Profundizando
2. Pureza familiar y Natalidad
El Amor, La Mujer Judía y El Matrimonio
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Permanecer casados

(Selección extraída del libro “Vallado de Rosas”, por Maurice Lamm, (c) Yeshiva Guedola de Venezuela)

 

Las pautas judías de estos aspectos muy íntimos de la vida conyugal, merecen ser tomadas en consideración por jóvenes parejas modernas. Es especialmente indicado debido al llamativo récord de felicidad doméstica, característica de los hogares judíos ortodoxos, incluso dentro de un medio ambiente donde el fracaso familiar aumenta notablemente año tras año.

Después de describir la felicidad que distinguió siempre a la observante familia judía desde la Edad Media, un famoso líder reformista escribe:

Todo lo que hemos dicho de la vida familiar judía en la Edad Media puede ser observado aún hoy casi enteramente, en especial en aquellos hogares de tradición ortodoxa, tanto en Europa como en centros cosmopolitas americanos. En los ámbitos en que pudieron infiltrarse las libertades de la Emancipación, existe una gran variedad de valores familiares, en la medida que se apartan de la tradición ortodoxa…

Un historiador que observara todo el panorama judío del presente, hasta hace apenas unos pocos años, hubiera podido decir: “La familia posee una importancia extraordinaria en la vida judía; es un lazo de cohesión que ha resguardado la pureza de la raza y la continuidad de la tradición religiosa. Es la fortaleza del sentimiento hebreo, y en ella la vida judía se va desenvolviendo en sus formas y fases más típicas e íntimas”. Esto sigue siendo cierto en aquellas familias que conservan alguna preocupación por la tradición religiosa, aún en su expresión menos ortodoxa. (Stanley R.Brav, Marriage adn the jewish tradition (NY Philosophical library)

La cohesión típica de la familia que estamos analizando, seguramente no es el resultado de alguna cualidad indígena, étnica o racial del pueblo. Tampoco deriva de una “preocupación por la tradición religiosa” vaga, bien intencionada pero sin forma. Ciertamente es el producto de una práctica especifica ortodoxa, la halajá, o “sistema de vida” judío. Este uso codificado, esta Ley compulsiva, es lo que ha configurado la estabilidad de la familia.

El “sistema” judío

El “sistema” de la halajá está constituido por una serie de elementos heterogéneos que, en conjunto, forman y reafirman la trama de la vida hogareña. Pero indudablemente el más importante de todos es el cuerpo legal que trata directamente de las relaciones conyugales. El código de la ley que prescribe para marido y mujer es llamado generalmente taharat Hamishpaja, la Pureza Familiar. Como ya hemos visto, éste es un eufemismo muy apropiado, porque se dirige a la búsqueda de esa forma de auto-trascendencia conocida por tahará o pureza, y resguarda en forma extraordinaria la integridad de la mishpajá o familia.

Ya nos hemos referido anteriormente al sentido de purificación psicológica que se obtiene cumpliendo la novia el principio de inmersión en la míkve. Pero las implicaciones psicológicas de la Pureza Familiar no se restringen a la naturaleza general del sexo tal como ” se expresa en los primeros años del matrimonio. Taharat Hamishpajá reviste importancia crucial al proteger el lazo marital de uno de sus más peligrosos enemigos, que suele aflorar tan pronto como desaparece la novedad de la vida matrimonial: la tendencia del sexo a convertirse en rutina.
Casarse es bastante fácil. Permanecer casados es otro asunto completamente diferente. El judaísmo considera la formación de la pareja tan difícil como lo fue en su tiempo la separación de las aguas del Mar Rojo. Y recordemos que el milagro en aquel entonces no fue tanto la separación de las aguas como el mantenerlas separadas el tiempo auficiente para que la empresa llegara a buen fin. Lo mismo ocurre con la unión de los esposos. La boda, con todos los problemas que presenta para los contrayentes y sus familiares, es comparativamente muy simple. Mucho más significativo y difícil, mucho más milagroso en nuestra turbulenta sociedad que el casarse, es el permanecer casado.

La atracción sexual juega un papel importante al llevar a un hombre y a una mujer al pallo nupcial, y al mantenerlos unidos al principio. Pero si esta atracción palidece y disminuye más adelante, el matrimonio se irá desintegrando lentamente.

