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Una creencia racional

por Shmuel Klatzkin. del libro “Permiso Para Creer: Cuatro Enfoques Racionales Para la Existencia de Di-s”

 

El primero de los 613 mandamientos en la lista de Rabí Moshé ben Maimón (Maimónides), tanto en su Sefer HaMitzvot como en su Mishné Torá, es el mandamiento de creer en Di-s y conocerlo. También aparece primero en la lista de principios cardinales del judaísmo de Maimónides, así como en las listas de sus sucesores filosóficos, Rabí Hasdai Crescas y Iosef Albo. Es el primero de los Diez Mandamientos, y es llamado por el Zohar “primera de todas las leyes”.
Parecería ser que hay razones suficiente para que sea así.
La creencia en Di-s es un fundamento absoluto; ¿cómo puede uno creer en la necesidad de seguir una Ley Divina si no cree en lo Divino? ¿Cómo puede uno aceptar la Torá si no hay Quién la de? Hay que “creer que hay una Causa que provoca cada existencia”, la Deidad que es la raíz y fuente de todo lo que es llamado a ser. Tan básico es este concepto, que algunos Sabios hasta se rehusaron a enumerarlo como un mandamiento, diciendo que no tiene sentido hablar de un mandamiento sin el reconocimiento previo de la existencia de un Comandante.

Es cierto que incluso gente que profesa el ateísmo realiza actos de bondad y generosidad, y podría ejemplificar la rectitud en muchos campos de la vida. Los Sabios reconocieron esto en la antigüedad, enseñando en el Talmud: “Deja que la persona siempre se involucre en la Torá y sus mandamientos aun cuando fuere por razones equivocadas, pues al hacer estas cosas siquiera por razones equivocadas, llegará a hacerlas por las correctas” (Pesajím 5Ob). En otras palabras, hay en una buena acción un valor que es más importante, y eventualmente más poderoso, que el pensamiento consciente detrás de esa acción.

Esta evaluación de la acción como más importante que el pensamiento parece estar en conflicto con el centralismo y la primordialidad de la creencia en Di-s. Un poco de pensamiento adicional, sin embargo, indica que lo contrario es lo cierto.
Es precisamente porque la creencia en el Comandante está estructurada en cada mandamiento, que los Sabios pueden estar tan seguros de que eventualmente surgirá el pensamiento correcto. La fortaleza de la creencia en Di-s no es que uno no pueda intentar arreglárselas sin ella, sino que aun si uno lo intenta, se revelará a sí misma mientras tanto uno se aferre a cualquier cosa que sea buena.
La tendencia secular de la civilización occidental ha intentado bastante conscientemente centrar la atención en lo bueno y no en Di-s. En cierta medida, ha funcionado. Las grandes estructuras del pensamiento analítico que han formado la emergencia de nuestras sociedades y culturas tecno-industriales cortaron con cualquier generalmente reconocido fin o ancla teológico.
No obstante, la conciencia del Uno detrás de todo busca reemerger constantemente. Di-s y el bien no pueden permanecer separados. La persona pensante, consciente del enorme poder del pensamiento secular, sensible al aun mayor poder de lo Divino que busca manifestarse en su conciencia, e inconsciente de cualquier pensamiento disciplinado que puede dar a cada cual su papel apropiado dentro de su mente, puede sentirse conflictuada y acobardada.
El pensamiento surge: ¿Quizás la creencia en Di-s obstaculice la mejor percepción del mundo? ¿Quizás lo que yo creo que es conocimiento de Di-s es sólo una ingenua imaginación? ¿Quizás está contraindicada por las emergentes verdades de la física y la biología, o quizás impida la responsabilidad autónoma que necesitamos asumir a fin de ser seres verdaderamente morales?

Lawrence Kelemen ha escrito un libro en inglés, Permission To Believe (“Permiso para Creer”), para enfocar la turbación y el malestar ocasionados por dudas tales, y para resolverlas de maneras intelectualmente creíbles.
Kelemen delimita claramente el problema que enfoca. El libro se centra únicamente en la creencia en Di-s. Es una defensa al fundamento del judaísmo, no a su estructura. Tampoco intenta presentar una demostración estricta de la existencia de Di-s, tomando cuenta de que primero hay que probar como posible aquello que uno demostraría como necesario. Por consiguiente, intenta mostrar cómo la creencia en Di-s es una respuesta creíble –incluso la más creíble– a los desafíos de la ciencia moderna, la historia, y el pensamiento moral.
La habilidad de Kelemen para centrarse sólo en esto brinda a su pensamiento agudeza y claridad, y sus líneas de razonamiento se sienten intuitivas y para nada forzadas. El se siente cómodo en las áreas más eruditas del pensamiento moderno así como también con su propia bien desarrollada fe religiosa. Y la sustancia y tono racional de su obra demuestra tanto en la práctica como también en la teoría el nexo entre la mente pensante y Di-s, permitiendo al lector arribar por sus propios medios a la conclusión de que Di-s es no solamente creíble sino conocible.

