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Un milagro de Januca en nuestros días

Extraido de A donde tu vayas. La maravillosa historia de la vida de la Rabanit Margalit Iosef zt´l.

– ¡Ey, niña! ¿Hacia dónde vas? -detuvo un soldado de la Hagá (vigilantes de la población civil) a la joven que continuaba corriendo. Estaba confusa y asustada.
Era un día lunes a las 8:15 hs. del 5 de junio de 1967. “No tengo tiempo para explicarles” -pensó rápidamente-. “Debo encontrar a las mellizas y a David que han salido esta mañana, como de costumbre, hacia el colegio y quién sabe adónde estarán”.

Pero el soldado no abandonó su actitud:
-Niña, ¡detente! Está prohibido transitar por las calles. Entra inmediatamente a este refugio.
Respiró profundamente al comprender que no tenía otra escapatoria más que explicarle qué era lo que estaba haciendo allí, en la calle, cuando la guerra ya había estallado en la frontera del Sinaí hacía como media hora.
-Mis hermanas… quiero decir… también mi hermano… Ellos han salido esta mañana hacia la escuela del barrio Bet Israel. Quiero llevarlos a casa… En total, sólo tengo que atravesar dos cuadras más.
-Tú no irás a traer a nadie. ¡Entra inmediatamente al refugio! -le indicó con el dedo el edificio del colegio “Shpitzer” de la calle ‘Ezrá. Hasta allí había alcanzado a llegar.

Iafa tragó saliva. Sintió como que sus fuerzas internas se agotaban en una discusión vana con el soldado, quien también estaba falto de paciencia como para pararse y explicarle por qué era peligroso dar vueltas por la calle, dado que la probabilidad de que comenzara también una guerra contra el ejército jordano era un asunto de sólo pocos minutos.
La salvación llegó desde una mujer que pasó junto a ellos
-Tú eres la hija del Rab Ovadia Iosef, ¿no es así?
Iafa asintió con la cabeza.
-Tus hermanas están aquí. Iban rumbo al colegio cuando los soldados las hicieron entrar al refugio de la escuela “Shpitzer”.

Iafa suspiró aliviada. Ingresó al refugio buscando a sus dos hermanas. Estaban sentadas abrazadas llorando amargamente. “Primero debo tranquilizarlas” -pensó-. “Luego traer a David y regresar con todos en paz a casa”.
Les sonrió a las mellizas, las besó, las calmó y les explicó que debía traer a David. Las mellizas se tranquilizaron. Les había parecido que su hermana mayor era como un ángel salvador, de sólo dieciséis años.

Salió del refugio y comenzó a correr rumbo al colegio de su hermano David, haciéndose la desentendida frente a los llamados de los soldados.
“Por favor, Hashem, que sólo pueda llegar a donde está él” -rezó. Alguna vez había creído que en situaciones difíciles se reza sólo por mantenerse con vida, pero he aquí que… la persona también reza por pequeñeces… Del Padre Piadoso se puede pedir todo. Su pequeño hermano la recibió con una sonrisa, bromeando, como de costumbre.
Le agradeció por eso internamente y se apresuraron juntos hacia el refugio de Shpitzer. Allí, tomó a las mellizas y al final del asunto logró llegar a su casa después de haber sido detenida una y otra vez por los soldados.

La Rabanit los recibió pálida. La lucha que había comenzado a las 8:15 en el límite con Egipto provocó, aparentemente, que estallara la guerra también en el límite con Jordania, que regía sobre Jerusalén y que estaba muy cerca de las viviendas de los habitantes. Iafa continuó ayudando a su madre con los preparativos para el descenso hacia el refugio, encargándose de las frazadas o de los alimentos.

A las once de la mañana sonó una alarma que serruchó el aire de Ierushalaim. Todos corrieron por sus vidas a esconderse en las ciudades de refugio, que no eran otra cosa que cubículos de hormigón asfixiantes. El refugio era sofocante y atestado de gente al máximo. Los niños se sentaban sobre sus padres. Tampoco había espacio para pararse.

La situación era compleja. Israel estaba rodeada de enemigos desde tres puntos y casi no contaba con el apoyo de ningún otro país, dado que “la ley es sabida: Esav odia a Ia’acov”…
La cantidad de armamento y de soldados era poca, notoriamente, en comparación con la de los países adversarios. Un silencio ahogante y una tenebrosa noche oscura reinaron en pleno día. Sólo la vieja radio portátil, que casi no captaba nada, hacía oír informaciones aisladas acerca de las luchas y, de vez en cuando, captaba “La voz del Trueno de El Cairo”, que comentaba acerca de la aplastante victoria en todos los combates, información que sólo después se confirmó como falsa.

La voz de Nasser, el presidente egipcio, interrumpía cada tanto la información galardeando en sus declaraciones acerca de borrar a Israel del mapa y de arrojar a todos sus habitantes al mar.
Los bombardeos eran inacabables. La madera terciada sobre la ventana del refugio, cayó y, entonces debieron oscurecer el refugio por completo según la prescripción indicaba. La descarga de tiros asustaba y alentaba a la vez, mientras las balas hacían como un juego de luces tal como una linterna encantada.

