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Una entrevista con MEIR ABEHSERA

por Jody Rosenblatt Feld. Jody Rosenblatt Feld es ensayista libre y profesora de Estudios Judaicos radicada en Berkeley, California

Y Avram tomó a Sarai su esposa, a Lot el hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían reunido, y las almas que habían hecho en Harán, y continuaron viaje para ir a la tierra de Canaan… (Génesis 12:5).

A mediados de los años 60, Michel Abeshera, médico naturista y renombrado autor, estaba ocupado cubriendo las 10.000 millas del recorrido de sus conferencias acerca de dieta macrobiótica y medicina natural. Un judío sefaradí criado en Francia, vástago de la familia de tzadikím Abujatzira, Meír Abeshera, como se lo conoce hoy, es un judío que regresó a su propia tradición. Por su intermedio, la macrobiótica se convirtió en un corredor empleado por muchos otros para iniciar su propio retorno al judaísmo. Meír, como nuestro antepasado Avraham, trajo consigo de vuelta a muchas almas.

Hoy en día, Meír sigue enseñando y dictando conferencias. Sólo que ahora su foco de atención ha pasado del alimento a kiruv, esto es, el delicado arte de traer a los judíos de regreso al judaísmo. Aunque todavía ofrece consultas privadas en materia de salud y, por supuesto, sigue siendo un médico naturista (“es natural conmigo ahora”, dice él. “Ni siquiera soy consciente de que lo hago”), la mayor parte de su tiempo es invertida en kiruv. “Aun cuando no estoy invirtiendo concretamente en ello mi tiempo”, dice con inflexiones y acento francés, “siempre está en mi mente, en mi cabeza, en mis sueños. Estoy todo hecho para ello”.

Visitamos a Meír en su hogar en Brooklyn para hablar sobre alimento y kiruv y, en el proceso, descubrir la conexión esencial entre ambos.
Cuando le preguntamos por qué tantos judíos regresaron al judaísmo a través de la macrobiótica, Meír explica: “Si un judío no está dentro del judaísmo, es porque no está pensando. La persona se introduce en la macrobiótica para seguir una ley. Aunque la diferencia [entre macrobiótica y judaísmo] es como la diferencia entre la oscuridad y la luz, un millón de millas o años de diferencia, la macrobiótica, sin embargo, propone a la persona un método de pensamiento”.
Meír describe la macrobiótica como el “más kasher, más parve (neutro)” de los lugares. “Es sólo ahora”, dice, “que los líderes tratan de darle una identidad que tenga un toque religioso y filosófico pero en aquel entonces, era simplemente una dieta”.

“Macrobiótica” es originalmente una palabra griega que significa `larga vida’, y fue el nombre que se dio a una particular disciplina para comer que surgió en el Japón y supuestamente estaba diseñada para promocionar una óptima salud y larga vida. Ganó su popularidad en América en las décadas del 60 y el 70. Según Meír, macrobiótica es una manera limpia de comer, y “cuando comes limpio, ello limpia tu pensamiento”.
“De modo que cuando una persona se introduce en la macrobiótica”, continúa diciendo, “comienza a pensar”.
Pero, ¿a dónde lo conduce eso? ¿Lo lleva a Di-s?
“No”, contesta. La macrobiótica sólo habla de un Di-s impersonal, como ser la fuerza o el orden del universo. “No habla de algo personal, de algo que cuida de cada segundo de tu tiempo con compasión y bondad”, nos dice, refiriéndose al concepto judío de HaShem. Meír deja entrever que el judío que piensa, y lo hace limpiamente, no puede menos que encontrar su camino a casa, y la macrobiótica le ofrece la preparación para el viaje.
El se usa a sí mismo como ejemplo: “Cuando y estaba medido en ella nunca lo estuve en un 100%, quizás un 20%, porque el judío en mi interior siempre estuvo despierto toda mi vida supe que era sólo algo temporario; sabía que iba a regresar, pero no sabía cómo y cuándo. Me estaba preparando. Pero hay mucha gente que no sabe dónde está, aunque inconscientemente sí lo sepa”, afirma Meír. “Es como si dijeran `Déjame en paz. Soy delicado en este momento, estoy realizando apenas los preparativos para mi entrada de regreso a mi tradición’. De modo que van a la macrobiótica, y limpian sus plumas, sus huesos y su carne, y entonces”, sentencia como un hecho, “entran. El camino de ascenso desde la macrobiótica es siempre el judaísmo”.
Incluso los no judíos en sus audiencias macrobióticas, dice Meír, se vuelven receptivos. “Ellos saben exactamente de qué estás hablado, que éste es el fin de la línea, que tienes que creer en Di-s, que tienes que seguir esas leyes, las siete Leyes Noájicas, todos lo saben”.