Kelemen afirma su principal propósito en su introducción:
“Mucha gente creería en Di-s mañana si sólo su intelecto se lo permitiera. Esta gente sospecha intuitivamente la existencia de un Ser Omnipotente. No obstante, el admirablemente alto valor que nuestra sociedad atribuye a la razón, combinado con la desafortunada equivocación difundida que la creencia en Di-s es necesariamente irracional, sofoca su espiritualidad potencial. Estos individuos deberían permitirse examinar el caso en aras de Di-s. Deberían otorgarse el permiso para creer”.
Implícito en las palabras de Kelemen está que la mejor demostración de la existencia de Di-s es una sospecha intuitiva que se rehúsa a ser permanentemente suprimida. Sólo espera nuestra disposición para reconocer que esta intuición no es una aberración, no es algo que no esté relacionado con la verdad, para florecer y crecer en una creencia genuina y en un conocimiento de Di-s.
Esta es una posición poderosa para ser tomada, pues implica una epistemología que regresa a la meta medieval de observar todo conocimiento como conduciendo a, y culminando en, el conocimiento del Ser Supremo. Semejante sistema corre contra la posición secular usualmente sostenida de que la creencia en Di-s es o irrelevante a, o incompatible con, la ciencia moderna.

Sabiéndolo, Kelemen se propone inspeccionar varias áreas principales que han sido percibidas como mojones de conflicto, y muestra cómo una correcta comprensión de la ciencia no solamente la revela como compatible con la creencia en Di-s, sino que incluso indicaría que semejante creencia es la explicación más razonable para los datos a mano.
Su repaso a las implicancias cosmológicas de la física moderna y la astronomía tocan a Einstein, Hubble, Friedmann y Hawking, la relatividad general, los agujeros negros, el zumbido 3K, el universo en expansión y el Gran Estallido (Big Bang), llevando a una estupenda cita del Dr. Robert Jastrow de la NASA:
“… El científico que ha vivido por su fe en el poder de la razón… ha escalado la montaña de la ignorancia; está por conquistar su más alto pico; mientras se arrastra sobre la roca final, es saludado por una banda de teólogos que han estado sentados allí durante siglos”.

Kelemen es similarmente brillante en su crítica de los intentos de explicar a Di-s a partir del ordena natural. El intento más persuasivo en este sentido lo ha sido la teoría de evolución, y sus adherentes han sido notablemente exitosos en crear la impresión de que la emergencia de vida en todas sus ricamente interrelaciones puede ser mejor acreditada por un mecanismo simple que por un poder inteligente sobrenatural.
Kelemen inspecciona nuevamente el campo, e informa las cosas que los mejores científicos en ese campo (no los teólogos) dicen. La posición de que la vida evolucionó enteramente a partir de mecanismos no-inteligentes es sometida a análisis matemáticos en base a la concreta complejidad química de los bloques enzimáticos constructores de la vida. Basándose en los resultados de químicos y biólogos contemporáneos de las principales universidades de investigación, y citando todas sus fuentes sin ningún intento de prestidigitación, concluye:
“Hay 25.000 enzimas activas en un ser humano… La probabilidad de que 25.000 enzimas se formen espontáneamente una vez en mil millones de años es de 1 en 10599950! (diez, seguido de más de medio millón de ceros)! En otros términos, las oportunidades de que apenas las enzimas de una sola persona evolucionen accidentalmente alguna vez en la historia de la Tierra son las mismas que las oportunidades de extraer un mármol rojo de una pila de mármoles negros de un tamaño trillones y trillones de veces más grande que el universo entero, en un sólo intento”.

Kelemen halla permiso para creer en otras áreas.
El mantiene que no hay mejor explicación para la improbable supervivencia y desarrollo del pueblo judío que el poder de Di-s; y él ve nuestra necesidad intuida de establecer una moralidad universal como algo imposible sin Di-s, y como contradicho por el menos que perfecto estado del mundo en la actualidad.
Dentro de los límites de la tarea que se impuso, Kelemen ha hecho un trabajo impresionante. ¿Contraen estos límites, fatalmente, el valor de sus logros?
Hay amplios precedente para lo que Kelemen ha hecho. Maimónides, en su Guía de los Perplejos, emprendió una demostración de Di-s basándose en la suposición cosmológica de Aristóteles, una cosmología que negaba la creación del mundo. Explicó bastante cuidadosamente que lo hizo no porque creyera en esa cosmología, sino para mostrar que la existencia de Di-s podía probarse incluso en términos naturales puramente Aristotélicos. Luego procede a argumentar por la creación como un paso secundario e independiente, y finalmente pasa a una defensa de todas las leyes de la Torá.

Lo que Kelemen ha hecho, lo ha hecho bien. Usando el método Maimónideo, acepta las suposiciones fundamentales de los científicos físicos –después de haber demostrado que la negativa de la existencia de Di-s a priori nunca puede ser legítimamente una suposición tal– a fin de dar lugar a que florezca la intuición de lo Divino. Su libro ayudará a nutrir esa intuición y su consiguiente conocimiento de Di-s; los resultados de ello sólo pueden ser buenos.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

Shmuel Klatzkin

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