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Rabí Shlomo, el león

Hace unos cien años vivió en Marruecos un anciano judío llamado Rabí Shlomó Bojbot.
Era muy justo y piadoso y tenía la costumbre de ayunar los lunes y jueves (días en los que se lee la Torá en los Baté Kenesiot) en la semanas “Shobabim” (semanas en las cuales se leen las Perashiot semanales de Shemot, Vaerá, Bo, Beshalaj, Itró y Mishpatim, es una época especial para el arrepentimiento y la penitencia.
Durante los días de ayuno, se sentaba y estudiaba Torá día y noche, Tanaj, Talmud y Zohar. Conducta semejante le otorgó un espíritu de santidad y pureza, adquiriendo renombre como persona santa y piadosa.

En esos días, la situación de los judíos en Marruecos era difícil. Todo nuevo rey o tirano gobernaba con crueldad sobre los judíos, con robos y saqueos a casas y negocios, llegando muchas veces, en estas ocasiones al asesinato. En la semana, en la cual se leía la Perashá Mishpatim, ayunó Rabí Shlomó de acuerdo a su vieja costumbre.
En el transcurso de la mañana del jueves, una nueva y gran rencilla se desató entre árabes y judíos. Los judíos emprendieron la fuga a las cavernas, que se encontraban en las afueras de la ciudad para ponerse a salvo, habiendo aquellos que prefirieron luchar por su vida con palos y piedras contra los árabes que los acechaban.

Rabí Shlomó, a pesar de estar debilitado por el ayuno, intentó ayudar a sus hermanos judíos, en la desesperada y desigual lucha.
Persiguiendo a un árabe que quiso saquear el negocio de un judío, elevó sus ojos y vio que tres árabes armados hasta los dientes se aproximaban.
Cuando sólo faltaba un instante para ser alcanzado, uno de los árabes tropezó con una piedra y sus compañeros debieron ayudarlo a levantarse. Rabí Shlomó aprovechó para huir a una cueva cercana.
Al intentar ingresar a la cueva fue sorprendido por un león, que obstruía la entrada con una pata levantada.
Sin temor, se allegó Rabí Shlomó y entendió su mensaje, una espina había ingresado en la pata del león.
Se apresuró Rabí Shlomó a aliviar el sufrimiento del animal y rápidamente recibió su recompensa. El felino se retiró a un costado para permitirle ingresar al interior y se estableció luego en la entrada de la caverna como
fiel centinela.
Rabí Shlomó se sentó en la caverna y empezó a recitar el Tehilim, que conocía de memoria.
En las primeras horas de la noche, se apaciguaron los ánimos en la ciudad y los judíos pudieron retornar a sus moradas.
Los parientes de Rabí Shlomó, al ver que no retornaba empezaron a temer que fue asesinado en el pogrom.
Después de una búsqueda infructuosa de varias horas, salieron de la ciudad en dirección a las cavernas y empezaron a rastrear una por una, quizás había sido asesinado por los crueles musulmanes y arrojado su cuerpo a una de las cuevas.
Empezaron a gritar con todas sus fuerzas: Rabí Shlomó, Rabí Shlomó… En un principio no hubo respuestas, más al acercarse a la cueva en la que Rabí Shlomó se hallaba, escucharon el eco que traía la voz del rabino.
Observaron de lejos temiendo acercarse a la cueva con el león en la entrada y volvieron a gritar “Rabí Shlomó, ¿dónde te encuentras?”.
Salió Rabí Shlomó de la cueva, luego que el león le hizo lugar, con un radiante semblante. En el camino contó a sus familiares lo sucedido y agradeció a Di-s por la maravillosa salvación.

Una gran fiesta, le fue organizada para festejar su salvación de los árabes y del león, en la que participaron todo los rabinos y personas importantes de la ciudad.
“Su misericordia en todos Sus actos”, clamaron los presentes.
Desde ese día agregaron a su nombre el cariñoso apodo: Rabí Shlomó Haarie (el león) en recuerdo al milagro del león.

Extraído de “Mi boca contará”

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.ar )

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