitud esa chispa pasó desapercibida.
“¿Qué es Janucá?”
Pero aquí y allá alguien sí fue tocado por ella. “¿Janucá? ¿Podía ser posible? El Satán gobierna el mundo; no hay, milagro de salvación”. La chispa los alcanzó, pero se apagó. Sólo en un lugar la chispa prendió y se convirtió en llama. “¡Janucá! ¡Janucá a pesar de todo! Un simple resplandor de luz de la Fuente Divina puede en última instancia disipar toda oscuridad y mal!” El sacro lugar en el que la llama se había encendido era el corazón de un tal Rabí Efráim, el más viejo del grupo, presidente de la Corte Rabínica de una de las comunidades judías.
El grupo se movilizó hacia la muerte y la extinción. Y en la terrible oscuridad, la chispa encendió la voluntad por rebelarse. Satán se estaba preparando para su espectáculo, con la intención de degradar a aquellos designados a ser conducidos a la matanza, pero en los corazones de los condenados se había tocado una nota de férreo desafío. Cuando el grupo fue introducido en una cabina demasiado pequeña como para sentarse, el viejo Rabí comenzó a hablar:
“¡Hermanos judíos, hoy es Janucá! Satán mismo nos lo ha dicho. Es cierto, éste es un lugar impuro, pero no debemos dejar de lado el encendido de la luz de Janucá. Encenderemos la sagrada luz de Janucá acá mismo, en esta cabina!”
“No puedes estar diciéndolo en serio”, gritó alguien con voz angustiada.
“¡Adelante, adelante! Enciende tus luces. Aceite puro de oliva, y mechas ritualmente aceptables”, dijo otra persona, riendo despectivamente.
“Mira allá”, exclamó una tercer persona. “Aquellos fuegos allí afuera, son nuestros, son para nosotros”, y señaló por la ventana en dirección a los hornos encendidos.
“¡A pesar de todo, hoy es Janucá, hermanos judíos!”, habló nuevamente el viejo Rabí, levantando su voz. “¿Quién precisa aceite y mechas? ¡Cada judío es una vela, tal como está escrito: “El alma del hombre es el candel de Di-s”. En el alma de cada judío hay una tinaja de aceite sellado con la Palabra Divina y reservada para un momento de necesidad. Cuando llega el momento la tinaja se abre, estremecida por el Mandato Divino, y la atesorada luz se enciende en cada corazón judío; y la llama, la Llama Divina, comienza a elevarse!”
El rostro de Rabí Efráim brilló, y sus ojos despedían chispas. En su alma la tinaja de aceite se había preservado en toda su pureza, y ahora ardía con su llama sagrada. Era obvio que en su gran fervor el Rabí tenía mucho para decir. Pero Satán, disfrazado de kapo principal, irrumpió en la cabina.
“¡Judíos sucios, os había prometido una buena comida en vuestro festival, y pienso cumplir mi promesa! Os daré servicios regulares de hotel y restaurant – para engordamos. Pero primero he de enseñaros una lección acerca de los buenos modales que observamos en este campo. Regla Uno: Hemos preparado para vosotros sopa hirviendo, y la serviremos en las palmas de vuestras manos. Regla Dos: Para cada uno de vosotros se ha estipulado una rodaja de veinte gramos de pan. Cada diez hombres recibirán una hogaza entera y tendrán que dividirla entre sí sin el uso de cuchillo. Regla Tres: A cada uno de vosotros se dará esta noche dos gramos de grasa. Lo lameréis de vuestros dedos a mi orden!”
Los hambrientos y degradados hombres se sujetaron a la promesa de comida como quien se aferra a una astilla para no ahogarse. El kapo principal y sus asistentes comenzaron a distribuir las porciones de grasa. “Cada ración de grasa es de 700 calorías, suficientes para trabajar una semana. Cada pizca es un día de vida”, explicó el kapo en un metódico tono alemán. Estaba decidido a exprimir de los corazones de sus hambrientos prisioneros hasta la última chispa de humanidad, e instigarles a pelear entre sí. “Cada judío de cuerpo recio recibirá una ración doble”, agregó, como después de meditarlo.
Era el turno del viejo Rabí para recibir su porción.
“Tú, abuelo. Te daré una doble ración”, se rió el kapo ruidosamente, y en su espasmo dejó caer unas partículas de grasa al suelo, que ordenó al anciano levantar.
” ¡Un milagro, un milagro! “, susurraba el anciano Rabí. Presuroso se arrodilló, levantó con cuidado los pequeños trozos de grasa del suelo, y los depositó en el ruedo de su saco.
“¡Ja, ja, ja, tú, viejo glotón!”, se regordeaba el kapo con la degradación del viejo Rabí. El grupo de judíos humillados estaba allí sin poder comprender la intención del Rabí.
“Recibiréis la sopa hirviente y el pan exactamente en una hora. Entretanto, podéis lamer la grasa que se está derritiendo en vuestros dedos”.
El kapo abandonó la cabina. Fue a buscar a sus amigos para compartir con ellos su diversión de ver degradados a los judíos.

