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Se necesita lluvia

Una vez K-lal Israel estaba necesitada de lluvia. Los jajamím enviaron dos delegados a Aba Jilkiá (un nieto de Joní Hameaguel) para pedirle a él rezar por lluvia. Aba Jilkiá no estaba en casa, y ellos fueron al campo para buscarlo. Lo encontraron cavando la tierra. Lo saludaron, pero él se abstuvo de devolver o reconocer su saludo. Al fin del día, él alzó sus ropas de trabajo sobre un hombro y el atado de leña que había recogido sobre el otro, y caminó a casa.
Siguiéndolo, los jajamím advirtieron que caminaba descalzo. Cuando ellos vadearon con dificultad una corriente, sin embargo, él se puso sus zapatos. Al pasar espinas, se levantaría su vestidura, dejándola caer después. Ellos arribaron a su casa, y él fue recibido por su esposa, bellamente ataviada y adornada. El le ordenó a ella que entrara a la casa primero y luego la siguió.
Cuando la familia se sentó para cenar, no invitó a los jajamím a comer con él. Dividió el pan, entregando a su hijo mayor un pedazo, y a su hijo menor dos. Luego dijo quedamente a su esposa, “Yo sé que estos delegados vinieron para pedirme rezar por lluvia. ¡Vayamos y recemos ahora; quizá Hashem tendrá misericordia!” El y su esposa subieron al tejado. Aba Jilkiá rezó en una esquina y su esposa en otra. Después las nubes de lluvia aparecieron en el cielo, emergiendo del lado donde su esposa estaba parada.
Aba Jilkiá retornó a los delegados, y preguntó, “¿Quiénes sóis vosotros, y por qué habéis venido aquí?”
“Los Sabios nos enviaron para pedíros a vos rezar por lluvia,” ellos replicaron.
“Bendito es Hashem que ya ha enviado lluvia de modo que vosotros no necesitáis a Aba Jilkiá,” dijo.
“No es como vos decís,” ellos replicaron. “¡Sabemos que la lluvia fue enviada por causa vuestra! Mas por favor ¡explicádnos a nosotros vuestro extraño proceder! Primeramente, ¿por qué no devolvísteis nuestros saludos en el campo?”
“Soy un trabajador contratado,” replicó Aba Jilkiá. “¡No sería correcto de mí interrumpir mi labor a fin de saludáros!”
“¿Y por qué no pusísteis vuestras ropas de trabajo bajo vuestro atado de leña en vuestro camino a casa?” ellos preguntaron.
“Las ropas no eran mías. Las había pedido prestadas. Ellas me fueron prestadas para vestir, no para ponerlas bajo una carga. Por lo tanto las cargué sobre mi otro hombro,” él respondió.
“¿Por qué no usásteis vuestros zapatos sobre el camino sino os los pusísteis cuando pusísteis los pies dentro del agua?” ellos interrogaron.
“Yo tenía que usarlos en el agua para protegerme de ser picado por una rana o una culebra,” él explicó, “porque en el agua no podía ver sobre qué estaba pisando. En el camino, podía prescindir de mis zapatos.” (Aba Jilkiá, como visto a través de esta historia, era muy pobre y usaba sus zapatos sólo cuando era absolutamente necesario.)
“¿Y por qué alzásteis vuestra vestidura al caminar a través de las espinas?” inquirieron.
“Si las espinas arañaban mis piernas, ellas sanarían, mientras que un desgarro en el vestido no,” Aba Jilkiá les dijo a ellos.
“¿Y por qué vuestra esposa os dio la bienvenida en tal bello atuendo?” preguntaron.
“Para que yo no estuviese tentado de mirar a otra mujer.”
“¿Por qué le pedísteis a ella caminar delante vuestro antes que ir frente a ella, como hubiera sido correcto?” ellos demandaron.
“Nuestros Sabios nos aconsejaron a nosotros ser suspicaces de todo extraño. Dado que yo no os conozco, no quise que ella permaneciera detrás con vosotros,” dijo Aba Jilkiá.
“¿Por qué no ofrecísteis dejarnos participar de vuestra comida?” ellos interrogaron.
“Hubiera sido una oferta deshonesta. Yo no tenía suficiente, y no quería que vosotros os sintiérais obligados a mí como resultado de la oferta,” dijo.
“¿Cuál fue la razón por la que vos dísteis a vuestro hijo menor dos pedazos de pan mientras al mayor le dísteis sólo uno?” ellos continuaron preguntando.
“El hijo mayor está en casa de día y puede obtener comida cuandoquiera que él está hambriento. El menor está en el Beit Hakneset (casa de estudio),” él explicó.
“Nosotros también queremos saber,” preguntaron los jajamím, “¡por qué Hashem envió la nube de lluvia de la esquina de vuestra esposa antes que de la vuestra!”
“La tzedaká que mi esposa da es más grande que la mía,” explicó Aba Jilkiá. “Yo sólo doy a la gente pobre el dinero para comprar comida. Ella efectivamente la cocina para ellos. Por lo tanto, su mérito es más grande.”

(Extraído del Talmud)

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