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D´s, la Creación y el Alma.
Sobre la Esencia del Alma y la Muerte
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Una Aproximación a la Vida…despues de la Vida

Extraido de La Vida despues de la Vida. (c) Editorial Kehot

Los conceptos que permiten la elaboración de una imagen completa del entendimiento que la Torá nos proporciona acerca del Más Allá se encuentran dispersos a lo largo del vasto cuerpo del Talmud y los textos posteriores. De comprender el verdadero sentido de la sabiduría impartida por estos textos, se tendrá una idea más profunda de lo que puede significar la vida después de la vida.

Como ocurre en todos los escritos y discursos humanos, no obstante, siempre existe el potencial de malinterpretar o confundir conceptos. El lenguaje verbal comunicativo, el método que los humanos utilizan para intercambiar ideas e interactuar, existe para describir conceptos que operan dentro de una realidad compuesta por tiempo y espacio. La comunicación de esta naturaleza habrá de ocurrir, por lo tanto, en alguna región puntual del espacio durante algún intervalo de tiempo determinado. Este método de comunicación es suficiente cuando se emplea para transmitir conocimientos basados en lo material; sin embargo, nos encontramos rodeados de dificultades cuando utilizamos esta misma herramienta para describir nociones espirituales y etéreas.

Así, al hablar de lo que ocurre en la vida después de la vida, a menudo describimos el proceso recurriendo a metáforas de carácter espacial o temporal: el alma asciende al espacio; la vida después de la vida. Cuando la gente discute sobre el Más Allá, uno de los problemas claves es precisamente “adónde va” el alma, como si acaso existiera algún lugar hacia el cual el alma pudiera ir.

Algunos años atrás, la primera tripulación de cosmonautas en orbitar la Tierra dio una conferencia de prensa luego de aterrizar sana y salva. Durante la sesión de preguntas y respuestas, un oficial de alto rango del gobierno soviético preguntó: “En vista de que ustedes han dado vueltas alrededor de la Tierra y se introdujeron en los cielos, ¿han encontrado a Di-s?” Cuando la respuesta de estos fue negativa, los titulares de los principales periódicos moscovitas del día siguiente fueron: “El Comunismo está en lo cierto; no hay Di-s”.

A fin de confirmar la filosofía atea del comunismo, el establishment soviético estaba dispuesto a tomar literalmente el informe de los astronautas: habiéndose lanzado al espacio, al cielo literal, y vuelto sin evidencia de un Ser Supremo, el reporte reivindicaba la conclusión de que “el opio de los pueblos” de Marx era, de hecho, exactamente eso, una falsa religión.

En gran parte del mundo, si se le pregunta a un niño o a un adulto espiritualmente inmaduro dónde se encuentra Di-s, éste señalará instintivamente al cielo. En la medida que crecemos, sin embargo, y con la expansión de nuestras percepciones espirituales, lentamente tomamos conciencia de que “arriba” es sencillamente una metáfora, una expresión, y que el Creador no se encuentra literalmente allá afuera, en el espacio exterior.

Lo mismo es cierto de la vida después de la vida. Tendemos a utilizar términos como “el alma fue a…” y “se encuentra en…” y muchas otras expresiones dimensionales relacionadas, mientras que en esencia lo que estamos intentando describir es una realidad que trasciende toda descripción o lenguaje convencional.

Así y todo, dado que el lenguaje es por excelencia el vehículo intelectual de transmisión de ideas, estas últimas se encuentran inevitablemente ligadas al uso del mismo. He aquí el gran riesgo de utilizar el lenguaje humano para definir experiencias sobrehumanas: cuando hablamos de “cosas”, “allí” o “superior”, estos términos no deben ser tomados literal o linealmente.

Dichos conceptos no son exclusivos de las dimensiones espaciales o temporales, sino que deben considerarse como campos de consciencia y percepción. Nada existe luego de la vida, porque la vida nunca termina. La vida se desplaza de un nivel al siguiente en forma ascendente (si bien el término “ascendente” mismo algo que puede llevar al error, pues no hay espacio hacia el cual elevarse, hacia el cual descender, o por el que transitar, dentro de estos planos).

Al enfrentar un análisis de conceptos espirituales, surgen inconvenientes al confundir metáforas con hechos y, a la inversa, realidad con ilusión. Puede que suene hilarante hoy en día, pero teólogos medievales serios debatieron acerca de cuántos ángeles podían bailar sobre la cabeza de un alfiler. Este es un claro caso en el que se confunde el menú con la comida, el mapa con el destino concreto.