Habiendo descripto la macrobiótica como un lugar de reflexión, Meír la compara con el vegetarianismo para explicarse:
“¿Dónde están los intelectuales en el mundo?”, se pregunta. “Los vegetarianos no son intelectuales; son limpiadores, bebiendo jugo de zanahoria y usando enemas. Son higienistas. Los macrobióticos son pensadores. Comer sal y alimentos cocinados [dos principios básicos de la dieta] te hacen pensar”.
“Cocinar es algo que comenzó en el tiempo de Adán; fue entonces cuando la gente comenzó a preguntarse `¿Dónde estoy? ¿Cuál es mi rol?’… Los vegetarianos creen que piensan, pero en verdad sólo están pensando en cómo ajustarse a la naturaleza. Hacen declaraciones inteligentes acerca de la unidad en la naturaleza de modo que suene bien, pero”, y aquí habla lenta y deliberadamente, en forma pausada, enfatizando cada palabra, “taladrar capas, y remontar vuelo hacia lo Divino, es algo que no pueden… El vegetarianismo no te prepara para esto. Con la macrobiótica, en cambio, ¡estoy listo para el vuelo!”

¿Es Meír mismo un estricto macrobiótico? “No”, dice, “está prohibido ser un estricto macrobiótico. El Shabat no te deja. Las Festividades no te dejan. Pero es así como construyes tu fe, dejando que Di-s haga lo que tú no puedes hacer. De modo que comes una pizca de jalá (pan de Shabat) blanca aquí, un trozo de pollo allí. Lo que no puedes hacer con severo cuidado, de ello se ocupa HaShem. No puedes”, agrega, “dar más atención a la ley de la macrobiótica que a la voluntad de Di-s. Comienzas con la voluntad de Di-s y luego miras si hay lugar para otras leyes”.
“Hoy, los vegetarianos dicen que `limpio es kasher’. Y hay cierta verdad en ello. Si mantienes su cuerpo saludable, ellos dicen, es kasher. Pero kasher no es solamente sobre lo físico… estás haciendo una declaración que el Cielo quiere que hagas. El Cielo quiere que reconozcas una cosa, que kashrut no es solamente para el bienestar de tu cuerpo, sino también para el bienestar de tu alma”.

Según Meír, kashrut “crea cámaras, áreas de pureza” que inciden no solamente sobre tu ser físico, sino también sobre tu pensamiento. Por ejemplo, “Si no hay separación de espacio entre, digamos, cucharas miljig (lácteas) y no miljig, o sea, están en el mismo cajón de la alacena” entonces, según Meír, “terminarás mezclando tus pensamientos”. Debe haber alguna separación entre ellas, dice, “como una coma, o un punto… Cuando una persona no come kasher, terminará mezclando lo santo y lo profano, incluso en la misma oración”.
Meír agrega que es muy importante que la persona conozca las leyes del kashrut, aun si piensa que no se aplican a él porque come sólo alimentos parve (como en el caso de la macrobiótica). “Con todo debes saber las leyes… comer una ensalada con un insecto es como comer el rabo de un cerdo… Kashrut no es apenas un hecho, es también una actitud. La actitud te lleva a las acciones, y las acciones te traen de vuelta a la actitud”.

En el presente, ¿cuál es la principal forma de acercar judíos al judaísmo de Meír? “No soy organizado”, dice después de cierta reflexión, “lo que es tanto bueno como malo. Es malo porque no funcionas tan bien como podrías, y acabas haciendo las cosas dos veces en vez de una. Pero es bueno, porque te da un ritmo”.
¿Qué entiende él por `un ritmo’? “No eres como un mercenario cuando sales y hablas, no eres como la persona que lo tiene todo envuelto y vas a hacer el trabajo. Estás quebrado como cualquier otro, estás en el nivel de todos los demás. Eso es kiruv“.
El hombre que está hecho todo para kiruv tiene mucho que decir sobre el tema. La cosa más importante en kiruv es lo que Meír llama “preparar un lugar para la gente”. Desafortunadamente, la mayoría de la gente piensa que kiruv se trata de palabras. “Tendemos a decirnos `¿Cuál es la frase que hará que esta persona vuelva al judaísmo?’ y entonces la proclamamos. Pero no es eso lo que trae a una persona de regreso al judaísmo. La puerta al judaísmo eres tú. Tú eres una letra del alef bet, tú eres una oración… no puedes simplemente decir palabras con una máscara y ocultarte detrás de ellas”.

