Ascendiendo
Introduccion
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Principios generales II

(ir a primera entrega)

6. Estímulos exteriores – estímulos interiores

El hombre vive generalmente reaccionando ante estímulos exteriores:

¿Qué opinan de mí, qué poseo?, etc.

El egoísmo, la imagen superficial y lo perecedero absorben gran parte de las energías humanas.
La realidad material-sensorial acapara la existencia, haciendo que el hombre olvide su verdadera identidad y el objetivo de su existencia.
Cuando esto sucede, la conciencia comienza a recorrer un laberinto en torno a lo inmediato, a la apariencia, olvidando el hombre “quién es” y el porqué de su existencia. La vida se transforma en un permanente reaccionar ante lo superfluo, y así se crea una sociedad en la cual sus integrantes no se conocen a sí mismos y no conocen a su prójimo; ya que toda relación se basa en la imagen y en estímulos exteriores.
Los verdaderos objetivos quedan opacados y la fuerza interior se diluye, perdiendo el hombre la conciencia de su identidad y el propósito de su existencia.

7. El impulso interior

Las mitzvót -fundamento de la percepción judía de la realidad- nos brindan los medios para superar la dependencia que impone la realidad material-sensorial cuando se transforma en un fin en sí mismo.

El Shabat, por ejemplo, establece un entrenamiento espiritual semanal:

La mujer enciende las velas. Llega la Luz al hogar creando una pausa de toda actividad en pos del ámbito material y por lo tanto una distinción cualitativa dentro del tiempo. Cada individuo en forma personal, y la comunidad colectivamente a través de la tefilá (Concepto traducido generalmente como oración y plegaria, es la meditación judía por excelencia a través de la cual el hombre activa todo su ser y la realidad en dirección a su origen y el origen de todo lo creado: el Kadósh Barúj Hú.), los cánticos y la alegría, unen sus voluntades a la voluntad del Kadósh Barúj Hú (ver item 4). Cada familia se reune en su respectivo hogar, recibe generalmente huéspedes (lo cual incluye varias mitzvót), realizan el kidúsh, etc. Todo ello crea un espacio en el tiempo dentro del cual podemos des-cubrir un nuevo ámbito de la realidad: el altruismo.
Cada acto que me identifica con el Shabat, como cada una de las mitzvót, activa cuatro componentes básicos:

a) Concreto: La realización del acto en sí.

b) Emocional: El entusiasmo y la actitud positiva.

c) Mental: La intención conciente. El conocimiento de los diferentes mecanismos sensibles e inteligibles que son activados al realizar la mitzvá.

d) Espiritual: El altruismo que expande permanentemente la percepción de la realidad.

La realización del acto concreto (a) y la emoción positiva (b), sumadas a la comprensión superior (c), expanden la conciencia humana (d).
La experiencia del rito, en su índole interior, nos da acceso a una forma de conocimiento que fusiona (dvekút) al individuo con sus semejantes y con su máxima identidad: el Kadósh Barúj Hú.

Lo mental nos brinda cierta noción de la realidad pero también la limita. Por ello la experiencia y aprehensión interior de los símbolos y ritos, asociados al estudio conciente, nos ayudan a trascender las formas puramente intelectuales.
De ese modo el hombre comienza a percibir lo interior y a superar la vida basada tan sólo en estímulos exteriores.

Pero el comienzo, como todo comienzo, exige un desafío: el esfuerzo de superar las influencias del mundo material-sensorial, o sea, destruir los ídolos tal como lo hizo Abraham Avinu (ver item 2).
Quien vivió pendiente de estímulos exteriores deberá activar su voluntad para salir de la inercia y “cambiar el rumbo”. Ese es un momento muy importante, ya que aparece la oportunidad de comenzar a conocernos des-cubriendo quiénes realmente somos (consultar item 4) .

Cuando hacemos una pausa con respecto a la realidad material-sensorial creamos un espacio en el tiempo: Shabat.

La auténtica vida de Torá y mitzvót desarrolla la percepción de la realidad, no sólo en función de las necesidades propias sino también de las del semejante y la sociedad. Así logramos transformar el espacio que nos distancia de los hombres en un espacio de encuentro, donde nos asociamos desarrollando proyectos para el bien colectivo. De este modo, cada individuo logra reconocerse como parte inherente de una misma y única realidad infinita e indivisible.

8. Un sendero que trasciende las barreras del tiempo

La percepción de la realidad iniciada por Abraham Avinu tendrá continuidad a través de su descendencia, primero con su hijo Itzják y luego a través de su nieto Iaacóv. Varias generaciones después, cuando Moshé Rabeinu recibe y transmite la ley escrita y oral, la Torá, y el pueblo de Israel se consolida como nación, esta forma de pensamiento adquiere un carácter nacional y universal.

El Tanáj, la Mishná, el Talmud, la Kabalá, la Halajá, la Jasidút, el Musár, etc., sumados a las miles de explicaciones y comentarios que de estas fuentes surgieron, nos transmiten por miles de años una línea de pensamiento, una identidad, y principalmente una forma de vida basada en la unidad armónica de todos los aspectos de la realidad.

9. Del hombre al hombre, del hombre al Kadósh Barúj Hú

Dicha forma de aprehender la vida como un todo se traduce en el modo en el cual el judaísmo percibe la relación del hombre con su prójimo y la relación del hombre con la fuerza generadora y máxima identidad de toda la realidad.

En el judaísmo estos dos aspectos son complementarios y se refuerzan constantemente. Así el hombre tiene la posibilidad de desarrollarse en base a parámetros concretos y evaluar la realidad en todos los ámbitos en los cuales la vida se manifiesta.

Como fue explicado en el item 1 toda filosofía y/o forma de pensamiento desemboca finalmente en un modo de vida y, por lo tanto, en una escala de valores. Es por ello que la educación judía se concentra en el fortalecimiento de la voluntad altruista, ya que es justamente el egoísmo la fuente del mal. Pero, como lo hemos mencionado y desarrollaremos con más profundidad a lo largo del libro, ello debe ser realizado en base a principios universales-objetivos y no solamente de acuerdo a nuestro sentir momentáneo. Dichos principios, como vimos, son las mitzvót que transmite la Torá, puesto que a través del desafío constante de su aplicación nos enfrentamos concientemente con nuestros deseos evaluando objetivamente si nuestro comportamiento es altruista o egoísta.

Las mitzvót son los principios universales que rigen la armonía entre los hombres y los diversos planos de la realidad: material-sensorial, emocional, mental y espiritual. Como ya lo aclaramos son objetivas, de la misma forma en que lo son las leyes que controlan los fenómenos físicos que el hombre no inventa sino que des-cubre, ya que no dependen de lo que sentimos y pensamos, ni de nuestra intelectualización de la realidad.

Hacer hincapié en transformar el egoísmo en altruismo es el objetivo central de la educación judía, ya que el egoísmo nos hace perder objetividad al alejarnos de nuestra verdadera esencia.
De este modo el hombre educa su voluntad y aprende a identificar el bien y elegir por sí mismo.
Entonces logramos expandir y armonizar gradualmente nuestros limitados deseos con la voluntad del Kadósh Barúj Hú siendo ésta, en última instancia, nuestra verdadera y máxima aspiración e identidad.

Jaim Zukerwar

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