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Sobre el Propósito de las Mitzvot
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Sobre el Propósito de las Mitzvot

En la condición del hombre en este mundo se distinguen dos realidades: la constitución de la personalidad humana, sus elementos y estructura, y el medio ambiente el cual está situado, con todo lo que ello implica.

Con respecto al hombre mismo, ya mencionamos que es un compuesto en el cual se plasmaron dos opuestos, el cuerpo y el alma. No obstante, observamos concretamente que la materialidad es lo dominante y su influencia en él es muy decisiva.

Así, cuando un hombre nace es mayormente físico, y los factores intelectuales no se presentan sino en medida mínima es debido a su crecimiento que el intelecto se desarrolla y fortalece, en cada uno de acuerdo a su naturaleza. Aunque el hombre madure de todas maneras no cesa la materialidad de dominarlo y de inclinarlo hacia sí.

No obstante, si desarrolla su sabiduría y la introduce en si mismo esforzándose en su metodología, si se esfuerza en subyugar a su naturaleza, manteniendo sus deseos firmemente controlados, y opera de modo tal de proseguir el sistema del intelecto, logrará sobreponerse a la materialidad.

Sin embargo, el núcleo de estos conceptos que estudiamos, es que en la existencia misma de la materia se encuentra naturalmente la opacidad y obscuridad, siendo realmente un fenómeno extremadamente alejado y opuesto a la verdadera realidad que existe para quienes se acercan a Dios y quienes se apegan a Su santidad. El alma misma a pesar de ser en sí es pura y elevada, al entrar en el cuerpo material y entrelazarse con él se halla desterrada y alejada de su naturaleza esencial en una realidad opuesta, y se halla sometida a ello bajo una fuerza imperiosa, no pudiendo salir de él a menos que ejerza una fuerza superior a la fuerza que la somete. Mas siendo que decretó Dios que esta composición del cuerpo del hombre y su alma no se separe nunca, pues la separación de la muerte no es sino una situación temporal hasta la resurrección de los muertos, (ya que después de ello necesita regresar al cuerpo, perdurando juntos por toda la eternidad), es obligatorio que el alma se esfuerce y fortalezca, y avance debilitando la fuerza de la obscuridad y de la materialidad, hasta que quede el cuerpo sin obscuridad; pudiendo entonces este elevarse junto con ella e iluminarse en la luz suprema, en reciprocidad por haber estado debilitada y rebajada con él al principio.

El hombre en este mundo se halla en una situación tal que la materialidad domina sobre él, como dijimos, y siendo la materia opaca y obscura se halla el hombre en gran obscuridad y en extremo alejado de lo que le convendría; el apegarse a Dios. Y en consecuencia de ello es necesario que enfoque su esfuerzo a fortalecer su alma frente a la fuerza de su materialidad, y a mejorar su condición elevándose a sí mismo hasta la elevación que le corresponde.

Y el medio ambiente dentro del cual se halla es también material y obscuro, y todos los elementos que ahí se encuentran son materiales, y la ocupación del hombre en tal mundo no puede ser sino material y físico, ya que tal es su circunstancia; así la constitución de la personalidad humana y la estructura de sus sistema lo obligan a tal actividad, pues le son indispensables el comer y el beber y el resto de las funciones materiales, así como la riqueza y las propiedades, para que pueda satisfacer todas sus necesidades.

Es así que ya sea debido al cuerpo humano, o a su medio ambiente, o a sus actividades, él se halla influenciado por la materialidad e inmerso en su obscuridad; y gran trabajo y poderoso esfuerzo le son necesarios para elevarse hacia una condición más pura, pues está influenciado naturalmente por tales realidades materiales.

Sin embargo, la profunda planificación de la Sabiduría divina determinó estructurar este sistema de tal manera que a pesar de que el hombre esté necesariamente inmerso en la materialidad, como ya mencionamos, pueda a partir de misma materialidad y de los procesos físicos alcanzar la perfección y la elevación hacia la purificación y lo óptimo, siendo paradójico que su degradación se convierta en su engrandecimiento y a partir de ahí adquiera magnificencia y honor sin par, al transformar la obscuridad en luz, y las espesas tinieblas en brillo resplandeciente.

Así el Creador estipuló límites y sistemas al hombre, con respecto a la utilización que éste hiciese del mundo y de los demás seres creados, junto con la intención que poseyese con respecto a ellos cuando los utilizase, de tal manera que con tales límites, sistemas e intención que le ordenó el Creador, realice el hombre el proceso corpóreo y físico correspondiente, alcanzando la perfección. De tal modo se afianza en el ser humano la existencia de la perfección y la optimación, superando su condición inferior siendo preeminente sobre ella.

En consecuencia, supervisó la Sabiduría suprema sobre todas las categorías de las deficiencias intrínsecas a la naturaleza del hombre y sobre la globalidad de la optimación y la valorización necesarias a él para el propósito de apegarse a Dios y de disfrutar de Su bondad. Por lo tanto, dispuso sistemas y fijó límites para que si el hombre los sigue se fortalezca en si todo lo que es necesario para la optimación fundamental que mencionamos, y para que desaparezca del ser humano todo lo que constituya un alejamiento del apego a Dios.

Si no hubiese sido emitido el decreto de que el hombre muera, como ya mencionamos, a través de tal proceso el alma se fortalecería, y la obscuridad del cuerpo se debilitaría, de tal manera que se purificaría a través de ella en forma total, y se elevaría ambos apegándose a Dios. Mas debido a que fue emitido el decreto, no es posible que este proceso se realice de una sola vez; no obstante, el alma en si misma se fortalece y el cuerpo se purifica en potencia, a pesar de que no lo hace en acto, haciendo adquirir al hombre la condición de una perfección en potencia, que posteriormente se expresará en acto en el periodo propicio.

