Estudiando
8.Tetzavé
El Libro de Shemot (Exodo)
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Purificar el “yo”

Extraído de Mi alma está sedienta de Ti

Vestimentas sagradas

El rey David expresó: «…¿Quién es el hombre que desea la vida, que quiere muchos días en que vea el bien?, ¡Guarda tu lengua del mal y tus labios de pronunciar engaños! ¡Apártate del mal y obra el bien, busca la verdad y persíguela!…» (Tehilim 34:13-14) El versículo en sí utiliza una expresión no tan feliz: «…en que vea el bien…», el vocablo correcto sería: «el que haga el bien». Encerrado en dichas palabras, no pronunciadas al azar, se guarda una profunda intención, el piadoso rey David nos enseña la verdadera y auténtica forma de conducirnos en nuestra vida: ver cada acto de nuestro prójimo de una forma benevolente, todos poseemos defectos, lo importante es minimizarlos y enaltecer sus virtudes. El concepto de lashón hará aparece en nuestra perashá, más exactamente cómo expiar dicho pecado: «… Y éstas son las vestimentas que harás: un pectoral y un efod, un manto y una túnica, un turbante y un cinturón… para Aharón y sus hijos para que ejerzan el sacerdocio delante de mí…» (Shemot 28:4). El Talmud, en el tratado Erjin (folio 16a) afirma: «así como los korbanot -los sacrificios- sirven para purificar a la persona de sus yerros, así la ropa de los sacerdotes cumple esa misma función» y por eso éstas parshiot finales del libro Shemot que tratan de la construcción y el uso del Santuario, de los utensilios del recinto sagrado y de las vestimentas de los sacerdotes están relacionadas con el libro Vaikrá, el libro del servicio en el Tabernáculo, su paralelismo se da en concordancia de su finalidad.

«…Y harás el efod de oro, hilo azul celeste, púrpura y carmesí…» (Shemot 28:6).
El efod posee una excelsa propiedad: perdonar los pecados atenientes a la idolatría y como explica el Kli Iakar z»l: «su ubicación, sobre el corazón, resalta la dependencia sentimental para poder concretar ese perdón e insinúa que los pecados, específicamente en idolatría, dependen de la intención», la acción es el paso final. Uno puede cometer idolatría con el pensamiento, con el corazón y ése hecho termina siendo más difícil de subsanar ya que es un sentimiento a veces latente, pero permanece toda la vida. Quien acerca sacrificios sin intención, por una presión, su arrepentimiento es aceptado inmediatamente. La acción pasa, lo que perdura y se proyecta hacia un futuro es únicamente el hecho intelectual; entonces el mal pensamiento provoca un alejamiento al Creador mayor que su misma acción.

«…Y harás el pectoral del servicio al estilo del efod, de oro, hilo azul celeste, púrpura y carmesí…» (Shemot 28:15).
Tanto el Joshen como el efod poseen una misma esencia: su propiedad de perdonar. El Joshen absuelve los errores de los jueces, y se equipara al indultar el pecado de la idolatría ya que dichos yerros son productos del corazón, pues: «…los pensamientos de los justos son equidad…» (Mishlé 12:5) el sentimiento se plasma como si fuese una acción, así como dice el Talmud, en el tratado Sanhedrín (folio 76): «Un juez indigno se compara a quien planta un árbol al que se le hace idolatría».

«…Y harás el manto al efod, el meíl, todo de color azul celeste…» (Shemot 28:31).
El meíl influencia las esferas celestes borrando de raíz el pecado de lashón hará y como explica el Talmud, en el tratado Zebajim (folio 88b): «El celeste (del tzitzit) se asemeja al tono del mar y el tono del mar al color del cielo y éste, al color del Trono Celestial». Y esa comparación sirve para comprender la esencia del meíl, los colores no son iguales sino parecidos, por eso la necesidad de esta casi interminable enumeración, el celeste del mar no está cerca de la «tonalidad» del Trono Celestial, todo necesita una comparación, un trabajo intelectual, personal, pero aún así ¡su tono es «celeste»! Y también así como el efod y el joshen, la purificación con el meíl actúa en el plano del pensamiento, lashón hará recae incluso sin pronunciar palabras, esa idea está sintetizada en el remate de la túnica.

«…y harás sobre el ribete inferior granadas de color azul celeste, púrpura y carmesí con campanillas de oro en medio de ellos, todo en derredor, de manera que haya una campanilla de oro y una granada, una campanilla y una granada…» (Shemot 28:33-34).
Dejando de lado la ubicación de dichos componentes, Rashi z»l explica en su forma más simple: «uno al lado del otro», o como entiende el Ramban z»l: «uno dentro del otro, la campanilla por fuera y la granada por dentro» , y de esta última tesis se desprende una enseñanza sublime: dentro del silencio de la granada existe el pecado de lashón hará y su perdón. Dentro del inmutable silencio habita el pensamiento, tan tremendo como la campanilla que constituye lashón hará sin tapujos. Ambos pueden «cohabitar», como se desprende de la forma que propone el Ramban z»l, o «ir de la mano» como induce Rashi z»l. Pero ambas posturas expresan que las campanillas y las granadas están ubicadas en un mismo plano. La granada, aunque se oculte dentro de la campanilla igualmente es «culpable», el sonido de las campanillas (como afirma el Ramban z»l) es una advertencia para ambos tipos de lashón hará.