Muy a menudo -¡es tan triste!- eso es exactamente lo que ocurre. Lo que fue aventura excitante y llena de satisfacciones para una pareja recién casada, muy pronto se convierte en una experiencia aburrida que se repite mi mecánicamente, como parte sobreentendida del complejo conyugal. El encanto, la delicia, la emotividad y la belleza del amor joven se vuelve muy pronto acritud, prosa, vulgaridad, algo profano. Difícilmente se hallará un veneno más peligroso que éste para la existencia de un matrimonio feliz!

Familiaridad y aburrimiento

Para que el matrimonio prospere, el mutuo atractivo de los cónyuges debe ser preservado y aún aumentado con el tiempo. La abstinencia que exige la Pureza Familiar ayuda a conservar esa atracción, y por consiguiente el deseo, fresco y juvenil. El Talmud explica del modo siguiente las derivaciones psicológicas de taharat hamishpaja:

Porque un hombre puede conocer demasiado a su mujer y a raíz de ello sentir aversión por ella, por eso la Torá dice que deberá ser considerada nidá por siete días a contar del final de su período; así volverá a ser amada por su marido en el día de su purificaci6n, tal como lo fue en el de su matrimonio

La aproximación irrestricta lleva a libertades excesivas. La demasiada familiaridad con su consiguiente saciedad y hastío, es causa directa y poderosa de la desarmonía conyugal. Cuando, sin embargo, la pareja se somete a la disciplina sexual de la Torá y observa el período de separación, el odioso espectro de la satisfacción excesiva desaparece, y queda para siempre el refrescante deleite del amor primero.

¡Hay tanto para observar en este comentario de los Rabíes! La intimidad absoluta conduce al desprecio: una corta ausencia hace que el corazón quiera más. El Gran Rabino Unterman, de Israel, relata que varios consejeros matrimoniales han tenido la experiencia de que los hayan visitado maridos que solicitaban la separación legal para el divorcio. Después de haber estado alejado por un tiempo de sus esposas, descubrían de pronto que las necesitaban, que las querían y hasta que estaban enamorados de ellas. La separación es el preludio de la reunión. Este aislamiento que el judaísmo ordena como parte de la observación de la Pureza Familiar es el que devuelve la poesía al matrimonio, quien retiene el encanto, la gracia, la excitación. Es la pausa que refresca todo en la vida conyugal.

Una eterna luna de miel

La Pureza Familiar ofrece un beneficio adicional, especialmente para la mujer: rescata la belleza de los primeros meses del matrimonio. Generalmente los hombres no lo aprecian tanto como sus esposas, porque el sexo es relativamente extraño a la vida íntima del hombre, mientras que constituye parte integral del ser femenino.

Es difícil afirmar que “biología es destino” en estos tiempos del Movimiento de Liberación Femenino, pero, decididamente, la biología es parte de la psicología de la mujer más intensamente que de la del hombre. Mientras que un niño proyecta ser soldado o bombero, doctor o científico; una niña, aunque aspire a una profesión o una carrera de negocios, todavía sueña principalmente con el matrimonio, la familia y el hogar, hijos y vida doméstica. A medida que crece va tejiendo sueños de compromiso y matrimonio, de amor y afecto. La culminación de sus ilusiones se produce durante el período del noviazgo, cuando es cortejada y galanteada por su prometido. Después llega el clímax de la noche de la boda y la luna de miel, y, por fin, el estar juntos. (“Y serán una sola carne”).

¡Lástima sería que esa realización de sus arrobadores sueños llegara y se disipara, partiendo para siempre! ¡Qué experiencia cruel y frustrante si una semana o un mes fuera todo lo que quedara de aquellas fantasías encantadas! Con la institución de taharat hamishpajá, empero, ocurre un maravilloso milagro doméstico: la luna de miel permanece durante la mayor parte de la vida activa del Individuo. El cuadro del amor sin contacto sexual, seguido por la unión amorosa de la pareja, se repite mes a mes. La separación física de los esposos durante el periodo de nidá y los siete días limpios, período en que pueden expresarse uno al otro sentimientos de ternura pero no tener relaciones físicas, equivale a la época del noviazgo. Tal como antes de su boda, la esposa hace la inmersión en la mikvé, pronuncia la misma bendición que recitara cuando novia, y va al encuentro de su marido con pureza y amor, como lo hiciera en su noche de bodas.

El amor no puede enranciarse en ese medio ambiente, los sueños de la joven permanecen frescos, y sus esperanzas tan radiantes como siempre lo fueron. Toda su vida podrá convertirse en una perpetua luna de miel. Sus sueños no son vencidos por el éxito ni frustrados por su plenitud.

