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Un largo día para Morgenstern (Januca)

Mike Indgin es un publicista premiado en Suissa Miller Advertising. Su más reciente historia de ficción para Farbrenguen fue “El secreto del pirata” publicada en la edición del verano de 1999

“¡Ni lo intentes viejo gallina!”. La mujer en el cadillac convertible apretó a fondo el acelerador deu , frustrando el último intento de Morgenstern de unirse al tránsito.
“No es muy agradable” murmuró Morgenstern. Había estado tratando de avanzar durante diez minutos, pero nadie quería permitir a un anciano de 80 años en un viejo Dodge Dart estar delante de él. En un momento la luz roja detuvo el desfile de vehículos el tiempo suficiente para que él pudiera avanzar hacia el Bulevar S. Vicente.
“Todos están tan apurados”, dijo mientras los demás conductores le tocaban la bocina y lo maldecían, pasándolo como si él estuviera parado.
Morgenstern no había tenido una mañana muy buena. Eran las 10 a.m. pero ya le había gritado un productor cinematográfico a quien no le gustaba cuanto tiempo se tomaba para tomar su leche descremada, y casi se había tragado a una mamá que caminaba rápido con un cochecito de bebé.
Ahora estaba buscando lugar en el estacionamiento de la biblioteca. Una espacio asomó ante él. En el momento en que puso la señal de giro, un auto se clavó dentro el lugar desde la otra dirección. Un joven salió de su BMW y se dirigió hacia la puerta sin una mirada al anciano que había dejado afuera.
Morgenstern juntó coraje en su interior para enfrentar al joven. “ese era mi espacio para estacionar” dijo Morgenstern. “Y a mi qué me importa?” dijo el muchacho, llenándose antes de que Morgenstern pudiera responder. Morgenstern sacudió la cabeza.

Por supuesto Morgenstern no tenía realmente 80 años. Ni siquiera era un hombre. Era un aklusiano. Y no cualquier aklusiano. Era un evaluador de alto rango del planeta Aklusian, enviado a la Tierra para determinar si este planeta era una amenaza para la colonia aklusiana en Marte. Todo señalaba que “Sí”.
Aklus era un pequeño planeta en el otro extremo de la Vía Láctea. A lo largo de los siglos los aklusianos se vieron en la necesidad de colonizar los cuerpos celestes deshabitados a lo largo de la galaxia. Una de las colonias más espectaculares era Le Chateau Du Glaxtinshpiel, en Marte. Solamente ver los jardines cortaba la respiración. Sin embargo nunca podríamos ver esos jardines, porque la colonia aklusiana es invisible a los ojos humanos.
Pero ni siquiera una colonia invisible podría estar oculta mucho tiempo. Podría haber atacantes con los instrumentos apropiados que podrían exponer Le Chateau en todo su gloria. Los aklusianos sabían que sólo era cuestión de tiempo antes que la tierra enviara otro explorado a marte, y tal vez descubriera una de sus piletas de natación olímpicas o sus rosales premiados. Y los terrícolas, generalmente gente guerrera, pronto apuntarían sus misiles a través del cielo.
La mejor defensa es un buen ataque. Así que el Alto Consejo Aklusiano llamó a Morgenstern. Si encontraba que los terrestres actuaban agresivamente, simplemente estornudaría sin cubrirse la nariz. Los virus del estornudo de los aklusianos eran tan letales para el ser humano, que toda la población mundial moriría en horas. Los jardines de Le Chateau Du Glaxtinshpiel estarían seguros para que los disfrutaran las generaciones futuras.

Morgenstern arrastró los pies escaleras arriba, el segundo piso de la biblioteca. Era el mejor en lo suyo. Conocía todas las señales que señalaban a un planeta iracundo. Pero la aniquilación de una población global no era lago así nomás. Debía esperar hasta el fin del día para tomar la decisión.
Se sentó ante una computadora y tecleó la palabra “paz” en un programa de búsqueda. La búsqueda terminó revelando 1587 sitios para “paz”. Luego tipeó la palabra “guerra” y golpeó la teclea de retorno. Se hallaron 4221 sitios. No era una buena señal. Una voz áspera detrás de él lo hizo saltar.
“¡Oiga señor! ¿Va a estar ahí todo el día?” Se dio vuelta y enfrento a un adolescente con cejar perforas. “Sí, usted viejo”. Observar las acciones de un niño era uno de los métodos favoritos de Morgenstern para predecir el futuro de un planeta. De pronto sintió su nariz irritada.
Morgenstern tamborileó sus dedos en la barra de dirección como si estuviera conduciendo a través del océano. El cielo estaba ardiendo con franjas naranjas y amarillas.
“Lo que si es seguro, es que es lindo aquí” suspiró. En su mente vió un invisible balneario y club de tenis aklusianos en la cima de la montañas de S. Mónica.