«…Y un cinturón harás…» (Shemot 28:39).
También el avnet, el cinturón, perdona los pensamientos del corazón, sus treinta y dos amot de largo (aproximadamente 18 metros) equivale numéricamente al término «lev» corazón, los «ajusta» permitiendo su perdón. Es el cinturón quien separa al corazón de los deseos corporales ubicados en la parte inferior del cuerpo humano.

«…Y harás una lámina de oro puro, y grabarás en ella: «santidad del Eterno…» (Shemot 28:36).
El uso del tzitz provoca perdón por parte del Todopoderoso de los yerros cometidos con relación a los pecados de relaciones prohibidas sabidas por todos, mientras que los mijnasaim, los pantalones de lino, como indica el versículo: «…Harás a ellos pantalones de lino…» (Shemot 28:42) sirven para perdonar las relaciones prohibidas no divulgadas.

«…Y tejerás un turbante de lino fino…» (Shemot 28:39).
Su finalidad es la de absolver el descaro tan peligroso equiparable incluso a las relaciones prohibidas. Esa relación fue expresada por el Talmud, en el tratado Sotá (folio 4b) al decir: «Toda persona que se comporta con soberbia y de forma desvergonzado al final, en dicho estado, tropezará con la mujer de su prójimo».

Por último el ketonet, la túnica de lino, como expresa el versículo: «…Tú bordarás una túnica de lino…» (Shemot 28:39) que absuelve la perversión provocada por el derramamiento de sangre.

El Talmud, en el tratado Sanhedrín (folio 83b) expresa: «El versículo dice: «…y serán sacerdotes por Ley eterna…» (Shemot 29:9), todo momento que ellos estén vestidos con sus ropas sacerdotales, sino no estarán cumpliendo con su oficio», pues, como dice el versículo: «…el sacerdote, que se viste espléndidamente…» (Ishaiá 61:10).
El meíl, que perdona el pecado de lashón hará, es la verdadera «solución». Hoy, por nuestras transgresiones, no poseemos el Santuario donde debiera posar la Presencia Divina, el sitio que permite que todos los pecados sean perdonados. La presencia de dicho recinto posibilitaba apreciar Su magnificencia e indirectamente ocasionaría que los pecados sean más difíciles de plasmar… ¿quién se atrevería a desobedecer las órdenes Divinas? Se palpaba que el Creador estaba allí. Si nuestros antepasados cayeron en algún yerro es porque el instinto del mal era más «fuerte» en ese entonces, ellos poseían el Santuario que los «ayudaba» a combatir con el instinto del mal, allí, al apreciar los milagros que sucedían en Yerushalaim gracias al Santuario, como consta en el Pirkei Avot (5:5) , y aún así… tropezaron.

El Rab Yejezkel Levinstein z»l expresa sobre esa situación de constante milagro vivida en Yerushalaim: «Esos diez milagros eran «los conocidos por todos» los que se proyectaban del interior del recinto Sagrado hacia el exterior, pero infinidad de sucesos que salían del parámetro de lo natural ocurrían allí, solamente que esos acontecimientos eran conocidos por los Cohanim -los sacerdotes-, ya que con esos diez milagros la persona podía reconocer la existencia del Creador, y que él está por sobre la naturaleza». Hoy, creyendo que: «a mí no me va a pasar» pues «soy invulnerable», sin el Santuario, sin la fragancia de la Presencia Divina ¿qué posibilidades tenemos? ¡cómo nos podemos auto engañar! ¡cómo podemos consolarnos!

Nuestra verdadera arma es cuidarnos en la forma de hablar, ello implica purificar nuestro «yo», el ser interno, provocando a largo o corto plazo un cambio en su persona incluso esa transformación afectaba su exterior, pues la fisonomía de la persona es el reflejo de sus sentimientos, como expresó el rey Shlomó: «…El corazón del sabio enseña a su boca y agrega saber a sus labios…» (Mishlé 16:23) y así llegar a la perfección , como fue dicho sobre el Rab Moshé Leib z»l de Sasov: «él tuvo una gran suerte que la Torá haya prohibido hablar lashón hará, pues si ella hubiese ordenado hablar mal del prójimo, aunque sea verdad, nunca hubiese podido hacerlo y transgrediría un mandato Divino».

Llegar a ser «un compañero querido y respetado», como expresa el Pirkei Avot (6:6) por sus virtudes, donde predomine el cuidado de nuestros modales y expresiones, ello constituye una tarea loable de parte nuestra para que nuestros dichos sean: «…palabras de dulzura como un panal de miel, suaves al alma y saludables a los huesos…» (Mishlé 16:24). Y sentirnos como expresa el profeta: «…con sumo gozo me regocijaré en el Señor, mi alma se alegrará con él, porque me ha hecho vestir ropas de salvación, me ha cubierto con un manto de justicia; como el novio, a la manera del sacerdote, que se viste espléndidamente; y como la novia que se engalana con sus joyas…» (Ishaiá 61:10), «Vestidos y joyas de santidad», «Vestidos y joyas de pureza».

Daniel Domb

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