La profunda conexión entre maestro y discípulo es la esencia de la tradición cabalística; de hecho, el término Cabalá significa, en hebreo, “aquello que se transmite” o “tradición”. La Cabalá reconoce un concepto virtualmente universal: sólo a través de la asistencia de un maestro calificado puede un discípulo maduro y espiritualmente sensible descifrar el verdadero significado de la poética metáfora al analizar la vida después de la vida. A menudo, una enseñanza mística o espiritual es vestida en una metáfora, mientras que en otros lugares aparece bajo la forma de una representación, y en ocasiones lo escrito expresa tanto lo implícito como lo literal simultáneamente.

El Proceso Creativo Dentro del Alma

Un ejemplo de representación y metáfora poética al mismo tiempo es la descripción de la Creación. La perspectiva cosmológica de la Cabalá al respecto puede resumirse de la siguiente manera: antes de la creación, el or ein sof (la irrestricta Luz Infinita) era demasiado abrumador como para que la existencia material lo soportara, y por eso el ein sof produjo un tzimtzúm (una “contracción” o “retracción”) que ocultó su infinidad, permitiendo así que emergiera el universo finito.
Como metáfora, este concepto nos enseña que lo infinito dentro de nosotros (el alma sin freno) debe ocultarse y ser contraída, para que podamos funcionar correctamente como seres humanos saludables y equilibrados1.

El amor desbordante no permite ninguna otra expresión. La pasión infinita y el anhelo incansable que se expresa incesantemente pueden obstaculizar nuestra capacidad para interactuar con la gente y participar en la sociedad de un modo civilizado. En la descripción de la Creación a través del tzimtzúm, encontramos una enseñanza que se entiende tanto como una comprensión metafísica de la Creación, así como una lección práctica en nuestra vida cotidiana.

Con respecto a la vida después de la vida, la división entre la descripción concreta de un evento y su presentación como metáfora resulta mucho más borrosa. Renacimiento y reencarnación representan un perfecto ejemplo de esta ambigüedad. Encontramos la siguiente declaración en el Zohar, el texto primario de la Cabalá: “Cuando una persona avanza al Más Allá, el alma tiene prohibido abandonar el cuerpo y es incapaz de estar en la presencia de Di-s o ingresar a un nuevo cuerpo hasta tanto su cuerpo anterior no haya sido enterrado”2. El alma no puede volver a emerger en una forma distinta de vida hasta que su cuerpo anterior haya sido enterrado.

En un nivel, esta enseñanza simplemente imparte información acerca de lo que ocurre inmediatamente luego de la muerte, insistiendo en un entierro inmediato; en otro nivel, el Zohar está impartiendo un poderoso mensaje. Las experiencias pasadas, dice, no han de ser ignoradas y permanecer sin enterrar. Más bien, se deben tratar y dejar de lado. Una experiencia de muerte negativa deber ser enterrada a fin de avanzar en la vida. Los principios de reencarnación y trasmigración nos dicen que existen muchas oportunidades en la vida, y que tal vez nuestro desafío, e incluso la tarea global de nuestra vida, puede cambiar. No obstante, sólo podremos avanzar si dejamos atrás el espacio de nuestra encarnación anterior.

Del mismo modo, a veces un cigarro es simplemente un cigarro, y las enseñanzas del Zohar son enunciadas con un sentido bastante literal. Tomado de esta forma, el alma realmente se reencarna y chispas del alma realmente peregrinan a nuevas formas de vida. El problema con esta interpretación radica en que, al estar inmersos en la realidad física, estamos utilizando lenguaje, símbolos e imágenes tridimensionales para describir experiencias que son puramente de naturaleza espiritual.

El deseo de conocer y explorar lo que ocurre en la vida después de la vida emana de una curiosidad innata por descubrir qué hay “allí afuera” (muy parecido a la curiosidad que inspiró el envío de hombres a la luna), pero, más importante aún, nos impulsa un profundo deseo de percibir la meta máxima de nuestras vidas. Para muchos, observar a gente malvada salirse con la suya en sus crímenes resulta aterrador, y esto se agrava cuando somos testigos del sufrimiento de gente buena a pesar de todas sus buenas acciones.

Cuando la gente observa el sufrimiento de los justos, y al “malvado” que prospera, una de las formas de hacer las paces con ello es decir: “Espera a que lleguen al otro mundo, donde verán su verdadera recompensa en la vida después de la vida”. Para muchos, el concepto de inmortalidad y la supervivencia del yo es un colchón psicológico que ayuda a la gente a encontrar sentido en un mundo que, a veces, parece horriblemente injusto y terriblemente parcial.

