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Triple Mitzvá en el estadio de los Dodgers

El rabino Aaron Laine es el rabino principal del Centro Comunitario Beth El desde 1994. Comenzó muy joven junto a su esposa Fradel su misión de servir a la comunidad judía panameña a la que se entregó con alegría y pasión.

Esta historia comienza el 13 de julio de 2005, cuando viajamos a la ciudad de Los Ángeles con veinte niños, cuatro madrijim, el rabino Gabriel Benayon y yo, rabino Aaron Laine.

Justo antes de partir, uno de los padres se me acercó y me dijo: —Conozco a uno de los jugadores de los Dodgers, que es panameño. ¿Quiere llamarlo? Él podría coordinar una visita para que ustedes conozcan el equipo. Yo le agradecí y anoté el teléfono. ¡Qué emocionante sería para estos jóvenes conocer a los jugadores!, pensé. Llegamos a destino y, el viernes en la mañana, llamé a Olmedo Sáenz, el jugador panameño. Me presenté: —Soy el rabino Laine, de Panamá, ¿sería posible obtener para los jóvenes algunas gorras o autógrafos de los jugadores?

—Voy a ver qué puedo hacer —me respondió. Al finalizar Shabat, recibí una llamada de Sáenz, nos invitaba al estadio a las once de la mañana para ver el equipo en la práctica de bateo. Tomando en cuenta nuestra agenda: rezar, comer y estudiar, sabía que no llegaríamos a tiempo. Además, el juego comenzaba a la una de la tarde, yo no estaba muy entusiasmado en asistir con tanta anticipación, quería evitar el calor, agradecí su gentileza y le dije: —Lo más probable es que lleguemos solamente para el juego, después del mediodía. Llegamos a las doce y media y llamé a Sáenz, pero no contestó la llamada. Al rato, él se comunicó con el madrij Menachem y le indicó que bajáramos al campo de juego; cuando lo intentamos, la policía, nos mandó de regreso porque no teníamos los pases. Lo volví a llamar y me comunicó que ya era muy tarde para encontrarnos. En aquel momento, yo sí me puse muy ansioso. Llegamos media hora antes y no íbamos a tener ningún beneficio; nos tocó esperar en el asfixiante calor del mediodía. Me di cuenta de que no había nada que yo pudiera resolver, por lo tanto, decidí que nos ubicáramos en nuestros asientos. Conduje a los muchachos a la sección donde debíamos estar sentados, pero vi que había gente ocupando el lugar. —Disculpen —dije amablemente—, estos son nuestros asientos. Me contestaron que estaba equivocado, que eran de ellos. Revisé mi boleto, era T106 e insistí que sí, que esos eran nuestros asientos. Se acercó una persona, aclaró la situación y me dijo:

—Su fila es la T, está más arriba. ¿Arriba?, no puede ser, pensé para mis adentros. ¿Cómo es posible? Hace un mes le pedí a Menachem que consiguiera las entradas en las primeras filas de las gradas de los out field. El año pasado, nos habíamos sentado allí y, uno de los jóvenes atrapó una pelota que un jugador había lanzado hacia nosotros, fue muy emocionante. Pero bien, una vez más, acepté lo inevitable, segunda decepción en una hora, nos asignaron un pésimo lugar. Mientras nos dirigíamos hacia arriba, Menachem me comunicó lo siguiente: —Hice lo que usted me pidió, rabino, pero cuando llegué a la taquilla, nuestras entradas estaban asignadas en otra sección, en la parte alta de los bleachers (gradas), encima del cátcher (receptor), y tuve que aceptar lo que tenían disponible. Yo ya me había calmado, pero no podía dejar de pensar que todo esto era un gran contratiempo. Cuando llegamos a nuestros puestos, me di cuenta de que, más arriba, había un pequeño techo, le dije a Menachem: —Si subimos tres filas más, tendremos sombra. Y ahí, nos ubicamos. Los jóvenes tenían puesta la camiseta amarilla y la gorra que los identificaba como integrantes del Campamento Gan israel. De repente, escuchamos una enérgica voz, a través del micrófono: —El juego de hoy está dedicado a la comunidad judía de Los Ángeles. Todos estábamos atentos viendo la pantalla, en la que estaban proyectando imágenes de beisbolistas judíos desde 1886. Los muchachos estaban felices.

Yo estaba tratando de identificar a algún jugador. Reconocí a Sandy Koufax, el famoso beisbolista que no aceptó lanzar en el juego de la serie final porque ese día era Yom Kipur. Lo aplaudimos frenéticamente y los que estaban detrás de nosotros se emocionaron mucho.

Era un hombre de mediana edad con dos hijos adolescentes. Presentí que eran judíos y decidí averiguar.

