Festejando
La Teshuvá (Arrepentiemiento y retorno a D-s)
Rosh Hashana
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Trabajar la teshuvá

Con la llegada de Elul tratamos de ponernos al día con la avodá correspondiente al mes, haciendo más actos de bondad, concentrándonos en la conexión con Hashem en la tefilá, y aumentando en tzedaká, anticipándonos al mes de Tishrei. El tiempo urge. Sólo quedan treinta días para Rosh Hashana.
Si no hicimos un trabajo previo con nosotros mismos, ¿podremos correr contra el reloj para llegar «limpios» a Rosh Hashana?

Si lo analizamos superficialmente, la respuesta sería sí. Es como el alumno que estudia el último día antes del examen, y llega con los conocimientos colgados de sus pestañas, pero en verdad no incorporó los contenidos durante el año, y el día de mañana, cuando pase la exigencia, no recordará nada.
Cuando se comienza a pulir una piedra preciosa en bruto, el trabajo más arduo es el proceso hasta llegar a darle la forma final, hasta dejar la superficie lisa y lista para darle el último pulido, que es el trabajo más superficial, ya que se trabaja sobre lo ya logrado; pero la verdadera belleza de la piedra se revela gracias al trabajo del orfebre desde ese estado en bruto. Sin embargo, la gente va a apreciar la belleza del último pulido de la piedra, y sólo va a ver ese resultado, sin ver todo el trabajo previo del orfebre.

Es muy común en cualquier orden de la vida que la gente aprecie una obra sólo cuando se finaliza su elaboración, o que brinde su reconocimiento al proceso evolutivo de una persona sólo cuando logra avances evidentes, cuando se manifiestan cambios exteriormente y se ve el brillo. Pero cuando se trata de valorar todo el proceso en el cual se ha trabajado, a veces quizás no solo una, sino varias personas que se han esforzado, se han estado sacrificando en una senda por la cual necesariamente hubieron de transitar para lograr los objetivos que buscaban, todo esto no es tan fácil de valorar.

Lo mismo puede ocurrirnos con la avodá de teshuvá. La teshuvá es un concepto espiritual. Podemos observar que una persona es cuidadosa con el cumplimiento de las mitzvot, con su forma de vestir y de hablar, exteriormente se muestra observante de la Torá, pero esto no nos dice nada acerca de su servicio espiritual. No podemos valorar a esa persona únicamente por su exterioridad y creer que con eso obtendremos una perspectiva real de ella. Podemos también observar a amigos, a parientes, gente a la que conocemos bien, y que vemos que se esfuerzan en su avodá. Tal vez no conozcamos qué hay en el fondo de sus corazones, pero sí vemos que se esfuerzan con temimut, con integridad, se sacrifican en su servicio relegando ocupaciones que solían hacer antes. Sin embargo quien no los conozca, quien no los observe e intente comprenderlos con profundidad no podrá percibir en forma revelada el resultado de su avodá.

Conviene entonces replantearnos qué significa realmente teshuvá, si realmente deseamos lograrla, con corazón íntegro, con pnimiut -interioridad-, en un trabajo del día a día, poniendo nuestra vitalidad y nuestras cualidades en esta tarea como forma de vida. Si buscamos que el resultado de nuestro esfuerzo no sea meramente superficial, debemos evitar aproximarnos a los jaguim únicamente con preparativos externos y materiales -que también son fundamentales- pero sin profundizar realmente a ver qué hay en nuestro corazón, qué logramos este año y en qué mejoramos en nuestros actos y en nuestro servicio a Hashem.

Teshuvá es la transformación permanente del servicio a Hashem que se lleva a cabo en la mente, en el corazón y luego en las palabras y los actos a través de la concientización de la revelación de divinidad en el mundo físico, y en forma particular en nuestras vidas. Y es la perseverancia que se aplica a esta idea y actitud la que realmente eleva al hombre por encima de sus límites y lo pone en el plano de la luz.

Todos los días de nuestra vida deberíamos concientizarnos en la práctica de la teshuvá. Conocemos la famosa pregunta coloquial: «¿Cuándo hiciste teshuvá?» Y conocemos la frase común que usamos muchas veces los que empezamos en un momento de nuestras vidas a cumplir mitzvot, decimos «hice teshuvá». Nadie «hizo» teshuvá. En el mejor de los casos, todos estamos haciendo, trabajando, sobre nuestra teshuvá, ya que el proceso es permanente, porque estamos vivos, somos entes móviles, no somos productos terminados; cambiamos, estamos sujetos al tiempo y al espacio y tenemos libre albedrío. Somos mealjim, caminantes. No somos omdim, entes que no evolucionan, como los ángeles y como muchas creaciones de Hashem, que no tienen libre albedrío, y su servicio a Hashem es completo y perfecto desde el lugar que han sido creados.

Las enseñanzas de Jasidut instan a cada iehudí a no detenerse nunca en su servicio espiritual, a crecer ininterrumpidamente. No nos podemos detener ante los logros o los fracasos; esto denota comodidad y autoengaño, y es el inicio para fabricarnos una falsa imagen nuestra, y ponernos máscaras que no son nuestra verdadera faz interna. ¿Cómo podemos escapar a estas actitudes? Revisando nuestra conciencia diariamente, con alegría para el alma si es que obtuvimos un logro, para realimentar nuestra fuente de energía y continuar; con fortaleza para sobreponernos a los errores y enmendarlos, si es que depende de nosotros; y si fuera un fracaso que no dependió de nosotros, con entereza y aceptación, lo cual no significa resignación.