Civilizando al sexo

Hay todavía una tercera consecuencia psicológica de la Pureza Familiar que merece ser considerada. Taharat Hamishpajá ejerce una influencia profunda en el modo en que los cónyuges se ven mutuamente. Filósofos y Pensadores sociales modernos, inspirados por Martín Buber, hablan de dos maneras de designar a nuestro prójimo: el “tú” y él “ello”. La primera es el modo en que nos referimos a otro ser humano viéndolo como un sujeto una persona vital, independiente, autónoma, poseedora de dignidad y de valor íntimo. Al designarlo “ello” lo consideramos como una cosa desprovista de valores y personalidad, un “objeto”, un instrumento que se puede manipular para satisfacer nuestras ambiciones, nuestros fines, nuestros propósitos. En el primer caso, yo encuentro y enfrento a otro ser humano: en el segundo, lo uso y abuso de él o de ella como si fuera una simple cosa.

Incuestionablemente, una relación sexual tiende a la relación “yo-ello” más que a la “yo-tú”. Existe la tendencia de observar al compañero en lo sexual como una cosa, un objeto para la satisfacción de las propias pasiones y deseos. El hombre de las cavernas que arrastraba a su compañera por el cabello (puede ser una caricatura ¡pero el modelo existe todavía!) no la veía como a una persona con dignidad intrínseca, sino como un objeto entre los tantos objetos en su vida. Para decir verdad, lo más probable es que, en cierta medida, sea inevitable esta objetivización, que constituye parte de la orientación sexual elemental del individuo. Pero aún si concediéramos que debe existir en alguna medida, no debemos tolerar que se desenfrente hasta convertirse en algo deshumanizado. Una actitud de este tipo destruye la dignidad del individuo, tanto la del así considerado, como la de aquel que lo esté considerando. Si se permitiera desarrollar esa tendencia hasta el punto en que el compañero se suponga solamente un objeto para satisfacer deseos propios, aparecería un peligro muy real: el de que esa conducta domine también otros aspectos de la vida. Una orientación psicológica tan fundamental no puede encerrarse en el dormitorio. Invadiría con su influencia perversa hasta la médula del ser. Lo bruto que existe dentro del hombre se civiliza en proporción directa al grado en que éste considere a su prójimo, especialmente a su pareja, un “tú” más bien que un “ello”.

Con esto vemos que taharat hamishpajá ejerce una influencia benéfica en gran escala en las profundidades más insondables de la psique del marido y la mujer. Impidiendo al marido el perseguir sus fines sexuales en forma incontrolada, le indican del modo más enérgico posible que su esposa no ha sido creada únicamente para placer de él. Cuando, de acuerdo mutuo con su mujer, se somete a las exigencias más elevadas del judaísmo; la institución de Pureza Familiar, reconoce que no importa lo arrollador de sus pasiones, lo persuasivo de sus propósitos y lo que desee o no su compañera; que debe reprimirse y no aproximársele de ningún modo; comprende en lo más íntimo que ella es una persona con valores propios, autónomos, y que tiene derechos tan sagrados e inalienables como los de él. Si ella fuera una cosa, un objeto, podría él hacer lo que quisiera, con los únicos límites que tuviera su poder de sugestión, o, aún peor, su fuerza física. Pero, cuando sigue a la halajá, un marido aprende lenta pero seguramente que su esposa es humana, que está provista de dignidad divina, que es un “tú” y no un “ello”; que es una persona y no una cosa.
Hay quien supone que una separación voluntaria puede llevar al mismo fin y que, por consiguiente, no es necesario someterse a todo el sistema que exige la Ley judaica. Pero esas separaciones voluntarias no resultan efectivas. Una de las dos partes podría sospechar alguna frialdad de la que propone la separación. Además, la falta de sanción religiosa significa que esta separación no será ni elevada ni noble, porque eso sólo se consigue cuando se le reconoce su real significación religiosa.

Las consecuencias de la observación de la Pureza Familiar son tan necesarias y beneficiosas, tan profundas y de tanto alcance en su influencia sobre la naturaleza del matrimonio y de la vida conyugal, que al no hubiera existido ya, hubiéramos tenido que inventarla para nuestra propia protección y bienestar. “Felices de nosotros. Cuán bueno es nuestro destino, qué dichosa nuestra suerte, qué hermosa nuestra herencia” (Del Libro Ritual de Oraciones).

 

 

Maurice Lamm

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Halajá, Ley Judía Matrimonio, Mujer




1 comentario
  1. arnoldo r. cohen

    deseo recibir todas sus publicaciones y saludos al rabino

    23/01/2018 a las 22:24

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