Profundizando
1. Perspectiva del Amor desde la Torá
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
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Sobre la ambición y el deseo

 

(Selección extraída del libro “En busca de la verdad”, por Rab Dessler,  © Jerusalem de México)

Todo mundo admira a la persona ambiciosa y la gente hace lo posible para que sus hijos estén llenos de ambición y empuje. Se ha dicho incluso que la ambición es la vida misma. ¿Es esto correcto?
La ambición es hambre. Una persona hambrienta anhela alimento y una persona ambiciosa anhela los objetos de su ambición. Es un gran error pensar que la ambición es la vida. El hambre no es vida, es tan sólo el estímulo que el Todopoderoso ha implantado en sus criaturas para recordarles que hagan lo necesario para mantenerse vivas. En forma análoga, todas las ambiciones de nuestro corazón, para bien o para mal.
Si echamos una ojeada al reino animal vemos que los animales hambrientos comen hasta que están satisfechos y no vuelven a comer de nuevo sino hasta que están hambrientos una vez más. El cerdo es tal vez una excepción, pues como todo el tiempo y en apariencia nunca está satisfecho. El ser humano sufre de una enfermedad similar. “El que ama el dinero nunca tendrá suficiente dinero”. Está eternamente hambriento y no es tan sólo el hambre de más dinero lo que lo domina todo el tiempo, lo mismo sucede con todos sus deseos y ambiciones físicas: mientras más trata de satisfacerlos, más intensa se vuelve el hambre. “Si uno lo satisface, está hambriento”, dicen los Rabís de una forma de deseo físico.

Si reflexionamos notaremos la forma en que Hashem se apiadó del cerdo y le proporcionó suministros proporcionales a su apetito, y su alimento está disponible en todos lados puesto que come los desechos de otras criaturas. Y si queréis podéis ver en esto un ejemplo de las maravillas de la creación de D-os: el hambre constante del cerdo es una forma de limpiar al mundo de desechos sobrantes. De hecho, el cerdo no sufre dé dolor alguno a causa del hambre; por el contrario, puesto que siempre puede saciarla, lleva una vida de continuo placer.
Más éste no es el caso del hombre que tiene hambre de aquello a lo que lo impulsa su yetzer; lo que anhela está más allá de su alcance y debe luchar fieramente v con eran esfuerzo para alcanzar incluso una pequeña parte de lo que anhela, e incluso si vive muchos años no logrará ni la mitad de ello, como dicen nuestros Rabís: “Ningún hombre deja este mundo con mitad de sus deseos satisfechos”.
La situación es más seria que eso, ya que una persona no sólo tiene hambre por lo que en verdad necesita en un momento dado, anhela también lo que cree que necesitará en el futuro, y su hambre se incremento por su preocupación acerca de lo que puede suceder dentro de muchos años, dentro de tantos años que a decir verdad es poco probable que aún esté en este mundo. Su hambre se extiende también a las necesidades reales o imaginadas de sus hijos y nietos. Todas estas hambres acumuladas lo empujan a dedicar años de duro trabajo para anticiparse a todas estas eventualidades, sin olvidar las preocupaciones que lo asedian en torno a la posibilidad de robo, de quiebra y de pérdida de todo lo qué tiene. Desde luego que mientras más riqueza acumule y más trate de asegurarse contra el futuro. más se incrementan sus preocupaciones y más crece su hambre hasta que se vuelve intolerable.
Esta ansia de prepararse para el futuro le estorba en su camino e impide que haga uso de lo que tiene para las necesidades del momento. De modo que aún si fuese posible que satisficiese sus necesidades inmediatas, por lo menos en parte, estos otros impulsos le niegan esta satisfacción. Su vida no es más que una terrible hambre hacia todas direcciones, hasta que muere agotado y aún hambriento.