* * * * *

“¡Mis querido amigos, es un verdadero milagro!”, se escuchó la voz del anciano Rabí. “Levanté los trozos de grasa con un objetivo sagrado. ¡Ahora podemos encender las luces de Janucá! En aras de las luces de Janucá deberíamos estar dispuestos a renunciar a nuestra porción de grasa. ¡Yo encenderé con la mía! ¡Un verdadero milagro del Cielo!”
“¡Una luz de Janucá! ¡Una luz de Janucá!”, las palabras hicieron brotar gritos de júbilo.
“¡Para cumplir la miízvá! “, consagró el anciano, y mientras hablaba sacaba unas hebras de su saco para hacer mechas y sostenía el ruedo en el qué estaban los trozos de grasa.
“¿Dónde pondremos la grasa de manera que podamos encenderla?”, murmuró el anciano para sí, pensando en voz alta.
“Tengo una pequeña cuchara de plata que estuve ocultando”, gritó alguien entre la gente.
“Te daré, la cubierta de mi reloj de bolsillo”, dijo otra persona.
“¿Quizás puedas utilizar los botones de mi capa?”, dijo una elegante mujer en tanto los arrancaba.
“¡Excelente idea! ¡Una verdadera mitzvá!”, el viejo Rabí sonrió y tomó un par de botones. Estaban hechos de latón, y una vez que se les sacó la tela interior eran contenedores adecuados para derretir la grasa en su interior.
Todo los preparativos para el encendido de las luces de Janucá ya estaban terminados.
El rostro del viejo Rabí brilló:
“¡Todo el objetivo de encender las luces de Janucá es hacer público el milagro, pues a fin de cuentas las fuerzas de la santidad se impondrán y triunfarán sobre las fuerzas demoníacas carentes de Divinidad! De modo que, encendamos las luces sobre la base de la ventana, para que el enemigo villano sepa que su fin está próximo……
El viejo Rabí se paró delante de la ventana por la cual podía ver el humo de los hornos elevándose hacia los cielos, y entonó la bendición por el milagro del aceite, encendiendo la sagrada llama en el corazón de cada uno.
“Estas luces son sagradas……
El viejo Rabí cantó el himno de Janucá, y varios se le unieron en el cántico.
“¡Kreuzdonnenvetter!”, entró el kapo corriendo gritando a todo pulmón. Las luces en la ventana habían causado la alarma general.
“¿Qué es todo esto?”
“Estas son luces de Janucá. Tú mismo nos has recordado que es Janucá”, habló con seguridad el viejo Rabí, como alguien que lograra su objetivo y no tuviera de qué temer.
“¡Diablos e infierno! ¡Pagarán caro todo esto, todos ustedes. Y tú, viejo imprudente, serás el primero!”, gritó el kapo, mientras en su voz podía sentirse el despecho de ver su plan frustrado.
Esa noche los residentes del campo saborearon el milagro de Janucá. En sus corazones, así como en el corazón del verdugo que había jurado tomar venganza, quedó una sensación, una sensación de que la pequeña llama danzando en la ventana había logrado una victoria más sobre las chimeneas del gigantesco crematorio e incluso sobre la muerte misma.

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