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¿Quién es rico?

Escribió Shelomó Hamelej: “¿Qué hay en la persona de todo su trabajo y de las ideas de su corazón, por las que tanto se esfuerza debajo del sol?” (Kohelet 2).
Rabí Shelomó Tuviana Z”L, uno de los grandes Jajamim (sabios) de la comunidad judía de Calcuta de hace un siglo, explicó este Pasuk (versiculo) de la siguiente manera:
¿Por qué está escrita la palabra “hay”, cuando era más indicado que se diga “tiene”? La respuesta es la siguiente: cuando una persona totalmente materialista abandone este mundo, nada le quedará de todas las riquezas que acumuló. Y en sus últimos momentos exclamará: “¡Ay!”, lamentándose por haberle dedicado tanto tiempo a los temas vanos, llegando al otro mundo con las manos vacías.
Se cuenta que había un hombre muy rico que trabajaba todo el día. En las noches, sus riquezas no lo dejaban dormir, y se la pasaba haciendo cuentas hasta el amanecer. Le servían la comida, pero no la tocaba. Cuando desfallecía de hambre, atacaba el plato como si fuese un pordiosero, y la comida estaba tan fría, que ni siquiera le gustaba, por lo que siempre dejaba la mitad de lo que le preparaban.
Así, se iba debilitando cada vez más, y su estado de ánimo decrecía a la par de su físico. De esa manera adquirió un mal genio que no le permitió tener amigos ni nadie que lo apreciara.
Una vez llegó a esa ciudad un Rab que recolectaba fondos para un Kolel (seminario rabínico) y le hablaron de ese hombre rico y toda su historia. Lejos de amilanarse, el Rab anunció:
“¡Iré con él y le pediré una donación para nuestro Kolel!”, lo que provocó la risa de unos y el asombro de otros.
El Rab llegó a la casa del hombre, se introdujo en ella, y lo encontró sentado en una mesa haciendo cuentas. El Rab se acomodó en otra de las sillas de la mesa, y comenzó a escribir, imitando al dueño de casa.
Pasó toda la noche, y cuando amaneció, el hombre levantó su vista y vio al Rab.
“¿Qué está haciendo usted aquí?”, le preguntó. “Estoy haciendo cuentas, al igual que usted”. “¿Ah, sí? ¿Y qué clase de cuentas?. “Estoy calculando quién tiene más dinero de los dos, entre usted y yo”.
“¿Y como sabe usted cuanto dinero tengo yo?”. El Rab se mantuvo en silencio, y el hombre volvió a preguntar:
“A ver, dígame: ¿Quién tiene más dinero de los dos?”.
“Usted tiene más dinero que yo. Tiene…” el Rab miró su papel y agregó, “…¡Diez pesos más que yo!”.
El hombre estalló en una fuerte carcajada.
“¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No me haga reír! ¿Ya ve como no sabe nada? ¿Cómo voy a tener yo sólo diez pesos más que usted?”.
“Según mis cálculos”, insistía el Rab, “usted es más rico que yo en diez pesos de diferencia?”.
“¡Ja! ¡Ja! ¿Y en qué se basan esos cálculos?”.
“Es muy sencillo: Cuando la persona abandona este mundo, sólo va cubierto con el “Tajrij” (la manta de lino con que se viste el cuerpo). Y la diferencia del precio entre el Tajrij de un pobre y el Tajrij de un rico, es de sólo diez pesos”.
El hombre bajó la cabeza, y el Rab aprovechó para seguir hablando.
“Mírate. Cualquiera diría que eres más pobre que los pobres que no quieres ayudar. Está bien que tengas dinero, pero disfruta de él. Si eres rico, tienes que descansar más y mejor que los que tienen que trabajar de sol a sol para conseguir su sustento. Si eres rico, deberías comer mejor. Si eres rico, domina tú a tu dinero, y no que el dinero te domine a ti. Si eres rico, tienes que estar contento y rodeado de gente que te quiera. Si eres rico, deberías tener más tiempo que otros para estudiar Torá y cumplir Mizvot. Y si eres rico, tienes la posibilidad de hacer lo que muchos quieren hacer y no pueden: Ayudar a los demás”.
Desde aquel día, el hombre cambió. Y su actitud de ayudar a los demás con sus donaciones, no sólo le aumentó su riqueza, sino que le hizo ganar algo mucho más importante: Se sintió rico de verdad.

(Gentileza Revista semanal Or Torah, Suscribirse en: ortorah@ciudad.com.a )

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