Nota del autor

El lector puede muy bien preguntarse ¿por qué es que el ambicioso nunca obtiene satisfacción aún cuando consigue lo que anhelado?
Lo que está oculto aquí tiene un significado profundo y notable.
Podemos ver que la ambición es el impulso de atraer hacia uno mismo lo que está en el exterior; en ello difiere de un impulso fisiológico como el hambre, que es simplemente la percepción de la necesidad de llenar el estómago, lo que es a todas luces una meta definida y limitada. Por otro lado, el que por su mala fortuna cae en manos de la ambición por el dinero o de algún otro anhelo material, no necesita ninguna cosa conocida o definida, está gobernado por un impulso nuevo y artificial para extender sus dominios, para obtener lo que está fuera de sí mismo sólo porque está fuera de sí mismo:no desea el objcto en cuestión en virtud de un valor intrínseco que pudiese poseer, sino simplemente porque es percibido como algo que está más allá de su alcance.
Se concluye -y ésta es la mejor indicación de la verdad de nuestro análisis- que tan pronto obtiene el objeto de su deseo éste ya pierde interés para él, ya no tiene el poder de satisfacer su deseo; pero cuando la persona observa que su ambición no queda satisfecha, interpreta mal esto y se imagina que puede satisfacer su hambre obteniendo otras cosas, cosas que están aún más allá de su alcance. Por lo tanto transfiere su ambición a ellas. (Es bien sabido que la gente rica generalmente desea dinero y esté dispuesta a sacrificarse por él, mas que la mayor parte de la gente pobre, tal como dicen nuestros Rabís “Aquél que tiene cien quiere doscientos; el que tiene doscientos quiere cuatrocientos”) Es inútil decir que, de nuevo, se verá desilusionado.
La persona que está en manos del deseo no sabe que impulsa a su deseo el hecho de que el objeto anhelado sea temporalmente inalcanzable y que si tan sólo pudiese obtenerlo sin grandes dificultades, perdería todo su atractivo. El está convencido de que su felicidad depende de alcanzar ese objeto particular y que si tan sólo alcanzase esta meta sería feliz para siempre. Si sólo se diese cuenta de lo equivocado que estaba en esto, cesaría pronto su cacería.

Hemos así descubierto la razón por la que el ambicioso nunca puede sentirse satisfecho: es que persigue una meta ilusoria y por lo tanto nunca puede obtener verdaderos resultados.
Este fenómeno es lo bastante asombroso como para intrigar al hombre más sabio. ¿Cómo es que una persona no aprende de la experiencia? Siempre anda en pos de fines materiales y siempre pasa por la desilusión de que no le dan placer cuando los alcanza. ¿Por qué finalmente no cesa en su inútil búsqueda? Si ya se dio cuenta de la vano de sus primeros intentos ¿por qué no se percata que sus nuevos esfuerzos no tendran más éxito? ¿Dónde está el famoso intelecto de que se enorgullece tanto la raza humana?
El más sabio de todos los hombres hizo referencia a este hecho notable en sus famosas palabras:
Vanidad de vanidades, dijo el Kohelet: Vanidad de vanidades, todo es vanidad.
La vanidad es el deseo de las glorias de este mundo; lo que está fuera de una persona no puede tener un valor real para ella. Las “vanidades” son aquellas ocasiones cuando cree haber obtenido lo que desea su corazón, para encontrarse que no está realmente satisfecho. El que este proceso se repita una y otra vez es la más clara indicación de que “todo” -todo lo que pueda desear él en el futuro- es también vanidad.
Otra cosa que debemos observar es que el concepto de “poseer” propiedad, puede a menudo ser muy engañoso. [Mi propiedad no es tan mía en el mismo sentido que lo son mis brazos y mis piernas o mis pensamientos]. Nadie puede nunca “poseer” un objeto exterior en forma tal que se una a él y sea parte de él, como su cuerpo, ya no se diga su alma.
El concepto de la posesión debe ser definido en forma operacional y significa simplemente que ciertos objetos serán utilizados por la persona X y que no serán tomados por otra persona sin su permiso. No encaja que una persona desee unirse a aquello a lo que no es posible atarse; su deseo nunca puede ser satisfecho y tan solo quedará adolorido. Feliz es la persona que desea incrementar las adquisiciones de su yo verdadero, de su alma: nada puede evitar que llene su deseo y no existe fuerza en este mundo que pueda privarlo de tales adquisiciones; se siente feliz en este mundo y en el próximo

Rabí Eliyahu Dessler

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