¿Qué quiere decir esto de preparar un lugar para la gente? “Kiruv no tiene nada que ver con una conferencia organizada”, comienza diciendo Meír, “con palabras organizadas… Generalmente, la persona va a una conferencia, pasa una hora y todos se aburren, una hora y media y todos se van a casa porque ellos sólo pueden permitirle una cantidad determinada de palabras sobre una estructura de este tipo. Pero si vienes y presentas el mundo entero, entonces ellos quieren que hables ocho horas ¡y no abandonarán la sala!”
“No es posible que te organices para ocho horas”, continúa, “a menos que seas un tzadik. Pero si no eres un tzadik, lo que ofreces, entonces, es un hogar. Cuando pronuncias tus palabras, preparas una casa para la persona con la que hablas. Esto es algo que falta mucho en kiruv“, se lamenta tristemente Meír, “pero la pupila del ojo de kiruv está ahí”.
¿Cómo prepara uno una casa para una persona? “Debes ofrecer tu casa tú mismo”, dice Meír muy claramente. “No puedes construir casas en el pensamiento. Entonces serías un poeta. Estarías copiando, y en verdad no quieres que nadie venga a tu casa. De modo que haces pequeñas casas de pensamiento frente a la gente. Puedes llegar a ser un especialista en esto”, bromea Meír.
“No, tienes que comenzar con tu casa”, continúa. “Tu casa está abierta de cualquier manera, de modo que cuando piensas y hablas vienes de allí, vienes de lo que sabes, vienes de la realidad. Vienes de tu casa”.
“Quieres que ellos vengan a tu casa”, prosigue Meír, “y vean las paredes. Las paredes han recibido gente, han albergado gente. Las paredes hablan con la persona, él ve que esta casa es una casa bondadosa, así que cuando hablas vienes de allí”.

Meír continúa: “¿Qué trae a la persona de regreso a sí misma? El ve un modelo… Te ve a ti en tu casa, ve que eres bondadoso… es el alimento el que trae a la persona, no sus palabras. Es el alimento. En nuestro nivel, el alimento es el núcleo de nuestra esencia, nuestra bondad”.
En el caso de un tzadik, sin embargo, es diferente. “Su alimento son sus palabras, sus gestos, puedes comer de sus gestos, alimenta tu día, alimenta tu semana”.
Meír habla con facilidad sobre tzadikím y lo atribuye en parte a su herencia sefaradí. “El concepto de tzadik no es muy conocido por los ashkenazím, pero nosotros, los sefaradím, nunca hemos tenido problemas con él”. La primera vez que vio al Rebe de Lubavitch, dice, “vi definitivamente que era un tzadik. Los sefaradím no tienen dudas acerca de quién es un tzadik y quién no”.
Meír llama al Rebe `el hombre imposible’. “¿En qué categoría puedo ponerlo?”, dice. “En el cielo y en la tierra él hace problemas; nadie puede mantenerse al ritmo de su velocidad”.
Están aquellos en el mundo judío que no creen en el Rebe, siente Meír, porque ellos simplemente no pueden reconciliarse con el concepto de un hombre imposible. “Ellos no creen que pueda haber un hombre que no cometa una equivocación o dos de vez en cuando, que haya un hombre que pueda estar con HaShem 100%, y que es un pilar del mundo. ¿Cómo puede cometer una equivocación? Si lo hace, el mundo cae”.

Luego, en el mundo no religioso, están “aquellos que dicen `Hemos conocido grandes hombres, hemos visto a los gurus’. Así, igualan uno a otro”. ¿Cómo se puede igualar el posible con el imposible?
Según Meír, es el tzadik quien hace kiruv en el mundo. Si trabajas en kiruv, y no estás con un Rebe, dice, “si no trabajas con un hombre de su calibre”, entonces es una situación peligrosa “Una palabra de más y te masacran”, pero “con el Rebe, hago lo que quiero, pienso lo que quiero. Esto es exactamente lo que el Rebe dijo que es kiruv… Cada vez que estoy por hacer algo, digo `estoy con el Rebe’. ¿Sabes qué fortaleza te da esto? ¡Eres como un tanque!”
La propia familia de Meír está llena de tzadikím, incluyendo al desaparecido Baba Sali, el líder espiritual de la Judería Sefaradí. Cuando le preguntamos si tenía mucho contacto con él, nos cuenta la historia de cómo estaba en camino de visitar al Baba Sali cuando se encontró con el Rebe de Lubavitch por primera vez.
“El Rebe no era mi rebe aún”, explica. “Simplemente vine para decir `Hola’. Iba a Israel y sencillamente quise ver un tzadik. Pero él me dijo que no fuera a Israel. Que me quedara aquí y trabajara en kiruv“. Pero Meír seguía queriendo ir a Israel. De modo que llamó a sus padres y les pidió que hablaran con Baba Sali. “Díganle que me libere de esta obligación”, dijo. “Díganle que quedé trabado aquí”. Sus padres llamaron a Baba Sali y pidieron una brajá (bendición) para que Meír fuera a Israel. La respuesta fue que se quedara allí y ayudara al Rebe. “Eran dos contra mí”, dice Meír con una sonrisa.
Mientras habla sobre tzadikím, trozos de niguním (melodías) se introducen desde otros rincones de la casa. El teléfono no deja de sonar, niños gritan en otras habitaciones, las aspiradoras zumban, gente entra y sale cantando, riendo, rezando. Los cuadros de tzadikím sobre sus paredes lo examinan todo.

