Analizándose
Mishná 12
Pirke Avot
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Segundo comentario

Hilel y Shamai recibieron la tradición de ellos ( de Shemaiá y Avtalión). Hilel dijo: Sé uno de los discípulos de Aarón, ama la paz y procúrala, ama a los hombres y acércalos a la Torá.

La Misión de Aharón

«Procura ser como los discípulos de Aharón». En efecto, la Toráh nos dice de éste último que: «La verdad estaba en su boca; nunca salió mentira de sus labios. Iba por el camino de la paz y de la integridad y apartó a mucha gente del pecado» (Malají 2:6).

Dios escogió a los sacerdotes confiándoles la misión de bendecir al Pueblo y hacerle partícipe de la armonía Divina y así como la paz es el receptáculo de la bendición, del mismo modo el primer Sumo Sacerdote de Israel era la encarnación de la paz y del esfuerzo por conseguirla.

Los Avót de Rabí Natán nos muestran cuánta era la preocupación de Aharón por la concordia. Tan pronto se enteraba de que habían reñido dos personas, iba a ver a una de ellas y le decía que su contrincante sentía mucho haberla ofendido y perjudicado. Y se quedaba hablando hasta que conseguía extirpar del corazón de su interlocutor la espina del odio y convencerle de que se reconciliara con su enemigo. Luego hacía otro tanto con éste hasta lograr que los dos llegasen a ser buenos amigos. De la misma manera, cuando corría la voz de que un matrimonio se llevaba mal, el Sumo Sacerdote se acercaba al lugar donde vivía y convencía a los esposos de que se mostrasen indulgentes, cediéndose y perdonándose el uno al otro. ¿Quien hubiera podido resistir a tan dulces palabras? Gracias a ellas, más de una pareja disfrutó de una felicidad duradera, y volvió la paz a los hogares donde se la había turbado. Por eso está escrito que, al morir el Sumo Sacerdote: «Lloraron a Aharón durante treinta días, todos los del Pueblo de Israel», quiere decir hombres y mujeres (Núm. 20:29), mientras que a propósito de Moshé está escrito: «Y los hijos de Israel le lloraron en las llanuras de Moáv, durante treinta días» (Deut. 34:8), o sea los hombres y no las mujeres.

Sin embargo, Aharón no velaba sólo por la paz entre los hombres sino también por la paz entre Israel y su Dios: Trataba de preservarla y de restablecerla cuando estaba alterada. «y más de un pecador se enmendó gracias a él». En el mismo lugar – cuentan nuestros Sabios – que cuando Aharón se enteraba de que alguien había cometido un pecado, iba a verle, le saludaba cortésmente y charlaba amistosamente con él. Y cuando Aharón se marchaba, el pecador se decía a sí mismo: ¡Ay de mí, si este santo varón supiera lo que he hecho, seguro que no podría seguir hablándome en el mismo tono! Me consideraría indigno de su amabilidad. Y esta reflexión era lo bastante convincente para que rectificase su conducta.

Por eso nos dice Hillél: «Procura ser como los discípulos de Aharón «, aprende a amar la paz como la amó el primer Sumo Sacerdote de Israel. Como él, esfuérzate en alcanzarla cuando parece escapar, cuando más difícil resulta conseguirla. Y no te desanimes: acabarás por triunfar.

La Prueba de Amor

«Ama a los hombres y acércalos al estudio de la Toráh!» A esta exhortación, vamos a dedicarle un capítulo aparte: La mayor prueba de amor que podemos darle a alguien es acercarle a la Toráh, poniéndole así al amparo de la Majestad Divina. En el Tratado Shabbat 3la y en los Avót de Rabí Natán cap. 15, los Sabios nos cuentan de qué manera el mismo Hillél aplicaba este precepto: En cierta ocasión un pagano se presentó en casa de Shamái y le dijo que estaba dispuesto a convertirse al Judaísmo. «Respeto la Ley Escrita, añadió, pero no creo en la Ley Oral». Shamái se sobresaltó y en seguida le ordenó que se marchara. Entonces, el pagano fue a ver a Hillél y le hizo el mismo comentario.