—¡Hola! imagino que eres judío —lo interpelé. —Sí, un placer conocerlo rabino. —¿A cuál sinagoga asisten? —no, nosotros nunca vamos a la sinagoga. —¿ni en Yom Kipur? ¿ni siquiera van a una sinagoga conservadora o reformista? —Es correcto. El ser judío es algo que somos, no algo que hacemos. —¿Dónde hiciste Bar Mitzvá? —Yo no hice Bar Mitzvá. —¿Y los niños hicieron Bar Mitzvá? —no. —¿Qué edad tienen? —nick tiene dieciséis años y Max trece. El padre fue muy cordial, yo quería cerciorarme de que eran cien por ciento judíos, decidí mantener una conversación sobre sus progenitores y abuelos. Mi mente daba vueltas; pensaba… ¿cómo puedo convencer a estas personas para que se pongan los tefilin? nunca han escuchado sobre el significado del shofar, nunca han estado en una sinagoga, solo como invitados para asistir a un Bar Mitzvá… pero… ¿dejar ir a tres karkaftas? Tengo que hacer algo…

Comenzó el juego, y ya no había posibilidad de seguir conversando. Después del tercer inning, recibí una llamada de un empleado del estadio.

—¿Por favor, podría bajar y encontrarse conmigo? Tengo un paquete para usted de parte de Olmedo Sáenz. Uno de los madrijim bajó a recogerlo. Regresó con una caja cerrada. Cuando la abrimos, encontramos varias gorras de los Dodgers, consideré que era un gesto muy lindo de parte de Olmedo. Cada gorra estaba autografiada por ocho jugadores del equipo, ¡era algo increíble! Entendí que los jóvenes se contentarían con este regalo; y así fue, se emocionaron mucho. Pasaron unos minutos, y se me ocurrió una estrategia.

—¿Hay más gorras? —pregunté. Buscamos, pero no encontramos más. —¿Quién quiere hacer una mitzvá? —Yo quiero, yo quiero —contestaron a coro. —necesito una gorra para convencer a tres personas para que se pongan los tefilin. Ellos nunca se los han colocado, y la gorra podría ser un estímulo para cumplir con este precepto. Después de escuchar mis palabras, el silencio se apoderó del ambiente, ningún joven estaba dispuesto a ofrecer su gorra. Un rato después, me levanté y vi una gorra encima de las piernas del rabino Gabriel Benayon.

—¿De quién es esa gorra? —le pregunté. —Mía —me respondió—, en la caja había veintiún gorras.

De inmediato, le quité la gorra y le dije: —Era tuya. Con la gorra en la mano, subí hacia la última fila y les pregunté a los jóvenes: —¿Qué les parece la gorra? ¿Reconocen los autógrafos de los ocho jugadores? ¿La quieren? Y de una vez, escuché una respuesta positiva. Entonces, aproveché el entusiasmo de los jóvenes para hacer un trato: —Yo les doy la gorra y, al finalizar el juego, ustedes se pondrán los tefilin. Los hermanos se miraron emocionados y aceptaron el trato. Uno de los madrijim fue hacia el carro a buscar los tefilin. Yo estaba emocionado, no veía la hora de que terminara el juego. ¡Tres karkaftas! Los Dodgers perdieron el juego. Y llegó el momento de cumplir con la segunda parte del convenio, pero el padre de los jóvenes me frenó con la siguiente pregunta: —¿Qué acuerdo hizo usted con mis hijos? Me di cuenta de que me había adelantado a los hechos y olvidé que había judíos que nunca habían escuchado sobre los tefilin. Decidí sacar las cajitas y explicarles cómo están hechas, qué dicen y el efecto que producen en el hombre judío cuando se las pone. Escucharon cada palabra con mucha atención e interés y aceptaron colocárselos.

Primero, le puse los tefilin a Max, dijimos la bendición y se oyó un enérgico ¡Amén! Giré y vi a los niños del campamento, ellos querían saber qué estaba sucediendo. Traté de ser breve y les dije:

—Este joven, su hermano y su padre están haciendo su Bar Mitzvá. Es la primera vez que se ponen los tefilin.

Los niños quedaron impactados al escuchar mi explicación, algunos sacaron sus cámaras fotográficas y comenzaron a tomar fotos y, cuando terminaron de decir el Shemá, cantamos “Siman tov umazal tov…”.

Mientras nos retirábamos del estadio, el padre no paraba de agradecerme, y me pidió que le mandara algunas de las fotos a su correo electrónico.

Al reflexionar sobre lo que había ocurrido, caí en la cuenta de todo lo que Hashem necesitó para hacer este triple Bar Mitzvá. Me intriga, y pienso que siempre hay que esperar pacientemente a que se manifieste la Hashgaja Pratit: Providencia Divina Individual.

A pesar de que el beisbolista Olmedo Sáenz hizo un out, en verdad, en este juego, hizo un home run

Para reflexionar

Nuestros sabios enseñan que las bendiciones más grandes provienen de los niveles espirituales más altos y que, para acceder a ellas, debemos entender que el camino no es liso y llano, porque estos tesoros se ocultan en diversas circunstancias o experiencias que, al principio, no revelan esa luz pura.

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Extraido del libro Conectad-os

Rabino Aaron Laine

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