En lo abstracto, una creencia no hace que algo se torne real. Por supuesto, si uno sostiene una creencia, para la persona que la sustenta ésta es ciertamente tan real como cualquier objeto físico. La revelación de la Torá en el Monte Sinaí constituye el fundamento de la sabiduría de la Torá, y desde ese punto en adelante, seres humanos espiritualmente muy elevados oyen reverberar el eco del Sinaí a lo largo de los tiempos, en su propia época y por medio de su propia conciencia3.

No obstante, la validez de estas verdades se torna todavía más real cuando su sabiduría derivada de ellas es utilizada para la iluminación y el fortalecimiento personal. La creencia se vuelve aún más verdadera, por así decirlo, cuando su sabiduría ayuda a la persona a lidiar con las a menudo absurdas y desilusionadoras experiencias de la vida que, de otro modo, la llevarían a la alienación y a la desesperanza.

Existe una corriente filosófica racionalista que se opone a la necesidad humana de describir y meditar en la posvida. Refiriéndose al tiempo de la redención en el Mundo por Venir, Maimónides, el gran filósofo y legislador del siglo XII, escribe4: “Todos estos tópicos y cuestiones similares, nadie sabe cómo ocurrirán hasta que ocurran… no es necesario meditar al respecto, ni se lo debe considerar algo fundamental, pues no traen reverencia ni amor al Creador”.

Idealmente, tal vez, éste debería ser el caso; pero no todos somos tan maduros. Mucha gente siente que son precisamente estas cuestiones y el conocimiento de las mismas lo que les ayuda a cultivar el amor y el temor al Creador y, por extensión, el amor por la vida misma. Estas son mejores personas hoy, midiendo cuidadosamente cada pensamiento, palabra y acción, por causa del conocimiento de qué tan lejos pueden llegar los efectos de su conducta y situación mental.

En términos generales, hay grupos que encuentran que la idea de su mortalidad es precisamente el elemento que los fortalece y les concede la perspectiva correcta. Es el contar con una estructura limitada y definida lo que permite a estas personas enfocar mejor el presente y dotar de sentido sus vidas presentes. La consciencia de la muerte, el saber que la vida llega a su fin, las enriquece.

La sugerencia acerca de la finitud de todas las cosas fuerza a algunos a actuar en forma más definitiva y apropiada. El saber que la pizarra tiene un fin es lo que los lleva a llenar adecuadamente las líneas de su vida; de otro modo, la existencia se reduce a intentar pintar un cuadro coherente sin un lienzo definido o una cantidad prescripta de colores disponibles. Sienten que de no ser por esa finitud, simplemente habría demasiado por lograr. Por muy excitante que pueda resultar la libertad de rienda suelta para actuar a su antojo, lo cierto es que la creatividad humana opera mucho mejor dentro de un paradigma, un marco de trabajo. Además, saber que la vida es más que lo que percibe de forma inmediata el ojo, ahora y en el futuro, permite a algunas personas operar con menos temor y aproximarse a ella con creciente amor, integración, y una mayor sensación de armonía.

Pensando en la Muerte y en la Posvida

Mientras la humanidad avanza, entre límites y pasos agigantados, en muchas áreas de la vida -específicamente, en lo que respecta a mejorar su calidad y aun extenderla- su temor a la muerte arrecia. Desde la muy aclamada “muerte de Di-s” a mediados del siglo XIX, hemos heredado el “nacimiento de la muerte” en reemplazo de la religión, creando un hombre moderno devastadoramente plagado por el abrumador miedo al envejecimiento y la muerte.

Lo opuesto también es cierto: con el nacimiento de Di-s, o de la conciencia de Di-s, ocurre la “muerte de la muerte”. Cuanto más se halla presente y vivo Di-s, menores son el temor y la angustia. El aumento de la conciencia de Di-s disminuye el aberrante miedo que despierta y evoca la muerte.

Irónicamente, cuando la gente deja de creer en Di-s -sea lo que fuere que eso signifique- no cree en nada. Más bien, comienza a creer en cualquier cosa, un “cualquier cosa” que incluye todo tipo de ideas extrañas, alentando así miedos y ansiedades todavía mayores.

