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Una historia: reconocer las virtudes en los demas

de Neshei Convention Magazine, por Nehama Dina Neremberg (N. D. Nerenberg es una escritora independiente)

Los meses de Elul y Tishrei (éste, al menos su primera parte), nos habla del retorno a Di-s. Los Diez Días de Teshuvá (desde Rosh Hashana hasta Iom Kipur) nos invitan a una reevaluación de nuestro estado. Pero no es sólo ante Di-s que debemos llevar adelante un balance honesto y tomar las decisiones adecuadas. Quizás más difícil aún es hacer lo mismo en nuestra relación con un semejante. Mucho heroísmo se precisa para reconocer en los demás aquellas virtudes que a veces nos faltan a nosotros mismos.

Ella era, como solíamos decir en mi familia no jasídica, el tipo de persona que te podía hacer morir. Constantemente interrumpía al Rabino en nuestra Ieshivá para Baalot Teshuvá (mujeres retornantes al judaísmo) para preguntar por qué, o se reía con voz hueca. Chillaba a las demás mujeres que trataban de reprenderla o de amigarse con ella.
Se contaban historias de que su vida había sido trágica; que era huérfana, hija de víctimas del campo de concentración, traumatizados, dañados más allá de toda ayuda posible. Y si bien yo jamás he sido personalmente víctima de uno de sus incontrolables estallidos, comencé a odiarla. A pesar de las tristes explicaciones para su comportamiento, a pesar de la constante exhortación en clase por practicar ahavat Israel (amor a otro judío). Su mishugas (locura), me temía, no solamente era molesta sino contagiosa.

Puse una excesiva cantidad de tiempo en planificar cómo evitarla. No era fácil en un espacio tan pequeño. Si parecía que tendría que sentarme junto a ella en una comida, rápidamente me las arreglaba para ayudar en la cocina. En lugar de pararme junto a la pileta con ella, cambiaba de tarea en la cocina.
Por supuesto, un día no pude evitar más encararla. Ella y una amiga mutua me pescaron en un centro comercial. La amiga comenzó la conversación, preguntándome acerca de un libro que había estado leyendo. Era un libro brillante sobre Cabalá, dije. Uno de los mejores que había leído alguna vez, agregué orgullosa.
“¿Qué sabes tú? Es un libro terrible, un libro estúpido”, estalló ella. “¿Qué sabes de lo que sea?”, exigió.
Me encogí de hombros, disipándose mi enfado con la toma de conciencia de que ciertamente no sé mucho, especialmente sobre Cabalá.
Ella sonrió.
“No”, se corrigió a sí misma. “Yo puedo estar equivocada. Pensándolo mejor, lo estoy. Quisiera leerlo nuevamente; si tú estás interesada en él, debe haber una buena razón”.
Me arrancó el libro de la mano.
No me resultaba nada divertido. “Necesito ese libro. Devuélvemelo”, dije, como si hablara a un niño, “y te daré un nuevo ejemplar mañana”.
Ella sonrió una vez más.
“¿Realmente? Eso es maravilloso. Lo leeré y luego”, comenzó a decir agitadamente, “podemos hablar de él. Juntas”.
Yo asentí, pretendiendo sonreír. Después de todo, mis padres siempre dijeron que yo era una niña buena y dulce. ¿Cómo podría hacer otra cosa?

Parando en una librería para hacerme de otro ejemplar del libro para ella, juré revancha. Si tenía que gastarme 2 dólares enteros en ese… ese animal, ella lo pagaría. La gente terrible del mundo, aquellos como ella, siempre se aprovechan de la gente buena como yo, pensé. Pues bien, le daré el libro y le mostraré… le enseñaré cómo ser un mentch (gente).
Como yo.

Al día siguiente, justo antes de la clase, literalmente le arrojé el libro. Ella no pareció notar mi estilo de desdén. En cambio, arrojó sus brazos alrededor mío y me dio las gracias. Noté que había lágrimas en sus ojos.
No me topé con ella demasiado después de eso, si bien había dejado de jugar a las escondidas con ella. Todavía lo hacía con un par de mujeres que no estaban a la altura de mis exigentes normas, por supuesto. Pero ella era diferente. Una mujer inteligente con la que al menos podías hablar.

La depresión comenzó a convertirse en un problema para mí. Entonces, por alguna razón inexplicable, me encontré mucho sola. Una noche, la soledad se volvió intolerable. Comencé a empacar para irme.
Ella apareció en mi puerta. “Escuché que te ibas y quería darte esto”, explicó. Ella apuró un libro del Rebe en mis manos. “Te ayudará”, me garantizó.
Le agradecí su consideración. “Pero, ¿por qué”, le pregunté, “nunca volviste para debatir el otro libro como habías dicho?” Me dijo que nunca había tenido la oportunidad de releerlo. Le pregunté por qué no.
“Mucha gente me lo pedía prestado, uno detrás de otro. Es un libro hermoso y quiero que sepas que muchísima gente ha derivado placer de él”.
“¡Es increíble!”, dije. “Sé cuánto ese libro significaba para ti, ¡y con todo lo prestaste como si nada! ¿Por qué?”
Ella sonrió una vez más.
“Porque, cuando me diste ese libro, iniciaste una cadena de bondad. ¿Quién era yo para romper la cadena?”
Abandonó la sala.
Lo desempaqué, luego me senté y comencé a leer las palabras del Rebe. Para cuando hube terminado el libro, la noche había concluido.

(extraído de La enseñanza semanal de Jabad Lubavitch, www.jabad.org.ar).

 

Nehama Dina Neremberg

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