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Extraído de Psicología y Kabalá, por el Rab Itzjak Ginzburgh

Los sabios enseñan que “la carga es de acuerdo al camello” [3] y “la recompensa es proporcional al dolor sufrido” [4]. En otras palabras, si la Divina providencia nos ubica en un contexto de vida que nos pone a prueba, esto no puede servir de excusa para rendirse o evadir la responsabilidad. Dios tiene Su propia manera de hacer balance, y cada uno de nosotros es juzgado de acuerdo a sus capacidades y recursos individuales. En lugar de decir: “Ya que mi vida nunca será como debería ser, no tiene sentido intentarlo”, uno debería decir: “Se me ofrece un desafío, veremos de que manera puedo sobreponerme a él y vivir mi vida”.

El egocentrismo y la fe en Dios son entonces mutuamente exclusivos. Cuando el egocentrismo se adueña de nuestra conciencia, nuestra fe manifiesta en Dios puede ser nada más que un medio psicológico de tener alguien a quien culpar por todo lo que no está bien en nuestras vidas.

En contraste, la contemplación de “la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre” tiene el efecto opuesto: llegamos a considerar las desventuras que la Divina providencia nos ha dado como bienes secretos, ya que todo lo que proviene de Dios y todo lo que Dios hace es bueno, porque esa es Su naturaleza. Nuestros problemas siguen siendo culpa nuestra. Como señalan los sabios:

¿Has visto alguna vez una bestia salvaje o un pájaro con una profesión? Y sin embargo se sustentan sin ansiedad. Ellos fueron creados para servirme a mí, un mero ser humano, mientras que yo fui creado para servir a Dios. Con más razón debo yo buscar mi sustento sin ansiedad. [La razón por la que no lo hago] son mis malas acciones, con las que he estropeado mi sustento [5].

Esta comprensión desarraiga aún más al ego, junto con toda la gama de sus ansiedades. Cuando dejamos de sentir que nos merecemos algo, tener menos de lo que nos merecemos deja de preocuparnos. La contemplación detallada de la grandeza de Dios nos lleva a comprender que todo el bien que Dios nos otorga es totalmente inmerecido.

Nuestra respuesta a la inmerecida gracia Divina no puede ser sino ilimitada felicidad y apreciación constante. Mientras que las personas consideran insuficiente el bien de sus vidas y nunca están satisfechas con lo que tienen, la gente humilde considera que el bien en sus vidas está muy por encima de lo que merecen. Están siempre “contentos con la parte que les toca”[6] . Cuanto más humildes son, mas inmerecedores se consideran a sí mismos y más felices se sentirán con lo que Dios les da.

Cuando alguien preguntó al Rabí Dovber de Mezritch cómo es posible servir a Dios con alegría incluso cuando sufrimos, él lo envió a visitar a su discípulo, Rabí Zushia de Anipol[7] . Era sabido que Rabí Zushia se había empobrecido y estaba familiarizado con el sufrimiento. Sin embargo, cuando se le planteó la pregunta, Rabí Zushia respondió: “No sé por qué el rebe te ha enviado a mí, no he conocido sufrimiento en toda mi vida”.
En otra oportunidad le preguntaron a Rabí Zushia: “¿Cómo puedes recitar la bendición matutina ‘Bendito seas Dios, que has provisto todas mis necesidades’ cuando sabes que tus necesidades no han sido provistas?” El respondió: “Para mí la pobreza es una necesidad”.

Rabí Zushia era constantemente consciente de la omnipresencia e infinita bondad y misericordia de Dios mediante su examen de sí mismo. Su confianza en Dios le evitaba sentirse atrapado en sus problemas y caer en depresión o desesperación.
El día más santo del año judío es Iom Kipur, el día de arrepentimiento y perdón. En Iom Kipur, los judíos ayunan y pasan el día en la sinagoga rezando. En la liturgia especial de este día abundan las confesiones y pedidos de perdón. La intensidad de sentimiento aumenta a medida que avanza el día, llegando a su climax en el servicio de cierre, Neilá, literalmente “cerrar con cerrojo”, cuando las peticiones finales son presentadas antes que los portales del perdón sean cerrados.

Pero, como preguntó retóricamente una vez el anciano consejero jasídico, Rabí Mendel Futerfass [8]: ¿Debemos asumir que Dios desea que pasemos el día más santo del año concentrados en nuestros pecados? ¿Qué tipo de energía espiritual sería generada por una sala llena de gente concentrada en el pecado? Más bien, la intención es que nos concentremos en Dios, en Su infinita grandeza y Su infinita bondad y compasión hacia nosotros. La plegaria final no es llamada Neila porque los portales del perdón se cierran entonces, sino porque en ese momento hemos intensificado tanto nuestra relación con Dios y nos sentimos tan cercanos a El que cada uno de nosotros se experimenta a sí mismo solo con Dios, como si todos los demás estuvieran fuera de ese lugar, tras puertas cerradas.

