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Ponte de pie

Rabí Israel Abuhatzira – El BABA SALI

Rabí Israel Abuhatzira, conocido más como “Baba Sali”, nació en Tafillalt, Marruecos, en 1890, en el seno de una de las más ilustres familias de la judería local. Desde una tierna edad adquirió renombre como sabio, hacedor de milagros y experto cabalista. En 1964 se mudó a Eretz Israel.
Algún tiempo después escribió al Rebe de Lubavitch para pedirle su opinión acerca de si aceptar una invitación extendida a él por sus antiguos compatriotas para unírseles en América. El Rebe le aconsejó quedarse en la Tierra Santa, porque era allí donde su rebaño de muchos millares precisaba más su guía y orientación. Eventualmente, en 1970, se radicó en la ciudad sureña en desarrollo que él hizo famosa, Netivot. Su desaparición se produjo el 4 de Shvat, en 1984. Varias biografías se han escrito sobre él desde entonces.

¡Ponte de Pie!

Jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, observantes y seculares, sefaradím y ashkenazím de cada estrato todos fluyeron a la puerta del gran cabalista y tzadík, Baba Sali, en Netivot, buscando su bendición y ayuda. Todos, sin excepción, lo tenían en la más alta estima.
Cierta vez un joven de Holón llamado Eliahu tenía programada una seria intervención quirúrgica en la que sus piernas le serían amputadas. Ya había pasado mucho tiempo en el hospital, por lo que estaba reconciliado con su destino. El procedimiento debía tener lugar el viernes.
Ese jueves, una conocida suya, una anciana mujer, le sugirió que recibiera una bendición de Baba Sali antes de la operación. Dijo que conocía a alguien que había estado paralizado, y con todo fue sanado merced a su bendición. Aunque Eli no era para nada observante, en su desesperación decidió intentarlo de cualquier manera. Quizás, quizás…
Hubiera sido imposible conseguir un permiso para abandonar el hospital un día antes de la operación, de modo que Eli simplemente se escabullió. Ni siquiera reveló su intención de ver a Baba Sali a su preocupada familia.
Estaba sentado sobre una silla en la sala de espera próxima a la entrada del estudio del tzadík. Después de muchas horas, finalmente llegó su turno. La costumbre era que, antes de cualquier cosa, la persona se acercara a Baba Sali, quien estaba sentado sobre su sofá, y le besara la mano. Pero a causa de la avanzada trombosis de sus piernas y el lacerante dolor que lo acompañaba, Eli ni siquiera pudo ponerse de pie para entrar a la sala.
Siguiendo las instrucciones de Baba Sali, la Rabanit Simi, su esposa, se acercó a Eli y le preguntó:
“¿Te pones tefilín? ¿Observas el Shabat? ¿Recitas las bendiciones?”
“No”, admitió Eli, y estalló en llantos.
Baba Sali pareció conmoverse por el sufrimiento de Eli y su sinceridad, y le dijo:
“Si cumples mi voluntad, comienzas a observar el Shabat y te arrepientes totalmente, entonces también Di-s escuchará mi voluntad”.
Con gran emoción, Eli exclamó inmediatamente:
“Acepto sobre mí la obligación de observar el Shabat en todos sus detalles. También prometo hacer una teshuvá completa, `retornar’ en arrepentimiento plenamente”.

Por orden de Baba Sali le sirvieron té. Después de beberlo, la Rabanit sugirió que dado que el Rav lo había bendecido, debería tratar de levantarse, a fin de ir y besar su mano.
Con mucho esfuerzo y dolor, Eli logró pararse. No podía creerlo, ¡sus piernas le estaban obedeciendo! Temblorosamente, ¡caminó hasta Baba Sali y besó su mano! Entonces, casi delirante de sorpresa y alegría, comenzó a agradecer al tzadík profusamente. El Rav lo interrumpió, diciendo con una sonrisa:
“No me lo agradezcas. Simplemente di: `¡Benditos son aquellos que santifican Su Nombre públicamente!'”
Como en un sueño, Eli caminó a los tropiezos hasta la puerta y descendió por las escaleras. Experimentó caminando de esta manera y de la otra. Tenía que saberlo: ¿Estaba realmente despierto? ¿Podía ser que en verdad esto estuviera sucediendo? Con cada paso, sus piernas se sintieron mejor.

Con sus nuevas piernas fue a Ieshivat HaNegev, no muy lejos del hogar de Baba Sali. Cuando los estudiantes se dieron cuenta de que estaban viendo los resultados de un milagro que acababa de ocurrir, rodearon a Eli con alegre danza y canciones, y palabras de alabanza y gratitud a Di-s.
Regocijándose con su reencontrada capacidad para caminar, Eli volvió al hogar de Baba Sali para despedirse como corresponde y agradecerle nuevamente. También expresó su temor de que sus piernas sufrieran una recaída, volviendo a su anterior debilidad y enfermedad.
Baba Sali lo calmó, diciéndole animadamente:
“No te preocupes. En mérito a tu juramento de `retornar’ a la observancia de la Torá, y especialmente tu promesa de cuidar el Shabat conforme sus leyes, lo que se equipara a todos los mandamientos, Di-s ha hecho este milagro y anulado el decreto en tu contra. Ahora depende de ti cumplir tus palabras”.

Abandonando nuevamente la casa de Baba Sali, Eli telefoneó a su esposa. “¡Ya estoy curado!”, gritó, sin dar explicaciones. Su esposa supuso que el miedo a la cirugía le había hecho perder contacto con la realidad.
“¿Regresas a casa?”, le preguntó con preocupación. “¿O irás directamente al hospital?”
Eli contó entonces a su esposa lo que había prometido a Baba Sali, la bendición que había recibido del tzadík, y la milagrosa mejoría que ya había tenido lugar. Tan pronto como colgó, llamó a su médico en el Hospital Ichilov de Tel Aviv y le informó de su curación. El médico dijo a Eli que estuviera de vuelta en el hospital al día siguiente, y que “dejara de actuar como un loco”.
Eli efectivamente fue al hospital al día siguiente.
El médico apenas si era capaz de aceptar la evidencia de sus ojos. Después de unos días, y muchos exámenes, Eli fue dado de alta. La primera cosa que hizo fue volver a Netivot para agradecer nuevamente a Baba Sali.

El Rav pidió que se preparara y sirviera una seudat hodaá una comida de gratitud a Di-s en honor al milagro . Hacia el fin de la comida, Baba Sali bendijo una botella de agua y dijo a Eli que la enviara al hospital para que su médico pudiera brindar lejáim de ella.
“Y dile”, agregó, “que no sea tan presuroso para cortar piernas”.
El asistente de Baba Sali durante la mayoría de sus años en Netivot, Rabí Eliahu Alfasi [quien fue testigo de gran parte de la historia y oyó el resto de los detalles de Eli de Holón], cuenta que una vez preguntó a Baba Sali cómo había hecho este gran milagro. El tzadík le contestó inocentemente:
“¡Créeme, Eliahu, todo lo que hice fue decirle `¡Ponte de pie’!”


(extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar).

 

1 comentario
  1. Diógenes Cartagena

    Baruj hu baruj shemo amén la palabra de un sadik como el baba sali es literalmente la voz de ha kadosh baruj hu amen así que esto No es noticia porque escrito esta el Dios de Israel gobierna sobre lo bueno y lo malo y quita toda enfermedad de su pueblo amen bendito sea Israel por siempre .

    11/08/2016 a las 22:22

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