Se aproximaba el crepúsculo. Morgenstern manejaba lentamente, examinando cuidadosamente los barrios suburbanos. Es durante la noche cuando se revelan los verdaderos colores de la criaturas. Si era una especie depredadora, estos humanos usarían la cobertura de las tinieblas para sus tenebrosos actos.

De pronto una luz oscilante capturó su vista. Morgenstern volvió su cabeza. Alguien había puesto dos velas frente a la ventana. Una cuantas puertas más allá, otro par de luces resplandecían desde una ventana cercana a una puerta abierta. Se arrimó al cordón. Esto no estaba en el informe de los exploradores.
Caminó cautelosamente hacia la puerta, manteniendo un ojo abierto por pozos, toros, asaltantes y madres empujando cochecitos de bebé. Llegó al zaguán a salvo y tocó el timbre.
Una niñita vino a la puerta de entrada. “¿Puedo ayudarlo?”
“Vi las luces en la ventana. ¿Son para decoración?”
“Es nuestra menorá. Es la primera noche de Janucá”
“¿Janucá?”
“La festividad de las luminarias. Celebra la victoria de los Macabeos sobre los griegos”.
“¿Victoria, eh?”
Una voz llegó desde el interior “¿quién es Sará?”
“Un buen hombre” dijo Sará sonriendo. Era la primer sonrisa que Morgenstern había recibido en todo el día.
Su madre vino ala puerta. “Oh, hola. ¿Le molestaría unirse a nosotros?”
Dos horas, tres raciones de licor y una docena de latkes después, Morgenstern había oído toda la historia de Judá y los macabeos. Pero lo que más le interesaba era la Menorá. “Así que ustedes la ponen cerca de la puerta de entrada para anunciar públicamente el milagro de janucá?”.
El padre de Sará le respondió “Y también para que todo aquel que pase vea la luz, que está vinculada con la idea de libertad y de la verdad”
“¿Qué verdad?”
“Que el bien siempre triunfa. Que la luz siempre derrotará a las tinieblas”.
La voz de Morgenstern se serenó. “Pero hay mucha oscuridad aquí”
El padre de Sará sonrió. “Si, hay mucha oscuridad en el mundo, pero sin las tinieblas no habría nada para iluminar. Creo que las tinieblas existen solamente para que sean transformadas en luz”
Morgenstern se volvió hacia la pequeña Sará. “¿Qué piensas tu Sará?”
Ella respondió: “Las luminarias son bellas. Son pequeñas luces de amor”.
Un estornudo sonó del otro lado de la esa. Era la madre de Sará.
“Salud” dijo Morgenstern. Se paró para irse, agradciendo cálidamente a la familia.

Exactamente antes de la medianoche, Morgenstern se paró descalzo a la orilla del océano. La pildora de antimateria que arrojó con su mano, abrió un hoyo en la espuma del mar, y lo expandió lo suficiente como para hacer el salto en el tiempo de regreso a Aklus. Dio un último vistazo al cielo estrellado del planeta Tierra y se sumergió en el agua fria.
Diez milisegundos después estaba parado ante el Alto Consejo Aklusiano. Su valiente jefa, Gloria, se dirigió a su Evaluador Planetario favorito.
“¿Cuál es el veredicto sobre esa gente de la Tierra? ¿Militarista o pacifistas?”
“Son más que pacifistas. Son iluminadores”. Morgenstern se quitó sus ropajes humanos, saludó y salió. Tenía un compromiso para llevar a sus hijas al zoológico invisible.

(extraído de la Revista Aieka)

Mike Indgin

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