¿Por qué entonces todas las confesiones y los pedidos de perdón? Porque, concluyó Rabí Futerfass, son la verdadera expresión de esta cercanía. Sólo cuando nos sentimos realmente cercanos a alguien significativo entendemos por cuantas cosas debemos pedir perdón.

Plegaria de corazón

Después de una intensiva contemplación de nuestras deficiencias, nos dirigimos a nuestro Creador en plegaria para mediar la brecha que nos separa de él. Clamando desde las profundidades de nuestro corazón, rogamos a Dios que nos acerque a El. Todo sentimiento de distancia de El genera el tema de otra plegaria, otro clamor dirigido hacia El [9]. Como aconseja el rey David: “Echa tu carga sobre Dios y El te sustentará” [10].

Este tipo de plegaria no surge de desesperación o depresión, sino de la desilusión que sentimos de nosotros mismos al acceder a un estado de humildad. Aunque, como lo dijimos anteriormente [11], ser conscientes de nuestra propia pequeñez en el contexto de la grandeza de Dios nos produce felicidad y confidencia, esta felicidad no nos ciega ante la necesidad de perfeccionarnos a nosotros mismos. Por lo contrario, cuanto más sentimos el interés de Dios en nuestras vidas, más nos vemos impulsados a vivir a la altura del potencial innato y no traicionar la imagen Divina en nosotros.

En otras palabras, aunque seamos felices, también sentimos tristeza, o como dijo Rabí Zalman de Liadi, “amargura” [12]. Esta amargura es una insatisfacción profunda y existencial con la vida, debida a nuestras propias deficiencias. Si estamos encolerizados, no estamos encolerizados con el mundo sino con nosotros mismos. “Amargura” es el término medio entre la resignación de aceptarnos a nosotros mismos (que nos absuelve de la necesidad de mejorarnos) y la depresión que proviene de desesperar al proponernos mejorar. No nos hemos dado por vencidos respecto a nosotros mismos, pero tampoco estamos satisfechos con nuestra manera de ser. Esta es la “amargura” que nos motiva a rezar.

Para el judaísmo es evidente que cuando nos abruman los problemas, incluyendo la ansiedad respecto a las dificultades de la vida, debemos buscar a Dios para que nos ayude a resolverlos. La fe en la omnipotencia y misericordia de Dios implica que El puede proveer y proveerá la solución más segura. Sea por intermedio de las palabras inspiradoras de un salmo o del libro de plegarias, o verbalizando los deseos de nuestro corazón, siempre buscamos la intervención benevolente de Dios[|3] .

Nunca debemos caer en la trampa de pensar que siendo Dios compasivo por naturaleza, no es necesario que oremos, o que si Dios nos hace sufrir pese a Su compasión, debe ser por nuestro bien. Aunque es necesariamente cierto que Dios es compasivo y todo lo que El hace es por nuestro bien, El también desea que nosotros reconozcamos nuestra impotencia ante El y tengamos conciencia que podemos y debemos dirigirnos a El por todo. Incluso si nuestro sufrimiento es una expiación por haber actuado mal o una rectificación de una encarnación previa, la sentencia siempre puede ser cambiada mediante una plegaria de corazón.

Los sabios enseñan [14] que la razón por la que los patriarcas y las matriarcas no tuvieron hijos por tanto tiempo era para que sintieran la inspiración de rogar a Dios al respecto. Su necesidad los llevó a verter sus corazones ante Dios y de esa manera trabar una relación con El.

Una fría noche de invierno, el Baal Shem Tov y su grupo visitaron de incógnito a cierto judío pobre.
El campesino estaba sumamente contento de cumplir con el mandamiento de hospitalidad y dio una cálida bienvenida a sus huéspedes. Corrió al bosque a cortar leña para servirles una bebida caliente, se apresuró al pueblo a comprar leche para su te, les dio las sábanas y almohadas de la familia para que durmieran sobre ellas y les sirvió la mejor comida que podía permitirse. Pero el Baal Shem Tov y sus discípulos se quedaron cinco días hasta que el campesino tuvo que vender casi todo lo que tenía para satisfacer las necesidades y demandas de sus huéspedes.

