Notas destacadas
Notas (50-60)
+100%-

Tora eterna (Shavuot)

Rabí Adín Even-Israel dirige el Instituto Israelí de Publicaciones Talmúdicas y una nueva Ieshivá en Moscú. Es autor de la monumental traducción hebrea moderna del Talmud (ahora también en Inglés).

 

Shavuot, el día de la entrega de la Torá por parte de Di-s, también es llamado el día del recibimiento de los Diez Mandamientos por parte de Israel. Y parecería ser una pareja natural de conceptos — siendo el dar y el recibir las dos caras de la misma acción y aparentemente intercambiables como descripciones del suceso.

No obstante, no son idénticos. Cada cual tiene su propio significado particular. Como lo expresa la Cabalá, la entrega de la Torá es un movimiento desde arriba hacia aquello que está abajo, mientras que el recibir es un movimiento desde abajo llegando arriba. Y en la dimensión del tiempo, la entrega de la Torá es esencialmente un acto único, mientras que el recibimiento de la Torá es un proceso continuo y diversificado en la historia.

Antes de explayarnos en este punto, puede resultar útil aclarar qué significa la palabra “Torá”.
Traducir Torá como “ley” pierde riqueza, si bien la Biblia puede verse como un libro que contiene leyes e instrucción moral para vivir. Por otra parte, este aspecto de instrucción –la enseñanza– es ciertamente básica en la Torá; sin ella la Torá simplemente sería una monumental obra de literatura. Además, la Torá que no es una estructura viva para la acción ya no es más Torá. Por lo tanto, la entrega y el recibimiento de la Torá es más que apenas la transmisión de un cierto cuerpo de información. Es la comunicación de un mensaje que provoca un cambio profundo en el pensamiento y la conducta de quienes la reciben. Está claro, también, que la Torá constituye un puente entre la esencia Divina y el hombre.
La entrega concreta de la Torá en el Monte Sinaí fue un suceso por demás dramático e imponente, con trompetas y voces celestiales, relámpagos y truenos. Uno podría sorprenderse un poco por el bullicio, considerando que los Diez Mandamientos no son más que las reglas fundamentales para la conducta de cualquier sociedad. En parte, al menos, ya pueden ser encontrados en los más viejos códigos de Babilonia y Egipto, India y China.

En consecuencia, debe admitirse que el pleno peso de los Diez Mandamientos no está solamente en su contenido, sino en la manera especial en que se dieron. En los Diez Mandamientos, “No matarás” no es una norma impuesta por algún jefe local para evitar vengativos feudos sanguinarios. Es el mandato de un Omnipotente Di-s, y esto es lo que le confiere poder y significado. Violar cualquiera de los mandamientos de la Torá es primariamente desafiar a Di-s, y sólo después es una ofensa a la sociedad.
Este, sin embargo, es apenas un aspecto relativamente externo, formalista, de la entrega de la Torá. Más significativamente, es un acto de arriba hacia abajo, el cruce de la infinita brecha entre Di-s y el mundo. No hay manera de que hombre pueda cruzarla. Uno sólo puede clamar en desesperación: “¿Qué tiene El que ver con nosotros, moradores del polvo?”

Este no es un pensamiento moderno; se repite a menudo en la Biblia y es probablemente una experiencia básica en todas las religiones. De hecho, el mensaje interior de los Diez Mandamientos es una respuesta a este sentimiento de insignificancia del hombre. Es un aspecto central del enfrentamiento en Sinaí, como está escrito: “El Señor nuestro Di-s nos ha mostrado Su gloria y Su grandeza, y nosotros hemos oído Su voz de en medio del fuego: hemos visto este día que Di-s habla con el hombre, y él vive” (Deuteronomio 5:21). La importancia de este encuentro no radica en las palabras concretas habladas sino en que Di-s Se apareció ante el hombre y le dijo qué hacer, que Di-s estableció algún tipo de contacto con el hombre. Y éste es el significado de toda la Torá; todo el resto es comentario.
Por consiguiente, la entrega de la Torá es un suceso histórico único en el que lo Divino es el factor decisivo. El recibimiento de la Torá, en contraste, es un proceso permanente en el tiempo, con el hombre como el factor decisivo. La paradoja se resuelve cuando ambos movimientos se encuentran.

Esto fue expresado por los Sabios, quienes, al comentar un pasaje de Isaías que dice “Vosotros sois mis testigos, dice el Señor, y Yo soy Di-s“, dijeron que de ello puede inferirse que cuando vosotros no sois Mis testigos, Yo no soy Di-s. En otras palabras, Israel tiene que estar listo para portar testimonio de la Presencia Divina, y sobre este terreno, que es la Revelación de la Torá, puede tener lugar el encuentro. Y nuevamente, no es el contenido lo que se está considerando. Es que alguien está listo a recibirlo incluso antes de saber qué es. Esto se convierte en el factor decisivo.

El recibimiento mismo no es, por lo tanto, apenas una cuestión de escuchar pasivamente el mensaje de la Torá; es un acto de comprometerse con absorber la poesía y los principios, y llevar a cabo los mandamientos todos los días de la vida de uno. Para comenzar, tenía que haber un cierto estado mental receptivo –“Haremos y escucharemos”– a fin de que la Torá sea dada. Por otra parte, el significado interior de esta fórmula de disposición sólo resultó evidente después, como lo expresan las palabras de Moshé cuarenta años más tarde cuando, al despedirse del pueblo, dijo: “Y Di-s no os dio un corazón para saber y ojos para ver y orejas para oír hasta este día” (Deuteronomio 29:3). Y de hecho, sólo muchas generaciones luego podría decirse que el pueblo de Israel había desarrollado un corazón capaz de saber la Torá designada para ellos.
Esta idea no es meramente una manera metafórica de decir algo; es un tema recurrente en la Biblia misma. De hecho, puede decirse que la Biblia como un entero es una detallada cuenta de los conflictos y reconciliaciones en el proceso de recibir la Torá.
Se necesita tiempo para que cualquier enseñanza verdaderamente revolucionaria sea entendida, y hay un número indefinido de etapas intermedias. En la historia de Israel, puede presumirse que sólo durante la época del Segundo Templo el pueblo de Israel aceptó como un entero la Torá como un modo de vida obligatorio. Desde esa época y hasta generaciones recientes, no hubo más división seria alguna entre los judíos y la Torá. Han sido una entidad uniforme.

Transcurrieron más de mil años, entonces, entre la entrega de la Torá y algún tipo de recibimiento total de la Torá. Por supuesto, no es simplemente cuestión de capacidades intelectuales y espirituales de una de generación u otra. Mientras el hombres posea libre albedrío, el problema de recibir la Torá se presentará de nuevo para cada individuo en cada generación.

El proceso de recibir la Torá ha estado, por lo tanto, continuando — desde el incidente del Becerro de Oro hasta el día de hoy. Es un proceso de entrenar al judío a absorber genuinamente lo que se le está ofreciendo. Y, como hemos visto, no puede ser un proceso directo de aprendizaje. Siempre se ve obstruido y demorado, no solamente por los tipos diversos de rechazo, sino también por las muchas formas de aceptación inadecuada o prematura. Después de miles de años e incontables buenas intenciones e incesante pugna por parte de una generación tras otra de judíos devotos, sólo podemos estar seguros de una cosa: La Torá dada una vez en Sinaí continúa siendo recibida por Israel.

(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

Rabí Adín Even-Israel

Deje su comentario

Su email no se publica. Campos requeridos *

Top