Cada uno de los vecinos tenía su manera de relajar la tensión. Algunos conversaban nerviosamente, otros intentaban dormir. Los niños pequeños lloraban y los más grandes trataban de entretenerse con juegos tranquilos. Cada movimiento de mano y cada meneo representaba cierta dificultad.
Una de las vecinas lloraba sin pausa. Su único hijo estaba en la guerra y ella no podía mantenerse firme frente a la incertidumbre y el temor.

Junto a ella se encontraba la Rabanit, quien la consolaba con palabras de fe y aliento, mientras tomaba la mano de Moshé, su hijo de siete meses. En cada bombardeo tapaba sus pequeños oídos para que no fueran dañados por el impacto. Durante los tres días de permanencia en el refugio no lo abandonó. Cuando su fuerza se debilitaba el Rab le insistía para que le diera al niño, o por lo menos se lo diera a Iafa, su fiel hija, quien lo cambiaba un poco y luego era nuevamente regresado junto a ella.

A sus demás niños, la Rabanit los entretuvo con la lectura del tehilim y el estudio de jumash o mishnaiot. Esta imagen de los niños diciendo tehilim con voz clara y firme, hizo que posara sobre los que allí se encontraban cierta tranquilidad y confianza.
La imagen que más se destacaba, pero la más calma, era la del Rab Ovadia y el Rab Ben Tzion Aba Shaul sentados juntos leyendo tehilim y estudiando en conjunto.
Ellos tranquilizaban a los presentes con palabras de fe y confianza.
-Todo está en manos del Cielo y D’s ayudará a que nuestros enemigos no concreten sus planes. Recemos a Hashem y esperemos su salvación.

En ese momento no se oía en el refugio más que “Shir hama’alot mima’akim” “Shir lama’alot esá ‘enai el heharim” “Shir hama’alot el Hashem batzarata li…”, capítulos de los salmos.
Y efectivamente la salvación no tardó en llegar, y cuando llegó, llegó completamente.
Poco a poco fue penetrando la información: Israel ha paralizado la fuerza aérea egipcia y siria. Israel conquista el Sinaí. Israel expulsa las fuerzas sirias de Tel Dan. Y el día miércoles, el tercer día de guerra, temblaba la radio portátil a causa de las dificultades de transmisión y de emoción a la vez.

Primero escucharon al general del ejército Uzi Narkis: “¡Har Habait está en nuestras manos!” Lloraba. También a los generales y a los comandantes les brotan las lágrimas al llegar junto a la casa de Hashem.
Quienes se encontraban en el refugio creían estar soñando, por lo cual continuaron escuchando atentos:
Shehejianu vekiemanu vehiguianu lazemán hazé“, “Bendito…Quien nos ha dado la vida y nos ha mantenido en pie y nos ha hecho llegar a este momento” -reconocieron la voz del Rab Goren, el principal Rabino del ejército israelí y al sonido del shofar que era como que lloraba por su emoción.

Todos reían y sollozaban a al vez. El sonido del shofar les parecía ser el shofar del mashiaj y sentían como que Hakadosh Baruj Hu les estuviera haciendo probar el gustito de “haiinu kejolemim” “eramos como soñadores”.

El Rab Ovadia y el Rab Ben Tzion iniciaron las alabanzas y el agradecimiento a D’s, Bendito sea, y todos los que se encontraban en el refugio junto a ellos parecían ángeles celestiales que cantaban y loaban a Boré ‘Olam.

Al cabo de unas horas se les dio el permiso de salir de los refugios. En los corazones de todos había un pesado temor. Temían del panorama de destrucción que aparecería frente a sus ojos. Los bombardeos habían sido tan fuertes, hasta el punto tal que les daba la sensación de que todo se habría transformado en ruinas.
Pero también aquí se sorprendieron de la magnitud del milagro. Gracias a la ayuda del Cielo, los daños eran mínimos…

¿Cómo? Cuestiónense una de las miles de preguntas que giraron alrededor de La Guerra de los Seis Días.
Hasta el día lunes el Tzahal, ejército israelí, seguía luchando en Ramat Hagolan y luego de seis días concluyó la guerra y le puso fin a los largos meses de temor y alarma a causa de las amenazas de Nasser y al círculo de enemigos que ahogaba a la tierra de Israel…
Y si hubiéramos derrotado a nuestros enemigos y no hubiésemos conquistado el cotel, “daienu“, nos hubiera sido suficiente.
Y si hubiéramos conquistado el cotel, pero no el Sinaí, “daienu“.
Y si hubiéramos conquistado el Sinaí, pero no Ramat Hagolan, “daienu”… “¡daienu!”… “¡daienu!”

La guerra fue la exclamación de Hakadosh Baruj Hu: “¡Aquí estoy!” “¡Aquí está Vuestro Padre!”
El movimiento de teshuvá se levantó y cobró alas. Muchos soldados, madres y padres, e incluso padres cuyos hijos habían fallecido y lamentaban su duelo, no vieron frente a ellos sino el milagro de janucá: pocos frente a muchos, débiles frente a vigorosos… Y todo aquél en cuyo interior latía el espíritu de la verdad, no dijo “mi fuerza y el vigor de mi brazo”, sino: “Bendito es D’s mi Creador, Quien ha adiestrado a mis manos para la lucha y a mis dedos para la guerra”.

M. Katzir

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