Todo el tiempo el campesino se sentía agradecido por la oportunidad de ser anfitrión de sus visitantes. Pero eso no cambió el hecho que si antes que sus visitantes llegaron era pobre, cuando estos se fueron quedó sumido en la indigencia total. Cuando sus hijos lloraban de hambre, él le preguntó a Dios por qué lo había bendecido con la oportunidad de recibir huéspedes y después lo había dejado sin medios para mantener a su familia.

En ese mismo momento, un no judío golpeó en la puerta del campesino y le pidió una bebida. Este no judío eventualmente involucró al campesino en determinados negocios que lo hicieron rico.

Un tiempo después, el campesino rico hizo una visita al Baal Shem Tov. El Baal Shem Tov le dijo: “Vi que había sido decretado en el cielo que te harías rico, pero que la riqueza no podía llegar porque no la habías pedido. Te conformabas con tan poco. De modo que tenía que vaciarte de todo para que rogaras y pidieras la abundancia que era tuya por derecho [15].

Al invocar la compasión de Dios en la plegaria, admitimos que ciertas cosas en la vida son demasiado grandes para nosotros y que no tenemos las llaves para nuestra salvación. Al hacerlo, finalmente neutralizamos al ego y cuando el ego está neutralizado sus ansiedades se neutralizan con él.

La plegaria humilde y de corazón a Dios, nuestra conversación privada con nuestro Creador, es la etapa de endulzamiento de la sumisión ante Dios. Habiendo abandonado nuestras delusiones de autosuficiencia, podemos conocer la dulzura de la presencia, la compasión y el apoyo de Dios.

Como veremos, el simple acto de articulación de nuestros problemas ayuda al proceso de curación y solución. Más aún, nuestra confianza en la bondad y compasión de Dios nos asegura que nuestras plegarias serán rápidamente respondidas.

Esta seguridad se refleja en la liturgia. La parte central de la plegaria silenciosa – Amidá – es una serie de demandas de satisfacción de las necesidades espirituales y materiales, cada pedido seguido por una bendición alabando a Dios por haberlos provisto. Siendo que la ley judía prohíbe enunciar bendiciones en vano, esta estructura litúrgica implica que Dios está dispuesto a concedernos nuestros pedidos siempre que rezamos sinceramente pidiendo que lo haga. Si nos parece que todas nuestras plegarias no son concedidas inmediatamente, es porque nuevamente hemos caído en nuestros viejos hábitos egoístas y hemos bloqueado los canales de la Divina beneficencia antes que la respuesta de Dios tuviera oportunidad de materializarse [16].

3-Kala Rabati 2:13, Ketubot 67a, etc.
4-Avot 5:21.
5-Kidushin 82a.
6-Avot 4:1.
7-Rabí Zushia de Anipol (¿-1800), fue un dirigente jasídico temprano.
8-Rabí Mendel Futerfass (1906-1995) fue discípulo del sexto y el séptimo Rabí de Lubavitch. Fue encarcelado en la Unión Soviética a causa de sus esfuerzos por promover la educación judía y más tarde residió en Inglaterra e Israel, donde sirvió hasta su muerte como anciano consejero y mentor en la Ieshiva central de Jabad.
9-Como lo enseñó Rabí Najman de Breslav.
10-Salmos 55:23.
11-Pag.
12-Tania, cap.31. La paradoja de la capacidad del judío de experimentar tanto felicidad como “amargura” simultáneamente se plantea en las primeras líneas del Tania y es resuelta en los capítulos 26-34.
13-Como lo explicaremos más adelante, volcar nuestro corazón en privado y verbalmente ante Dios, nuestro amante Padre, es el núcleo explícito de la dirección jasídica propuesta por Rabí Najman de Breslav.
Esta práctica se expresa emotivamente en dos versículos de la Biblia: “Oración del doliente, cuando angustiado vierte su lamento ante Dios” (Salmos 102:1); “Vierte como agua tu corazón ante Dios” (Lamentaciones 2:19). Este segundo versículo alude a la etapa de “endulzamiento dentro de sumisión”, porque las aguas amargas del amargo estado psicológico en el que uno está sumido se endulzan al verterlas, con fe, ante Dios. La única aparición de la raiz “endulzar” en los Cinco Libros de Moisés es cuando Moisés endulzó las aguas amargas (Exodo 15:25).
14-Ievamot 64.
15-La historia completa se encuentra en Me’orot HaGdolim, citada en Kol Sipurei Baal Shem Tov 18:5.
16-Igueret HaTeshuvá, cap.11 (100a).

Itzjak Ginzburgh

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