Además también pueden ocurrirnos ciertos eventos que nos producen un quiebre, un despertar. Hashem nos manda algún mensaje a través de experiencias, de pruebas o eventos inesperados, para que nos demos cuenta de nuestra falacia, y de nuestra incompletud. Repentinamente comprendemos que estamos parados, detenidos en nuestra evolución, inmovilizados en posturas egocéntricas, o simplemente cómodos. O tal vez hay en la vida de una persona sufrimiento, incomprensión y vacío, y esto la inmoviliza. Y desde ahí surge el despertar, y nos reconocemos como lo que somos, con las particularidades y talentos que cada uno tiene, nos descubrimos con nuevas fuerzas para vitalizar el servicio a Hashem.

En el libro Haiom iom se describe un sistema de avodá de teshuvá propuesto por Rabí Zusia de Anípoli, quien trazó cinco senderos en el servicio a Hashem, basado en las cinco letras de la palabra teshuvá. Cada letra inicial representa un camino:
1.TAV tamim, «sé sincero con Di-s tu Señor». Es la avodá de sinceridad, de ser íntegro con Hashem en los diversos niveles y sobre todo en la integridad del corazón.
2. SHIN shiviti, «Siempre tuve presente a Di-s ante mí». Aquí se usa el nombre Havaié, el cual indica la creación de los mundos, y la avodá correspondiente es reconocer que todo es llamado a ser a cada instante desde el ain (nada) al iesh (ser), y tener este concepto en mente en forma conciente y permanente .
3. VAV veahavta, «Amarás a tu prójimo como a tí mismo». Quien resulta placentero a los hombres, resulta placentero a Di-s. Se refiere a la avodá de la bondad del corazón.
4. BET bejol , «Conoce a El en todas tus sendas». Se refiere a la avodá de la persona que pone su mente y corazón en la observación de lo que pasa a su alrededor y en su propia vida, viendo divinidad en forma tangible. Y es el reconocimiento de la providencia divina individual.
5. HEI hatznea lejet, «Anda con discreción con Tu Di-s». Se refiere a no hacer ostentación, a pasar inadvertido en el servicio a Hashem, siendo reservado y modesto.

Esta concepción jasídica incluye diversos niveles de avodá de la persona, en profundidad. Cada día de la vida debería estar teñido de esta forma de servicio, cada uno en su nivel. A veces nos perdemos en los quehaceres rutinarios, en las preocupaciones personales, y pareciéramos andar a la deriva en el mar de las urgencias materiales. Nos deslizamos cómodos en nuestra mullida imaginación, construyendo fantasías acerca de lo que debería ser la vida, en lugar de ver lo que realmente es, y nos repatingamos en un suave sueño inexistente.

Cada uno conocerá su desafío según sus particularidades y las características personales de su ietzer hará, su impulso al mal, que se disfraza para pasar casi desapercibido. Hay que estar alertas a ese «casi», para no caer en su trampa, ya que es la diferencia fundamental para no autoengañarnos sobre nuestro servicio espiritual. Cada uno debe bucear en sí mismo y poner atención especial en la forma en que su ietzer hará busca atraparlo, según su personalidad y tendencias.

Esta es una tarea muy personal de autoconocimiento y revisión de nuestras actitudes psicológicas, y en nuestra relación con el prójimo. Sin darnos cuenta repetimos viejas estructuras de acción y nuestros pensamientos se formatean siguiendo patrones falsos. Una situación externa puede ser disparadora de un torrente de sentimientos y emociones que, mal encauzados, pueden desviarnos de la vía correcta; caemos una y otra vez en los mismos errores, y no nos damos a nosotros mismos la oportunidad de cambio, que no depende de nada externo, sino de una madurez para afrontar nuestras vidas, y de tener la agilidad mental y emocional de confrontar con nuestras limitaciones ayudándonos a través de nuestros talentos naturales. Sólo cada persona en sí misma conoce qué hay en el fondo de su corazón, y sincerarse con uno mismo es el camino certero hacia la integridad del ser.

Deseo que para este Rosh Hashana todos podamos replantearnos qué nos pasa, dónde estamos parados, desde dónde empezamos a caminar para ser verdaderos mealjim; desde dónde nos observamos a nosotros mismos, para avanzar hacia la integridad, construyendo cimientos sólidos y destruyendo los falsos, si eso fuera necesario.

Deseémonos los unos a los otros que a partir de una visión más clara, cada uno encuentre su bien en forma revelada cumpliendo la Voluntad de Hashem. Y que cada uno encuentre lo que su corazón profundamente anhela, y tenga la fortale9za de poner su mente y corazón al servicio de alcanzar éxito en esta tarea, para que nos conectemos y retornemos a nuestra verdadera Fuente de Vida, Hakadosh Baruj Hu, en forma íntegra y nos conectemos con el prójimo desde ese lugar, revelando el ahavat Israel que nos llevará a la Redención Universal.

¡Shaná Tová umetuka!

por Laura Amar

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