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Un dia en la Bodega Real

Extraido de Parabolas del Jafetz Jaim

El versículo dice: “Hashem quitará la torpeza de tu corazón y del corazón de tu simiente, para que ames a Hashem, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, para el bien de tu vida” (Devarim 30:6). Aparentemente, la frase “para el bien de tu vida” está fuera de contexto.

Consideremos la siguiente parábola para saber cómo aplicar este versículo:

Cierta vez un hombre salvó la vida del hijo del rey, quien como recompensa, le dio acceso a la bodega del tesoro real durante un día entero permitiéndole llevarse consigo todo lo que pudiese. Dicho hombre perdió el sueño durante toda esa semana y el insomnio pasó a ser su amigo inseparable. Prácticamente, quedó absorbido por la planificación acerca de cómo llevarse el tesoro y qué hacer con él después. En efecto, llegado el día sus cinco sentidos estaban compenetrados en acumular el tesoro deseado. Bien sea dicho que lo logró. Más aún, desde ese día su riqueza fue sólo en crecimiento, de manera que pasó a ser el hombre más rico y famoso que haya conocido el planeta Tierra.

Este hombre se destacaba entre los otros hombres adinerados en virtud de su agradecimiento, pues ofrecía a sus allegados un banquete anual en el cual desplegaba su incalculable riqueza, a modo de conmemoración y celebración de su dulce destino. Así obró durante décadas, hasta que se percató de que los distinguidos huéspedes olvidaron el origen de su riqueza, errando así a la finalidad del banquete.
Por eso decidió darles una enseñanza de vida. Fue entonces que les preguntó:
–¿Qué día, a su parecer, fue el más feliz de mi vida?
–Seguro que debe ser hoy –dijeron–, mira con qué magnificencia ha sido decorada la mansión: las sillas están recubiertas de oro, la mesa servida con los más exquisitos manjares, los nobles son tus huéspedes, y tú vistes ropa de príncipes.
A eso respondió:
–¡Incorrecto! Si bien hoy en día mi dicha es enorme, este, sin embargo, nunca será mi mejor día, pues aquel día en que fui recompensado por el rey fue, es y será inolvidable para mí. Justamente, en ese día yo vestía como pordiosero, el hambre era parte de mi ser, no tenía un solo criado a mi servicio y, aún así, la felicidad de cada instante de ese maravilloso día era muchísimo mayor que la del presente –ante el asombro de los comensales, prosiguió el anfitrión con su historia–. Un buen día se me permitió el acceso a la cámara del tesoro real, y no sólo para admirarme de él, sino para recoger y adueñarme de todo lo que me plazca. No obstante, como sabía que el plazo determinado era tan solo por veinticuatro horas, no comí ni bebí, no dormí ni descansé, pues comprendí lo valioso de aquel tiempo, que era mi única oportunidad. Mi vestimenta era de las más sencillas y nadie me servía, pero mi alegría no tenía límites pues a cada minuto mi riqueza se incrementaba. Por eso fue que ni siquiera sentí el hambre o el cansancio. Hoy ya me acostumbré a ser rico, y por más que lo intente, no logro experimentar esa alegría inalcanzable.

¿Y nosotros?
Hashem nos dio acceso al tesoro Real (con doble sentido): la Torá y las mitzvot. Cada halajá es una alhaja; cada detalle, más valioso que cualquier joya. Todo el tiempo en que los pies de la persona permanezcan sobre la Tierra, se le permitirá adquirir de ella cuanto desee. Esto ha de ser motivo suficiente como para que se regocije durante toda su vida, a pesar de que esté llena de aflicciones y adversidades, y que su corazón esté rebosante de un intenso e inquebrantable amor hacia Hashem. A pesar de todo, cada persona tiene la oportunidad de ser millonaria y feliz de la misma manera que aquel campesino pudo dejar a un lado todos sus malestares.

El único obstáculo que se nos presenta ante nuestra felicidad es uno mismo, ya que a nuestro corazón le cuesta trabajo reconocer el verdadero valor de la Torá y las mitzvot y, a no ser que Dios nos otorgue alegrías terrenales, no somos capaces de experimentar el amor hacia Él. Pero esa situación tendrá un fin pues, en el mundo venidero, Hashem quitará la torpeza de nuestros corazones, y entonces, podremos apreciar el sublime valor de la Torá y mitzvot. Entonces sabremos agradecer cada momento de la vida que Hashem nos dio, como aquel hombre apreció cada momento que estuvo junto al tesoro real.

De esta manera, no hay frase más correcta que “Hashem quitará la torpeza de tu corazón para el bien de tu vida”, pues en ese entonces, Lo amarás intensamente sólo por el regalo de la vida misma.
(Shem Olam, cap. 80)

 

Rabi Israel Meir HaKohen

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