¿Qué consejo tiene Meír para los estudiantes universitarios de hoy? “Que se subleven”, contesta rápidamente. “Contra sí mismos, contra cualquier cosa que se mueve alrededor de ellos. Ellos simplemente están demasiado quietos. Han perdido su inteligencia. La inteligencia te agita para la revuelta”, dice. “No contra HaShem, pero sí contra aquello establecido y que ha dejado de tener sentido. Como dice el Rebe, `¿Dónde está la juventud?'”
“Y duele”, continúa, “cuando no usas tu inteligencia. Creo que es lo que más duele… cuando no puedes traducir plenamente el mensaje de tu cabeza en acción. Eso es lo que duele. Ellos son como reyes y reinas que han perdido sus coronas, que gritan y no saben qué”.
“Pero tú lo sabes”, agrega. “Cuando te encuentras con ellos, ves que son gente muy hermosa. Son sumamente inteligentes y observadores. Como dijo el Rebe, es nuestra equivocación, nuestra falla. Si ellos no vienen al judaísmo, es porque nosotros no les mostramos buenas caras. Es cierto. Hay muchas caras feas alrededor. No tenemos la cara adecuada para mostrar una puerta abierta. Pienso que el problema no es con ellos, sino con nosotros”.

Aunque Meír dice que kiruv no es una técnica (“lo tienes o no lo tienes”), todavía es posible derivar directivas de sus palabras. Primero, asegura que tus palabras preparan una casa para la persona a la que hablas.
A esta lista Meír agrega: No des respuestas. Eso es demasiado fácil, dice. “Cuando el Rebe habla, no es para explicar algo, no es para dar respuestas (`Las respuestas de un Rebe incendian el mundo’). Es para edificarnos, para construir el mundo en ciertos lugares. Esto es exactamente lo que kiruv es”, dice. “Estás para construir a la persona, para construir alas, para construir pies”.
El ingrediente final, y quizás el más importante es: “Tómate tu tiempo”. Toma el camino largo. “Moshé Rabeinu nos llevó por el camino más largo. Le tomó 40 años explicarnos algo, prepararnos. Tienes que tener tanta paciencia. No precisas acercar a una persona en 40 minutos, tómate 40 años”.
Si tomas el camino largo, y realmente te tomas tu tiempo para ayudar a una persona, “entonces ésta no vuelve con la locuras. Cuando vuelve, vuelve realmente, con todo su equipaje”, dice Meír.
“Si lo tomas demasiado rápido, no traerá de regreso tantos tesoros”, continúa. “Pero cuando tomas el camino largo, entonces él hace una teshuvá (retorno) completa, haciendo teshuvá de cada punto de su vida. Entonces trae de regreso muchos, muchos tesoros. No puedes simplemente cortarlo y decirle, `Ven. Deja todo aquí’. Si simplemente le pones un sombrero y una barba, entonces él es un mono. Debes darle tiempo para recoger sus pertenencias. Y entonces él viene con su oro, con todo”.
Según Meír, si tomas el camino largo, y te aseguras de que cuando la persona vuelve trae todo, entonces nada de su pasado lo llamará.

Sí, Meír Abehsera es bien versado en el delicado arte de traer judíos a casa, y de traerlos para que se queden. Como Avraham, su hogar es uno abierto, siempre lleno de invitados. Ellos vienen y ven las paredes, ven que su casa es una casa bondadosa, y comen de su alimento, macrobiótico o no, la esencia de su bondad.

Jody Rosenblatt Feld

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