Así pues, tal sistema y tales límites son el conjunto de los preceptos, afirmativos y prohibitivos, que cada uno de las cuales posee la finalidad de hacer adquirir al hombre y constituir en él uno de los grados de optimación vitales que mencionamos, y de alejar de él las realidades de obscuridad y de deficiencia; a través de la realización de preceptos afirmativos o evitando hacer los preceptos prohibitivos.

Siendo así que el hecho mismo de los preceptos, así como cada uno de sus detalles, están fundamentados en la esencia de la existencia y de la naturaleza humana global, y en las características de las realidades de perfección necesarias; y cada elemento según las condiciones y límites necesarios para perfeccionarlo De tal manera que la sabiduría suprema, conociendo todo ello realmente, tanto las naturalezas específicas de los seres creados como sus funciones, según la estructura original, previó todo ello e incluyó todo lo necesario en los preceptos que nos ordenó en Su Torá, tal como está escrito:

“Y nos ordenó HaShem hacer todos estos decretos… para nuestro bien…”(Devarim 6:24).

De tal modo el propósito del servicio divino consiste en que el hombre se dirija siempre a su Creador, y que esté totalmente consciente que no fue creado sino para apegarse a Dios, y que no fue ubicado en este mundo sino para controlar sus impulsos y para constituirse como servidor del Creador a través de las facultades de su intelecto. Por ende debe oponerse a los deseos de la materialidad y a las inclinaciones personales, procurando que todas sus conductas tiendan a alcanzar tal fin no desviándose de él.

El comportamiento humano se divide en dos categorías: por un lado, todo aquello que el ser humano realiza porque fue ordenado a efectuarlo, y por otro lo que hace debido a que le es imperativo o necesario.

Es decir, la primera categoría consiste en el cumplimiento de los preceptos, y la segunda en el conjunto de los procesos que el hombre realiza en el mundo para satisfacer sus necesidades.

El objetivo del cumplimiento de los preceptos es evidente que constituye el implementar los mandamientos del Creador y hacer Su voluntad. Es decir, el hombre cumple con la voluntad divina de dos maneras relacionadas entre si primero que todo cumple con Su voluntad en el hecho mismo de obedecerlo, y segundo en tal proceso se perfecciona en uno de los grados de perfección que son el resultado de tal precepto, como ya lo indicamos; siendo ello mismo también la concretización de Su voluntad, ya que Dios desea que el hombre se perfeccione y alcance a disfrutar de Su bondad.

En consecuencia, cuando el hombre hace usufructo del medio ambiente para su necesidad implica primero que esté delimitado por el límite de la voluntad divina, no habiendo ningún factor que prive o prohiba Dios, y no presentándose sino lo propicio para la salud y el perdurar de su vitalidad en el mejor sentido, no de acuerdo a sus impulsos físicos ni a sus deseos por los excesos. La motivación del hombre en el mantenimiento de su cuerpo debe consistir en que el alma sea capaz de utilizarlo para el servicio a su Creador, de tal manera que no tenga impedimento debido a su falta de preparación o a su debilidad.

Y cuando el hombre usufructúa el mundo de esta manera, tal utilización en sí misma acarrea la perfección, como lo indicamos; y adquiere con ello verdadera optimación al igual que lo adquiere con la realización de todos los preceptos. Pues esto también es para nosotros un precepto: cuidar nuestros cuerpos con cuidado apropiado para que podamos servir con él a nuestro Creador, y para que utilicemos el mundo con tal intención y con tal objetivo de acuerdo a nuestras necesidades. De tal manera nos elevamos a través de tal proceso, y además el mundo se eleva igualmente, siendo una ayuda para el hombre para que sirva a Su creador.

Ciertamente, el factor de todas las condiciones humanas, de su obscuridad y su luminosidad, es la iluminación o ausencia de la presencia divina con respecto al ser humano, como ya indicamos. Cuando algo es iluminado por la presencia divina, se incrementa la purificación y la perfección, en quien alcance tal iluminación, de acuerdo a la medida de esta presencia así es la medida de la perfección y de la pureza que se derivan de ella; y lo contrario se deriva de la ausencia de tal realidad.

Sin embargo, Dios irradia siempre a quien se acerque a El, y no existe en lo absoluto de Su parte abstención de Su bien, sino quien no se acerque a El carecerá de Su iluminación, y el obstáculo estará en el receptor, y no de parte de Dios.

Y así, decretó la sabiduría suprema que quién concrete las realidades que ordenó, es decir, el conjunto de todos los preceptos, como ya mencionamos, a través de cualquiera que realice, se acercará a uno de los niveles de cercanía con Dios y alcanzará uno de los niveles de la iluminación de Su presencia. Según sea el acercamiento a Dios se introduce un nivel de la perfección, que es un resultado de un nivel de tal iluminación.

Ocurre lo contrario con respecto a los pecados; cualquier acto en el que el hombre comete un pecado Dios no lo quiera!, lo aleja realmente de la Divinidad, y se le adhiere por lo mismo dimensiones de deficiencia, que es resultado de tal nivel de ausencia.

En consecuencia, tenemos a partir de todo lo precedente que la intención decisiva en cada precepto es tender hacia Dios, acercarnos a El e iluminarnos en la luz de Su presencia, y en evitar las transgresiones, el librarse del alejamiento de Dios.

Tal es el objetivo fundamental de los preceptos. Mas tales realidades en sus detalles implican gran profundidad, de acuerdo a los detalles de las realidades del hombre y de la creación, como mencionamos. Y hablaremos de algunos de ellos en un capítulo separado, Dios mediante.

Rabbi Moshe Jáim Luzzatto

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