El estudio acerca de la vida después de la vida no debería hacer que la gente se sienta enferma, deprimida o desalentada. Por el contrario, los Sabios del Talmud sugieren embarcarse en la senda de la teshuvá, la auto-transformación y reconstitución espiritual, un día antes de la muerte. ¿Pero cómo es posible saber cuándo será eso? El Talmud responde5: “Que el hombre haga teshuvá hoy, por si acaso muera mañana”. Teniendo en cuenta que mors certa, hora incerta -“la muerte es una certeza, no así el momento de su llegada”- debemos hacer teshuvá hoy, y en todo momento. La pregunta, sin embargo, persiste: ¿por qué en lugar de decir “un día antes de la muerte”, la frase no se formula “Haz teshuvá ahora, pues quizás mueras hoy mismo”?

Uno de los modos de resolver esto es comprendiendo que los Sabios no pretendían decir a la gente que pensaran de la muerte como algo inminente. Ello sólo crearía mayor angustia y aprehensión adicional. Por ello dijeron: “Cierto, hoy vivirás, pero piensa en el mañana; y si realmente piensas en ello, es posible que quieras reorganizar tu vida hoy”.

Pensar en la vida y su voluble naturaleza puede brindarnos la perspectiva correcta sobre qué en ella es inmediatamente importante. La mente se aclara asombrosamente cuando la posibilidad de la muerte es vista como la conclusión real e inevitable de la vida. Lo que parezca tonto ante la perspectiva de morir es esencialmente tonto en todo momento, ahora y en los días siguientes.

Y de este modo, la conversación es sobre el mañana. En lo que respecta al hoy, aún hay mucha más energía para gastar y más vida que vivir. Cada momento es verdaderamente precioso, un regalo, un presente en el presente. Ojalá vivamos de este modo.

Notas
1. La idea del tzimtzúm como emoción de contracción: véase Rabí Najmán de Breslov (1772-1810): Likutéi Moharán (Jerusalén, 1997), Parte I, cap. 49:1. Véase también Rabí Avraham Kalisker (1741-1810): Jésed LeAvrahám (Israel, 1995), Shoftím, pág. 117.

2. El alma no puede ingresar a la presencia de Di-s… mientras el cuerpo no es enterrado. Zohar III, 88a-b.

3. La voz celestial del Sinaí nunca cesa, y puede ser escuchada por los Profetas y los Sabios. Rabí Meír ben Gabái (1480-1547): Avodat HaKódesh (Jerusalén, 1992), Parte III, cap. 23, págs. 301-302. Todas las revelaciones y la comprensión emanan de los sonidos del Sinaí. Rabí Iehudá Arié Leib de Gur (1847-1905): Sfat Emét (Jerusalén, 1997), Shavuot, pág. 26. Las revelaciones del profeta Elías también pueden entrar en la conciencia humana. Tikunéi Zohar, Hakdamá. Véase también Rabí Iehudá Loeb (1526-1609): Nétzaj Israel (Bnei Braq, 1980), cap. 28, págs. 136-137. Rabí Najum de Chernobyl (1730-1787): Meor Eináim (Brooklyn, 1975), Vaietzé, pág. 45. Véase también Rabí Kalonimus Kalman Shapira de Piasetzna (1889-1943): Mavó HaShearím (Israel, 2001), cap. 2, pág. 100.

4. Respecto de los tiempos del Mashíaj, nadie sabe qué ocurrirá entonces hasta que no lleguen. Rambam: Hiljót Melajím, cap. 12, halajá 2. Véase también Séfer HaIashár (Bnei Berak, 1989): Sháar 5, pág. 60.

5. El Talmud sugiere que uno haga teshuvá un día antes de su muerte. Shabat 153a. “Vuelve un día antes de tu muerte”: Avot, cap 2:10. Otra versión agrega: “haz teshuvá hoy, no sea que mueras mañana”. Rabí Shimón ben Tzémaj Durán: Maguén Avot, 32b. Véase también Melejet Shlomó, ad. loc., para saber por qué dice “un día antes de la muerte”. Véase Rabí Israel Lipshitz (1782-1860): Drush Or HaJaím, Tiféret Israel, al final de Nezikím. En otra parte el Talmud sugiere en efecto que, si todo lo demás falla, uno debe recordar el día de su muerte. Sucá 52b. Esto no debe ser tomado en forma literal, como motivo para la depresión; más bien, se debe aspirar a vislumbrar la naturaleza efímera de la realidad física, y llevar una vida Divina en el presente. Rabí Kalónimus Kalman Shapira (1751-1823): Maor VaShámesh (Jerusalén, 1992), Vaigásh, pág. 127. Uno también puede meditar sobre cómo un día desperdiciado es un día técnicamente muerto. Rabí Jaím de Tzernovitz (?-1818): Beér Máim Jaím (Jerusalén, 1992), Jaiéi Sará, pág. 85.

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