Hijo mío, le preguntó el Sabio, ¿has aprendido ya a leer en hebreo? Y como el hombre le contestaba afirmativamente, Hillél le puso una Alef en la pizarra preguntándole ¿Conoces esta letra? -Por supuesto, es una Alef -No, contestó Hillél, es una Bet. Luego trazó una Bet y cuando el pagano le hubo dicho de que letra se trataba, Hillél objetó: No, es una Gímel. Pero el extranjero insistió en que las letras se llamaban como él había dicho ¡Ah! luego sabes que estas letras se llaman de determinada manera y no de otra; y dime ¿cómo estás tan seguro de ello? -¡Oh! repuso el pagano, porque me baso en una tradición universalmente admitida; nuestra generación la recibió de sus padres, estos la heredaron de sus antepasados, y así sucesivamente hasta los tiempos más remotos. -Pues bien: hijo mío, acuérdate bien de lo que tú mismo acabas de decir. De no ser por la tradición, las cosas más sencillas, las que consideramos como más seguras, se pondrían en tela de juicio. Sin tradición, no podríamos ni leer ni comprender la Ley Escrita, y la Ley Oral no es sino la explicación y la interpretación de la Palabra Escrita que procede de Dios. Esta demostración convenció totalmente al pagano: se circuncidó y se convirtió en un judío piadoso y temeroso de Dios. Resulta que otro pagano había oído decir que el Sumo Sacerdote llevaba unas vestiduras magnificas, adornadas con oro y piedras preciosas. Fue a ver a Shamái y le dijo: «Quiero convertirme al Judaísmo, pues me gustaría llegar a ser Sumo Sacerdote» Shamái se echó a reír y se limitó a contestarle: «Vete, estúpido!» Entonces este pagano, como el anterior, se llegó a la casa de Hillél y reiteró su petición. «Siéntate, hijo mío, le dijo Hillél, y escucha lo que voy a decirte. Si quisieras entrar al servicio del Rey y formar parte de la servidumbre más selecta de la Corte, deberías aprender primero cómo presentarte ante el soberano y la manera correcta de servirle. Ya que lo que ahora deseas es llegar a ser Sumo Sacerdote del Rey de todos los reyes, Santo y Bendito sea Su nombre, empieza pues por aprender como debe comportarse el Sumo Sacerdote, como entra en el Santuario, cómo se ocupa de las lámparas sagradas, cómo hace los sacrificios en el altar y como coloca los panes propiciatorios en la mesa de oro. El pagano se fue a aprender todo esto. Cuando halló el versículo que dice: «Y el extraño que se acercara, ha de morir» (Núm. 1:51) le preguntó a su maestro: «¿Quién es el extranjero que tiene prohibido acercarse al santuario bajo pena de muerte?» Su maestro le explicó que sólo los descendientes del primer Sumo Sacerdote Aharón tienen derecho a ofrecer los santos sacrificios y que el mismo David, Rey de Israel, está considerado como un extranjero al respecto. Entonces el pagano reflexionó: los hijos de Israel de quienes está escrito: Seréis para mí un Pueblo de sacerdotes, un Pueblo Santo (Exo. 19:6) son calificados de extranjeros en lo que se refiere al servicio del Santuario. ¿Cómo puedo yo atreverme a pretender la dignidad sacerdotal? consecuentemente, fue a ver a Hillél y le dijo: «Bendita sea tu dulzura, pues a ella le debo el conocimiento de la Toráh. Quiero llegar a ser un judío común y corriente, sin más. Admíteme en el seno de tu Pueblo y que Dios te bendiga». También este extranjero se convirtió en un judío piadoso y ferviente. Tuvo dos hijos a los que llamó respectivamente Hillél y Gamliél, en honor a los nietos del venerado príncipe [Hemos tratado aquí el relato de los Avót de Rabí Natán, dicho relato se aparta un poco de la versión del Tratado Shabbat 31a]. Otro pagano el tercero, fue a ver a Shamái y le dijo: «Me gustaría hacerme judío, pero será a condición de que me puedas enseñar toda la Toráh durante el tiempo que pueda permanecer parado sobre un solo pie Shamái le expulsó pegándole con la regla que llevaba en la mano. El pagano se llegó entonces a la casa de Hillél y le expuso Hillél le dijo; «Lo que no te gusta que te hagan, no se lo hagas a tu prójimo. Ahí tienes la esencia de la enseñanza Divina, lo demás no es mas que comentario, ve y aprende.» Los tres prosélitos se encontraron un poco más adelante y se contaron sus aventuras.

Los tres coincidieron en que: «La impetuosidad de Shamái les habría privado de lo que llenaría su vida de felicidad; la dulzura de Hillél les había conducido hasta las alas protectoras de la majestad de Dios».

 

Rabino Dr. M.Lehmann, Rab A. Amselem

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