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¿P´yat?

Extraido de Jabad Magazine

Uno de los legendarios soldados del ejército de maestros y activistas del Rebe de Lubavitch, que mantuvo vivo el judaísmo en la Rusia Comunista durante los oscuros años de la represión fue Rabí Asher Sosonkin, quien pasó varios años en los campos de trabajo forzado por sus actividades “contrarrevolucionarias”.

En uno de esos campos, se hizo muy amigo de un judío de nombre Nájman Rozman. En su juventud, Nájman había abandonado la vida tradicional judía, para unirse al partido comunista. Sirvió en el Ejército Rojo, donde alcanzó un alto rango; pero debido a un negocio ilegal, fue arrestado y condenado a permanecer por un largo período en un campo de trabajo forzado en Siberia.

Rozman se acercó al jasid que le reavivaba memorias de su hogar y de la vida perdida. Con la ayuda y el aliento de Rabí Asher, comenzó a retornar a la observancia judía, bajo condiciones en las que, comer casher, evitar trabajar en Shabat o encontrar un momento para la Plegaria, significaban hambre, repetidos castigos y un peligro constante.

Un invierno, cuando Janucá se acercaba, Rabí Asher reveló su plan a Nájman: “Conseguiré unas latas vacías de comida- cuánto más pequeñas mejor- de forma que nos sea más fácil ocultarlas. Guardaremos la mitad de nuestra ración diaria de margarina durante las próximas dos semanas, y la usaremos como aceite. Podremos hacer mechas con las hilachas que cuelgan de nuestros abrigos. Cuando todos duerman, encenderemos la Menorá debajo de mi litera…”.
“¡De ninguna forma!- gritó Nájman Rozman- “Es Janucá, el festival de los milagros. Llevaremos a cabo la mitzvá de la manera en que debe hacerse. No usaremos una lata oxidada sacada de la basura, sino una verdadera Menorá. Y la encenderemos con auténtico aceite, en el lugar y momento apropiado. Poseo unos rublos que usaré para pagar a Igor, que trabaja en el taller metalúrgico; también hay gente que me debe favores en la cocina…”

Unos días antes de Janucá, Nájman mostró -triunfal- a Reb Asher la Menorá que había conseguido. Un poco rudimentaria, pero indiscutiblemente una Menorá “de verdad”, con ocho vasos para el aceite y un vasito preparado en otra altura para el Shamash (vela piloto). La primer noche de Janucá, colocó la Menorá en un banco, en la puerta de entrada que separaba el salón principal de su barraca. Llenó el vasito con aceite y juntos, ambos judíos, recitaron las bendiciones y encendieron la primer luminaria.

Esa noche, el encendido se llevó a cabo sin inconvenientes. Como si se tratara de una regla, los prisioneros del campo no se delataban unos a otros, y los hombres de esta barraca ya estaban acostumbrados a las prácticas religiosas de estos dos judíos.

La quinta noche de Janucá, justo en el momento en que Reb Asher y Nájman encendieron las cinco luminarias, un silencio se propagó por toda la barraca. Los prisioneros quedaron congelados en sus lugares, mientras sus ojos se dirigían a la puerta. Allí estaba parado un alto oficial del comando del campo.

Este tipo de sorpresas siempre infundía terror en el corazón de los presidiarios. Normalmente el oficial repartía severos castigos por delitos como el de poseer un cigarrillo oculto, o un pedazo seco de pan. “Pronto, arrójala a la nieve” sollozaban los reos. Pero el oficial ya se encontraba del otro lado de la puerta, y avanzaba directamente hacia los dos judíos que aún estaban parados al lado de la Menorá encendida.

El oficial observó durante un largo rato el candelabro. Entonces, se dirigió a Reb Asher.
“¿P’yat? (¿Cinco?)” preguntó.
“P’yat” respondió el jasid.
El oficial se dio vuelta y salió de la habitación, sin pronunciar una palabra.

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